Michel Foucault: la epísteme de la semejanza



Fuente: Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. T. Elsa Cecilia Frost. 7a ed. México: Siglo XXI, 1976. Las páginas se indican entre paréntesis. Observaciones y paráfrasis, en rojo, como este párrafo. Los ejemplos literarios, en azul, son míos; seguramente pueden elegirse mejores.

Para entender el concepto agudo, el concepto renacentista y barroco, es muy útil situarlo en su contexto de historia cultural, de historia de las mentalidades o -como llamó el propio Foucault a su proyecto- de arqueología del saber. Brevemente, diré que, en Foucault, una epísteme es a los discursos cognosctivos, lo que el sistema de la lengua es al habla en el estructuralismo: el código oculto, la estructura normalmente inconsciente que los hace posibles (un acercamiento más preciso a esta noción puede verse en http://www.luventicus.org/articulos/02A027/foucault.html).

Hasta el siglo XVI, la epísteme de la semejanza regía la comprensión del mundo en la civilización occidental. En esa epísteme, el mundo y el lenguaje son comprendidos con base en relaciones analógicas. Para el hombre del Renacimiento, el que dos objetos guarden alguna analogía entre sí no es un hecho superficial, sino una relación de primera importancia. Así, mientras que para nosotros es una mera coincidencia el que tanto el Sol como el oro sean amarillos y brillantes, para los espíritus de esa época estos rasgos testifican un parentesco íntimo entre el metal y el astro.

De acuerdo con Foucault, el siglo XVII -la “época clásica”- representa el fin de esa mentalidad, el nacimiento de una nueva epísteme regida por oposiciones binarias, como las del plano cartesiano. Pero basta una breve mirada sobre la cultura hispánica del XVII para comprobar que, en ese siglo, el cambio no comienza aún para nosotros.

De paso, recuerdo que Foucault negó ser estructuralista o postestructuralista. Pero como éstos son términos que se añaden a posteriori, a fin de aclarar el panorama, creo que se nos puede perdonar su empleo a nosotros, redactores de enciclopedias chinas apócrifas.

1 las cuatro similitudes

Hasta fines del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber de la cultura occidental. En parte, fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas. El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los secretos que servían al hombre. La pintura imitaba el espacio. Y la representación -ya fuera fiesta o saber- se daba como repetición: teatro de la vida o espejo del mundo. En la epísteme de la semejanza, Foucault halla que “las palabras y las cosas” se relacionan entre sí mediante cuatro tipos básicos de semejanza: la conveniencia, la emulación, la analogía y la simpatía (26).

1.1 conveniencia

Son “convenientes” las cosas que, acercándose una a otra, se unen (…). Así, se comunica el movimiento, las influencias y las pasiones, lo mismo que las propiedades. (…) En este continente natural que es el mundo, la vecindad no es una relación exterior entre las cosas, sino el signo de un parentesco oscuro cuando menos (26-27).

1.2 emulación

  • Una especie de conveniencia que estaría libre de la ley del lugar y jugaría, inmóvil, en la distancia. Un poco como si la connivencia espacial se hubiera roto y los eslabones de la cadena, separados, reprodujeran sus círculos, lejos unos de otros, según una semejanza sin contacto. Hay en la emulación algo del reflejo y del espejo; por medio de ella se responden las cosas dispersas a través del mundo (28).
  • De lejos, el rostro es el émulo del cielo, y así como la mente del hombre refleja, imperfectamente, la sabiduría de Dios, así los dos ojos, con su claridad limitada, reflejan la gran iluminación que hacen resplandecer, en el cielo, el sol y la luna (28).
  • “Son una y otra luminosa estrella / lucientes ojos de su blanca pluma”: Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea, v.101-102.

1.3 analogía

  • En la analogía se superponen la convenientia y la aemulatio. Al igual que ésta, asegura el maravilloso enfrentamiento de las semejanzas a través del espacio; pero habla, como aquélla, de ajustes, de liga y de juntura. Su poder es inmenso, pues las similitudes de las que trata no son las visibles y macizas de las cosas mismas; basta con que sean las semejanzas más sutiles de las relaciones (30).
  • Foucault ejemplifica: en este epísteme, la relación de las estrellas con el cielo se reitera en la relación de las hierbas con la tierra, de los seres vivientes con el planeta, etc.
  • Calderón, El gran teatro del mundo: “Hermosa compostura / de esa varia inferior arquitectura, / que entre sombras y lejos / a esta celeste usurpas los reflejos, / cuando con flores bellas / el número compite a sus estrellas, / siendo con sus resplandores / humano cielo de caducas flores”” (v.1-8).

1.4 simpatías

  • Aquí no existe ningún camino determinado de antemano (…). La simpatía juega en estado libre en las profundidades del mundo. Recorre en un instante los más vastos espacios: del planeta al hombre regido por él, cae la simpatía de lejos como un rayo (…).Pero su poder es tan grande que no se contenta con surgir de un contacto único y con recorrer los espacios; suscita el movimiento de las cosas en el mundo y provoca los acercamientos más distantes. Es el principio de la movilidad: atrae lo pesado hacia la pesantez del suelo y lo ligero hacia el éter sin peso; lleva las raíces hacia el agua y hace girar, con la curva del sol, a la gran flor amarilla del girasol (32).
  • “De aquella vista pura y excelente / salen espirtus vivos y encendidos, / y siendo por mis ojos recebidos, / me pasan hasta donde el mal se siente; // éntranse por el camino fácilmente / por do los míos, de tal calor movidos, / salen fuera de mí como perdidos, / llamados d’aquel bien que ‘está presente” (Garcilaso, soneto VIII).

2 las signaturas

  • Es necesario que las similitudes ocultas se señalen en la superficie de las cosas; es necesaria una marca visible de las analogías invisibles. (…) Por esto el rostro del mundo está cubierto de blasones, de caracteres, de cifras, de palabras oscuras (…). Y el espacio de las semejanzas se convierte en un gran libro abierto (35).
  • “De tu caduco ser das mustias señas: / con que, con docta muerte y necia vida, / viviendo engañas y muriendo vives” (Sor Juana Inés de la Cruz, “En que da moral censura a una rosa…”)

3 los límites del mundo

Foucault señala que toda esta red de simpatías, analogías, etc., está regida por una analogía básica que las enmarca y estructura a todas: la analogía entre el macrocosmos (el Universo) y el microcosmos (el hombre), instaurada por Dios.

  • Aquí funciona la categoría, tan ilustre, del microcosmos. (…) Entendida como configuración general de la naturaleza, pone límites reales y, por así decirlo, tangibles al avance incansable de las similitudes que se relacionan. Indica que existe un gran mundo y que su perímetro traza el límite de todas las cosas creadas; que, en el otro extremo, existe una criatura privilegiada que reproduce, dentro de sus restringidas dimensiones, el orden inmenso (…); y que, entre los límites constitutivos de esta analogía constitutiva, se despliega el juego de las semejanzas (39).
  • Fray Luis de León, De los nombres de Cristo: “Consiste, pues, la perfección de las cosas en que cada uno de nosotros sea un mundo perfecto”.

4 la escritura de las cosas

Una importante consecuencia de todo esto es que el lenguaje y el mundo acaban intercambiando cualidades: las cosas son como signos o libros que deben ser interpretados, y a su vez, el lenguaje, las palabras, los libros, etc., se vinculan entre sí por relaciones de conveniencia, simpatía, etc., como las que hay entre las cosas; y a la vez, tienen sentido gracias a sus relaciones de semejanza, analogía, etc., con las realidades a las que significan (42 y ss.) Por ello, las palabras y los discursos se asemejan a las cosas, incluso a los seres vivos.

  • Fray Luis de León, De los nombres de Cristo: “Todas las cosas viven y tienen ser en nuestro entendimiento, cuando las entendamos; y cuando las nombramos, en nuestras bocas y lenguas. Y lo que ellas son en sí mismas, esa misma razón de ser tienen en nosotros, si nuestras bocas y entendimientos son verdaderos”.
  • Lope, Arte nuevo de hacer comedias: “Y cuando he de escribir una comedia, / encierro los preceptos con seis llaves, / saco a Terencio y Plauto de mi estudio / para que no me den voces, que suele / dar gritos la verdad en libros mudos” (v.40-44).

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