Archive for mayo 2nd, 2011

2 mayo, 2011

El tiempo de la historia y tiempo del discurso


El relato literario, y en general todo discurso narrativo, supone el encuentro de dos líneas temporales diferentes: el tiempo de la historia y el tiempo del discurso.
La historia, el contenido del relato, se refiere a hechos con una duración determinada. Por ejemplo, cuando se narra la vida de un personaje, como en el Lazarillo de Tormes, novela picaresca en la que el protagonista cuenta su vida desde el nacimiento hasta el momento en que escribe su autobiografía. Aquí, el tiempo de la historia tiene una cierta duración, que la obra no precisa pero que debe constar de varios años, los necesarios para que Lázaro llegue a la edad adulta y se case.
Pero esa historia se cuenta con palabras, se narra mediante un discurso hecho de oraciones y párrafos. Y ese discurso tiene su propia duración. La lectura del libro no dura los años requeridos para que un niño pase a la adolescencia y llegue a la madurez. He aquí el tiempo del discurso.
Así, pues, el tiempo de la historia debe se “administrado”, digamos, por el tiempo del discurso. Esta relación de ambas líneas temporales se da en tres aspectos: orden, duración y frecuencia.

Orden

El orden cronológico de la historia puede ser respetado por el tiempo del discurso. Más sencillamente: el discurso comienza por el principio, sigue adelante y se detiene cuando llega al final, como le recomienda el Rey de Corazones a Alicia. Sin embargo, ese orden puede ser alterado, y entonces hay:
Retrospección o analepsis, cuando se deja de narrar lo que pasa en el presente del relato y se cuenta hechos que lo anteceden. Por ejemplo, cuando en una novela se introduce a un personaje y el narrador pasa a referir como fue su vida hasta entonces.
Anticipación, prospección o prolepsis, cuando el discurso refiere hechos que ocurrirán más adelante. Un ejemplo famoso es el comienzo de Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aurelian Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo”.

Duración

El término se refiere a la relación de magnitud entre el tiempo de la historia y el tiempo del discurso. ¿Cuánto tiempo de la historia que encerrado en un segmento del discurso?: un viaje de una hora puede ser narrado en una breve oración (“Fulano volvió a pie a su casa”), pero también podríamos dedicarle decenas de páginas a todo lo que Fulano vio y pensó en el camino. De este modo, tenemos cuatro posibilidades:
Escena. El discurso trasmite la ilusión de que dura lo mismo que el tiempo de la historia, como cuando vemos a un personaje actuar en un escenario o una pantalla.
Resumen. El tiempo del discurso dura menos que el tiempo de la historia; resume varios hechos en unas cuantas palabras: “Fulano durmió toda la noche de un tirón. A la mañana siguiente…”
Pausa descriptiva. El narrador deja de referir los hechos y se detiene a describir un lugar, los pensamientos de un personaje, a emitir reflexiones o juicios de valor. Cuando esto ocurre, transmite la ilusión de que el tiempo del discurso dura más que el tiempo del relato. Podemos, por ejemplo, dedicar toda una página a describir lo que un personaje capta de un golpe de vista al llegar a un jardín.
Elipsis. En la elipsis, el discurso omite narrar alguna secuencia de la historia, haciendo que el lector deba deducirla a partir de lo que sí se cuenta. Por ejemplo, un personaje acude con gran expectación a una cita; luego se describe, algunas horas después, la expresión satisfecha de su cara. O por el contrario: se narra la historia de un personaje al que le ocurren una serie de infortunios; luego contamos su ascenso al último piso de un edificio y lo mostramos acercándose a una gran ventana abierta, y no decimos lo que pasa después.

Frecuencia

Aquí se trata de la cantidad de veces que se narra un solo acontecimiento. Según el caso, podemos tener un relato singulativo, repetitivo o competitivo, o bien iterativo.
Singulativo. La posibilidad más sencilla: un solo acontecimiento se narra una sola vez.
Repetitivo o competitivo. Una sola secuencia se narra varias veces. Por ejemplo, cuando varios testigos de un hecho dan cada uno su propia versión.
Iterativo. El relato narra de una sola vez varios acontecimientos. Quizá el ejemplo más famoso es de Franz Kafka: “Los leopardos irrumpen en el templo y beben el vino de los cálices hasta vaciarlos. El hecho se repite una y otra vez, hasta que se hace previsible y se convierte en parte de la ceremonia”.

 

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2 mayo, 2011

Análisis estructural del relato: los actantes


En su Diccionario de retórica y poética, Helena Beristáin señala que el término actante “sirve para denominar al participante /persona, animal o cosa) en un acto, tanto si lo ejecuta como si sufre pasivamente sus consecuencias”.
Este concepto posee un mayor nivel de abstracción que el de personaje. Los actantes o actores: sujeto del deseo, objeto del deseo, ayudante, opositor, destinador y destinatario constituyen los papeles esenciales que se desempeñan en la acción de una historia:

  • El sujeto del deseo se esfuerza por alcanzar un determinado bien, es decir, el objeto del deseo.
  • El objeto del deseo es un bien, un objeto o condición cargado de valor (satisface una necesidad material o espiritual, o es hermoso, o es amado, etc.).
  • El ayudante, adyuvante o auxiliar colabora con los esfuerzos del sujeto.
  • El opositor se esfuerza por hacer fracasar al sujeto.
  • El destinador, fuente o remitente tiene el objeto del deseo a su disposición y es quien puede entregarlo.
  • El destinatario es quien recibe el objeto del deseo.

La mayor abstracción o generalidad de este concepto puede advertirse cuando consideramos lo siguiente: un actante puede ser encarnado por un solo personaje, por varios, por un objeto o por una fuerza impersonal. Asimismo, un solo personaje, colectivo o fuerza impersonal puede desempeñar más de un papel actancial.

  • El sujeto del deseo puede ser un sujeto colectivo; por ejemplo, un pueblo que busca su libertad.
  • El objeto del deseo puede ser algo no material: la fama, la salvación del alma, la verdad (o la venganza, la muerte, etc.).
  • Un personaje que es ayudante puede, con el tiempo, volverse opositor, y viceversa. Pensemos, por ejemplo, en las traiciones y los cambios de alianzas que puede haber en un drama político, en una película de mafiosos, etc.
  • El destinador puede ser también el objeto del deseo. Por ejemplo, la princesa que ofrece su mano al héroe que sea capaz de cumplir una cierta hazaña es al mismo tiempo objeto del deseo y destinadora de sí misma, al ser ella la que decide a quién se entrega.
  • El destinatario puede ser un personaje ausente. Por ejemplo, cuando Hamlet o los 47 ronin vengan a su padre asesinado o a su señor ejecutado con injusticia, respectivamente.