La España romántica vista por un poeta de principios del siglo XX


[Este viejo café…]

Fernando Fortún (1890-1914)

Este viejo café de tertulias burguesas
tiene una vaga historia olvidada y magnífica;
en días ya lejanos ocuparon sus mesas
tipos dignos de alguna novela terrorífica,

figuras misteriosas que entraban embozadas;
y las luces de gas, discretas y cambiantes,
dejaban en penumbra sus sombras recatadas,
iluminando a veces juveniles semblantes.

Eran grupos herméticos, que siempre conspiraban,
en esa bella época de las revoluciones…
Al pasar, confundidas palabras se escuchaban:
el oro inglés… el día del grito… los masones…

¡Oh, aquella juventud cálida y arbitraria,
de ilusiones sonoras y de altos ideales,
desdeñadores líricos de la vida ordinaria,
bellamente románticos y un poco teatrales!

Tomaban actitudes de tribunos romanos,
siempre declamatoria su vieja teoría,
hablaban en los clubs haciendo poesía
y eran después discursos sus versos byronianos.

Son sus rostros aquellos que Madrazo retrata;
y estando en un sarao discutiendo ardorosos
contra los moderados quedaban silenciosos
oyendo recitar La canción del pirata.

Y sus almas acordes un momento latían,
posesas de un antiguo y generoso fuego,
mientras que sus palabras siempre se confundían,
pareciendo rimar con el Himno de Riego.

Así pasó su vida la juventud aquella,
como esa musiquilla de un día de jarana,
y por loca y romántica y fogosa, fue bella
y porque no sabía pensar en el mañana.

Y siempre se escuchaban sus voces exaltadas;
y sus grandes sombreros de copa y sus melenas,
como cascos guerreros detrás de las almenas,
emergían ornando todas las barricadas…

Creo verlas aún ocupando las mesas
de este antiguo café, donde se escucha ahora
el sosegado hablar de estas gentes burguesas
y en el piano, el sueño de un triste vals que llora…

Este poema pertenece a al poeta español Ferando Fortún (1890-1914). Forma parte de un grupo de autores poco tomados en cuenta por la posteridad; cualesquiera que fuesen los motivos de este semiolvido, la falta de belleza no es uno de ellos. Quizá no fue lo suficientemente imperial ni lo suficientemente rojo (a pesar de esta hermosa elegía a los liberales románticos) para ser canonizado por la academia y el público de alguno de ambos lados del Atlántico.  Mi primer contacto con estos versos fue en la Antología de la poesía modernista de Pere Gimferrer (Barcelona: Ediciones de Bolsillo, 1981). Estuve a punto de capturarlos para subirlos aquí, pero se me ocurrió buscar el poema en internet y, afortunadamente, resulta que éste y otros vates —como se les llamaría en esa época— afines a él van siendo recuperados.

El poeta y crítico José Luis García Martín compiló una antología de ellos publicada en 2001 y digitalizada por la Biblioteca Virtual Cervantes; además de señalar alguna influencia de Fortún en Jon Juaristi, caracteriza la poesía del primero por su «tono intimista, una nostalgia del ochocientos, una música asordinada que los emparenta con los Poemas de provincia, de Andrés González-Blanco, y con la mejor herencia del simbolismo» (Poetas del novecientos: entre el modernismo y la vanguardia). Quienes tenemos algún interés por la poesía hispanoamericana reconocemos aquí el tono de nuestros laforgueanos —modernistas tardíos, posmodernistas o adelantados de la vanguardia, influidos por Jules Laforgue—, de entre quienes Ramón López Velarde es quizá el más grande, pero no el único digno de ser leído. Por su parte, Gabriel Zaid -creo, pero no estoy seguro, que en “López Velarde, ateneísta”; se halla en el sitio web de la revista Letras Libres– se ocupa también de estos poetas, viendo en ellos de común su voluntad de poetizar, con ironía, las provincias de las que proceden y a las que se mantienen fieles, así como la influencia del simbolismo belga.

Yo incluyo aquí este poema porque, me parece, refleja magníficamente el ambiente de entusiasmo de esos constructores de patrias —la «bella época de las revoluciones», imagen que repudiarán hoy, sin duda, nuestros intelectuales revisionistas—; mejor, creo, de lo que lo hacen los poemas del propio José de Espronceda, quizá precisamente por la ironía que era posible en 1910 pero no en 1840.

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