Poéticas de los creadores y teorías de los estudiosos


Estoy convencido de que, en los tiempos moderno y contemporáneo, hay dos clases de poéticas: la de los escritores y la de los estudiosos; es correcto llamar “teoría literaria” a la segunda, no así a la primera, salvo que le demos a “teoría” una acepción muy antigua, muy griega. En principio, mientras que la primera es creadora y profunda, la segunda es metódica; esta distinción, por esquemática, es falsa si la llevamos a las últimas consecuencias, pero en principio es correcta.

Octavio Paz señala que el fusil reemplaza al arco y la flecha, pero la Eneida no sustituye a la Odisea; en cambio, si Bajtín no reemplaza al formalismo, sí lo corrige, introduce una perspectiva más amplia, más justa. Ello es señal de que en la teoría literaria sí hay, hasta cierto punto, progreso: como en toda verdadera actividad cognoscitiva, metódica.

La diferencia entre ambas poéticas no permite fundirlas. Borges no “contribuye” a la teoría literaria, ni el postestructuralismo “refuta” a Paz o a Cortázar. No reconocer estos límites ha llevado, en la academia, a producir teorías blandengues, “literarias” en el peor sentido de la palabra; y entre los escritores -bajo el estructuralismo y el postestructuralismo en el siglo XX, como en el XIX bajo el positivismo- una escritura mecánica, reseca, falsamente “crítica”.

Pero el que sean esencialmente diferentes no impide que dialoguen entre sí: como en Bajtín y en Antonio Machado, sólo puede haber diálogo si hay otredad. El teórico no puede permitirse menospreciar al creador, y el creador… bueno, creo que en el peor de los casos puede menospreciar a la teoría y seguir siendo un gran poeta -¡Neruda!-, pero de todas maneras gana mucho si dialoga con ella, como lo prueban los demás poetas y narradores a los que he mencionado.

Por ello, trato de subir a este blog diversas observaciones y reflexiones de grandes escritores que considero muy pertinentes para el estudioso. Aunque muchas, quizá, provengan de autores perfectamente reconocidos, creo que el sentido o el valor de algunas de ellas quedan con frecuencia en segundo plano: porque se pierden en el mar de lo dicho y escrito por sus autores; o porque son de escritores a los que se les ha leído más desde ciertas corrientes de pensamiento, y entonces se ha pasado por alto lo que no encaja bien con ellas (ejemplo: Borges, monopolizado por el estructuralismo y el postestructuralismo); o porque, con toda la admiración que se tiene a sus autores, no se suele tomar en cuenta la profundidad de sus reflexiones (Cortázar, visto a lo sumo como un gran “teórico” del  cuento); etc., etc.

Manos a la obra, pues.

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