La literatura como arte, 2


Para una adecuada lectura analítica de la obra literaria (subrayo el adjetivo para recordar que el análisis es una actividad secundaria, derivada: lo primero es nuestra relación de amor u odio con la obra), debemos recordar que ésta se encuentra «llena de mundo», llena de contenidos no estéticos -emociones e ideas, religión e instintos, etc.-, pero éstos siempre se encuentran mediados por el carácter estético de la obra. Así, pues, hay que preguntarnos: ¿qué es lo estético? Para responder, me apoyaré en algunas ideas de Invitación a la estética (México: Debolsillo, 2007), de Adolfo Sánchez Vázquez (1915-2011).

El filósofo propone como objeto de la estética no el solo arte, ni la mera belleza, sino las relaciones estéticas del ser humano con el mundo; porque ni todo en el arte es bello (también hay lo sublime, lo grotesco, etc.), ni todo lo que apreciamos estéticamente es una obra de arte.

Desde la tradición marxista (y en un sentido más amplio, dialéctica, para incluir a Hegel, la Escuela de Frankfurt, etc.) Sánchez Vázquez distingue dos grandes clases de relaciones humanas: de los hombres entre sí, y del hombre con la Naturaleza.

  • Relaciones del hombre con la Naturaleza
    • Teórico-cognoscitiva
    • Práctico-productiva
    • Práctico-utilitaria
  • Relaciones que los hombres contraen entre sí
    • Las relaciones con la Naturaleza se hallan mediadas por éstas
    • La relación estética es una de ellas

 La relación estética se halla “vinculada estrechamente en sus orígenes (…) a la producción material de objetos útiles”, se deriva de la relación práctico-productiva:

  • La producción utilitaria ha sido la condición necesaria y el fundamento de la producción estética en general y de la artística en particular, en cuanto que ambas requieren el mismo comportamiento humano: el que se pone de manifiesto en el trabajo al “hacer cambiar la materia que le brinda (al hombre) la Naturaleza”, al mismo tiempo que “realiza en ella su fin” (Marx, El capital) (80).

Para entender la naturaleza de la relación estética, Sánchez Vázquez examina su relación genética con las actividades no estéticas:

  • Puesto que nos relacionamos estéticamente con objetos producidos sin finalidad estética (admiramos la elegancia de una silla, la grandeza del Libro de Job, el dramatismo de una crónica periodística, etc.), debemos preguntarnos: ¿hay, en el producto no estético y en su producción, algo que posibilite la mirada estética del espectador?
Sánchez Vázquez desarrolla esta respuesta:
  • Puesto que podemos relacionarnos estéticamente con objetos que, antes del nacimiento de las Bellas Artes, fueron producidos sin finalidad estética -desde las pinturas rupestres hasta las catedrales góticas-, surge entonces una importante cuestión: sus creadores ¿fueron inconscientes? Es decir ¿carecían de finalidad estética? ¿Es lo estético una imposición de la mirada moderna sobre el trabajo de los hombres premodernos?
  • Respuesta:
    • La producción de objetos dotados de una forma incluye necesariamente la conciencia de dicha forma: la conciencia estética es esa conciencia de forma
    • Esta conciencia es inseparable del proceso del trabajo humano
  • La evolución de las herramientas paleolíticas muestra la progresiva emergencia de los siguientes rasgos en el trabajo humano (a partir de aquí se apoya en el antropólogo André Leroi-Gourhan)
    • “Preexistencia ideal del producto y de su forma en la conciencia del productor”
    • “Dominio cada vez mayor del hombre sobre la materia debido a su conocimiento cada vez más rico y extenso”
    • “Eficiencia cada vez mayor del útil”
    • “Placer vinculado (…) a la conciencia del buen trabajo realizado y de la capacidad propia para ejecutarlo”
  • “Estos rasgos (…) constituyen la condición necesaria para que surja (…) un nuevo comportamiento humano que, sin dejar de reconocer su caracter utlitario, calificamos de estético” (98)
  • Ya en el paleolítico medio se advierten rasgos formales que rebasan lo funcional, “gratuitos”, de función decorativa o mágica. Sánchez Vázquez utiliza el término “forma excedente“.
  • La función mágica, en particular, exige el logro de la “forma excedente”, la forma que va más allá de lo utilitario.
Hagamos un primer alto. Veamos cómo se aplica esto a la literatura. Para empezar, no tenemos que retroceder hasta el Paleolítico (en caso de que fuera posible). Este proceso, por el que una actividad no estética va produciendo objetos cada vez más hermosos, que posteriormente son asimilados al ámbito de lo artístico, se ha dado más de una vez en la literatura. Quizá incluso la historia de cualquier género literario deba empezar por el relato de cómo un cierto tipo de discurso no literario se fue volviendo cada vez más artístico, o de cómo terminó por “caer en las manos” del lector literario:
  • Por supuesto, el primer ejemplo está en los conjuros mágicos y los poemas sagrados de las primeras culturas.
  • Recordemos que la tragedia griega nace del culto a Dionisos.
  • La retórica nace con una finalidad muy práctica: tener éxito en las asambleas y frente a los tribunales, y en la sociedad en general. Esto desemboca, por ejemplo, en el Elogio de la Locura de Erasmo, que aplica los procedimientos de la retórica a sus fines religiosos.
  • El romance, la balada, el corrido, ejercían en las comunidades analfabetas las funciones que hoy cumplen los diarios y la televisión de entretenimiento.
  • La novela, en sus orígenes burgueses medievales, consistía sólo en diversión, anécdotas de esposos cornudos y clérigos lujuriosos.

Etcétera… Y así, la comprensión de lo artístico en cada género debe tomar en cuenta sus raíces no artísticas: para Huidobro, el poeta debe ser un pequeño dios, porque originalmente la poesía sirvió para honrar a los dioses; la gran novela ejerce una mirada crítica sobre la sociedad porque nació en el seno de sectores sociales ajenos al poder y a la hegemonía cultural; y así sucesivamente.

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