Blanco White, “Discurso sobre la poesía”, 5: La poesía y lo sagrado


Orfeo

¿Por qué, pues, [la poesía] ha perdido entre nosotros su antiguo lustre y esplendor? ¿Por qué las Bellas Artes del lenguaje se han convertido en pasatiempos inútiles y muchas veces dañosos? ¿No será posible verlas restituidas a su primer destino?

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El influjo del lenguaje es infinitamente poderoso; pero su uso nace con el hombre; las pasiones le comunican su fuerza y no hay otro medio para evitar sus estragos que dirigirlo al bien a que el eterno Hacedor lo ha destinado. Siempre que en las artes del hablar se siga el orden de la naturaleza, en vez de ser nocivas, serán perpetuamente fecundas de los bienes que produjeron en su origen. La degradación que en algunos siglos han padecido las Bellas Letras y el poco aprecio que aún merecen a los que no las conocen como las debieran, nace de haberlas prostituido a abrazar asuntos muy ajenos de su decoro.

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La poesía fue el lenguaje de la religión en la infancia de los tiempos, y de este principio nació su mayor influjo en la civilización de los hombres. Ella tuvo su origen en los grandes sentimientos, y de ellos recibió nueva grandeza. ¿Y qué cosas pudieron ocuparla más dignamente que las sublimes impresiones que nacen de la idea del Ser supremo?

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Apenas el hombre puede volver la vista de su mente a sí mismo, cuando halla en su corazón un testimonio irresistible de su dependencia. Los seres todos que lo rodean dependen unos de otros: él se halla también enlazado a esta cadena universal, y busca la mano invisible e independiente que lo unió a ella. La íntima sensación de un ser distinto de su parte material que lo anima, engendra en él la idea de otro ser invisible y poderoso que rige la naturaleza.

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Acaso la debilidad de su razón lo extravía y puebla el universo de seres invisibles […]. Tal es la viveza del sentimiento de nuestra animación por una substancia distinta de la materia, que el primer error del hombre es multiplicar los seres que son más incomprensibles a su razón. Él se siente vivir y todo vive a sus ojos. El sol, las estrellas, los vientos, los ríos son para él otras tantas divinidades porque son más poderosos que él, y porque los juzga dotados de inteligencia.

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El lenguaje, cual lo hemos pintado en sus principios, debió tomar todas las formas de las impresiones que lo forzaban a nacer; júzguese el incremento y el esplendor que recibiría aplicado a aquella religión, aunque grosera y llena de errores. Si para formarse la poesía bastase la novedad de los objetos, y la grandeza que les da la ignorancia, ¿cuál sería su aumento cuando recibió en sí las ideas que aun por su misma oscuridad participaban del infinito […]?

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