Escritor, estamento, ideología y ética profesional


Las antologías (o los manuales de historia literaria) los unen, pero su sociedad los distinguía. Colocados por orden cronológico o alfabético, todos los clásicos, todos los renacentistas o todos los hombres de letras parecen lo mismo; pero, en su época, la posición de cada uno en el orden estamental diferenciaba claramente sus privilegios y obligaciones, sus gustos y valores, además de su vestimenta.

(Pero es mejor el supuesto retrato anónimo de Garcilaso, de la galería Kassel, que podemos ver en La página de Garcilaso en internet.)
Un noble tiene que ostentar su superioridad, mostrar grandeza en todas los campos apropiados para el miembro de un estamento cuya obligación no es trabajar, sino guerrear, aconsejar al señor y honrarlo añadiendo esplendor a su corte.  Valor, habilidad y fuerza de la espada, gracia y elegancia en la pluma en el sombrero. El cortesano del siglo XVI —como lo describe en su famoso libro Baltasar de Castiglione— muestra esa grandeza también en las aptitudes del espíritu, como la poesía. Claro que el noble escritor debe conocer su arte y su tradición, pero no debe transparentar el trabajo que hay tras ella. Las virtudes del trabajo son para profesionistas y mercaderes. En la poesía del caballero debe mostrarse la misma gracia, la misma aparente facilidad con la que baila en la corte o conversa con una dama.

Hans Holbein el Joven: Erasmo de Rotterdam.
El saber no constituye un valor en sí mismo. Como bien lo sabe el humanista, el objetivo de las letras es forjar hombres. Y como lo subraya el humanista cristiano, el hombre cristiano se forja con la lectura y comprensión de las Sagradas Escrituras. Así que Erasmo y los erasmistas no serán como los poetas y gramáticos estultos del famoso Elogio. Esta severidad se refleja en el negro de su ropaje. Se desvelarán, sí, en el trabajo literario; mas no para obtener la falsa inmortalidad que otorga la República de las Letras, sino servir mejor a su prójimo ayudándolo a asimilar y practicar la palabra de Dios. Esot —piensan los humanistas cristianos— es lo que hace un verdadero teólogo, más que desentrañar con la mera razón humana los misterios de la Encarnación, la Trinidad, etc.

Fernando de Herrera.
Y sin embargo, hay que vivir. Hay que hacer carrera literaria. Si el caballero se prueba con valor en la guerra y con pulimiento en la corte, el humanista profesional se aquilata, él sí, con trabajo. Erudición, erudición, erudición. Y en los poemas, texturas ricas, elaboradas, en las que no se ostenta una aparente facilidad, sino un ingenio que no entrega sus riquezas tan fácilmente, a la primera petición del lector. El cuello de su vestimenta es estrecho como su vida de esfuerzos y desvelos, pero la corona en la frente dice lo que busca y (en el caso de Herrera) lo que obtiene.

Fray Luis de León.
Pero la forma literaria no está reñida con la enseñanza. Así como la segunda es obligación ineludible del buen clérigo, en este caso: de un catedrático de Salamanca, la primera es condición para transmitir la verdad y persuadir a los oyentes. Además, la verdadera belleza tiene su su origen en el Cielo. La tradición platónica lo afirma, y san Agustín la retoma y la asimila al pensamiento cristiano. Como fraile agustino, como teólogo escriturista de Salamanca, fray Luis conocía el camino por el que podía dedicarse a crear belleza sin caer en la frivolidad —adecuada en los cortesanos pero no en los profesores— ni en la búsqueda del favor del mundo, como los humanistas laicos.

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