Sobre el realismo: fragmentos de Solos de Clarín


A bust of Benito Pérez Galdós by Erminio Blott...

Image via Wikipedia

Puede consultarse la edición completa en Solos de Clarín, de la Biblioteca Virtual Cervantes. También: Alianza Editorial, 1971 (El Libro de Bolsillo 350).

Realismo, libertad, pensamiento crítico (de “El libre examen y nuestra literatura presente”)

  • El glorioso renacimiento de la novela española data de fecha posterior a la revolución de 1868.
  • Y es que para reflejar, como debe, la vida moderna, las ideas actuales, las aspiraciones del espíritu del presente, necesita este género más libertad en política, costumbres y ciencia de la que existía en los tiempos anteriores a 1868.
  • Es la novela el vehículo que las letras escogen en nuestro tiempo para llevar al pensamiento general, a la cultura común el germen fecundo de la vida contemporánea, y fue lógicamente este género el que más y mejor prosperó después que respiramos el aire de la libertad del pensamiento.
  • Este renacer, mejor nacer, acaso, de la novela está muy a los comienzos de su gloriosa carrera: aún son pocos los autores que representan la nueva novela española, y no son por cierto espíritus aventurados, amigos de la utopía, revolucionarios ni despreciadores de toda parsimonia en el progresar y en el reformar. El más atrevido, el más avanzado, por usar una palabra muy expresiva, de estos novelistas, y también el mejor, con mucho, de todos ellos, es Benito Pérez Galdós, que con Echegaray, en el drama, es la representación más legítima y digna de nuestra revolución literaria. Pues Galdós no es, ni con mucho, un revolucionario, ni social ni literario: ama la medida en todo, y quiere ir a la libertad, como a todas partes, por sus pasos contados. Hombre sin preocupaciones políticas, ni religiosas, ni literarias, no se ha afiliado ni a sectas, ni a partidos, ni a escuelas; no es un Eugenio Sué, ni un Flaubert, ni menos un Zola; parécese más a los novelistas de la gran novela inglesa, a quien ama y en parte sigue; pero tiene más caracterizada personalidad en ideas y sentimientos y más pasión por las conquistas del espíritu liberal.

(…)

  • Piénsese que no hay país, de los civilizados, donde el fanatismo tenga tan hondas raíces, y piénsese que la novela de Galdós no ha influido sólo en estudiantes librepensadores y en socios de Ateneos y clubs, sino que ha penetrado en el santuario del hogar, allí donde solían ser alimento del espíritu libros devotos y libros profanos de hipócrita o estúpida moralidad casera, sin grandeza ni hermosura.

El realismo, entre la imitación superficial y la exhibición de lo íntimo (de “Cavilaciones”)

  • Ya sé que en buena estética no se puede exigir que la estatua tenga músculos y huesos debajo de la superficie: basta con la apariencia.
  • Pero no se me negará que esa apariencia nunca sería tan perfecta, como existiendo realmente dentro de la estatua todo un organismo humano. Pues esta es la cuestión del realismo. En sus estatuas (los personajes de sus obras), hay músculos, huesos, todo lo que contribuye a que la apariencia sea más perfecta.
  • Este es el realismo bueno. El malo es el que abre las carnes para que la anatomía se vea.

El personaje debe encarnar un tipo (de la crítica al El buey suelto…, de José María de Pereda)

El realismo, el legítimo, no desconoce la necesidad de tal doctrina, retrata fielmente lo individual, sin afeites ni postizos; pero retrata aquello que es característico, representativo, típico, mejor que todo eso. El idealismo artístico, legítimo también cuando es obra del verdadero genio, tampoco pretende que fuera de la manifestación individual sea posible el arte; pero en vez de atenerse a la realidad histórica, para copiarla en lo esencial de ella, atiende a lo virtual, y atribuye a los individuos que le sirven de expresión, cualidades posibles (verosímiles) dentro de su género; sin que la crítica reflexiva pueda confundir el resultado de tal procedimiento con la abstracta creación de prosaico pensador que aspira al arte sin tener imaginación para cuajar en lo individual, vivo y semoviente, la concepción indeterminada, que antes de la determinación expresiva y concreta ya podrá ser bella, pero no artística. Todo es legítimo en el arte, el realismo y el idealismo; pero a condición de que el primero no olvide, en lo singular que directamente copia, buscar lo propio para la expresión de lo genérico; y de que el segundo, el idealismo, lo ejemplar y perfecto que concibe, lo aplique verosímilmente a una creación individual, viva, y por todos lados determinada y acabada.

Filosofía, religión y novela (de la crítica a Gloria, de Benito Pérez Galdós)

No hay que olvidar que no toda la filosofía es científica, ni siquiera metódica, ni escolástica siquiera; hay también la filosofía de todos los días y de todas las horas: es el pensamiento moviéndose, aunque no quiera, viendo y juzgando, aun a su pesar, que son los de la razón unos ojos que no tienen párpados, y no hay lo de cerrar los ojos si se trata del alma. España, desde el siglo XVI, no ha dejado de filosofar; lo que hizo fue filosofar de la peor manera posible: tuvo un sistema, a saber: que no se debía pensar. Para este modo de filosofía, que podía llamarse filosofía necesaria, sirven admirablemente las obras literarias, y la novela tendenciosa o filosófica, o como se quiera, es ahora en nuestro país de gran oportunidad.

La primera filosofía, aun en este aspecto vulgar, es la filosofía de lo absoluto (aunque fuese para negarlo), y así lo han comprendido nuestros buenos novelistas, que por esta razón y otras no menos atendibles y que miran al tiempo actual y a las condiciones de nuestra raza, han tratado el problema religioso bajo uno u otro aspecto en sus principales producciones. En esta que llamamos filosofía necesaria, la religión es considerada muy pronto, y principalmente en sus relaciones con subordinadas esferas. De ello están convencidos los restauradores del género literario a que venimos refiriéndonos, y nada menos que a esa altura han colocado su obra. (…) La novela modernísima española ha empezado, pues, por donde debía empezar; no ha podido ser más oportuna cuando los franceses confiesan que la suya degenera, se empequeñece, notamos con placer purísimo que la nuestra se acrisola, se ennoblece y se levanta… Pero no nos ciegue el orgullo; ellos ya han pasado por aquí, Juan Valjean podría ser abuelo de Gloria.

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