Archive for marzo, 2013

20 marzo, 2013

Europeana: portal hacia las bibliotecas nacionales europeas


europeana

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19 marzo, 2013

Rubén Darío: “Los colores del estandarte”


Eve (1896 - Lucien Levy-Dhurmer)

Lo capturé directamente: debe de haber errores, suplico que los señalen.

Darío publicó “Los colores del estandarte” en 1896, en La Nación de Buenos Aires, para responder a las críticas adversas a Los raros formuladas por Paul Groussac, importante crítico literario en la Argentina de la época. Groussac era francés y no fue su voluntad afincarse en este continente. Quizá conozcan el retrato que Borges hace de él en alguno de sus libros de ensayos, no recuerdo ahora cuál.

Pero lo que más nos interesa no es esa polémica concreta, sino las precisiones que hace Darío sobre lo que significa ser “decadente”, una de las “cinco caras de la modernidad” (junto con la vanguardia, el modernismo, etc.) de las que habla Matei Calinescu. También importa que nos fijemos en la conciencia que muestra Darío de pertenecer a un movimiento internacional, el cual desborda los límites grupales y cronológicos de la escuela decadentista francesa: de Ibsen a Poe, de Lugones a Wagner…

Les sugiero que busquen todos los nombres propios que no puedan reconocer, pero no les garantizo que ubiquen a todos los personajes.

La fin du dix-neuvième siècle verra son poète (cependant, au début, il ne doit pas commencer par un chef d’œuvre, mais suivre la loi de la nature) ; il est né sur les rives américaines, à l’embouchure de la Plata, là où deux peuples, jadis rivaux, s’efforcent actuellement de se surpasser par le progrès matériel et moral. Buenos-Ayres, la reine du Sud, et Montevideo, la coquette, se tendent une main amie, à travers les eaux argentines du grand estuaire.

[El fin del siglo XIX verá su poeta (sin embargo, al principio no deberá comenzarpor una obra maestra, sino seguir la ley de la naturaleza); ha nacido en litorales americanos, en la desembocadura del Plata, allá donde dos pueblos, antes rivales, se esfuerzan actualmente por sobrepasarse mediante el progreso material y moral. Buenos Aires, la reina del sur, y Montevideo, la coqueta, se tienden una mano amiga, a través de las aguas argentinas del gran estuario.]
Lautréamont, Les chants de Maldoror

Tengo por fin que tratar de mi obra y de mí mismo, pro domo mea, desde el momento en que un escritor digno de mi respuesta y de mi respeto ha manifestado juicios que me veo obligado a contradecir.
Se trata del señor Groussac, y los juicios a que me refiero han aparecido en la revista más seria y aristocrática que hoy tenga la lengua castellana: La Biblioteca, es decir, nuestra Revue des Deux Mondes. El señor Groussac ha proclamado mi modestia. Es la verdad: delante dela autoridad magistral, delante de los espíritus superiores, soy modesto y respetuoso. Para el elogio y la censura ineptos, mi modestia es indiferencia absoluta. Para la hostilidad innominable —ejemplo, la expansión inofensiva de un mufle gallego que pasta en Córdoba—, mi modestia es más alta que Ossa sobre Pelión.
El señor Groussac ha escrito, con motivo de la aparición de mi libro Los raros, frases que me regocijan verdaderamente. No es su fama de fácil y blandílocuo. A sus espaldas murmura temeroso o iracundo el rebaño de heridos y amenazados. Yo he sido relativamente feliz. ¿Qué cosa hay más dulce que la miel y más fuerte que el león? Yo he encontrado miel en la boca del león, ¡y del león vivo! [alusión a Sansón, con cita textual sin comillas: Jueces, capítulo 14].
Yo conocí al señor Groussac en Panamá, cuando él iba a la exposición de Chicago y yo venía a Buenos Aires, vía París. Ya era el santo de mi devoción, destinado a ocupar un puesto en mis futuras hagiografías literarias. Le visité con la emoción de Heine delante de Goethe. Le dije que venía a Buenos Aires, de cónsul, pero sobre todo, lleno de sueños de arte. Él movió la cabeza de modo que yo traduje: “¡En qué berenjenales se va usted a meter!”
Algo me miraría en la parte de alma que sale a los ojos, porque fue muy bondadoso en sus palabras. Si más adentro hubiese podido penetrar se habría dado cuenta de esta confesión íntima: “Señor, cuando yo publiqué en Chile mi Azul…, los decadentes apenas comenzaban a emplumar en Francia. Sagesse de Verlaine era desconocido. Los maestros que me han conducido al ‘galicismo mental’ de que habla don Juan Valera, son algunos poetas parnasianos, para el verso, y usted, para la prosa”.
La Nación, en la primera temporada de Sarah Bernhardt, fue quien me enseñó a escribir, mal o bien, como hoy escribo.
Mi éxito —sería ridículo no confesarlo— se ha debido a la novedad: la novedad ¿cuál ha sido? El sonado galicismo mental. Cuando leía a Groussac no sabía que fuera un francés que escribiese en castellano, pero él me enseñó a pensar en francés: después, mi alma gozosa y joven conquistó la ciudadanía de Galia.
En verdad, vivo de poesía. Mi ilusión tuvo una magnificencia salomónica. Amo la hermosura, el poder, la gracia, el dinero, el lujo, los besos y la música. No soy más que un hombre de arte. No sirvo para otra cosa. Creo en Dios, me atrae el misterio; me abisman el ensueño y la muerte; he leído muchos filósofos y no sé una palabra de filosofía. Tengo, sí, un epicureísmo a mi manera: gocen todo lo posible el alma y el cuerpo sobre la tierra, y hágase lo posible por seguir gozando en la otra vida. Lo cual quiere decir que lo veo todo en rosa.
Mi adoración por Francia fue desde mis primeros pasos espirituales honda e inmensa. Mi sueño era escribir en lengua francesa. Y aun versos cometí en ella que merecen perdón porque no se han vuelto a repetir. Sin haberlo leído, mi espíritu sabía el discurso de Rivarol. Cierto es que Brunetto Latino podría hoy repetir sus palabras sobre ese maravilloso idioma. Al penetrar en ciertos secretos de armonía, de matiz, de sugestión que hay en la lengua de Francia, fue mi pensamiento descubrirlos en el español, o aplicarlos.
La sonoridad oratoria, los cobres castellanos, sus fogosidades, ¿por qué no podrían adquirir las notas intermedias, y revestir las ideas indecisas en que el alma tiende a manifestarse con mayor frecuencia? Luego, ambos idiomas están, por decirlo así, construidos con el mismo material. En cuanto a la forma,. en ambos puede haber idénticos artífices. La evolución que llevara al castellano a ese renacimiento, habría de verificarse en América, puesto que España está amurallada de tradición, cercada y erizada de españolismo. “Lo que nadie nos arranca, dice Valera, ni a veinticinco tirones”. Y he aquí cómo, pensando en francés y escribiendo en castellano que alabaran por lo castizo los académicos de la Española, publiqué el pequeño libro que iniciaría el actual movimiento literario americano, del cual saldrá, según José María de Heredia, el renacimiento mental de España.
Advierto que como en todo esto hay sinceridad y verdad, mi modestia queda intacta.
El Azul… es un libro parnasiano y, por lo tanto, francés. En él aparecen por primera vez en nuestra lengua el “cuento” parisiense, la adjetivación francesa, el giro galo injertado en el párrafo castellano; la chuchería de Goncourt, la câlinerie erótica de Mèndes, el escogimiento verbal de Heredia, y hasta su poquito de Coppée.

Qui pourrais-je imiter pour être original?  [¿A quién podré imitar para ser original?]

me decía yo. Pues a todos. A cada cual le aprendía lo que me agradaba, lo que cuadraba a mi sed de novedad y a mi delirio de arte; los elementos que constituirían después un medio de manifestación individual. Y el caso es que resulté original. “Usted lo ha revuelto todo en el alambique de su cerebro, dice el siempre citado Valera, y ha sacado de ello una rara quintaesencia”.
Azul… dio, pues, la nota inicial y fortuna tuvo en España y aun en Francia, donde Peladan imitó francamente mi Canción de oro, en su Cantique d’Or que sirve de prólogo a La Panthée.
Ha de saber el señor Groussac que antes de publicar ese libro revolucionario ya había logrado sonrisas oficiales por mi volumen de Epístolas y poemas, cuyos versos tienen tal cañete que harían perdonar al más coriáceo de nuestros académicos el delito simbolista de mi Canto de la sangre…
En Europa conocí a algunos de los llamados decadentes en obras y en persona. Conocí a los buenos y a los extravagantes. Elegí los que me gustaron para el alambique. Vi que los inútiles caían; que los poetas, que los artistas de verdad se levantaban y la sátira no prevalecía contra ellos. Aprendí el son de la siringa de Verlaine y el de sus clavicordios pompadour. “¡Si llevara todo esto al castellano!” decía yo. Y del racimo de uvas del Barrio Latino, comía la fruta fresca, probaba la pasada y, como en el verso del cabalístico Mallarmé, soplaba el pellejo de la uva vacía y a través de él veía el sol.
Vi en los cenáculos, entre acólitos inútiles y verdaderos fracasados, grandes poetas y hombres sapientes. De esos que van a la Revue des Deux Mondes.
Grotescos, los había, los hay. Como en América… Los clásicos los tuvieron, como los románticos y los naturalistas.  Los grotescos clásicos produjeron un bello libro de Gautier, los grotescos románticos fueron Petrus Borel y Compañía; grotescos naturalistas ha habido hasta en España; grotescos decadentes, hasta en América. ¡Ah, jóvenes que os llamáis decadentes porque mimáis uno o dos gestos de algún poeta raro y exquisito, para ser decadente como los verdaderos decadentes de Francia, hay que saber mucho, que estudiar mucho, que volar mucho!
¿Y quiénes son, por fin, los decadentes?
El doctor Schimper en una de sus últimas correspondencias a La Nación hablaba de toda una conferencia, dada en Viena, sobre el verdadero nombre que habría que dar a los artistas modernos que se han agrupado bajo la luz del arte nuevo.
No tienen marca especial que los singularice como miembros de una escuela señalada. Unos parecen clásicos, como Moréas, que tiende a Racine, otros románticos depurados; otros salidos del naturalismo, como Huysmans, se hacen su lengua propia y se aíslan en un procedimiento inconfundible. Unos son insignes helenistas como Louys, o latinistas como Quillard; otros como Albert hacen a Francia el servicio de revelarle los secretos de la literatura del norte y otros se oficializan, y van a la Revue des Deux Mondes, como Wyzéwa o como Régnier, cuya entrada a la revista-antesala de la Academia no me asombra, pues si la hija de su suegro ha colaborado en ella a los once años, bien puede el marido de su mujer hacerlo a los treinta.
Y si en Europa se ha estampillado con la estampilla de la decadencia a todos los que han salido de la senda vulgar y común entre nosotros en nuestra lengua, créalo el señor Groussac, el último gacetillero boulevardier que escribiera con algún cuidado del estilo sería un estupendo simbolista. Tenemos sujetos para quienes Sarcey y Ohnet son decadentes.
Y a propósito: el señor Grussac se equivoca al afirmar que Verlaine y Régnier no aceptaron nunca los epítetos de decadentes, etc. Éstas son pequeñeces de cenáculo que bien puede no conocer el maestro. Mas he de recordar la balada del Pauvre Lelian: En faveur de dénommés Décadentes et Symbolistes, que pertenece a Dedicaces, y cuyo envío es el siguiente:

Bien que la bourse chez nous pêche,
Princes, ridons, doux et divins.
Quoique l’on dise ou que l’on préche:
Nous sommes les bons écrivains.

Ese grupo de artistas ha sido quien ha dado al mundo en estos últimos años el conocimiento de grandes almas geniales: Ibsen, Nietzsche, Max Stirner y, sobre todos, el soberano Wagner y el prodigioso Poe. Entre ellos, anónimos o desconocidos, han traducido y comentado, editado y propagado. Los prerrafaelitas son sus hermanos y con la obra de ellos prodúcese la iniciación de lo que llamara de Vogüé el “renacimiento latino” con Gabriel D’Annunzio, a quien el señor Groussac veía no hace mucho tiempo desdeñosamente y que hoy se ha impuesto —a pesar de los ataques y de las célebres acusaciones de plagio— hasta a la misma Revue des Deux Mondes. A todos ellos guía la estrella de belleza. Obscuros hay, claros y cristalinos. En pintura y en música les siguen otros hermanos de armas. ¿Qué alma superior no siente hoy así sea un lejano influjo de los titanes del arte moderno? Carne de Taine tiene el señor Groussac; pero hay en su alma un ruiseñor que canta de cuando en cuando cosas que no se oyen en la montaña de Taine. Yo me precio de conocer bien al director de La Biblioteca, mi maestro y mi autor. ¡Y bien!, entre las espumas tempestuosas, en la polémica, en la crítica, al costado de la onda maciza, suelo ver deslizarse, blanco y armonioso, al cisne de Lohengrin.
Y he aquí que voy a hacer una confesión: el autor del Problema del genio ha estado a punto de aparecer entre los raros de mi último libro, y hubiera tenido que respirar un incienso  que si se prodiga a histéricas como Rachilde y ratés como Bloy, no va, por cierto, del incensario de Calino.
Y hablemos de Los raros que han tenido la suerte de hacer escribir un artículo al señor Groussac. No son raros todos los decadentes ni son decadentes todos los raros. Leconte de Lisle está en mi galería sin ser decadente a causa de su aislamiento y de su augusta aristocracia. Rachilde y Lautréamont, por ser únicos en la historia del pensamiento universal. Casos teratológicos, lo que se quiera, pero únicos, y muy tentadores para el psicólogo y para el poeta. No son los raros presentados como modelos; primero porque lo raro es lo contrario de lo normal, y después, porque los cánones del arte moderno no nos señalan más derrotero que el amor absoluto a la belleza —clara, simbólica o arcana— y el desenvolvimiento y manifestación de la personalidad. Sé tú mismo: ésa es la regla. Si soy verleniano no puedo ser moreísta, o mallarmista, pues son maneras distintas.
Se conocen, eso sí, los instrumentos diversos, y uno hace su melodía cantando su propia lengua, iniciado en el misterio de la música ideal y rítmica. Hugo oyó a Chénier, Leconte de Lisle oyó a Hugo, Régnier oyó a Leconte de Lisle. Cada uno es cada uno; colina, o cordillera. En esas pruebas del arte caen los superficiales y los flacos. Los raros son presentaciones de diversos tipos, inconfundibles, anormales; un hierofante olímpico, o un endemoniado, o un monstruo, o simplemente un escritor que, como D’Esparbés, da una nota sobresaliente y original. Y a D’Esparbés llama el señor Groussac raté; al joven que ahora empieza su lucha, ya condecorado por Coppée, por el buen Coppée, delante del batallón literario…
¡Oh, poeta de Les Humbles, qué dirías si vieses así marcado a tu D’Esparbés-des-Batailles, ahijado del emperador y caro al Águila! La cuestión del ritmo es larga de tratar; exigiría labor aparte. Mas no he de dejar de decir que el señor Groussac ha padecido también a este respecto algunas equivocaciones.de los versos que cita del libro de Robert de Souza, el primero, a mi entender, debe dividirse así:

Elle captive en – ses basiliques.

Y el hemistiquio no queda largo, porque se lee: Elle captiv’en – ses basiliques. Sobre los ritmos nuevos, de los cuales muchos no son sino antiguos renovados, más que Souza puede dar noticia Pierre Valin, un fonetista [cursivas de Darío] que ha estudiado el asunto desde Robert Longland hasta nuestros días. Y en la práctica, el divino Verlaine, en cuyas obras encontraré el señor Groussac versos que pueden también cantarse exactamente con la música de Parera. De Dubus cito unos en Los raros:

Dans la salle de bal nue et vide
Reste seul un bouquet qui se fane,
Pour mourir du même jour livide
Que l’espoir de danseurs de pavane.

El Pour mourir du même jour livide es hasta igual al mal verso de la canción nacional chilena: O el asilo contra la opresión. Ambos, sin embargo, pueden ponerse en solfa.
La poética nuestra, por otra parte, se basa en la melodía; el capricho rítmico es personal. El verso libre francés, hoy adaptado por los modernos a todos los idiomas e iniciado por Whitman, principalmente, está sujeto a la “melodía”. Se ha negado la posibilidad del hexámetro español. Haylos y admirables.
Poe los negaba en inglés; lo que no obsta para que la Evangelina de Longfellow esté en hexámetros.
Whitman, nuestro Whitman, rompió con todo y se remontó al versículo hebreo, se guió por su instinto. Y he de concluir yo también con el inmenso poeta de Leaves of Grass, con el degenerado Whitman, raro, rarísimo, maestro de Maeterlinck, y honrado también, el fuerte y cósmico yankee, con el diagnóstico del judío Nordau. Estamos, querido maestro, los poetas jóvenes de la América de lengua castellana, preparando el camino, porque ha de venir nuestro Whitman, nuestro Walt Whitman indígena, lleno de mundo, saturado de universo, como el del norte, cantando tan bellamente por “nuestro” Martí.
Y no sería extraño que apareciese en nuestra vasta cosmópolis, crisol de almas y razas, en donde vivió Andrade el de la Atlántida simbólica, y aparece este joven salvaje de Lugones, precursor quizá del anunciado por el enigmático y terrible loco montevideano [Isidore Ducasse, conde de Lautréamont: alude aquí al epígrafe de los Cantos de Maldoror, I, que encabeza su ensayo], en su libro profético y espantable.

15 marzo, 2013

Del periodo isabelino : fragmentos de La familia de Alvareda


Deutsch: Fernán Caballero

Cecilia Bohl de Faber (1843-1868), hija del diplomático alemán que llevó el romanticismo conservador a España, escribió bajo el seudónimo Fernán Caballero. Es conocida sobre todo por sus novelas, las cuales satisficieron ampliamente el nuevo gusto conservador de mediados del siglo XIX, el cual rechazaba del romanticismo tanto su actitud crítica y subversiva como su estilo hiperbólico. Frente a otras opciones, como la rigidez de la estética neoclásica y la desalentadora (para la gente decente) objetividad del realismo francés, sus obras tenían la ventaja de combinar la precisa observación de las costumbres rurales con una firme actitud conservadora y nacionalista. La primera edición de La familia de Alvareda es de 1849; las citas provienen de la edición en línea de la Biblioteca Virtual Cervantes.

Capítulo I

Siguiendo la curva que forman las viejas murallas de Sevilla, ciñéndola cual faja de piedra, al dejar a la derecha el río y las Delicias, se encuentra la puerta de San Fernando.
Desde esa puerta se estiende en línea recta sobre la llanura, hasta la base del cerro llamado Buena-Vista, un camino que pasa sobre un puente de piedra el riachuelo Tagarete, y sube la cuesta bastante pendiente del cerro, en cuya cima se hallan las ruinas de una capilla.
Al contemplar ese camino a vista de pájaro parece que es un brazo que estiende Sevilla hacia aquellas ruinas, levantándole en alto como para llamar la atención sobre ellas, porque esas ruinas, aunque pequeñas y sin vestigio de mérito artístico, son un recuerdo religioso e histórico, son una herencia del gran rey Femando III, cuya memoria es tan popular, que se le admira como héroe, que se le venera como Santo, que se le ama como Rey, realizando así esa gran figura histórica el ideal del pueblo español.
(…)
Para hacer de este pueblo, que tiene la fama de ser muy feo, un lugar pintoresco y vistoso, sería preciso tener una imaginación que mintiese y crease, y la persona que aquí lo describe, sólo pinta.
(…) Es allí todo rústico, tosco y sin elegancia. Pero en cambio, encontraréis buenos y alegres rostros, que os mostrarán que maldita la falta que hace todo aquello para ser feliz. Hallaréis además en los patios de las casas, flores; y a sus puertas robustos y alegres chiquillos, más numerosos aun que las flores; hallaréis la suave paz del campo, que se forma del silencio y de la soledad, una atmósfera de Edén, un cielo de paraíso. Estas son las ventajas de que goza. Bien compensan las otras.
El pueblo se compone de algunas calles anchas, formadas por casas de un solo piso, labradas en cansadas líneas rectas sin ser paralelas, que desembocan en una gran plaza arenisca, estendida como una alfombra amarilla ante una hermosa iglesia, que levanta su alta torre coronada de una cruz, como un soldado su estandarte.
(…)
A la caída de una hermosa tarde de enero del año 1810, hubiese podido oírse la sonora y fresca voz de un joven como de veinte años, que con la escopeta al hombro, caminaba con paso firme y ligero por una de las veredas trazadas en los olivares. Su cuerpo, quebrado de cintura, era alto y airoso; su persona, sus ademanes, su modo de andar, tenían la soltura, la gracia, la elegancia, que el arte se esfuerza en crear, y que la naturaleza reparte a manos llenas a los andaluces. Llevaba alta y erguida una cabeza, coronada de rizos negros, modelo del bello tipo español. Sus grandes ojos negros eran vivos; su mirada firme y llena de inteligencia; su bien formado labio superior se alzaba con un gesto de alegre zumba, enseñando su blanca y brillante dentadura. Toda su gallarda persona respiraba una superabundancia de vida, de fuerza, de energía. Un botón de plata sujetaba sobre su cuello moreno su blanca camisa. Llevaba una chaqueta cortita de paño parda, calzones cortos de la misma tela. sujetos en la rodilla con cordones y borlas de seda: una faja de seda amarilla ceñía con varias vueltas su delgada cintura. Zapatos de vaca y polainas de lo mismo, finamente pespunteadas, calzaban sus bien formados pies y piernas: un sombrero de ancha ala, llamado calañés o portugués, guarnecido y adornado de terciopelo y de borlas de seda, airosamente inclinado hacia el lado izquierdo, completaba el elegante traje andaluz.

Capítulo 2

(…) Tres años hacía que había muerto el dueño de la casa. Cuando sintió su fin acercarse, llamó a su hijo Perico y le dijo: «A tu cargo quedan tu madre y hermana; vela sobre la una y guíala; déjate guiar por la otra. Siempre viví en el santo temor de Dios, y pensé en la muerte; así la veo llegar sin espanto y sin sorpresa. Acuérdate de mi muerte para no temerla; todos los Alvaredas han sido hombres de bien; en tus venas corre la misma sangre española, y en tu corazón viven los mismos principios católicos que los hicieron tales. Sé cual ellos, y vivirás dichoso y morirás tranquilo».
Ana, su viuda, era una mujer distinguida en su esfera, y lo hubiese sido igualmente en otra más elevada. Criada por su hermano, que era cura, su entendimiento era culto, su carácter grave, sus maneras dignas, su virtud instintiva. Estos méritos, unidos a su posición acomodada, le daban una superioridad real sobre todos los que la rodeaban, que admitía sin abusar de ella. Su hijo Perico, sumiso, modesto, laborioso, había sido su consuelo, no habiéndole dado jamás otro disgusto que el que le causaba su amor hacia su prima Rita.
Su hija Elvira, tres años más joven que su hermano, era una malva en su dulzura, una violeta en su modestia, una azucena en su pureza.
(…)
En la pintura y clasificación de los miembros que componían esta familia y sus allegados, no podemos omitir a Melampo, el perro que ya hemos visto seguir cachazudamente a Perico a su regreso. Debemos darle su lugar, pues no todos los perros son iguales, ni ante la ley. Melampo era un perro honrado y grave, sin pretensiones, ni aun a las de perro Hércules o Alcides, a pesar de sus enormes fuerzas. Ladraba rara vez, y jamás sin causa motivada: era sobrio y nada goloso. No acariciaba a sus amos; pero jamás ni por ningún motivo se separaba de ellos. En toda su vida había mordido a nadie. Despreciaba altamente los ataques de los gozquecillos que ladraban tras él a su paso con estúpida hostilidad; pero Melampo había matado seis zorros, tres lobos y un día se echó sobre un toro que perseguía a su amo, y lo paró cogiéndolo por una oreja, como a un niño atrevido. Con tales hojas de servicio, dormía Melampo tranquilamente al sol sobre sus laureles.

14 marzo, 2013

La ironía romántica: algunos fragmentos de Friedrich Schlegel (1772-1829)


Fuente: Fragmentos. Federico Schlegel: invitacion al romanticismo. Ed. y trad. Emilio Uranga. México: UNAM, 1958.

La filosofía es la patria originaria de la ironía, que se podría definir como una belleza lógica; pues en cualquier parte en que se filosofa, en diálogos verbales o escritos, y siempre que no se la haga automáticamente, la ironía actúa y estimula.

57

Existe también una ironía puramente retórica, que hay que utilizar con mesura, para que produzca sus efectos excelentes […]; esta ironía es, frente a la elevada urbanidad de la musa socrática, lo que la pompa del más brillante discurso es frente a la tragedia de los antiguos en su sentido más elevado.

57

En este respecto sólo la poesía puede alzarse hasta la altura de la filosofía y no con una ironía retórica.

57-58

Hay poesías […] que exhalan en su conjunto el aliento divino de la ironía. Habita en ellas una bufonería verdaderamente trascendental. En lo interior, el temple de ánimo, que todo lo contempla desde lo alto y que se levanta incondicionado sobre todo lo finito, inclusive por encima del arte, de la virtud o de genialidad; en lo exterior, la ejecución de sus maneras mímicas con la maestría de un buen bufo italiano.

58

La ironía es la forma de la paradoja. paradoja es todo aquello que es a la vez bueno y grande.

58

La ironía es una conciencia clara de la agilidad eterna, del caos infinitamente lleno.

59

Una idea es un concepto llevado por su perfección hasta la ironía; una síntesis absoluta de antítesis absolutas, del cambio perpetuamente creado por sí mismo entre dos pensamientos contrapuestos.

59