Del periodo isabelino : fragmentos de La familia de Alvareda


Deutsch: Fernán Caballero

Cecilia Bohl de Faber (1843-1868), hija del diplomático alemán que llevó el romanticismo conservador a España, escribió bajo el seudónimo Fernán Caballero. Es conocida sobre todo por sus novelas, las cuales satisficieron ampliamente el nuevo gusto conservador de mediados del siglo XIX, el cual rechazaba del romanticismo tanto su actitud crítica y subversiva como su estilo hiperbólico. Frente a otras opciones, como la rigidez de la estética neoclásica y la desalentadora (para la gente decente) objetividad del realismo francés, sus obras tenían la ventaja de combinar la precisa observación de las costumbres rurales con una firme actitud conservadora y nacionalista. La primera edición de La familia de Alvareda es de 1849; las citas provienen de la edición en línea de la Biblioteca Virtual Cervantes.

Capítulo I

Siguiendo la curva que forman las viejas murallas de Sevilla, ciñéndola cual faja de piedra, al dejar a la derecha el río y las Delicias, se encuentra la puerta de San Fernando.
Desde esa puerta se estiende en línea recta sobre la llanura, hasta la base del cerro llamado Buena-Vista, un camino que pasa sobre un puente de piedra el riachuelo Tagarete, y sube la cuesta bastante pendiente del cerro, en cuya cima se hallan las ruinas de una capilla.
Al contemplar ese camino a vista de pájaro parece que es un brazo que estiende Sevilla hacia aquellas ruinas, levantándole en alto como para llamar la atención sobre ellas, porque esas ruinas, aunque pequeñas y sin vestigio de mérito artístico, son un recuerdo religioso e histórico, son una herencia del gran rey Femando III, cuya memoria es tan popular, que se le admira como héroe, que se le venera como Santo, que se le ama como Rey, realizando así esa gran figura histórica el ideal del pueblo español.
(…)
Para hacer de este pueblo, que tiene la fama de ser muy feo, un lugar pintoresco y vistoso, sería preciso tener una imaginación que mintiese y crease, y la persona que aquí lo describe, sólo pinta.
(…) Es allí todo rústico, tosco y sin elegancia. Pero en cambio, encontraréis buenos y alegres rostros, que os mostrarán que maldita la falta que hace todo aquello para ser feliz. Hallaréis además en los patios de las casas, flores; y a sus puertas robustos y alegres chiquillos, más numerosos aun que las flores; hallaréis la suave paz del campo, que se forma del silencio y de la soledad, una atmósfera de Edén, un cielo de paraíso. Estas son las ventajas de que goza. Bien compensan las otras.
El pueblo se compone de algunas calles anchas, formadas por casas de un solo piso, labradas en cansadas líneas rectas sin ser paralelas, que desembocan en una gran plaza arenisca, estendida como una alfombra amarilla ante una hermosa iglesia, que levanta su alta torre coronada de una cruz, como un soldado su estandarte.
(…)
A la caída de una hermosa tarde de enero del año 1810, hubiese podido oírse la sonora y fresca voz de un joven como de veinte años, que con la escopeta al hombro, caminaba con paso firme y ligero por una de las veredas trazadas en los olivares. Su cuerpo, quebrado de cintura, era alto y airoso; su persona, sus ademanes, su modo de andar, tenían la soltura, la gracia, la elegancia, que el arte se esfuerza en crear, y que la naturaleza reparte a manos llenas a los andaluces. Llevaba alta y erguida una cabeza, coronada de rizos negros, modelo del bello tipo español. Sus grandes ojos negros eran vivos; su mirada firme y llena de inteligencia; su bien formado labio superior se alzaba con un gesto de alegre zumba, enseñando su blanca y brillante dentadura. Toda su gallarda persona respiraba una superabundancia de vida, de fuerza, de energía. Un botón de plata sujetaba sobre su cuello moreno su blanca camisa. Llevaba una chaqueta cortita de paño parda, calzones cortos de la misma tela. sujetos en la rodilla con cordones y borlas de seda: una faja de seda amarilla ceñía con varias vueltas su delgada cintura. Zapatos de vaca y polainas de lo mismo, finamente pespunteadas, calzaban sus bien formados pies y piernas: un sombrero de ancha ala, llamado calañés o portugués, guarnecido y adornado de terciopelo y de borlas de seda, airosamente inclinado hacia el lado izquierdo, completaba el elegante traje andaluz.

Capítulo 2

(…) Tres años hacía que había muerto el dueño de la casa. Cuando sintió su fin acercarse, llamó a su hijo Perico y le dijo: «A tu cargo quedan tu madre y hermana; vela sobre la una y guíala; déjate guiar por la otra. Siempre viví en el santo temor de Dios, y pensé en la muerte; así la veo llegar sin espanto y sin sorpresa. Acuérdate de mi muerte para no temerla; todos los Alvaredas han sido hombres de bien; en tus venas corre la misma sangre española, y en tu corazón viven los mismos principios católicos que los hicieron tales. Sé cual ellos, y vivirás dichoso y morirás tranquilo».
Ana, su viuda, era una mujer distinguida en su esfera, y lo hubiese sido igualmente en otra más elevada. Criada por su hermano, que era cura, su entendimiento era culto, su carácter grave, sus maneras dignas, su virtud instintiva. Estos méritos, unidos a su posición acomodada, le daban una superioridad real sobre todos los que la rodeaban, que admitía sin abusar de ella. Su hijo Perico, sumiso, modesto, laborioso, había sido su consuelo, no habiéndole dado jamás otro disgusto que el que le causaba su amor hacia su prima Rita.
Su hija Elvira, tres años más joven que su hermano, era una malva en su dulzura, una violeta en su modestia, una azucena en su pureza.
(…)
En la pintura y clasificación de los miembros que componían esta familia y sus allegados, no podemos omitir a Melampo, el perro que ya hemos visto seguir cachazudamente a Perico a su regreso. Debemos darle su lugar, pues no todos los perros son iguales, ni ante la ley. Melampo era un perro honrado y grave, sin pretensiones, ni aun a las de perro Hércules o Alcides, a pesar de sus enormes fuerzas. Ladraba rara vez, y jamás sin causa motivada: era sobrio y nada goloso. No acariciaba a sus amos; pero jamás ni por ningún motivo se separaba de ellos. En toda su vida había mordido a nadie. Despreciaba altamente los ataques de los gozquecillos que ladraban tras él a su paso con estúpida hostilidad; pero Melampo había matado seis zorros, tres lobos y un día se echó sobre un toro que perseguía a su amo, y lo paró cogiéndolo por una oreja, como a un niño atrevido. Con tales hojas de servicio, dormía Melampo tranquilamente al sol sobre sus laureles.

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