La crítica tradicionalista a la Modernidad. 1: El racionalismo y Babel


Cada vez que releo Doña Perfecta, me extraña mucho que los argumentos esgrimidos por Don Inocencio contra la cultura moderna sean más bien sentimentales, como los que hubiese manejado Bécquer. Me constaba que los reaccionarios no razonaban así. En estos días, he tenido la ocasión de leer parte de Tradicionales y moderados ante la difusión de la filosofía krausista en España, de José Manuel Vázquez-Romero (Universidad Pontificia de Comillas, 1998). En esa obra se pueden hallar magníficos ejemplos de la manera en que argumentaban los Don Inocencio de la vida real. Parece que en México no distinguimos bien entre conservadores y tradicionalistas o reaccionarios, lo que sí se hace en España. A grandes rasgos, diré que mientras los primeros se hallan conformes con la sociedad burguesa tal como es, y lo que les interesa es legitimar y mantener las desigualdades que ésta produce, los tradicionalistas la rechazan, debido a que rechazan la Modernidad en su conjunto. Así, un conservador será partidario de que los gobernantes se elijan por medio de la competencia electoral, mientras que los tradicionalistas consideran que un gobierno surgido de elecciones pluralistas, por sufragio universal, carece de verdadera autoridad (porque ésta sólo proviene de Dios). En cambio, los tradicionalistas pueden ser muy críticos tanto de la miseria generada por el capitalismo como de la opresión estatal sobre las comunidades locales. Una última observación: si repasamos diversos documentos de la antología El pensamiento de la reacción mexicana, de Gastón García Cantú (un libro que todos los mexicanos hubiéramos debido tener a la vista en las elecciones del 2000), veremos que muchos de los personajes y organizaciones a los que en México llamamos “conservadores” son, en realidad, tradicionalistas.

(La heterodoxia atenta contra el principio de no contradicción:) La miseria resultante de la secularización de la ciencia era notoria para esos y para otros pensadores tradicionales, entendiendo éstos que la razón humana, cuando omite la revelación, sólo alcanza a prohijar patrañas, a enredarse en el absurdo y a propagarlo. p.45-46.

(De Juan Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 1851:) “Y no se crea que el mundo sigue las pisadas del racionalismo, a pesar de sus absurdas contradicciones y de sus densas oscuridades; las sigue a causa de esas obscuridades densas y de esas contradicciones absurdas. La razón sigue al error adondequiera que va, aunque sea al abismo más profundo, al fruto más amado de su amor, al hijo de sus entrañas. El error la dará muerte, mas ¿qué importa, si es madre y muere a manos del hijo?” p.46 n.49.

Quien rechace el absurdo y acate las evidencias que se presenten ante su razón, alcanzará a demostrar las verdades de la religión católica (…): “De epikerema en epikerema partiendo del principio de contradicción probado, hemos deducido, libre, pero forzosamente entre el absurdo y la evidencia, a Dios, la creación, el pecado original, la redención, Jesucristo, la revelación y la Iglesia con todas sus consecuencias” (Alejandro Pidal y Mon, “El error y la buena fe”, 1873). 48.

El atentado contra el principio de contradicción, además de precipitar a la filosofía moderna en el absurdo, la corrompería en múltiples y sucesivas contradicciones intestinas, ya que la verdad está contenta de sí misma en su perfección, mientras que la pertinacia del error, cuando advierte que su emulación de la verdad fracasa, es obstinación en la diferencia que lo repite. Así se decodifican las oposiciones entre escuelas y tendencias filosóficas, como la polaridad materialismo / idealismo, asegurándose que sus variaciones en ningún modo suponían un progreso filosófico, sino que únicamente manifestaban la irreconciliabilidad que afectaría históricamente a la disidencia de la verdad católica. 48-49.

Las querellas filosóficas habían sido ya deploradas como un espectáculo bochornoso, comparándolas con los desórdenes republicanos: “Cette histoire (de la filosofía), comme celle des Etats populaires, n’est qu’une histoire de guerres et de révolutions“. (L. de Bonald, Recherches philosophiques sur les premiers objets des connaisances morales, en unas Oeuvres de 1818) 49 n.60.

Los intelectuales neocatólicos españoles atribuyeron ese estado de guerra de la filosofía a la apostasía y a la resurrección de los errores paganos, que la teología y la filosofía tradicionales ya habrían superado con creces. (En n.61, el autor señala que esta línea de argumentación se tomó de la apologética de Jacques-Benigne Bossuet contra el protestantismo, L’Histoire des variàtions des Eglises protestantes, 1688-1689) 49.

Tb. en n.61, larga cita de A. Pidal y Mon, donde éste niega toda originalidad a las diversas corrientes del pensamiento moderno. Ninguna hace más que resucitar algún error pagano: “Por eso al ver aparecer una teogonía, una escuela o un sistema, al encontrarnos con una secta, con una escuela o con un partido en el campo de la religión, de la filosofía o de la política, no tenemos más que averiguar su nombre para conocer su historia, desentrañar su esencia y descubrir sus fines y tendencias” (A. Pidal y Mon, “El Neo-catolicismo”, 1867) 50.

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