Misterio


Toda la noche restregando el alma, pero esa mancha no se va. Dicen que es la imagen de Dios. La mancha crece, te satura, te envuelve. Luego se oculta. Se encuentra en varios lugares a la vez, tan invisible uno como el otro. Si golpeas una puerta, la llamada es dentro de ti; si el aire pasa por la ventana, tus huesos tintinean; si sales a la calle, los taxistas dicen que busques en tu interior. A partir de ahora, renuncias a la limpieza perfecta. Aceptas que todo estará por siempre nublado, como uña o canica a la que nunca salvará su transparencia herida por nubes enigmáticas. De la nube surge el trueno y escucho: «Puedes llamarme Dios, si te resulta más cómodo». Yo sigo restregando.

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