Dedicado a Alejandra Pizarnik


Ahora bien:
Quién dejará de hundir su mano en busca del tributo para la pequeña olvidada. El frío pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará. Pagará el trueno.
Alejandría Pizarnik, Árbol de Diana

Para acudir a los funerales del viento, escoges tu mejor vestido de cenizas.
Bajo tu lengua yace una luna. Murió con los ojos cerrados. En su boca entreabierta puede verse resabios de la última ansiedad. Esta luna es una princesa, pero el reino su heredad hace muchos siglos se perdió. Por eso canta en sueños.
Canta en sueños y del cielo cae lluvia de plumón gris y blanco; y acariciado tu andar, lo anima un baile. Canturreas el son que la niña murmura bajo tu lengua.
Cadáver del viento yace en túmulo volátil, gris y blanco. Lo vela un pequeño pueblo de niños muy viejos y pájaros muy tristes. Llegas a una roca; el pequeño pueblo alza los rostros y te mira.
“Háblanos, Murién”.
Pero ése no es tu nombre; así que te inclinas sobre el plumón, hundes tu mano y extraes un espejo. Pones el vidrio frente a tu cara, y el espejo a su vez la muestra en su espalda de ónix. Y ahora te pueden llamar Murién.
“Les voy a contar”, dices, la luna a coro contigo como un dos lenguas ruiseñor, “la historia del reino que se perdió por culpa de los hijos del rey”.
“Muerto el rey, sus hijos dividieron el reino. Alegres, cada uno fue por distinto camino con su propio pedazo en la alforja”.
“Pero en el camino cada terrón se iba desmoronando, polvo a polvo, y al fin hasta el polvo desapareció”.
“Desde entonces los príncipes vagan buscando su reino. Tocan a los espejos, pidiendo permiso de entrar, por ver si está en los armarios. Duermen en los joyeros y en los cascarones vacíos de huevo de araña. Susurran mi nombre desde el rincón más sombrío del jardín”.
“Donde estaba su reino queda sólo un gran blanco, y a esa mancha le llamamos cielo”.
El viento se agita, perturbado su sueño. Los grandes pájaros blancos sin alas van entrando a un hoyo que se abrió en el suelo. Extienden sus gargantas, encorvados; unos a otros se empujan. Los niños se toman de la mano, balbucientes. Hora es de que bailen su ronda, pero no saben lo que deben cantar ni cómo bailarlo. Deciden ir a la montaña oscura, por que allí los árboles recuerden la canción con labios de resina.
La luna susurra bajo tu lengua que te acerques al viento. “Inclínate hacia él. Déjame en su boca”. Haces como te dice. La tierra comienza a temblar. Corres; para ir más libre, arrojas a la izquierda tu espejo: abre dos alas negras, amplias, de límites borrosos, y vuela. Tú corres cantando tus propias canciones. Canciones de fiebre, dulces y peligrosas, como el licor que las hadas ofrecen en sueños a las niñas enfermas.
“Yo no soy Murién”, dices, “ni tengo vestidos de ceniza”. Dos manos te atrapan por el talle. No tienes que volver la cabeza para saber que es el viento. Se elevan.
“Bella cantadora de mentiras”, dice en tu oido, “ni siquiera sabes si eres joven o vieja, niña o meridiana”. La tierra va mezclando sus tonos por debajo de ti. La ceniza cae de tu cuerpo entre flores de San Juan, trinos y truenos. Te agitas, medrosa. “No puedes dejar de contar mentiras. No puedes dejar de escucharlas”. Cómo te vas riendo de espanto. Salen del aire de la tierra al espacio que se extiende sobre el mar, el mar negro y agitado como el cielo; el cielo, que se ha comido los horizontes.
“¿Quieres olvidar la mentiras?” Respondes que sí.
“Debes atravesar el fragoroso espejo llamado mar. Contémplalo”. El mar se agita de adversarias mareas; su combate forma un rostro, que es el tuyo, y al reconocerse en ti abre un gesto de espanto sin pupilas ni grito.
“Cae entre sus labios. Canta apenas te halles bajo su lengua. Abre los ojos despierta no me olvides”.

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