Perro que en círculos ahonda su límite


Esta sombría luna de voces que me asalta, esta yerba silenciosa y de pronto estremecida.

Horca al tigre que deja la sombra. Horca al sueño que se despoja de élitros, se entierra en la podre, horca. Anillado como estoy por las medidas, la nube lloverá sobre mí los anatemas: quiera sólo dios que me desnuden, quiera sólo dios que me abran la garganta y le muestren mis gritos a medio hacer: ¿quién sino tú para forzar al aire los yerbos, para cumplir lo a medias, para arrancar de la playa los reticentes desoves?

Éste que soy, perro que en círculos ahonda su límite, perro que agradece pellejos de la mesura; y cómo sin gratitud ser perro, ¡y mejor perro que sombra en furia agostando los pastizales! Pero antes muera si callado: lázalo, fléchalo, arranca de su garganta el trémor, el aullar que es la honra de la piedra; ¡en pie, polvo!

Aullar es conocer la ausencia. La cruz aquí, digo, y la cruz allá, una antorcha erguida contra el cielo, y arpón en tu costado, Leviatán.

Ahab, ¿qué haces allí cabalgando astros, vuelto quizá a niño, de oro quizá y sólo un eco de la antigua furia en el hondor de tus ojos?

Aullar, aullar, aullar.

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