Fetichismo y profanación (Sonata de otoño, de Valle-Inclán)


Pintura de Giovanni Boldini (Ferrara, 1842 - París, 1931), pintor italiano.

Concha se incorporó para alcanzar el cordón de la campanilla. Yo le cogí la mano:

—¿Qué quieres?

—Quería llamar a mi doncella para que viniera a vestirme.

[…]

—¡Déjame ser tu azafata!

Concha soltó su mano de entre las mías:

—¡Qué locuras se te ocurren!

—No tal. ¿Dónde están tus vestidos?

Concha se sonrió como hacen las madres con los caprichos de sus hijos pequeños:

—No sé dónde están.

—Vamos, dímelo…

—¡Si no sé!

Y al mismo tiempo, con un movimiento gracioso de los ojos y de los labios me indicó un gran armario de roble que había a los pies de su cama. Tenía la llave puesta, y lo abrí. Se exhalaba del armario una fragancia delicada y antigua. En el fondo estaban los vestidos que Concha llevara puestos aquel día:

—¿Son éstos?

—Sí… Ese ropón blanco nada más.

—¿No tendrás frío?

—No.

Descolgué aquella túnica, que aún parecía conservar cierta tibia fragancia, y Concha murmuró ruborosa:

—¡Qué caprichos tienes!

Sacó los pies fuera de la cama, los pies blancos, infantiles, casi frágiles, donde las venas azules trazaban ideales caminos a los besos. Tuvo un ligero estremecimiento al hundirlos en las babuchas de piel de Rusia, y dijo con extraña dulzura:

—Abre ahora esa caja larga. Escógeme unas medias de seda.

Escogí unas medias de seda negra, que tenían bordadas ligeras flechas color malva:

—¿Éstas?

—Sí, las que tú quieras.

Para ponérselas me arrodillé sobre la piel de tigre que había delante de su cama. Concha protestó:

—¡Levántate! No quiero verte así.

Yo sonreía sin hacerle caso. Sus pies quisieron huir de entre mis manos. ¡Pobres pies, que no pude menos que besar! Concha se estremecía y exclamaba como encantada:

—¡Eres siempre el mismo! ¡Siempre!

Después de las medias de seda negra, le puse las ligas, también de seda, dos lazos blancos con broches de oro. Yo la vestía con el cuidado religioso y amante con que visten las señoras devotas a las imágenes de que son camaristas. Cuando mis manos trémulas anudaron bajo su barbeta delicada, redonda y pálida, los cordones de aquella túnica blanca que parecía un hábito monacal, Concha se puso en pie, apoyándose en mis hombros.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: