Tres templos sumergidos: Renan, López Velarde, Unamuno


Y no debemos olvidar La catedral sumergida, de Claude Debussy.

Ernest Renan: del prefacio a Souvenirs d’enfance et de jeunesse (1883)

Una de las leyendas más difundidas en Bretaña es la de la supuesta ciudad de Is, la cual, en una época desconocida, habría sido engullida por el mar. Se muestra, en diversos puntos de la costa, el emplazamiento de esta fabulosa ciudad, y los pescadores le narrarán extraños relatos. Los días de tormenta, aseguran, las puntas de los campanarios de sus iglesias asoman entre la olas; los días de calma, se escucha subir desde el abismo el tañer de sus campanas, modulando el himno del día. Con frecuencia me parece que tengo en el fondo del corazón una ciudad de Is que siempre se obstina en tañer sus campanas para convocar al oficio sagrado a unos fieles que no escuchan ya. A veces me inclino para prestar mis oídos a esas trémulas vibraciones, que me parecen venir de profundidades infinitas, como voces de otro mundo. Conforme se aproxima la vejez, sobre todo, me complace, durante el reposo del verano, recoger estos distantes sonidos de una Atlántida desaparecida.

Ramón López Velarde: “El sueño de los guantes negros” (1921)

Soñé que la ciudad estaba dentro
del más bien muerto de los mares muertos.
Era una madrugada del Invierno
y lloviznaban gotas de silencio.

No más señal viviente, que los ecos
de una llamada a misa, en el misterio
de una capilla oceánica, a lo lejos.

De súbito me sales al encuentro,
resucitada y con tus guantes negros.

Para volar a ti, le dio su vuelo
el Espíritu Santo a mi esqueleto.

Al sujetarme con tus guantes negros
me atrajiste al océano de tu seno,
y nuestras cuatro manos se reunieron
en medio de tu pecho y de mi pecho,
como si fueran los cuatro cimientos
de la fábrica de los universos.

¿Conservabas tu carne en cada hueso?
El enigma de amor se veló entero
en la prudencia de tus guantes negros.

¡Oh, prisionera del valle de México!
Mi carne [urna] de tu ser perfecto;
quedarán ya tus huesos en mis huesos;
y el traje, el traje aquel, con que su cuerpo
fue sepultado en el valle de México;
y el figurín aquel, de pardo género
que compraste en un viaje de recreo.

Pero en la madrugada de mi sueño,
nuestras manos, en un circuito eterno
la vida apocalíptica vivieron.

Un fuerte [ventarrón] como en un sueño,
libre como cometa, y en su vuelo,
la ceniza y [la hez] del cementerio
gusté cual rosa [entre tus guantes negros].

Nota de José Luis Martínez en su ed. de la colección Archivos: “En lugar de los puntos suspensivos que indicaban las palabras ilegibles en el original, se añaden, entre corchetes, posibles complementos de un colaborador anónimo.

Miguel de Unamuno: San Manuel Bueno, mártir (1930)

Y al llegar a lo de «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable» la voz de Don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba. Y yo oía las campanadas de la villa que se dice aquí que está sumergida en el lecho del lago -campanadas que se dice también se oyen la noche de San Juan- y eran las de la villa sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo; oía la voz de nuestros muertos que en nosotros resucitaban en la comunión de los santos.

[…]
-Ya sabes que dicen que en el fondo de este lago hay una villa sumergida y que en la noche de san Juan, a las doce, se oyen las campanadas de su iglesia.
-Sí -le contestaba yo-, una villa feudal y medieval…
-Y creo -añadía él- que en el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.
-Sí -le dije-, esa villa sumergida en el alma de Don Manuel, ¿y por qué no también en la tuya?, es el cementerio de las almas de nuestros abuelos, los de esta nuestra Valverde de Lucerna… ¡feudal y medieval!

-Y creo -añadía él- que en el fondo del alma de nuestro Don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.

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