Era un sol que surgía simultáneamente fuera de mí y dentro de mí


Lo que sigue no es un poema. Es la descripción de una experiencia que fue recurrente en mi vida, desde la adolescencia hasta los 35 años, aproximadamente. De ella se derivaba toda mi poesía. Si ésta posee algún valor, viene de aquella experiencia. Nunca escribí de otro modo. Dejar de tener esta experiencia fue una catástrofe para mí. Aún vivo sus efectos. Menosprecio la poesía vivida como algo que, simplemente, se sabe hacer y se acostumbra hacer.

Era un sol que surgía simultáneamente fuera de mí y dentro de mí
Era belleza que surgía simultáneamente frente a mí y en mí
Todo lo hermoso y todo lo bueno participaba de ello:
como una derivación, una confirmación o una premonición:
si no participaba, no era realmente bueno ni hermoso
No había ninguna ganancia que buscar ni pérdida que temer
No tenía que justificarme ante nada
ni nadie tenía que justificarse ante mí
Yo no dominaba nada, y nadie me dominaba a mí
Nadie me debía nada
y yo no le debía nada a nadie
Frente a ello,
dominar y someterse eran basura,
perder y gana, basura;
Poseía todo y no poseía nada. -Mejor, no hacía falta poseer nada ni conseguir nada.
No había deberes ni derechos.
¿Dios? Si por gratitud y emoción, quizá;
pero no era algo a lo que tuviese que obedecer ni venerar,
ni que me hiciera sentir como algo infinitamente pequeño y sin valor:
nada era ya “grande” ni “bajo”,
excepto que todo era “grande”, incluso lo más “pequeño”.
No era en absoluto una experiencia cristiana, porque no tomaba en cuenta la “humildad” ni la “soberbia”,
salvo que fuese humildad esta permanente disposición a abrirme cada vez que sintiera la inminencia de esa luz interna-externa;
salvo que fuera soberbia por tener aquello sin mediación de la Iglesia, de hecho años después de haberme hecho ateo.
No era una experiencia budista, porque no era paz ni extinción ni vacío,
sino exaltación y entusiasmo.
No era nietzscheana, porque no me sentía superior a nada ni nadie —nada era ya superior o inferior, excepto que todo era superior a la cotidianidad, o a lo que la gente creía que era cotidiano, normal, correcto…
No era fruto de ningún ascetismo ni renuncia que me “purificara”, ni de ninguna disciplina que me hiciera más “fuerte”,
a menos que la larga costumbre de sufrir emocionalmente, y luego una creciente actitud crítica hacia toda creencia, sustituyeran de algún modo a la disciplina o la renuncia.
Toda moral quedaba abolida, salvo que era “malo” todo lo que me apartara de esa experiencia, y todo lo que le impidiese a otros tenerla.
Si había política, sólo podía ser: todos debemos poder tener acceso a esto, nada nos debe estorbar la llegada de esta luz —y aquí encontraban sentido palabras como opresión. libertad, igualdad, etc.
Perdí eso cuando me concentré en el deber y en lo práctico, y nada gané a cambio —entrar al mundo del ganar y el perder fue, en sí mismo, una pérdida.
Ningún deber, ningún derecho, ninguna satisfacción se comparan a lo que perdí.
El deber es basura.
Los derechos son basura.
Lo útil es basura.

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