Nietzsche: autoengaño y creación de un mundo propio


Supongo que todos los lectores de Nietzsche, desde el experto hasta el mero lector como yo, están familiarizados con las siguientes ideas. Pero la lectura de las interpretaciones y comentarios sobre ellas me da la impresión de que suelen ser empleadas para entender solamente los problemas de la mayor escala posible (como las críticas de la metafísica occidental) y los de la más pequeña, la psicológica (la bien conocida capacidad de nosotros, los individuos, para no ver lo que nos produce angustia).

Sin embargo, yo creo que también son útiles para entender realidades de escala media, la de lo social y lo cultural, el engarce entre la ideología y la convicción personal. Por ejemplo, los clasemedieros mexicanos convencidos de que los-pobres-son-pobres-porque-no-quieren-trabajar (y de ahí pasan al lugar común de tenemos-que-dejar-nuestra-actitud-tercermundista): como si no llegaran todos los días a oficinas que han sido bien limpiadas por el intenso trabajo de las otras víctimas de la desregularización laboral; y como si los capitalistas del “Primer Mundo”, para ser lo que son, no requiriesen un Tercer Mundo en el cual puedan eludir los límites que (más o menos) deben respetar en sus propios países.

La fuerza del espíritu para apropiarse de cosas ajenas se revela en una tendencia enérgica a asemejar lo nuevo a lo antiguo, a simplificar lo complejo, a pasar por alto o eliminar lo totalmente contradictorio; de igual manera, el espíritu subraya, destaca de modo arbitrario y más fuerte, rectifica, falseándolos, determinados rasgos y líneas de lo extraño, de todo fragmento del mundo “externo”. Su propósito se orienta a incorporar a sí nuevas “experiencias”, a ordenar cosas nuevas bajo órdenes antiguos. […] Al servicio de esta misma voluntad hállase también un instinto aparentemente contrario del espíritu, una súbita resolución de ignorar, […] un decir interiormente no a esta o aquella cosa, […] una especie de estado de defensa contra muchas de las cosas de las que cabe tener un saber, un contentarse con la oscuridad […]: todo lo cual es necesario, de acuerdo con el grado de nuestra fuerza de asimilación.

Más allá del bien y del mal, VII,230. T. A. Sánchez Pascual.

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