Juan Ramón Jiménez: El regante granadino


Granada Generalife waterstairs 7698 7

Granada Generalife waterstairs 7698 7 (Photo credit: Wikipedia)

Se puede hallar en más de un blog; de todas maneras, siempre he querido incluir esta prosa de Juan Ramón. Cuando la lean, comprenderán por qué.

Al oscurecer estaba ya sentado en la escalerílla del agua, Generalife, Granada sola, cansado con la delicia de una tarde de sucesivo goce paradisíaco, sumido sombra sin peso ni volumen, en la sombra grande que crecía, tintando moradamente, nutriéndolo todo de celeste transparencia, hasta dejar desnudas y en su punto las estrellas.

El agua me envolvía con rumores de color y frescor sumos, cerca y lejos, desde todos los cauces, todos los chorros y todos los manantiales. Bajaba sin fin el agua junto a mi oído, que recojía, puesto a ella, hasta el más fino susurro, con una calidad contajiada, de esquisito instrumento maravilloso de armonía; mejor era, perdido en sí, no ya instrumento, música de agua, música hecha agua sucesiva, interminable. Y aquella música del agua la oía yo más cada vez y menos al mismo tiempo; menos, porque ya no era esterna, sino íntima, mía; el agua era mi sangre, mi vida, y yo oía la música de mi vida y mi sangre en el agua que corría. Por el agua yo me comunicaba con el interior del mundo. Se oía más finamente cada vez el agua granadí, a medida que el aire oscurecía y a medida que el agua sonaba; y me afinaba más, más sonando y resonando el alma, hasta hacerme no oír, decir siendo lo que ella sin duda era o decía.

…Me di cuenta, de reojo, que una sombra estrecha de hombre estaba de pie apoyada en lo blanco mate, todo solo y silencio, oído total absorto, hecho sombra aguda de hombre; otra sombra como yo, en la baranda dela escalera. Me pareció que se acercaba con esmero y vaguedad. En fin, habló en un tono que no impedía nada mi oir el agua. Y:

“Oyendo el agua, ¿eh?”

“Si, señor, le contesté poniéndome de pie en mi sueño. Y a usted también parece que le gusta oírla.”

Entre los dos, yo en un descanso empedradillo de la escalera, él del otro lado del pretil, el agua seguía viniendo, mirándonos cada segundo un instante, huyendo luego, deteniéndose quizá un punto para mirar arriba, hablando para abajo, cantando, sonriendo, sonllorando, perdiéndose, saliendo otra vez, con hipnotizante presencia y ausencia, con no sé que verdad y no sé qué mentira.

“No me ha de gustar, señor. me dijo, si hace ya treinta años que la estoy oyendo.”

“Treinta años”, le dije desde no sé qué fecha y sin saber bien los años que le decía mi boca.

“Figúrese usted las cosas que ella me habrá dicho.” Y luego: “Lo que he oído.”

Y se deslizó noche abajo, y se perdió en lo oscuro y en el agua.

Juan Ramón Jiménez, El trabajo gustoso (conferencias). México: Aguilar, 1961. Sel.y pról. Francisco Garfias, p.25-26.

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