Gutiérrez Nájera sobre E. Renan (así se honra a los muertos)


La prosa del modernismo se expande en curvas art nouveau y se concentra en destellos visionarios y penetrantes. Elijo algunos del homenaje póstumo que dedica Manuel Gutérrez Nájera a Renan; en especial: porque las aves no se arrodillan nunca. Gutiérrez Nájera, que no era ajeno al pensamiento especulativo (como lo muestra en “El arte y el materialismo“), se concentra en esta prosa en lo poético y lo existencial de la obra renaniana, de modo que, quien no esté advertido, podría no darse cuenta de que el francés era todo un erudito decimonónico y un conocedor de la filosofía alemana, y no sólo un gran escritor y un espíritu sensible.

Subrayo sólo tres detalles más: el odio reaccionario contra Renan y su incapacidad de leerlo sin deformarlo, lo que bien estudia el autor de Renan en España;  lalúcida recepción por Gutiérrez Nájera dell famoso sueño de Jean Paul Richter, lo que bien destaca José Luis Martínez en el estudio preliminar de la antología de la cual entresaco estos pasajes; y el par de lugares en los que Gutiérrez Nájera habla sobre Renan usando metáforas que parecen anunciar (¿o que inspiraron?) el San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno.

Temo que no podré nunca resignarme a dormir en la almohada de Epicuro para soñar los sueños de Platón; pero ese ánimo noble, lleno de amor humano, que se divinizaba a la luz silente del recuerdo; ese nostálgico de inmortalidad y de verdad; ése que no mintió y que fue leal a su conciencia; ese que tuvo flores imperecederas para los dioses muertos en su fe y que no desdeñó nunca a la esperanza […]; ese gran huérfano, era de los vivos que yo amaba por sinceros, por enamorados de la belleza eterna, y también —¡es verdad!— por infelices.

Toda la existencia de Renan es una perpetua, inútil correría por Tierra Santa. Ni su fe ida, ni su hermana muerta revivieron. Volvió desnudo como la verdad, y triste como ella. No engañó, dijo todo: —¡Yo no tengo nada!

Con haber ocultado su incredulidad, con haber dicho hermosamente el salmo que esperaban las piadosas muchedumbres, habría sido por fuerza el sumo sacerdote, el corifeo de la oración.

Cuando la materia de Renan dormita,el pensamiento de ese nostálgico, a modo de golondrina que busca el viejo nido en la torre de un templo, vuelve a su amado [seminario de]  San Sulpicio, y desde la ventana, sin arrodillarse, porque las aves no se arrodillan nunca, oye la misa.

Había bajado Renan a las profundidades de las lenguas semíticas para hallar la palabra sagrada; mas no pudo hallarla. Había dicho a la estatua: —¡Sé dios!, pero no se animó aquel blanco mármol, como antes se había animado el de la amante Galatea.

¡Y cómo me indigna ver lo que ya ese pensador había previsto: la lluvia de injurias cayendo sobre la losa de la tumba! ¡Para él, que amó tanto a su fe muerta y que mantuvo siempre viva la oscilante lámpara de la esperanza, los que tienen deber de amar no han tenido ni tienen caridad!

Mi artículo sobre Renan produjo, en cierta prensa, una marejada de insultos, que se rompe en el pedestal de la estatua levantada por laadmiración universal a ese hombre honrado y grande. Dije que su método filosófico no era el mío; y con toda mala fe hanme querido presentar como incondicional devoto suyo.

Este libro del gran artista de la palabra,  del más sincero y triste de los pensadores, causa el propio efecto doloroso que aquel canto de Juan Pablo Richter, en el que aparecen resucitados, redivivos, todos los niños que murieron, y tienden las manos y dicen a Jesús crucificado: —Jesús, Jesús, ¿ya no tenemos padre? Y Jesús les responde: —Hijos del siglo, todos somos huérfanos.

Acontecíale lo que a todos los demoledores de templos, lo que a todos los iconoclastas. […] El templo cambiade inquilinos, pero siempre es templo. En el sobre de la oración escrita, va otro nombre; pero siempre es oración lo que va adentro.

De modo que las torres de las catedrales, las torres cuyas agujas góticas parecen precavernos y salvarnos de los rayos divinos, están bien clavadas en la tierra, y no hay poder humano suficiente a arrancarlas. Necesitamos hablar de lo eterno.El materialismo hace eterna la materia. Él se hace Dios, puesto que puede concebir la eternidad, y se desposa con lo inanimado.

Hacer que crean y esperen y amen las buenas almas, es lo que desea y lo propone hacer el que no cree.

“Ernesto Renan”, 1892. En Obras. Estudio y antología general de José Luis Martínez, p.466-471.

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