El sabio, amante de la soledad: el humanista Fernán Pérez de Oliva


Guadalquivir

Guadalquivir (Photo credit: randihausken)

ANTONIO.- […] Mira este valle cuán deleitable paresce, mira esos prados floridos y estas aguas claras que por medio corren; verás esas arboledas llenas de ruiseñores y otras aves que con su vuelo entre las ramas y su canto nos deleitan, y entenderás por qué suelo venir a este lugar tantas vezes.

AURELIO.- Hermoso lugar es éste, y digno de ser visto, pero yo sospecho, Antonio, que otra cosa buscas tú o gozas en este lugar, porque según tú eres sabio y de más altos pensamientos bien sé que esas cosas sensuales ni las amas ni las procuras; por eso yo te ruego no me encubras las causas de tu venida.

ANTONIO.- Pues así lo quieres, sabe que en estos valles mora una que yo muncho amo.

AURELIO.- Agora veo, Antonio, que has gana de burlarme. Dime, yo te ruego, ¿qué tienen que hazer los amores con tu gravedad, o las vanidades con tu sabiduría?

ANTONIO.- Verdaderamente, Aurelio, así es como te digo, que en aqueste valle mora una sin la cual yo por la vida me daría poco.

AURELIO.- Grande deve ser su bondad y hermosura pues a ti, que menosprecias el mundo y sus deleites, te trae tan enamorado, con cobdicia de verla o alcançarla. Dime al menos su nombre, si por celos no me la quieres mostrar.

ANTONIO.- Soledad se llama.

AURELIO.- Yo bien sabía, Antonio, que algún misterio tenían tus amores. Ésa tiene otros munchos amadores, como sabes, y pues es así, yo te ruego que me declares cuál es la causa, a tu parescer, por que los hombres aman la soledad y tanto más cuanto son más sabios.

ANTONIO.- Porque cuando a ella venimos alterados de las conversaciones de los hombres donde nos encendimos en vanas voluntades, o perdimos el tino de la razón, ella nos sosiega el pecho y nos abre las puertas de la sabiduría para que, sanando el ánimo de las heridas que rescibe en la guerra que entre las contiendas de los hombres trae, pueda tomar entero a la batalla. Ninguno ay que biva bien en compañía de los otros hombres si munchas vezes no está solo a contemplar qué hará acompañado; porque como los artífices piensan primero sus obras que pongan las manos en ellas, así los sabios antes que obren han de pensar primero qué hechos han de hazer, y cuál razón han de seguir. Y si esto consideras, verás que la soledad es tan amable, que devemos ir a buscarla doquiera que la podamos hallar.

Fernán Pérez de Oliva (1494-1531), Diálogo de la dignidad del hombre. Edición en línea de la Biblioteca Virtual Cervantes.

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