Gilberto Owen: Poesía ―¿pura?― plena


Portrait of Stéphane Mallarmé, by Eduard Manet...

Portrait of Stéphane Mallarmé, by Eduard Manet, 1876 (Photo credit: Wikipedia)

Poesía ―¿pura?― plena

Ejemplo y sugestión

Sin llegar a los extremos del Abate Bremond (1), que como tales se tocan con los del señor Souday (2), no es ninguna audacia afirmar que poesía pura es la aspiración de una secta religiosa —con credo y ritual— fundada en Boston por un químico (3), “demonio de la lucidez”, el primero en disociar, con una sagacidad antes nunca vista —acaso, sí, en Descartes—, elementos que hasta ahí se habían considerado inevitable alianza de la poesía —narración, elocuencia, etc. Ha quedado por ahora en calidad de aspiración, y sería ingenuo demostrar aquí por qué.

En sus evangelios, publicados hacia 1831, precisamente cuando el huracán romántico ensordecía hasta a los más atentos europeos (“¿quién o qué es eso que se defiende del análisis con el ruido?”, era la poesía en las gargantas de casi todo el ochocientos, Juan Ramón), se limitaban y se separaban, por primera vez también, la razón, 1a pasión y la poesía.

Baudelaire fue su profeta, químico lo mismo que todos sus fieles, el muy sensual, pero en vez de la química inorgánica, aséptica, de aquél, se puso a estudiar una química orgánica y corruptible. Fue así su primer hereje.

Hemos mencionado un credo; su primer mandamiento, en efecto, es la fe: fe en la presencia invisible de la poesía, fe, como la paloma kantiana, en que se puede volar mejor en el vacío, sin la resistencia del aire (4). El milagro es que esta fe no fuera defraudada del todo y que, a sesenta kilómetros sobre el nivel del mar, un hombre que exhibía con dandismo su incompetencia para lo que no fuera el absoluto pudiera, si no conseguirlo, sí alcanzar al menos una estimable relatividad generalizada (5), cazando certero esa sensualidad abstracta que sigue siendo la mejor pieza cobrada por los puristas.

Sensualidad abstracta: esto había de resultar al mezclarse en la retorta (6) la inteligencia analítica con la sensualidad formal de su profeta francés, y es éste el fracaso inicial en la serie de fracasos que hacen la historia que venimos reseñando, ya que, según los experimentos de laboratorio, poesía había de ser tan sólo el ruido inimitable del choque de la inteligencia con la belleza, pero para traducirse en creación durable ―pues poesía, en griego poiesis, hacer, y por antonomasia la cosa hecha, la creación, es esto antes que nada: invención, creación humana expresiva— tiene que recurrir al lenguaje, que es materia sensual.

Recogen la herencia de Baudelaire dos poetas, Rimbaud y Mallarmé. Del primero, de quien arranca la línea Claudel-Max Jacob-Dadá-Superrealismo (7), no hemos de ocupamos aquí, ya que se trata de historiar la iglesia purista y no la católica, la ideología mística. Explicaremos: el testamento de Baudelaire está todo en aquella frase en que se reconoce a la vez hipnotizador y sonámbulo; a Rimbaud le toca en suerte ser el alucinado; explicaremos aún: el cristianismo, el catolicismo mejor, lo vemos en Baudelaire subordinado al arte; en Rimbaud al revés. Una final distinción: el sonámbulo vive en un mundo ideal de sueño; el magnetizador (8), Mallarmé, agranda hacia arriba la realidad. Mundo real, aunque de naturalezas muertas, el suyo, incita a perseguir posibilidades indefinidas, que a la postre, es cierto, no vienen a ser sino imposibilidades en que el poeta zozobra —de l’éternel azur la sereine ironie accable le poète impuissant (9).

Éste, pues, había de heredar la parte mejor o peor, la Iglesia de Occidente de la poesía. Y, Eva posterior al pecado original, había de ser su preocupación continua redimirse de él por el bautismo y la vigilia; inició entonces los experimentos a que hemos aludido, a una altura de asfixia que mataría a cualquiera sin su larga paciencia (10) —¿genio?, le repugnaría acaso esto— y que, como lo demuestra la atenta lectura de La crisis del verso (11), trataban de redimir en parte a la poesía pura de su fatal impureza plástica, afinando el lenguaje hasta inmaterializarlo casi en una alquimia que arrancaba a las palabras su significación (esto es lo contrario de decir: su expresión, según Ortega y Gasset en un ensayo último), formando con ellas una “frase total, nueva, extraña a la lengua”. El verdadero y patético drama mallarmeano es en verdad este dilema entre el mutismo y la impureza, este problema de la sensualidad en la poesía pura, que él trató de resolver, naturalmente, eliminando a la sensación para quedarse con la abstracción, sin comprender a qué peligro de música se acercaba, ni la herejía que era adorar a la poesía en un becerro de humo sonoro (12). Había una vez un músico ciego que confundió a su mujer con un violín y murió de no lograr nunca afinarla.

El pontífice actual es un apóstata; el abate Bremond, más papista que Valéry, lo ha denunciado. Ved así consumado el destino de esta secta religiosa de la poesía pura, que, como en El hombre que fue jueves (13), sólo ha contado entre sus adeptos a herejes y apóstatas.

¿Vamos a desdeñar por sus fracasos, tan dramáticos, esta larga tradición de poesía pura inalcanzable? Aprovechémosla, mejor, enseñanza valiosa, y después de tantos años de análisis ensayemos un poco la síntesis.

La poesía pura es rara e improbable, ha dicho Valéry, y sólo puede proceder por maravillas excepcionales (14). Hilo tan fino y sutil que lo rompe su propio peso en extensión mayor a la de un solo verso, optemos por torcer su seda con un poco de lino. Por nuestra parte, preferimos asociar su ideal al de una poesía íntegra, resultante del equilibrio de sus elementos esenciales y formales, como lo esbozábamos al comentar los poemas de un amigo nuestro. ¿Necesitaremos repetir que esta poesía de que hablamos no es obra de sólo la imaginación —no fantasía, entendámonos (15)—, de ninguna manera de sólo la inspiración, y que el equilibrio sólo puede conseguirlo un despierto criticismo, no extremado, naturalmente, como lo vimos en la lección que acabamos de repasar?

A poesía, pura, aspiración imposible, oponemos poesía plena, modestos. Su fórmula estética se integraría por dos cualidades básicas, arbitrariedad y desinterés, y su formalidad expresiva —elaboración en metáforas de un sistema del mundo— requeriría una afinación del estilo a que obliga al escritor el nacimiento de un arte nuevo, el cinematógrafo, por su superioridad en el dominio del movimiento y de la imagen visual inmediata. (Esta necesidad de afinar más y más el estilo, de perfeccionar el oficio y su utilería, se manifiesta no sólo en la poesía, también en la novela y en el teatro, con Giraudoux y Jarnés, con Crommelynck (16) y el Azorín del Old Spain.) Sólo teniendo en cuenta lo anterior es posible crear, imperativo del artista. ¿Coincidirá nuestra fórmula con la de la poesía creacionista, realizada por Gerardo Diego? Sin conocerla, sin saber si ha tomado ya cuerpo de doctrina, sospechamos que sí, con alegría, tan presente él en todo lo actual-permanente.

La idea de arbitrariedad, que Lalou define como una compleja alquimia, creadora de filtros mágicos, es la que llevó a Valéry a integrar la poesía pura en la máquina del lenguaje clásico, esto es, en la retórica, palabra que va adquiriendo renovado prestigio.

No pretendemos afirmar, ¡claro! que la retórica, o siquiera la poética, sea la poesía. Pero sí su técnica, su materia expresiva, aquello que salvó siempre del estado místico de mutismo a todos los puristas. El error de Mallarmé nos parece ahora haber sido el empeñarse en confundir, en identificar el vaso con el contenido, como si pretendiera que el vaso fuera también de agua, ni siquiera de hielo (17).

El agua clara, decimos nosotros, y el vaso de cristal, del más transparente y sonoro cristal, pero tampoco vacío —oh escarmiento, oh ejemplo próximo de Díaz Mirón, del Díaz Mirón último y de gran parte del otro—. Al decir lo anterior, nos viene a la memoria una antigua fórmula en que deseábamos poesía limpia como agua corriente, H2O; ahora explicaremos que el coeficiente se refiere mejor a la inteligencia, y que de vida nos conformamos con aquellos datos suyos que puedan reducirse a valores artísticos.

Poesía plena, equilibrio: palabras nuevas, imágenes e ideas nuevas, y, por de dentro, presente e invisible, la parte de Dios, el fluido —oh Cocteau ineludible—, la poesía pura.

Vamos, contemporáneos de aquí y de todas partes, vamos libertando a la poesía pura, amigos. Démosle un cuerpo digno de ella, porque un alma libre en el vacío es en realidad un alma prisionera. Vamos, contemporáneos amigos, vamos a intentar una obra sensual purificada, con inteligencia y desinterés; acaso, a la postre, nos resulte una “maravilla excepcional”, y, sin acaso —un golpe de dados sí abolirá al azar—, de todas maneras, una obra con solidez, novedad y definición.

“Está permitido a veces, imagino —decía Baudelaire en el documento que lo acusa de plagio—, citarse a sí mismo para evitar parafrasearse.” Citaremos, pues, para terminar, un poema nuestro, viejo de muchos años, que encierra esta aspiración que desde entonces nos ganaba ya profundamente (18):

PUREZA

¿Nada de Amor —¡de nada!— para mí?
Yo pedía 1a frase con relieve, la palabra
hecha carne de alma, luz tangible,
y un rayo de sol último, en tanto hacía luz
el confuso piar de mis polluelos.
Ya para entonces se me había vuelto
el diálogo monólogo,
y el río, Amor ―el río: espejo que anda―,
llevaba mi mirada al mar sin mí.
¡Qué puro eco tuyo, de tu grito
hundido en el ocaso, Amor, la Luna,
espejito celeste, Poesía!

México, martes 22 de febrero de 1927.

Tomado de Gilberto Owen. Obras. Letras Mexicanas. FCE, 1979. Las notas son mías.

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