Los labios de Viviana


La de los abrazos lácteos, la de los ojos dulces, la de los murmullos grises. La dueña del almendro, la señora de la hoguera, la que canta en el ápice del sueño -la que hace brotar el manantial en el costado del desierto, la que aturde con su grito a los ángeles y los vuelve al mundo para poblar los chapiteles. Su canto es bálsamo para los oídos rotos de los hombres, agua en la raíz del álamo, sandalia para los pies de la hoguera. Su llanto nos ampara en la noche más allá de la noche, y su dedo traza en la frente del niño caligrafía protectora. Con su labio deslíe el filo de la guadaña, y en su noche guarda el jardín de los sueños. Los hijos del silencio se guarecen en los retoños de la aurora, y los espíritus duermen en los cálices para soñar gargantas hospitalarias. La Muerte me ofrece un ramo de olvidos que tiñeron los labios de Vivíana.

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