Sus ojos veían como bajo el mar las algas


El Viento me llama isla, el nombre me unge de sol verde;
el Viento me habla al oído, promete pasados de oro y de arena, de sal y baile, de amor en el acantilado
―llega música de los matorrales, llega una voz que me dice recuerda, aspira los perfumes de la antorcha al pasar de la sombra;
y el manantial de palabras mudas, de palabras caricia, don en las manos de la piedra

―ella sabía así, era de labios manantial y de cadera en el follaje;
su mano daba el vino que corre bajo la corteza, y tenía una voz labrada en la dulce oscuridad de los panales;
sus ojos veían como bajo el mar las algas, y queja de lechuza le anidaba entre sien y rizo;
tenía labios para soplar la caracola y manos para empujar la nave;
en su isla apacentaba el cielo, y la yerba ofrecía dones de serpiente

―un collar de conchas para adornar tus pechos, piel de venado en torno a tu cintura, crótalos para acentuar el carmen de tus dedos;
en que cofre guardarás tus nubes ―tejedora de senderos, en qué delirio guardas los tigres de tu dios.

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