…Y nunca más retornan a la inexistencia


A veces, en alta mar, existen naves procedentes de la nada. Expertos marineros las tripulan, y en ellas hay amplios, lujosos y vacíos camarotes. Sus trayectorias, discontinuas y extremadamente irregulares, carecen de todos los significados que se les ha querido atribuir. Pocas horas más tarde, desaparecen.
Hay ocasiones en que alguno de esos barcos arriba a puertos en decadencia, poblados por más recuerdos que habitantes. Allí nunca faltan infelices, ávidos por llegar a destinos no tan a la orilla de la realidad. Casi inevitablemente se embarcan en la nave aleatoria, sin saber que las de su tipo desaparecen pronto con el pasaje en mitad del océano —y alguna vez, dicen, incluso antes de que la costa dejara de ser vista.
Y también hay otras, las que llegan a puertos de mucho tráfico, donde las abordan bulliciosos turistas ávidos de diversión. Fatalmente, la sucesión de piñas coladas, de ligues vacacionales, de niños que orinan el mar desde la cubierta, va impregnando a las naves de costumbres, de prosperidad, de profesionalismo, hasta que se vuelven plenamente reales y nunca más retornan a la inexistencia.

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