“Y antes que piense en acercarse…”


Y antes que piense en acercarse

Francisco de Quevedo

No deben alcanzarte. De lo que-harían contigo si lo hicieran, sólo sabes que sería terrible.
La fatiga es mucha; el camino, escabroso; la noche, cerrada. Ignoras por cuánto tiempo has huido, pero sientes que no basta.
Te detienes junto a un estanque. Un hueco se abre entre las nubes y aparece la Luna. Tranquilo porque ellos no te han encontrado, y por el cambio en la atmósfera, descansas.
Luego de unos minutos, te acercas a la orilla. Bebes con cuidado, evitando apresurarte. El jadeo es menos rápido… hasta que te inclinas por segunda vez: uno, dos, muchos de ellos se reflejan en la superficie. Te incorporas. Huir es imposible. Te han cercado. No hay a dónde escapar —-¿o sí?
Con rapidez, saltas al estanque. El agua es cálida y oscura. Te oprime, te fuerza a moverte. Sin conocer la razón, luchas por alcanzar el fondo. No crees que sea real aquella luz que ves a lo lejos, pero te esfuerzas.
Ya cerca de la luz, algo te apresa de los pies y te lleva a un ámbito fuertemente iluminado. Aunque sientes aire a tu alrededor, inhalas sólo hasta que la figura blanca te da un suave golpe. Y exhalas un sonoro, vivísimo llanto.

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