“De las sombras nace”


Nocturno el lobo, de las sombras nace…
Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea

Anoche no llegué tarde a casa.
Lloviznaba. Las gotas caían sin mojar; no recuerdo ningún charco. No dejaba de mirar los quicios sin puerta y los marcos de ventana con fragmentos de vidrio semejantes a colmillos.
Todo era noche y yo cruzaba la ciudad como un gemido.
Me detuve ante uno de los quicios. Metí la mano izquierda en mi bolsillo y descubrí una navaja. “Ya es hora”, pensé. Y al mirar a mi derecha, encontré la nuca de un hombre que estaba huyendo de mí. El pelo se me erizó de placer y de un salto comencé la carrera.
Sentí la velocidad y el viento en mis costados por mucho tiempo: el hombre era veloz como un conejo, y yo gozaba con el vigor de mis patas y el miedo que mi nariz aspiraba.
Aquello no podía durar. Llegó el momento en que me le acerqué tanto, que pude saltar para caer sobre sus hombros y asirlo del cuello con mis mandíbulas, sólo para sujetarlo. Me puse de pie; de una patada hice que diera la espalda al suelo. Miré sus ojos, reconocí hasta la última de sus facciones: clavé la navaja con más entusiasmo al ver que mi presa era yo mismo.

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