Ceremonia nocturna


Cada noche me asesino un poco para volver a estar, por unos minutos, vivo.
Hago un cruento sacrificio de mí a mí mismo; la sangre corre por la almohada como sobre un antiguo altar de piedra; y Algo en mí recibe complacido y complaciente el sacrificio.
Este Algo, entonces, se digna vivir.
Este Algo emerge y tiene mi rostro, pero no el cotidiano, sino el más antiguo, el verdadero.
El que asomaba sonriente por los matorrales.
Que bailaba y hacía resonar sus cascos sobre las peñas.
Y recibía el homenaje nocturno rendido por un colegio de sacerdotisas y esposas.
Cómo brillaban mis ojos en lo alto del monte, y cómo destellaba mi risa. Era un relámpago emergido del suelo, agudo como un grito, sonoro como puñal, ganoso de sangre como un rayo.
Y me consagraban los niños nacidos en el día, y todos se embriagaban con el júbilo de tenerme allí, a esa hora, en esa noche.
Por unos minutos.
Luego, volver al foso de la vida cotidiana.

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