Cantera de la noche en mi sien más alta


Cantera de la noche en mi sien más alta,
más ajena,
esa mano va quebrando bloques,
va sacando cuerpos
sin cabeza o alas o pulso
y los dispersa por un territorio
de voces de raíz quemada.
Cantera de la noche, donde vetas
no mías surgen al otro lado
de mi nuca, serpean
savias más que las hijas de la tierra
y al llegar se abren flores, parvadas,
qué alar de sierpe levada por los aires.
Un canto, noche, como canto en caída
que despierta en el pueblo, al fondo de la noche,
y a la mañana van y miran al caído,
y al alba cantan, exequias de lo alto.
Dejaste aquí tu maza por qué, sañudo,
si tus rayos no bastaran a quebrar mi cráneo,
si la muerte no quebrase en mi ósteo sus colmillos,
hallándolo ajeno, secuestrado al tiempo, irroíble.
Pero yo te ruego, compasivo,
dejar tu chispa en el germen de mi ósteo,
el ángel fósforo por canderlo
rojo de amor y albar de casto.
Pero yo te ruego, plorante,
dejar caer en él tu lágrima,
lloverlo, florecerlo, vuelto a la tierra,
celebrar tu fiesta con serpientes,
hacer venir al sol y yazga con su noche.
Cantera que trabaja en mí:
la hueste numbrosa, la cimbrante
que dejas caer los cantos
y despiertas en el pueblo, a mitad de noche.

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