Eran campanadas fugándose en espejos


Cuando los miraba,
los árboles dándome en su tronco
los pulsos de tu cuerpo,
y el viento en mí rindió las aguas
y las dispersó.
Esta luz hunde los dientes
como perro hambriento,
y el perro se ríe,
se fuga,
eran campanadas fugándose en espejos,
una fosa vacía en un claro de la tarde.
Cómo tornaban los gorriones
que dejaste asomar en frondas de silencio,
cómo las tablas descendían
y embarque me sellaban al lado otro de los muertos.
Libélula llegaste a mis ojos
con la luz abierta a los veranos,
y una floración en vuelo se elevaba de mi sangre
y volví el rostro
y me hallé desierto.

(Oscura, como la rosa que en lo alto
más valla la fiereza del vivero,
oscura en la distancia de su claro,
encarnizada pues miel te recataste.)

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