Promesas


Tendrás hijos, yerba,
y serán poderosos como el fuego.
Tendrás manos que te cubran de simiente
y ojos que lluevan sobre ti la lluvia.
Ni soles, ni caballos, ni los prontos hijos de la sal te huellen,
ni el pez encuentre su alimento en tus terrones,
ni la llama se esconda mucho tiempo entre las piedras.
Auge, elevación del trueno, carne
que bendice el buitre y el cuervo incendia,
collares al cuello de tus hijas
como un abrazo del mar, y el fragor de los dragones
y Leviatán que asciende del abismo
y es un joven, o un niño, o una chispa.
No serás tú, señor de las estrellas, quien envíe la muerte.
No es tu heraldo este leproso oculto
en los harapos y el cieno hecho de ceniza.
No envías tú dioses vestidos de serpiente,
y tu esposa arde con un fuego que es de agua
y la hiciste de un hielo donde anidan los gorriones.
Yo conozco tu sonrisa. Cuántos nombres gastas
para alumbrarnos de tu sombra,
para cerrar nuestras pupilas con gracias y tambores y navaja
que son caudillos para elevar la sangre,
que liberan a la médula, quitaron sus cadenas a la voz.
Los gritos danzarán por ti sobre los montes
y un caudal de sombras vendrá a nosotros
y cada sombra ha de ser blanca, ha de ser niña,
hará nido entre mis dedos como nieve.
Que descienda el fuego.
Que descienda tu voz como un ejército,
como una mano que derriba la mesa
o un pie que patea a la muerte como un día
irrumpiendo pronto en el seno de la noche.
No así, no así,
no la muerte
ni el olvido.

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