Solárbol


Árbol
grávido en nombres, señales,
llamaradas en la noche de su fronda,
gigante con los pies
arraigados a la entraña de su madre
y las sienes y la voz
coronadas por vientos y planetas y pájaros heraldo—
orbe que se yergue
fragoroso del rumor de las estrellas
y tormentas en desboco,
¡noche que eres, árbol,
cargado con los racimos de los días
y la fragancia de los ríos se desprende
como una legión de hijas caudalosas de su gracia,
río en palomas
y risas, las monedas de barro
que el río deja en el seno de las eras,
y fuego que entrega el sol centimano pródigo,
tumbas que son osos, y el sueño
y la caverna, aquí despiertan!
Un ladrillo cayó del cielo: ten para construir tu casa.
Si las nubes te regalan rayo,
¿has de no mirar, de no decir, de no cantar
si las nubes te ofrendan relámpago?
Así el aguacero nos libre de la muerta
que te lastra al pozo y al residuo
y te cambia por fierro la osatura
y promete sueldos, canta asma.
Así el Incendio se levante y juzgue
en el alto sitial que guarnen los pulmones,
con la llama perenne de las vértebras.
Si hay ángeles, viven por las sienes,
la garganta o el sexo o las axilas,
vapor se elevan de la tierra bien llovida,
se alzan enjambre, zumban ave / ave / ave:
¿dónde estás, tú, a la sombra bien guarida del altísimo?
Si hay ángeles, brotan al chasquir los dedos,
cantan en la palma de la mano,
resplandecen en lo alto como nubes o volcanes o gaviotas.
Si hay niños,
se han vuelto de espaldas y cubierto el rostro con sus plumas,
se encierran como nueces eremitas,
se ocultan bajo piedra —ciempiés, alacrán,
Baudelaire o tú.
Alcaraván es un moro con sable en mano,
Santiago se llama: Don Matacristianos el Valiente,
Galope Nocturno como Risa y Azrael y yo.
Tú barajas los naipes con tu risa;
tú das santo moro o gato obispo o reina loca,
peón doctor, papisa púdica,
madre errabunda y padre en la página comida de polilla.
¿O será que te retienes, que te abstienes,
crucificas tu bondad, de nuestra sangre abstemio,
casto de nuestro afán te desvías,
nuestro sudor al piso dejas caer,
perderse, morir:
con no, con nada, nunca?
Antes blasfemia que negarte.
Si hace falta, allá en lo hondo habrá quien te confiese,
con cuatro bocas o veinte patas o mil cuernos,
verde o negro: antes blasfemo que sin ti,
oscuro antes que sin tu luz y con mi propia.
Pero ¿sólo entre sombras?
Si hay ángeles, edifican escalas,
si hay tu sombra la palmera crece al fresco,
si hay polvo, tú lo pisaste y no cae al suelo sangre que no tuya,
ni decapitación que no sea de los tuyos,
ni carroña colgante que no hayas salvado, en secreto,
como casi siempre: más allá de la mosca y la canícula
y el paseante que se desvía y tapa su nariz, maldice;
más allá, en otra parte, no carroña:
volviste centellas a la podre,
volviste al hedor golondrinas,
lo que sembró muladar cosechaste jardín
de luz piña, aire durazno, colibrí aroma,
y el tigre habla, el cuervo enseña,
el cordero lo enciende todo.
Tu vellón se prendió al alambre antes de tu huida,
fructificó en ropajes, cabelleras,
sonrisas, viento,

ave.

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