Deseo de salmo y profecía 2


Dices que hemos bailado desnudos ante ti,
y nos hemos unido hombres con mujeres
y nuestros espasmos sacudieron a las rocas.
Dices que hemos rociado tus valles de perfume
y coronado a cabras y becerros
y escalado las montañas por cantarte y alabarte.
No será con sal de mares muertos
que te hayamos de rogar,
ni con sangre arrancada a gritos
ni mutilaciones ni gimientes.
Allá tú si encadenaste ángeles al llano
y subieron a columnas para restañar sus alas,
y destruyeron sus cuerpos para restaurarlos
y enronquecieron a fuerza de horadar en su garganta
como se horada en tiempo seco por hallar las aguas.
A mí me hiciste de barro.
A mí me diste tu aliento bajo la lluvia y las ramas,
y me diste por nodriza a la nube
y por maestro al ciervo de ojos de ascua
y de confidente al caracol y su sendero.
Me has puesto al tigre en las venas,
¿y no he de oficiarte víctimas,
no he de aspirar los ángeles que encerraste en la corteza
y por liberarlos se les quema,
y yo unzo mi nariz a su camino?
¿Y por qué a otros les diste el Nombre con el rayo,
y a otros les diste versículos de mosto,
y a otros les hablas en la cantera o en la forja?
No será por falta de sed de ti que alzaron ídolos,
ni las llamas cantan menos porque no entendieran
los que a tumulto elevaban preces
y esperaban a tu hijo del mar o de los vientos o del río.
Proteo, Cazador en las Estrellas,
o bien desconocido velado
que vienes en la noche y me provocas
y no hasta el alba me abandonas y aun
tengo que pedir a voces tu bendición:
con enigmas siempre, con resistencia,
y si no soy capaz de domarte
—si no soy jinete para dejar la bestia y derribar al amo,
—si no soy mujer que en un sendero
alce las manos y atrape tus flechas y te dome,
—si no soy ellos, ¿a qué tu violencia?
No es menos tuyo el aguacero,
ni menos lo será el cantor del pecho
que responde a los rayos con salmos como estanque
de ranas y grillos y pájaros nocturnos;
ni el fuego y mis dedos salamandras,
ni la tierra seca y mis pies que la acarician,
ni la hormiga, ni el trueno, ni el mendigo
que está ahí borracho a los portales de la plaza
y murmura una blasfemia y se dice tu enemigo.
Pero no me des voces si no me entregas los sueños de tu mar,
no me des reclamo si no soy ángel a tu trono,
a qué mediar si yo mismo estoy viviente
y vendré a tropezar y vendré a morir y caeré a tus manos;
no me cantes si no me enseñas,
y no me enseñes si no enciendes mi sangre.

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