Mi corazón palpa con sus dedos la inicial del día


Llaman los astros como un bosque silencioso.
Yo soy la ciudad de la resonancia, la plaza vacía para el paseo del lobo, la madrugada desierta en que el pastor o el borracho encuentran las apariciones.
Luz solar, cuerdas que un dios pulsa del alba al atardecer, danza de oro y sombras por los anfiteatros de la tierra.

—Quién eres, que oscureces la nave de tus pensamientos entre el despertar y el sueño.
—El despertar es una playa de conchas silenciadas, residencia de sirenas que disipa el sol y aire, caminos ausentados al fragor de la oscuridad. Los peces andaban a la orilla buscando algas para adornar sus cabelleras, la luz era un reflejo salado de la noche. Mi corazón palpaba con sus dedos la inicial del día.

Los astros golpean su tambor hasta el umbral del sol: quedamos aquí, sombra de lo que fuimos por la noche:
Sombra hija de una luz proyectada por la sombra, sombra eco lanzada a través del día, portadores del mensaje de los sueños, heraldos de nadie ante nada, con la lengua vacía, las manos ni ociosas ni ocupadas, con una estrella recogida al azar de los senderos.
No hay astros, decimos.
Nada nos habló ni nos envió, la luna no ha tejido nuestro cuerpo con un fosfórico hilo de respiración, no tuvimos aves posadas en la sien, ni fuimos alumnos en la sombra de niños resplandores que se recostaban en la palma de la mano.
No hay esa voz en catarata de la altura, no su caudal, no astros.

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