Deseo de salmo y profecía 5


Cuánto dura tu noche,
que el sol mismo la cobija en su aliento,
la guarda con lanzas,
la mira amante a su amante que duerme.
Cómo su respirar nos envuelve:
un aliento de estrellas,
constelación que zumba bajo la piel de la amada.
El orbe es luz en moneda
y tú la pusiste en manos de la noche,
¿en pago de qué,
para comprar qué joyas y tapices
con qué mercaderes de mundos de sueño?
Hay un pez de lumbre que se llama Domingo.
Viene de ti de tanto en tanto,
ángel de escamas cabrillea en el aire.
Lleva en su mano un plato
y lleva en la otra una copa:
asiste al asceta en las ruinas,
pregunta al caballero si tiene pregunta.
Un pez de oro al que llamamos Domingo.
(Y hay, también, una reina:
se viste con joyas de junco, sedas de agua;
recuerda que un día te reclinaste en la yerba,
la miraste y dijiste: “Eres hermosa”:
los tuyos, tus huérfanos,
cada cierta noche la escoltan,
llevan la noche, profieren tu Nombre
como el perro perdido que anhela a su amo
y lo recuerda y de pronto
sabe silbar y llanto y ocaso).
Cómo anda erguida la noche
por los patios del mediodía.
De tan esbelta, ¿quién la ha visto?,
y su dulzura, ¿quién la ha escuchado?
Será el sol que la inunda a miradas,
será el sol que no la deja a mil manos.
La noche es un árbol negro
que lleva en sus brazos la aurora.
Silente, llega a los bordes del día,
depone a su hija, la nombra.

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