Ariadna


La luz juega en tus mejillas y tus hombros, llegas con la altura exacta, con vinos minerales en tu boca y la miel de la tierra escanciada en tus ojos. Te nombro naranjo por el follaje que se despliega de ti y abraza el aire, por el olor que emerge de tu vello con un repicar de llaves del aire, de monedas del sol. Hoy te llamo naranjo por la luz de tus litorales, por tu orilla visitada de barcas, por los delfines que emergen a tu paso. Sí, un mar de luz para anillarte de cardúmenes que arriban con el oro de los mares negros. Tú, Ariadna móvil, barca móvil por los mares de tu ámbito, como gacela del fuego, como pez del aire, como el ángel turbio y balbuceante que arremolina las corrientes de mis venas. Ángel que me fermenta por dentro, me despedaza, me arroja esparcido en los barrancos de tu isla.
Y te diré Andrómeda, por tu cuerpo ofrecido a los caballos de un mar silencioso que te sigue a todas partes, yo lo oigo, de un mar invisible que te asedia, yo lo veo.

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