Archive for diciembre, 2015

27 diciembre, 2015

Historia de aparecidos


Le he servido al muerto lo que le gusta; pero no ha venido, como desde hace varias noches.
No sé por qué lo llamo “el muerto”. Por incorpóreo; por su gesto lívido, angustiado; no sé, pero lo llamo “el muerto”.
Ya que tanto se parece a mí, no debería llamarlo “muerto”. No somos iguales, sólo se me parece. Quizá es un reflejo distante de mí, diferido, refractado; quizá atraviesa muchos filtros y tamices del pasado, del futuro o de ambos. Pero en fin: no es idéntico ni es otro, sólo se parece a mí.
La otra noche llegó él y pronunció un largo discurso. Me obligó a tomar el dictado. No recuerdo todo lo que me dijo; suelo cerrar el cuaderno y ocultarlo, porque temo que alguna vez grite una verdad con gritos mudos.

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24 diciembre, 2015

Otzumi y el sacerdote Itsari


Una de las leyendas más lindas del Yosiwara es la de Otzumi y el sacerdote Itsari. Yo no conozco de esta leyenda sino la versión más o menos literal del doctor Tresmin Tremolieres. Eso me basta. Erase un bonzo joven que tenía gran fama de artista. Sus superiores le encargaron que hiciese una estatua de la diosa Kawanon, 1a de las cien mil manos la todopoderosa y todomisericordiosa. Un día, en una fiesta popular, encontróse con la cortesana Otzumi y se prendó de su belleza. Durante muchas noches no pudo dormir, pensando en ella. Al fin, loco de deseos, decidióse a ir en su busca al Yosiwara, y para comprar sus caricias le robó a la santa imagen de Kawanon su corona de oro. Al volver a su boncería, después de haber pasado una semana con la cortesana, fue asesinado por un ronin. ¡Pobre pecador! En pleno pecado y sin los seis rin que se pagan por atravesar el Aqueronte amarillo, debió haber ido al infierno inmediatamente. Pero, por fortuna, el dios de los muertos conocía su genio artístico y admiraba su imagen de Kawanon.
―Vuelve a la tierra ―le dijo―, vuelve a tu templo y conságrate a concluir la estatua divina.
Itsari obedeció. Meses y meses, años y años trabajó sin descanso. La imagen estaba ya casi terminada. Las cien manos, en la actitud de la oración, elevábanse hacia el cielo y eran tan delicadas, que los que las veían no podían menos que adorarlas. Al fin, una noche, cuando ya creía su labor concluida, sentóse el pobre bonzo ante su obra. De pronto, una mujer entró en la estancia. Era una admirable oirán, vestida de ricas sedas.
―Otzumi ―exclamó Itsari.
―Yo misma… yo, que te amo aún.
Sus manos se juntaron. Sus labios se buscaron. A] día siguiente, los bonzos encontraron muertos al pie de la estatua al escultor y a la cortesana. Y sin duda hubieran pensado que aquella muerte repentina era un castigo por haberse amado. Pero no fue posible creerlo. Las cien manos de la diosa, que la víspera hacían el ademán de orar vueltas hacia el cielo, habíanse tornado hacia la tierra y bendecían a los amantes muertos.

Enrique Gómez Carrillo. El Japón heroico y galante. Buenos Aires: Biblioteca Crisantema, 1935.

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23 diciembre, 2015

Gaviota, nube, nada


Sueño un mar en el que me disuelvo.
Sueño un mar en cuyo horizonte soy gaviota, nube, nada. Y he sentido la brisa al despertar.
Sueño un mar que me habla desde una caracola. He seguido su eco, he despertado al pie de la espiral.
Y sin embargo el mar me rechaza, y las olas huyen mis pies;
se disipa la brisa, no deja en mí nariz ni un átomo de sal;
y el umbral de la caracola se cierra almeja, y no me admite nunca en su interior.

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