J. Cuesta, G. Owen, lo popular y la identidad nacional


José_Clemente_Orozco_-_Estado_mayor_de_bufones

José Clemete Orozco: Estado mayor de bufones (óleo sobre tela)

Prisión del orden
Gilberto Owen, en “Motivos de Lope de Vega”, 1935

Salí de Góngora como de una cárcel siguiendo a Marinello, “con el juramento de vivir en libertad”. De esta última palabra no sabía entonces, no voy a saber nunca de seguro, el significado. La suponía viento sin ley que acechaba, al doblar la esquina, para destruirme; pues yo había elegido este cautiverio precisamente como un refugio, al huir de la improvisación y de la facilidad que me repugnaba en ejemplos más cercanos a mi, geográfica y temporalmente: yo nací huyendo del Chocano a voz en cuello, de nuestro paupérrimo y ensordecedor romanticismo americano, de la baratija de nuestro folklore, empapado éste de las dos cosas que más repugnaban con mi espíritu: las lágrimas y la sangre.
Luego que la prisión me era amable, a pesar de la severidad de su regla. Era grato su jardín de peluquería, cortado y recortado jamás al capricho, siempre de acuerdo con una sabia arquitectura total que yo me esforzaba en aprender puntualmente. Acostumbrado a pasear por la penumbra de sus soledades (¡y cómo la penumbra copia exactamente la inmensidad, alargándolo todo infinito en la distancia, y dejándonoslo todo, sin embargo, al alcance del tacto y la razón!), me desconcertaba que hubiese ojos y oídos tan deslumbrados que encontrasen obscuridad en el cordobés mi carcelero. Me acontecía ante él lo que a mi mejor contemporáneo ante Mallarmé; todo en él me era tan claro que “hasta cuando pretendía ser obscuro se veía claramente su intención serlo”.
Lo de fuera, desde mi cautiverio, si que era obscuro, instintivo y de una sensualidad bestial que yo no comprendía. Afuera había tempestades inasibles, y se morían millares de hombres, tan sólo —me parecía para que el genio popular improvisara corridos, para que las cantaoras de la feria hiciesen sus gorgoritos insensatos y para que los turistas se relamieran, sin comprender tampoco gran cosa: “Oh, este México, ¡qué lleno de color!” Afuera había unas tardes de alegría demasiado sana, estridente, animal. Afuera estaban —¡Dios me guarde!— la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. (Si yo hubiera leído ya entonces a Lenin, qué de acuerdo me habría sentido con su encontrar en la libertad “un prejuicio burgués”: sólo que yo habría dicho “plebeyo”.)
Encadenado al cielo, a aquel orden especial, me parecía que todos los otros mundos, que todos los otros órdenes, eran el caos.

Obras. 2a.ed. Ed. J. Procopio. México: FCE (Letras Mexicanas, 1979).

De “La cultura francesa en México”
Jorge Cuesta, 1934

[…] No faltará, es cierto, quien acuda a la historia y a los datos étnicos para acusar de falsa a la observación anterior, demostrando que, aun cuando durante el último siglo ciertos pensamientos franceses hayan tenido importantes resonancias mexicanas, un siglo es mucho más superficial que cuatro en el espesor de las tradiciones, y que, por tanto, esos pensamientos no pierden su condición externa respecto de nuestra verdadera tradición, cuyas fuentes son, y no deben ser otras que las aborígenes y las españolas. […] Se advertirá que durante la vida de nuestra Independencia la influencia de Francia obra sobre tan pequeño número de personas, que lo correcto es considerarlas como descastadas, y no como representativas de la nación. […] Y se hará notar, por último, que dos veces combatimos contra Francia, expresando así nuestra voluntad de expulsarla de nuestra vida.
En vista de estos justificables argumentos, es necesario que precise el objeto de mi observación. Digo, exactamente que el pensamiento francés ha sido la influencia más importante que ha experimentado nuestra cultura nacional; que dicha influencia es patente en nuestras obras literarias, artísticas, escolares, políticas y jurídicas; es decir, en nuestras manifestaciones estrictamente culturales; que, ciertamente, nuestro organismo interno ha sido más que insensible a esta inclinación de nuestro espíritu, en la que se reconoce una minoría reducida, en verdad, que con justicia debe considerarse como extraña y desarraigada respecto de la gran mayoría de la población. Pero hay que advertir que, fuera de esta reducida minoría, la nación mexicana no ha tenido una verdadera existencia propia, no ha concebido nunca su responsabilidad histórica como tal; que nuestra sociedad nacional ha sido creación y responsabilidad exclusivas de esta minoría, y que, fuera de su descastada cultura, fuera de sus desarraigadas obras, no han existido ni voluntad ni conciencia nacionales dignas de este nombre. En cuanto a las fuentes internas de nuestra tradición, esto es, las aborígenes y las españolas, advierto que han sido profundamente indiferentes a nuestro reciente espíritu nacional y aun constantemente hostiles a él, y que ha sido en una perpetua lucha contra esas reacciones internas como este espíritu ha conseguido afirmar su independencia y su personalidad características […].
L
a guerra de Independencia fue obra de “las ideas francesas”. La guerra de Reforma, aun prolongada contra la propia Francia, fue un triunfo de las ideas republicanas y del estado laico, las más representativas creaciones políticas francesas; puede decirse que fue un triunfo de Francia contra Francia […]. Nuestra existencia posterior a la guerra de Reforma, hasta nuestra más reciente Revolución, se caracteriza como un movimiento social para afirmar de un modo definitivo el poder de una política revolucionaria, que no posee una significación histórica y revolucionaria diferente a la del radicalismo francés. La historia de la nación francesa se ha distinguido por estos dos principios esenciales de su política: el laicismo y el radicalismo, que no representan sino una misma actitud del espíritu, manifestándose, ora frente a los sentimientos religiosos, ora frente a los sentimientos económicos. Su resultado es una política libre exterior a los intereses religiosos y económicos, habituales del individuo. Ahora bien, la historia nacional de México es la historia de una política libre, desarraigada de la vida económica y religiosa del país, y sólo interesada en consolidar su libertad; no por otra razón ha tenido que luchar contra nuestra tradicional vida española, personificada por la iglesia, y contra nuestra tradicional vida indígena, personificada por nuestra economía […].

Obras, t. I. Ed. de Miguel Capistrán et al. México: El Equilibrista,

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