Unamuno: “El ‘alma’ de Manuel Machado” (fragmentos)


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Portada de Juan Gris para la edición de 1901.

Advertencia
Por el momento, subiré al blog sólo algunos pasajes de este ensayo, a fin de concentrarnos en lo más pertinente para la próxima clase. Más tarde lo completaré. Quizá también quede a deber algunas notas para mis alumnos; como sea, nadie les cubre los ojos ni ata las manos para buscar, ya sea en la internet o en la red más antigua del mundo (los libros), aclaraciones a las citas y referencias que lo requieran.

El libro de Machado se puede leer en esta dirección: https://archive.org/details/almamuseoloscant00mach. ¡Muchas gracias a Tania Flores por el vínculo! ¡Y muchas gracias también a Ketzalli Torres, por la edición facsimilar del ensayo de Unamuno que halló en la red! Hela aquí: el-alma-de-manuel-machado.

Nota: Crítica de Miguel de Unamuno al poemario Alma, de Manuel Machado. Heraldo de Madrid, 19 de marzo de 1901. En Libros y autores españoles. Madrid: Espasa-Calpe, 1973 (Austral 1513).

[…] Hay un momento en que me revuelvo contra esta poesía, contra la poesía toda, acaso, y reniego del turrieburnismo. “Pero para este hombre –me digo– no hay patria, ni religión, ni Dios, ni hambre, ni miseria… Ante el invierno que arroja a tantos a la desesperación ¿no se le ocurre otra cosa que pedir a su amada sus labios rojos, únicas flor que en el invierno queda? Pide reunirse en familia con un libro y un fuego alegre; ¿no sería mejor que saliera a enardecer a los que ofrecen su vida a las balas sobre la nieve?” Y luego me añade con el Eclesiastés: “¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!” Y recuerdo el “la vida es sueño” y el hondo sueño de resignación de nuestro pueblo y la mansedumbre del vencido. Y vuelvo a leer “Adelfos”, la poesía que Machado me debía Apolo se la pague, y yo, hijo de la raza vasca, amigo de la montaña que hay que trepar y del océano que hay que domar con los remos o las velas, amigo del cielo gris y de la acción enérgica, releo lo que me dice este hombre de “la raza mora, vieja amiga del sol”, ese hombre de los que todo lo ganaron y todo lo perdieron, ese hombre cuya voluntad se ha muerto una noche de luna.

Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir.

¡Elegir camino! ¡Y yo que no quiero elegirlo, sino hacérmelo por la intrincada selva, por lo intransitable; camino al infinito, a lo inaccesible!

¡Ambición!, no la tengo. ¡Amor!, no lo he sentido.

¡Sin ambición ni amor!, ¿qué es esto?

…Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!

¡La pena de vivir! Sí, la pena de vivir; pero ahí está la fuente de la dicha suprema, de la dicha de la victoria, en la pena de vivir. Sin pena no quiero vida.
[…]
Mas… ¿no es esto sentimentalismo, artificio, blandenguería, molicie? Y recomienza mi lucha contra el poeta. Y el poeta, al son de su guitarra, me canta:

La prima que canta y el bordón que llora…
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.

[“Cantares”]

¡La raza mora! Pero es que la raza mora de este Machado es una raza mora que se ha bautizado en París y ha oído a Musset y a Verlaine, y en algunos de sus cantos hay dejos fatales de Leconte de Lisle, como en su “Oasis”, y de José María de Heredia, como en sus “Flores”. ¿Y qué? Todos nos buscamos a través de los demás, y no hay otro modo de llegar a encontrarse. Y él canta su canto, y hasta cuando las palabras sean de otros, es la música suya. Y muchas veces de su música surge su letra, suya.
Me escribe este moro que se va a París de nuevo. ¿No sería mejor que se volviera a su morería? Pero ¿no estará acaso en París su morería? Lo casi indudable es que su alma de moro dará mejor sus frutos fuera de su morería; fuera de ella valen los moros. Como allí, entre la morisma, todos se dejan traer y llevar por las olas, sin tomarse el trabajo de elegir su camino; creen que esto es lo universal y no sienten su valía toda; es preciso que salgan y contemplen cómo otra gente se afana por abrirse camino, y la compadezcan. La cigarra redobla a cantar cuando ve pasar a la muda hormiga cargada con su botín; fue el trajinar de Marta la que movió a María a echarse a los pies de Jesús. Sí, que se vaya a París.
Que se vaya a París a cantar antífonas a la “reina de los besos, flor de la orgía”,

amante sin amores, sonrisa loca…,

a reír juntos, mientras lloran,

hasta que se confundan en el olvido
tu hermosura podrida, mi lira rota.

[“Antífona”]

Y me digo: ¿todo esto es verdad o es un tema poético? Y ¿qué es verdad? Todo esto ¿es sincero? ¿Y qué es sinceridad? Me acuerdo de Musset. ¿Y qué derecho tenemos a dudar de la sinceridad ajena? Verdad de hoy, mentira de mañana; sinceridad de ahora, insinceridad de después. Si cuando lo cantaba lo creía, ha hecho obra incesantemente poética. Vive al último soplo de viento, al minuto, abierta el alma a las más fugitivas impresiones; ahora, creyente; luego, impío; hoy, ansiando el amor; mañana, la muerte. Así fue Verlaine, y esta impersonalidad da personalidad a su obra; fue arpa eólica, vibrante a las brisas, auras, vendavales y aquilones de la vida, eternizando lo momentáneo.
[…] ¡Qué lejos de Quintana y de sus elocuentes y enfáticas arengas rimadas! Hasta el viejo y recio romance castellano, el de los periodos anquilosados, el de los relativos y preposiciones y adverbios, parece que se disgrega y se hace más invertebrado y suelto en estos versos…

al destierro, con doce de los suyos
polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.

Un paréntesis invertebrado, que no pesa, sin lañas ni corchetes. ¿Llegaremos a hacer de esta lengua oratoria, la del amplio y ondulante período, la del así como…, así también, el sin embargo, y el en efecto, y el por lo tanto, y el entiendo, señores, y de toda clase de balancines, una lengua poética, suelta, de rápidas notaciones que se sucedan?…
Estoy pensando en esto, distraído, cuando oigo al poeta:

¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura,
hetairas y poetas somos hermanos!

[“Antífona”]

Y mientras mi Brand, el que llevo dentro, se indigna de esto, exclamo: ¡Qué atrocidad! ¡Prostitutas y poetas hermanos!… Pero al punto me acuerdo de la hetaira Magdalena, y me recojo a reflexionar ¡a reflexionar!y me digo: Sí, son hermanos hetairas y poetas, y somos hermanos todos, todos, todos; santos y criminales, héroes y viles, sabios e imbéciles; todos hermanos, todos. Y todos vendemos lo que no tiene precio, y todos damos al mundo por oro nuestros amores y nuestra poesía porque todos tenemos poesía y amor—, y en el olvido se confundirán.

 

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