El nivel de la historia. 2: Informaciones e indicios


Recordemos: las unidades integrativas caracterizan a los personajes, lugares, etc. de la historia. Las hay de dos clases:

  • Informaciones. Ubican la historia en el tiempo y el espacio.
  • Indicios. Otorgan cualidades a personajes, lugares, épocas, etc.

Las unidades distributivas se relacionan entre sí de modo lineal, por así decirlo (de manera sintagmática, para usar el tecnicismo): un nudo es anterior o posterior a otro nudo, es causa o consecuencia de ese nudo (y lo mismo con respecto a las catálisis relacionadas con ese nudo).
En cambio, las unidades integrativas establecen relaciones de manera paradigmática: es decir, dos indicios o dos informaciones se relacionan por su semejanza o su oposición, no por relaciones lógicas y cronológicas. Por ejemplo: si en un pasaje del texto se dice que el personaje Fulano nunca llega tarde y siempre guarda un orden perfecto en su oficina, y más adelante se le muestra dando instrucciones a un empleado con tono seco y severo, ambos rasgos se integran uno con otro a la distancia, vertical o transversalmente.
Vemos como se dan los indicios y las informaciones en los primeros párrafos de un cuento del escritor británico Arthur Machen.

Los niños felices (fragmento)

Un día después de la Navidad de 1915, mis deberes profesionales me llevaron al Norte; o, para ser más preciso, como nuestros convencionalismos, al “Distrito Nordeste”. Había habido ciertas charlas singulares; varios chismorreos respecto a que los alemanes tenían un «escondrijo» por parte de Malton Head. Nadie parecía saber exactamente qué hacían allí o qué esperaban lograr. Mas la información corría como un incendio de una boca a otra, y se creyó conveniente que tal habladuría fuese seguida hasta sus orígenes, y expuesta al público o negada de una vez por todas.
Me dirigí, pues, al Distrito Nordeste, el domingo 26 de diciembre de 1915, y continué mis investigaciones a partir de la Bahía Helmsdale, que es un pequeño pueblo marítimo situado a tres kilómetros escasos del cabo Malton. La gente de los prados y las marismas también se había enterado de la fábula, considerándola con supremo desdén. Por lo que pude averiguar, dicho cuento había tenido origen en los juegos de unos niños […]. Habían improvisado un burdo drama de espías alemanes y su captura, y habían utilizado la Caverna Helvy, situada entre Helmsdale y el cabo Malton, como escenario de sus juegos. Esto era todo; aparentemente, los bobos habían hecho el resto […].
—Los niños forjaron un cuento que no se creían —me espetó un habitante del pueblo, que seguramente me juzgó más prudente que otras personas.
Naturalmente, no podía comprender, pese a todo, que un periodista tiene dos deberes: proclamar la verdad y denunciar la mentira.
A primeras horas de la tarde del lunes, ya había terminado con los «alemanes» y su escondite, y decidí detenerme en Banwick antes de regresar a casa, pues había oído comentar a menudo que era un lugar bellísimo y curioso. De modo que cogí el tren de la una y media, y empecé a internarme, deteniéndome en muchas estaciones desconocidas en medio de las grandes mesetas; cambié de tren en Marishes Ambo, y proseguí el viaje por un territorio extraño, a la escasa luz de la tarde invernal. De pronto, el tren abandonó el terreno llano y comenzó a descender por una cañada profunda y estrecha, oscurecida por bosques a cada lado, amarillenta por las ramas quebradas, solemne en su soledad. Lo único que se movía era el río acaudalado y turbulento que espumeaba sobre las rocas, y formaba plácidos remansos en las orillas.
Los oscuros bosques se diseminaron en grupos de antiguas matas de espinos; grandes rocas grises, de formas raras, surgían del suelo; y otras dentadas se elevaban hacia las alturas a cada lado de la cañada. El río iba creciendo y ensanchándose, y siguiendo su curso llegamos a Banwick al ponerse el sol.
Contemplé la maravilla de la ciudad a la luz del crepúsculo, rojizo por occidente. Las nubes ensombrecían los rosales; había mares de verdor por entre islas de luz carmesí; y nubes relucientes como espadas flamígeras, como dragones de fuego. Y por debajo de aquellos colores, de aquellas luces confundidas se veían las luces del puerto abajo, y más arriba, al otro lado del puente, la abadía en ruinas y la inmensa iglesia en la colina.

Si las informaciones ayudan a ubicar la fábula en el tiempo y en el espacio, entonces resulta muy fácil identificarlas en este cuento. Los nombres geográficos puede que le digan poco al lector mexicano; pero el hecho de que la acción se desarrolle en un pueblo pequeño y luego en una ciudad, de nombre no familiar para nosotros, a la que se llega después de pasar por “estaciones desconocidas”, de cambiar de ruta, etc., nos hace ver que todo transcurre en una región lejana respecto a los grandes centros urbanos. Por lo que respecta al tiempo, todo es aun más claro: la acción transcurre en 1915; junto con las alusiones a rumores sobre rusos y alemanes, basta para ubicarnos en la Primera Guerra Mundial.
Ahora, pasando a la cuestión de los indicios, debemos atender a rasgos como el “territorio extraño”, “la escasa luz de la tarde invernal”, “los oscuros bosques” y “la abadía en ruinas y la inmensa iglesia en la colina”. También es importante el hecho de que para llegar a Banwick el tren tiene que “abandonar el terreno llano” y “descender por una cañada profunda y estrecha”. La oscuridad, los bosques, la antigüedad de los monumentos, el abandono del terreno llano y el seguir un camino descendente y estrecho: todos estos rasgos — estos indicios— van creando una cierta atmósfera de penumbra y misterio, que será de lo más propicia para los acontecimientos que más tarde se desarrollan en el cuento.

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