La comedia según Leandro F. de Moratín


Francisco de Goya: La vendimiaPresento algunos fragmentos del “Discurso preliminar o Estado del teatro español en el siglo XVIII”, incluido por Moratín en sus obras dramáticas completas de 1825.
Fuente: Fernández de Moratín, L. La comedia nueva o El café. Ed. Nora Mazzotti. Centro Editor de América Latina, 1982, p. 81-87. Los encabezados son míos.

Esencia y fines de la comedia

Consideró Moratín que la comedia debe reunir las dos cualidades de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el de entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo todo el interés de una pieza de teatro al que puede producir una sinfonía, y que teniendo en sus manos los medios que ofrece el arte para conmover y persuadir, renunciase a la eficacia de todos ellos, y se negara voluntariamente a cuanto puede y debe esperarse de tales obras en beneficio de la ilustración y la moral.
[…] Concibió […] que la comedia puede definirse así: “Imitación en diálogo (escrito en prosa o verso) de un suceso ocurrido en un lugar y en pocas horas entre personas particulares, por medio del cual, y de la oportuna expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la virtud”.

La “imitación de la Naturaleza”: precisiones

Imitación, no copia, porque el poeta, observador de la naturaleza, escoge en ella lo que únicamente conviene a su propósito, lo distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdades compone un todo que es mera ficción; verosímil pero no cierto; semejante al original, pero idéntico nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas palabras se digan durante un año, en la familia más abundante de personajes ridículos, no resultará de su copia una comedia. En ésta, como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta los originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina.
En diálogo, porque a diferencia de los demás géneros de la poesía, en que el autor siente, imagina, reflexiona, describe o refiere, en la dramática que produce poemas activos, se oculta del todo, y pone en la escena figuras que obrando en razón de sus pasiones, opiniones e intereses, hacen creíble al espectador (hasta donde la ilusión alcanza) que está sucediendo cuanto allí se presenta. La perspectiva, los trajes, el aparato escénico, las actitudes, el movimiento, el gesto, la voz de las personas, todo contribuye eficazmente a completar este engaño delicioso, resulta necesaria del esfuerzo de muchas artes.

El comediógrafo y su trabajo con el lenguaje

En prosa o en verso. La tragedia pinta a los hombres, no como son, sino como la imaginación supone que pudieron o debieron ser; por eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este recurso, que le es indispensable, le facilita el poder dar a sus acciones y personajes todo el interés, toda la sublimidad, toda la belleza ideal que pide aquel género dramático; y como en ella todo ha de ser grande, heroico y patético en grado eminente, mal podría conseguirlo si careciese de los encantos del estilo sublime, y de la pompa y armonía de la versificación.
La comedia pinta a los hombres como son, imita las costumbres nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos y de estos privados intereses forma una fábula verosímil, instructiva y agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones con los originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le exige, puesto que de la semejanza que les da resultan sus mayores aciertos. Imitando, pues, tan de cerca a la naturaleza, no es de admirar que hablen en prosa los personajes cómicos; pero no se crea que esto puede añadir facilidad a la composición. […] No es fácil hablar en prosa como hablaron Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro Guzmán, Monipodio, Dorotea, la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él ideas y pasiones comunes; ni variarle, acomodándoles a las diferentes personas que se introducen, ni evitar que degenere en trivial e insípido por acercarle demasiado a la verdad que imita.
[…] Ni las quintillas, ni las décimas, ni las estrofas líricas, ni el soneto ni los endecasílabos pueden convenirle; sólo el romance octosílabo y las redondillas se acercan a la sencillez que debe caracterizarla […]. Ni espere acertar el que no haya debido a la naturaleza una organización feliz, al estudio y al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua, enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos antiguos, los cuales, a vueltas de su incorrección y de sus defectos, nos ofrecen los únicos modelos que deben imitarse, cuando la buena crítica sabe elegirlos.

Las tres unidades: su justificación

Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas. Boileau en su excelente Poética redujo a dos versos los tres preceptos de unidad: “Una acción sola, en un lugar y un día, / conserve hasta su fin el teatro lleno”. Esto mismo recomendaba el autor del Quijote setenta años antes que el poeta francés: los buenos literatos coetáneos de Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó, juntamente con otras muchas, manifestando que si no las seguía, no era ciertamente porque no las ignorase.
[…] Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica se amontonan muchos episodios, o no se la reduce a una acción única, la atención se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no se desenvuelven, los afectos no se motivan; todo es fatigosa confusión. Un solo interés, una sola acción, un solo enredo, un solo desenlace: eso pide, si ha de ser buena, toda composición teatral. Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales a la perfección dramática, deben acompañar a la de acción, que la es indispensable; y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso habrá de inferirse que son absurdas o imposible. […] Si tal doctrina llega a establecerse, presto caerían los que la siguieran en el caos dramático de Shakespeare, y las representaciones del teatro se reducirían a las mantas y cordeles con que decoraba los suyos Lope de Rueda.
[…] Para ser la fábula conveniente deberá existir una inmediata conexión entre la máxima que se establece y el suceso que ha de comprobarla. Para hacerla verosímil no basta que sea posible: ha de componerse de circunstancias tan naturales, tan fáciles de ocurrir, que a todos seduzca la ilusión de la semejanza. Para hacerla teatral deberá ser la exposición breve, el progreso continuo, el éxito dudoso, la solución (resulta necesaria de los antecedentes) inopinada y rápida, pero no violentas, ni maravillosa ni trivial.

Los personajes: ni demasiado nobles ni abyectos

Entre personas particulares. Como el poeta cómico se propone por objeto la instrucción común, ofreciendo a vista del público pinturas verosímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres, las pasiones y el estilo que debe expresarlas. No usurpe a la tragedias sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores heroicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían a la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las leyes protectoras y represivas verifican la enmienda que pide tanta corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla.

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