Archive for ‘Apuntes’

24 mayo, 2017

Notas para algunos poemas españoles del último tercio del s. XX


(1) Jean de La Bruyère (1645-1696), escritor, uno de los grandes moralistas franceses (suponiendo que los haya menores). El título de Carnero alude a la famosa primera máxima de Los caracteres, o las costumbres de este siglo: “Todo se ha dicho, y llegamos demasiado tarde cuando hace más de siete mil años que hay hombres, y que piensan. En lo que concierne a las costumbres, lo mejor y más bello se ha esfumado con los libros de antaño. No queda más que espigar entre los antiguos y los más diestros de los modernos”. T. de Ramón Andrés en http://www.saltana.org/1/arg/65.html.

(2) Erato, musa de la poesía amorosa. Devaneo, según el Diccionario de Autoridades (1732): “Disparate, delirio, fantasía. Es formado del nombre vano…“. Pero creo preferible examinar la palabra en sus contextos; ya el Arcipreste de Hita quiere persuadirnos sobre el Libro de Buen Amor:  “Non tengades que es libro neçio de devaneo, / nin creades que es chufa algo que en él leo”. Quedamos, pues, advertidos.

(3) Amour fou: amor loco. Esta vez, la conexión apunta hacia el libro del mismo título de André Breton. El surrealismo vio en el amor un camino hacia la superación de todas las mezquinas contradicciones que agobian la vida del ser humano hundido en la gris cotidianidad. Su concepción del amor es omniabarcante, incluye el exceso y la perversión. Recomiendo leer “André Breton”, ensayo de Juan Malpartida publicado en Letras Libres.

(4) En la tradición clásica, una palinodia es un poema donde el autor se retracta de lo expresado en una obra anterior. Cuenca parodia en estos versos la única famosa (creo), la compuesta por Estesícoro en el s. VII a.C. para negar que la Guerra de Troya hubiera sido culpa de Helena. En México, José Emilio Pacheco es autor de una versión del poema antiguo. Debemos recordar también la “Palinodia del polvo”, donde Alfonso Reyes se duele por el deterioro de la que llamó “región más transparente del aire”.

(5) Las taifas son los minúsculos (pero combatientes) reinos en los que se dividió, tras su decadencia, el califato de Córdoba en 1031. Los almorávides, por su parte, fueron un movimiento musulmán bélico y rigorista, que posteriormente conquistó Al-Ándalus (es decir, la España musulmana) y que al morir dio origen a nuevos reinos de taifas.  Pero el poema de Villena alude más bien a una tópica España musulmana decadente, lánguida, sensual.

(6) El pensamiento débil es un concepto acuñado por el filósofo italiano Gianni Vattimo, procedente de la hermenéutica y uno de los teóricos de la posmodernidad. Más allá del contenido concreto de esa idea, la frase ha permanecido como emblema de la superficialidad de la cultura posmoderna. Yo recomendaría leer, de Vattimo, El fin de la modernidad, Gedisa, 1994 (4a. ed.).

3 febrero, 2017

Retratos de los Contemporáneos 2017-2


manuel rguez lozano-autorr1924

Manuel Rodríguez Lozano: Autorretrato, 1924.

Las preguntas para los dos cuestionarios se encuentran aquí.
Las bibliografías sugeridas (insisto, sugeridas) están aquí y aquí.

Febrero

3 Introducción al curso.

10 Modernidad, “modernismo” y adiós a la tradición clásica. Lecturas: nota del blog “Forma y fondo”: de la poesía clásica a la poesía moderna (según J. Cuesta) (¡sigan el vínculo!). Lecturas: Ramón López Velarde, “La corona y el cetro de Lugones” en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/prosas-dispersas.

17 Los Contemporáneos y el México revolucionario de los años 20 y 30. Lecturas: Gilberto Owen, “Motivos de Lope de Vega”, y Jorge Cuesta, “La cultura francesa en México”. Pueden leer algunos pasajes en la entrada J. Cuesta, G. Owen, lo popular y la identidad nacional.

24 La poesía mexicana antes de los Contemporáneos. Lecturas: Xavier Villaurrutia, “La poesía de los jóvenes de México”, y entradas del blog: La poesía mexicana en vísperas del modernismo y Gutiérrez Nájera, Díaz Mirón y González Martínez: tres poemas; Ramón López Velarde, “Mi corazón se amerita…”; y José Juan Tablada, haikúes de Un día… (sigan los vínculos internos y externos). Recomendable: Jorge Cuesta, “El clasicismo mexicano”.

Marzo

3 Los Contemporáneos y el nacionalismo cultural. Lectura: Ramón López Velarde, “Novedad de la patria”, en El minutero (se puede encontrar aquí).

10 Modernidad literaria y vanguardias. Lecturas: entradas del blog: La imagen poética según Pierre Reverdy y Ezra Pound: la imagen (y otras reflexiones sobre la poesía) y poemas de la entrada de este blog Síntesis, análisis y dinamismo en poemas de los Contemporáneos.

17 Los Contemporáneos “espirituales”. Lecturas: entrada del blog Dos poemas de Jaime Torres Bodet; Carlos Pellicer “Iguazú”, y la nota del blog Fragmentos de “1915”, de Manuel Gómez Morín.

24 La poesía pura. Lecturas: nota del blog La poesía pura en Edgar Allan Poe; y José Gorostiza: “Pausas I“, “Pausas II” y “Borrasca” (de Canciones para cantar en las barcas) y “Preludio“, de Del poema frustrado (si aún no tienen a Gorostiza en su librero, sigan los vínculos) y “Un hombre de Dios“, pasaje de “Notas sobre poesía” (ya lo subí al blog, sigan el vínculo interno).

31 Coloquio de tesistas.

Abril

7 Los Contemporáneos, la poesía pura y la poesía cubista y creacionista. Poemas de Xavier Villaurrutia y de Jorge Cuesta en la entrada “Toman posturas eternas” (sigan el vínculo). Entrega del primer cuestionario.

14 Asueto

21 El lado nocturno de los contemporáneos. Lecturas: entrada del blog X. Villaurrutia y G. Owen al filo de las doce (nocturnos).

28 Carlos Pellicer. Poemas ya seleccionados en el blog (sigan este vínculo).

Mayo

5 Salvador Novo. Poemas de la entrada Tres poemas de Salvador Novo.

12 Xavier Villaurrutia: Décima muerte.

19 Gilberto Owen: “Sindbard el varado” en Perseo vencido. Se puede hallar en http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/358. Recomiendo leer la nota introductoria.

26 Suspensión de actividades.

Junio

9 Examen final o entrega de trabajo final; 2o cuestionario.

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9 noviembre, 2016

León Felipe: algunos poemas


Romero sólo

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.

(de Versos y oraciones de caminante, 1920)

Revolución

Siempre habrá nieve altanera
que vista el monte de armiño
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también
—un sol verdugo y amigo—
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del río.

Cristo

Viniste a glorificar las lágrimas…
no a enjugarlas…
Viniste a abrir las heridas…
no a cerrarlas.
Viniste a encender las hogueras…
no a apagarlas…
Viniste a decir:
¡Que corran el llanto,
la sangre
y el fuego…
como el agua!

(de Versos y oraciones de caminante, 1929)

Reparto

La España de las harcas no tuvo nunca poetas. De Franco han sido y siguen siendo los arzobispos, pero no los poetas. En este reparto injusto, desigual y forzoso, del lado de las harcas cayeron los arzobispos y del lado del éxodo, los poetas. Lo cual no es poca cosa. La vida de los pueblos, aún en los menesteres más humildes, funciona porque hay unos hombres allá en la Colina, que observan los signos estelares, sostienen el fuego prometeico y cantan unas canciones que hacen crecer las espigas..
Sin el hombre de la Colina, no se puede organizar una patria. Porque este hombre es tan necesario como el hombre del Capitolio y no vale menos que el hombre de la Bolsa. Sin esta vieja casta prometeica que arrastra una larga cauda herética y sagrada y lleva sobre la frente una cresta luminosa y maldita, no podrá existir ningún pueblo.
Sin el poeta no podrá existir España. Que lo oigan las harcas victoriosas, que lo oiga Franco:

Tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo
y me dejas desnudo y errante por el mundo…
mas yo te dejo mudo… ¡Mudo!
¿Y cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

(de Español del éxodo y del llanto, 1939)

Auschwitz

A todos los judíos del mundo, mis amigos, mis hermanos.

Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud…
que hablen más bajo…
que toquen más bajo…
¡Que se callen!
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante toca muy bien el violín…
¡Oh, el gran virtuoso!…
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres…
Y solo.
¡Solo!
aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante… tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, “gran cicerone”)
y aquello vuestro de la “Divina Comedia”
fue una aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa… otra cosa…
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú… no tienes imaginación,
acuérdate que en tu “Infierno”
no hay un niño siquiera…
Y ese que ves ahí…
está solo.

¡Solo! Sin cicerone…
esperando que se abran las puertas de un infierno
que tú, ¡pobre florentino!,
no pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa… ¿cómo te diré?
¡Mira! Éste es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido, poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud…
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo…! ¡Chist…!
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista…
y he tocado en el infierno muchas veces…
Pero ahora, aquí…
rompo mi violín… y me callo.

(de ¡Oh, este viejo y roto violín!, 1965)

9 marzo, 2016

M. Gutiérrez Nájera: “El cruzamiento en literatura”


Tomado de Manuel Gutiérrez Nájera y otros, La construcción del modernismo. Ed. Belem Clark de Lara y Ana Laura Zavala Díaz. México: UNAM, 2002 (BEU 137). Esta obra recopila ensayos y artículos fundamentales para comprender la idea del modernismo que se hicieron, en México, sus creadores y sus adversarios.

Con frecuencia se culpa a esta Revista de afrancesamiento y se la tilda, sin razón alguna, de malquerer o menospreciar la literatura española. Hoy toda publicación artística, así como toda publicación vulgarizadora de conocimientos, tiene de hacer en Francia su principal acopio de provisiones, porque en Francia, hoy por hoy, el arte vive más intensa vida que en ningún otro pueblo, y porque es Francia la nación propagandista por excelencia, Pero esto no significa menosprecio a la literatura española, cuyos grandes, imperecederos monumentos, ha de estudiar ahincadamente todo aquel que aspire a ser literato o, cuando menos, a cultivar su gusto. Nuestra Revista no tiene carácter doctrinario. Se propone presentar modelos de belleza arcaica, espigando en las obras de los clásicos; es sustancialmente moderna y por lo tanto, busca las expresiones de la vida moderna en donde más acentuadas y coloridas aparecen. La literatura contemporánea francesa es ahora la más “sugestiva”, la mas abundante, la mas de “hoy”, y los españoles mismos, a pesar de su apego a la tierruca, trasponen los Pirineos en busca de “moldes nuevos” para sus ideas e inspiraciones. Dígalo Salvador Rueda, genialidad poética de mucho brillo, que me propongo estudiar con detención, y dígalo, entre otros muchos, Armando Palacio Valdés, novelista de insigne mérito, más apreciado entre los extraños que entre los suyos, y cuya última novela, pocos días ha llegada a México, El origen del pensamiento, es de lo mas notable que la literatura española ha producido en mucho tiempo. Ahora, las letras castellanas se vuelven hacia Francia y hacia las literaturas del norte de Europa, así como también la filosofía, en España, tiende a avanzar en los rectos carriles del método positivo. En la península se traduce y se imita, mucho más que se produce o se revive, y ello, lejos de ser pernicioso, es en extremo favorable al adelanto de las ciencias y las artes. La decadencia de la poesía lírica española es innegable, y así lo entienden todos los críticos serios.
Ahora bien, entiendo que esta decadencia de la poesía lírica española, depende por decirlo así, de falta de cruzamiento. La aversión a lo extranjero y a todo el que no sea cristiano rancio, siempre ha sido maléfica para España: dígalo, sí no, la expulsión de los judíos. Es falso que el Sol no se pone jamás en los dominios de nuestra antigua metrópoli: el Sol sale y se pone en muchos países y es conveniente procurar ver todo lo que alumbra. Conserve cada raza su carácter substancial; pero no se aísle de las otras ni las rechace, su pena de agotarse y morir. El libre cambio es bueno en el comercio intelectual [y tiene sobre el libre cambio mercantil la ventaja de que podemos establecerlo hasta con pueblos y naciones que no existen ya].
Mientras mas prosa y poesía alemana, francesa, inglesa, italiana, rusa, norte y sudamericana, etcétera, importe la literatura española, más producirá y de más ricos y más cuantiosos productos será su exportación. Parece que reniega la literatura de que yo le aplique estos plebeyos términos de comercio; pero no hallo otros que traduzcan tan bien mi pensamiento.
No puede negarse que en España hay mejores novelistas que poetas líricos. ¿Y a que se debe esta disparidad? Pues a que esos novelistas han leído a Balzac, a Flaubert, a Stendhal, a George Eliot, a Thackeray [a Bret Harte, a Salvatore Farina], a Tolstoi, a muchos otros, y este roce con otros temperamentos literarios, con otras literaturas, ha sido provechoso para ellos. Entre los buenos novelistas de allá, Pereda es, a mi juicio, el más genuinamente español, el más espontáneo, el más de la tierruca; pero, a pesar de ello, sus procedimientos y métodos de observación revelan que conoce a autores clásicos antiguos y modernos.
El renacimiento de la novela en España ha coincidido y debía coincidir con la abundancia de traducciones publicadas. Leen hoy los españoles mucho Zola, mucho Daudet, mucho Bourget, mucho Goncourt, mucho Feuillet; y por lo mismo los rumbos de la novela han cambiado para los novelistas castizos. En una palabra: la novela española ha viajado y ha aprendido bastante en sus viajes.
No pasa lo mismo con la poesía lírica. Los poetas del Siglo de Oro fueron muy buenos, entre otras cosas, porque habían cursado humanidades con muchísimo provecho; porque se sabían de coro a Horacio, a Virgilio, a Ovidio, a los grandes modelos. Quevedo era tan erudito como gracioso, Fray Luis de León traducía sus pensamientos del latín para vaciarlos en la turquesa de su idioma propio. Latinos e italianos fueron los maestros de todos los grandes poetas de aquel tiempo.
Hoy ha caído en desuso el estudio extenso de las llamadas lenguas muertas y de las literaturas antiguas, y tampoco leen mucho los poetas españoles a los buenos poetas de otras tierras, En las Américas Latinas pecan muchos de exceso de imitación, particularmente los que imitan al inimitable o, mejor dicho lo inimitable: Victor Hugo. En España perdería su tiempo el que anduviera buscando, con linterna o sin ella, poetas en quienes alienta el alma de Musset, o que rindan culto al ideal de Leconte de Lisle, al de Gautier, al de Sully Prudhomme; o que revelen haber leído a Leopardi. La influencia de Heine, que es una corriente literaria tan visible como visible es el gulf stream, apenas se echa de ver en la poesía española; a pesar de que Bécquer la sintió y de que Bécquer tuvo muchos y muy malos imitadores. Sólo en Campoamor hay Heine. La poesía tétrica de Edgar Poe, que ha avasallado a tantos poetas europeos, no dejó rastros en los castellanos. Y tampoco tiene hoy por hoy España un poeta popular, genuino, propio, de la fuerza de Ruiz Aguilera o de Zorrilla, porque Ruiz Aguilera sentía con el pueblo español de ahora y Zorrilla con el pueblo español de ha doscientos años.
Unos imitan por allá a Campoamor, a Núñez de Arce, a Zorrilla; otros a Espronceda; algunos a Quintana; los que aspiran a ser llamados clásicos, imitan al maestro León, a Argensola, a Rioja; y muchos imitan, sin saberlo, a Calderón y a Lope, cuyos versos no han leído pero cuya facundia les ha enamorado al encontrarla, de reflejo, en otros vates. Por manera, que la imitación de los buenos modelos latinos fue decayendo en España, hasta quedarse como aletargada desde el comienzo de este siglo. Ya Meléndez era el vino de Samos convertido en agua con grosella. La imitación de los clásicos propios no está en moda, ni puede estarlo, en cuanto atañe a lo esencial de la poesía, por lo mismo que no está en moda andar vestido de chupa ni con sombrero de tres picos. Y como tampoco se adapta a la índole de la poesía española el espíritu y la forma de poesías extrañas, resulta aquélla insípida y descolorida. No es antigua ni es moderna.
Los únicos poetas que sobresalen, conocen literaturas extranjeras. En Campoamor, que a pesar de sus plagios es el poeta más original y sugestivo de su tierra, se nota mucha lectura de poesías alemanas, inglesas y francesas, En Núñez de Arce, aparte de su amor instintivo a la forma helénica y de su estudio de los clásicos hispanos, hay verdadero conocimiento de los modernos ideales y de los nuevos procedimientos poéticos. Sus poemas (que son muy suyos) están fundidos en donde fundieron los suyos Tennyson, Carducci, y los poetas franceses de más alto vuelo.
No quiero que imiten los poetas españoles; pero sí quiero que conozcan modelos extranjeros; que adapten al castizo estilos ajenos; que revivan viejas bellezas, siempre jóvenes; en resumen, que su poesía se vigorice por el cruzamiento.
Y a esto han contribuido muchísimo Menéndez Pelayo y Valera. No son poetas sugestivos; no se dejan arrebatar por el ímpetu propio, lo que demuestra la escasa energía de éste; pero reflejan a maravilla hermosuras de otros parnasos. Unos poetas, como Homero, son discípulos del mar; otros, como Virgilio, de los bosques y los campos; los poetas bíblicos se inspiran en la fe religiosa; y así van bebiendo los demás en varias fuentes: en el sentimiento, en la imaginación, en el amor patrio, en la voluptuosidad, en las tradiciones… Menéndez Pelayo es un discípulo de los grandes poetas antiguos. Recita pensamientos de ellos en irreprochable forma española. En Grecia está la patria de sus ideas. ¿Que no es poeta de hoy? Convenido. Su mismo amor al arte lo detiene y le pone trabas; su odio a todo lo vulgar, lo obliga a ser parsimonioso en la producción poética: es poeta de hace muchos siglos, que nació hace poco.
Valera es menos helénico; le gustan más que a Menéndez las literaturas exóticas; tiene buen paladar para gustar de las modernas y novísimas; y ambos, presentando, en buen español, dechados de belleza recogidos en sus viajes intelectuales, corrigen la poesía patria de esa hinchazón, de esa superabundancia, de esa excesiva espontaneidad y de esa suficiencia que la pierden. Porque son menos músicos que los demás, curan una literatura enferma de melomanía. Porque reviven a los muertos inmortales y hospedan a los próceres modernos, son útiles a una poesía que tiene cerradas todas sus puertas y que ya no lleva flores a la tumba de los clásicos.
[No insistiré, pues, en realzar los méritos de Pelayo y de Valera. Ya dejo dicho, a grandes trazos, en lo que radican para mí.] Ni don Juan ni don Marcelino son poetas entusiastas; ni sienten intensamente esas pasiones ardorosas que llevan como calor y vida al verso, ni conmueven como Espronceda; ni poseen el ingenio de Campoamor; ni los recursos musicales de Zorrilla. Pero estos mismos defectos constituyen sus excelencias, no como poetas propiamente dichos, sino como maestros o educadores de poetas. ¿Que no hay bellezas en las poesías de Menéndez?… ¡Con una sola de las muchísimas que se encuentran en su libro haría una familia de bellezas cualquier poeta más atrevido, más elocuente, menos devoto de la antigua sobriedad! Se ve la hermosa linea griega en muchos de esos versos; sólo que para admirarla es necesario haber aprendido a disfrutar de esa hermosura. Si poneis delante de un profano la Venus de Milo, y alguna Venus de cualquier gran estatuario moderno, gustará más de ésta; porque la ve más desnuda, si se permite la expresión: porque le parece mas mujer: porque la ve mejor, en suma, mientras que a la otra no la ve ni sabe en que consiste su belleza,
Cansaría y me cansaría espigando en el libro de Menéndez. ¡Qué augusta serenidad en algunas imágenes! ¡Qué blancura de níveo mármol en algunas frases! ¡Cómo se echa de ver que para producir esas delicias, que no entran por el oído, ni por la vista, al alma, sino que derechamente van a ella, es preciso haber estado en muy estrecho comercio intelectual con los grandes maestros de la forma!
A otros poetas les salen bien, admirablemente, algunos versos, A Menéndez no le sale ninguno. Él los hace, los labra. Y aun barrunto que podría ser poeta de mayores y mas osados vuelos, con sólo olvidar, no dolores, no desengaños, sino ciencia. Por lo mismo que anhela realizar una belleza superior y por lo mismo que sabe, como pocos, de qué manera supieron otros realizarla, encuéntrase cohibido y entrabado. Ya puede póngase por caso decir algo muy bello; mas columbra que aun lo podría decir mas lindamente, y no lo dice. Se acerca temblando al altar de la poesía. No sube su escalinata como conquistador, sino como creyente y humildoso sacerdote.
Valera es más despreocupado y, a mi modo de ver, menos poeta. Él ha hecho más poesías para salir del paso, y, como sabe que tiene gran talento en prosa, no se empeña en tenerlo en verso. No cree que es poeta; porque don Juan no ha de creer nada. Le piden un soneto y lo da, porque es muy complaciente. Y le piden un elogio. y sucede lo mismo, Pero si Valera, por capricho, quisiera demostrar (en prosa, por supuesto) que es un gran poeta, no se lo creeríamos; pero lo demostraría.
Pero don Juan, que no necesita ser poeta para entrar a la gloria, así como tampoco ha de ganar el cielo con decir que es muy católico, ha sido muy útil a la poesía española… como agente de colonización… o, si se quiere, como introductor de embajadores, Ora introduce a Valmiki; ora, a Goethe; hoy a Shakespeare; mañana, a Lessing; y así van sabiendo los poetas de la península que no sólo hay moros y cristianos, flores y espinas, en la literatura.
Menéndez Pelayo y Valera no son cantores como Núñez de Arce; ni cantantes como Velarde: son maestros de canto.
La influencia de éstos no inspirados ha sido provechosa, tal como lo sería para los españoles el estudio de la exuberante, libre, espléndida y desordenada poesía sudamericana. Éste no lo emprenden; las Cartas americanas de Valera, y, más que éstas, los prólogos puestos por Menéndez a antologías americanas, prueban el desdén altísimo con que nos miran y la impremeditación con que nos juzgan Pero esto será tema de otro estudio.

2 marzo, 2016

J. Cuesta, G. Owen, lo popular y la identidad nacional


José_Clemente_Orozco_-_Estado_mayor_de_bufones

José Clemete Orozco: Estado mayor de bufones (óleo sobre tela)

Prisión del orden
Gilberto Owen, en “Motivos de Lope de Vega”, 1935

Salí de Góngora como de una cárcel siguiendo a Marinello, “con el juramento de vivir en libertad”. De esta última palabra no sabía entonces, no voy a saber nunca de seguro, el significado. La suponía viento sin ley que acechaba, al doblar la esquina, para destruirme; pues yo había elegido este cautiverio precisamente como un refugio, al huir de la improvisación y de la facilidad que me repugnaba en ejemplos más cercanos a mi, geográfica y temporalmente: yo nací huyendo del Chocano a voz en cuello, de nuestro paupérrimo y ensordecedor romanticismo americano, de la baratija de nuestro folklore, empapado éste de las dos cosas que más repugnaban con mi espíritu: las lágrimas y la sangre.
Luego que la prisión me era amable, a pesar de la severidad de su regla. Era grato su jardín de peluquería, cortado y recortado jamás al capricho, siempre de acuerdo con una sabia arquitectura total que yo me esforzaba en aprender puntualmente. Acostumbrado a pasear por la penumbra de sus soledades (¡y cómo la penumbra copia exactamente la inmensidad, alargándolo todo infinito en la distancia, y dejándonoslo todo, sin embargo, al alcance del tacto y la razón!), me desconcertaba que hubiese ojos y oídos tan deslumbrados que encontrasen obscuridad en el cordobés mi carcelero. Me acontecía ante él lo que a mi mejor contemporáneo ante Mallarmé; todo en él me era tan claro que “hasta cuando pretendía ser obscuro se veía claramente su intención serlo”.
Lo de fuera, desde mi cautiverio, si que era obscuro, instintivo y de una sensualidad bestial que yo no comprendía. Afuera había tempestades inasibles, y se morían millares de hombres, tan sólo —me parecía para que el genio popular improvisara corridos, para que las cantaoras de la feria hiciesen sus gorgoritos insensatos y para que los turistas se relamieran, sin comprender tampoco gran cosa: “Oh, este México, ¡qué lleno de color!” Afuera había unas tardes de alegría demasiado sana, estridente, animal. Afuera estaban —¡Dios me guarde!— la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. (Si yo hubiera leído ya entonces a Lenin, qué de acuerdo me habría sentido con su encontrar en la libertad “un prejuicio burgués”: sólo que yo habría dicho “plebeyo”.)
Encadenado al cielo, a aquel orden especial, me parecía que todos los otros mundos, que todos los otros órdenes, eran el caos.

Obras. 2a.ed. Ed. J. Procopio. México: FCE (Letras Mexicanas, 1979).

De “La cultura francesa en México”
Jorge Cuesta, 1934

[…] No faltará, es cierto, quien acuda a la historia y a los datos étnicos para acusar de falsa a la observación anterior, demostrando que, aun cuando durante el último siglo ciertos pensamientos franceses hayan tenido importantes resonancias mexicanas, un siglo es mucho más superficial que cuatro en el espesor de las tradiciones, y que, por tanto, esos pensamientos no pierden su condición externa respecto de nuestra verdadera tradición, cuyas fuentes son, y no deben ser otras que las aborígenes y las españolas. […] Se advertirá que durante la vida de nuestra Independencia la influencia de Francia obra sobre tan pequeño número de personas, que lo correcto es considerarlas como descastadas, y no como representativas de la nación. […] Y se hará notar, por último, que dos veces combatimos contra Francia, expresando así nuestra voluntad de expulsarla de nuestra vida.
En vista de estos justificables argumentos, es necesario que precise el objeto de mi observación. Digo, exactamente que el pensamiento francés ha sido la influencia más importante que ha experimentado nuestra cultura nacional; que dicha influencia es patente en nuestras obras literarias, artísticas, escolares, políticas y jurídicas; es decir, en nuestras manifestaciones estrictamente culturales; que, ciertamente, nuestro organismo interno ha sido más que insensible a esta inclinación de nuestro espíritu, en la que se reconoce una minoría reducida, en verdad, que con justicia debe considerarse como extraña y desarraigada respecto de la gran mayoría de la población. Pero hay que advertir que, fuera de esta reducida minoría, la nación mexicana no ha tenido una verdadera existencia propia, no ha concebido nunca su responsabilidad histórica como tal; que nuestra sociedad nacional ha sido creación y responsabilidad exclusivas de esta minoría, y que, fuera de su descastada cultura, fuera de sus desarraigadas obras, no han existido ni voluntad ni conciencia nacionales dignas de este nombre. En cuanto a las fuentes internas de nuestra tradición, esto es, las aborígenes y las españolas, advierto que han sido profundamente indiferentes a nuestro reciente espíritu nacional y aun constantemente hostiles a él, y que ha sido en una perpetua lucha contra esas reacciones internas como este espíritu ha conseguido afirmar su independencia y su personalidad características […].
L
a guerra de Independencia fue obra de “las ideas francesas”. La guerra de Reforma, aun prolongada contra la propia Francia, fue un triunfo de las ideas republicanas y del estado laico, las más representativas creaciones políticas francesas; puede decirse que fue un triunfo de Francia contra Francia […]. Nuestra existencia posterior a la guerra de Reforma, hasta nuestra más reciente Revolución, se caracteriza como un movimiento social para afirmar de un modo definitivo el poder de una política revolucionaria, que no posee una significación histórica y revolucionaria diferente a la del radicalismo francés. La historia de la nación francesa se ha distinguido por estos dos principios esenciales de su política: el laicismo y el radicalismo, que no representan sino una misma actitud del espíritu, manifestándose, ora frente a los sentimientos religiosos, ora frente a los sentimientos económicos. Su resultado es una política libre exterior a los intereses religiosos y económicos, habituales del individuo. Ahora bien, la historia nacional de México es la historia de una política libre, desarraigada de la vida económica y religiosa del país, y sólo interesada en consolidar su libertad; no por otra razón ha tenido que luchar contra nuestra tradicional vida española, personificada por la iglesia, y contra nuestra tradicional vida indígena, personificada por nuestra economía […].

Obras, t. I. Ed. de Miguel Capistrán et al. México: El Equilibrista,

25 febrero, 2016

Sobre las disciplinas que estudian a la literatura


Observación: Entrada poco ambiciosa; su único objeto es aclarar dificultades de la nota Preguntas para los cuestionarios de todas las materias.

El estudio académico de la literatura, conocido como filología o (así en plural) estudios literarios, suele dividirse en cuatro áreas:

  • Crítica literaria: Análisis, interpretación o comentario de obras individuales. Ésta será la orientación predominante en un trabajo académico; en principio, los juicios de valor, sin quedar excluidos por completo (lo cual es quizá imposible), tendrán un lugar secundario. En cambio, en los ensayos periodísticos y literarios, los juicios de valor suelen ser la meta, el objetivo del texto, hacia el cual se orienta cualquier análisis o comentario que lleve a cabo el autor.
  • Historia de la literatura. Estudio de la literatura como realidad que cambia en el tiempo. Puede limitarse a dar cuenta de sus cambios, o bien (y esto es lo normal) tratar de explicarlos o interpretarlos, ya sea en función de puros criterios internos (influencias, reacciones en contra de alguna tradición, etc.), o bien con base en criterios externos (en general, los proporcionados por la historia no literaria).
  • Teoría literaria. Estudio de los principios generales que rigen al hecho literario. Las cuestiones que se plantea son variables, dependiendo de la tendencia a la que pertenezca el autor, pero algunas de ellas son: la naturaleza y los límites de la literatura; la teoría de los géneros literarios; las características del lenguaje literario; y el papel y el valor de la literatura en el conjunto de la cultura, la sociedad o la existencia humana. Aunque se trate de problemas de naturaleza general, bien puede ser que el autor que se los proponga enfoque su atención en obras individuales con el fin de esclarecerlos.
  • Literatura comparada. Estudio de las relaciones entre obras, géneros, corrientes, etc., de distintas lenguas; o entre obras, géneros, etc. de la literatura y las de las otras artes.
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17 febrero, 2016

Respuestas a un cuestionario sobre el cuestionario


¿Cuantas preguntas deben contestarse? Todas. Quizá te haya confundido el que algunas te ofrezcan varias opciones, como la 10. Pero debe quedarte claro que éstas se hallan aquí sólo para orientarte. Si la obra que leas tiene como principal valor solamente el proponer interpretaciones o análisis de obras completas, entonces concéntrate en eso.
¿Cuál es su extensión mínima, o máxima? No tiene caso fijar una extensión determinada. No califico la cantidad de caracteres, sino el contenido. El objetivo del cuestionario es inducirlos a leer la literatura secundaria lúcidamente, con una actitud crítica, ¡leer pensando! Así que la mayor parte del trabajo ocurre dentro de tu cabeza: es de naturaleza intelectual. La respuesta escrita, por ello, deberá ser más bien escueta, sintética. El mejor consejo al respecto es, quizá, el ya famoso que Juan de Valdés (a quien estamos leyendo en estos días) da a sus interlocutores:

Todo el bien hablar castellano consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras que pudiéredes, de tal manera que, splicando bien el conceto de vuestro ánimo y dando a entender lo que queréis dezir, de las palabras que pusiéredes en una cláusula o razón no se pueda quitar ninguna sin ofender o a la sentencia della o al encarecimiento o a la elegancia. [Sentencia: sentido del discurso; encarecimiento: énfasis, echarle crema a los tacos, lo que no hace falta en el cuestionario; elegancia: equilibrio, armonía propios del tipo de texto que estés escribiendo.]

Sobre la bibliografía: Insisto en que yo sólo doy sugerencias. Lo importante es que sea pertinente para la materia. Y sí, cuando la obra es muy extensa, puedes dedicar el cuestionario a sólo una parte de ella.

10 febrero, 2016

“Forma y fondo”: de la poesía clásica a la poesía moderna (según J. Cuesta)


El lector de Salvador Díaz Mirón, digo, de Lascas tiene que considerar con extrañeza la diferencia tan honda que existe entre las formas y los asuntos de los poemas que entran en el libro, sobre todo, después de que se entera de que Díaz Mirón practicaba una teoría de la composición poética, de acuerdo con la cual, ni el metro, ni el desarrollo, ni el lenguaje, ni el tono de un poema deben elegirse al azar, sino ceñirse a la necesidad del asunto. Este principio explica que el lector se desconcierte; pero no es suficiente para hacerlo salir de su incertidumbre. “Forma es fondo”, dice bien el poeta desde la primera advertencia, y lo que con ello significa es que para cada asunto debe haber una forma a la medida, que no puede ser arbitraria. Ahora bien, la impresión que recibe el lector es que tanto las formas como los asuntos de Lascas se deben a una arbitrariedad. La necesidad que debe ligar a la forma con el fondo se conserva en la sombra, si no sucede que el asunto la expresa tan directamente, que es la forma lo que parece esquivar por superflua.

En la poesía clásica, la correspondencia entre la forma y el fondo es una ley genérica, que no pasa de ser una convención literaria. Hay una forma elegiaca como hay una forma idílica, y no son los asuntos quienes las distinguen, sino los sentimientos. La forma es el género, con lo que muy bien se indica que no se concibe que cada asunto pueda tener una forma individual, o que para cada asunto la poesía pueda disponer de un sentimiento particular. La forma como individualidad es una concepción de la poesía romántica, si bien se precisó con más claridad en el movimiento “formalista” que se derivó del romanticismo y que se conoció con el nombre anecdótico de movimiento “parnasiano”. Aquí, la forma dejó de ser un género para convertirse en una particularidad del sentimiento. Cada paisaje, cada crepúsculo, cada historia se dio a buscar su lenguaje individual, como si fueran a hablarse a sí mismos. Los poetas se entregaron a la misteriosa ociosidad de fabricar poesías blancas y amarillas; de imprimir a las palabras el temperamento del desierto o el estado de alma de unos elefantes, como algo directamente sensible, y de hacer, a la voluntad del asunto, místicamente manifestada, un soneto escultórico, una oda colorida o una elegía musical. El ideal parecía ser que los asuntos poetizaran por sí mismos sin intervención de los poetas, sin el intermedio de las formas. Pues este “formalismo” era en realidad un imperio absoluto del asunto, de la materia y, en consecuencia, una materialización de la poesía.

Jorge Cuesta, “Salvador Díaz Mirón”, 1940. En Poemas y ensayos, p. 342-344. Mexico: UNAM, 1964.

2 febrero, 2016

La poesía mexicana en vísperas del modernismo


Manuel_Ocaranza_-La flor muerta 1868-2

Manuel Ocaranza: La flor rota, 1868

Al caer la tarde
Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918)

Van en tropel cruzando los bermejos
celajes el espacio; la campaña
pueblan las sombras; y los riscos baña
tardo el Sol con los últimos reflejos.

En medio, Lauro, a los copudos tejos
que sombríos coronan la montaña,
descasa Filis, cuya la cabaña
fue que en ruinas vislumbras no muy lejos.

Aquella claridad que surge ahora
ciñendo el mar, de céfiros ladrones,
la hueste que perfumes atesora,

y este plañir tenaz de los alciones,
¡cuánto agradaban, cuánto, a mis pastora…!
…¡Apiádate de mí!… ¡No me abandones!

Los naranjos (fragmento)
Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893)

Perdiéronse las neblinas
En los picos de la sierra,
Y el sol derrama en la tierra
Su torrente abrasador.
Y se derriten las perlas
Del argentado rocío,
En las adelfas del río
Y en los naranjos en flor.

Del mamey el duro tronco
Picotea el carpintero,
Y en el frondoso manguero
Canta su amor el turpial;
Y buscan miel las abejas
En las piñas olorosas,
Y pueblan las mariposas
El florido cafetal.

(…)

A Gloria (fragmentos)
Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.

(…)

Fiando en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
«El ave canta aunque la rama cruja,
como que sabe lo que son sus alas».

(…)

¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.

Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!

(…)

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.

29 enero, 2016

“La belleza no está en lo que complace”: Jorge Cuesta


La belleza no está en lo que complace, sino en lo que fascina y se hace perseguir más allá de los sentidos, más allá de la satisfacción, adonde sólo la fantasía puede probar el alcance y la precisión de su poder.

Jorge Cuesta (1903-1942), “El diablo en la poesía”