Archive for ‘Ensayistas y estudiosos’

22 marzo, 2017

La poesía pura en Edgar Allan Poe


De Filosofía de la composición

El placer que a la vez es el más intenso, el más elevado y el más puro, se encuentra, según creo, en la contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de Belleza quieren significar no precisamente una cualidad, como en general se cree, sino un efecto. Para expresarlo en pocas palabras, se refieren a la elevación intensa y pura del almano a la del intelecto o a la del corazón– que ya he comentado y que se experimenta como consecuencia de la contemplación de lo “bello”. Ahora bien, designo a la Belleza como provincia del poema simplemente porque es una regla evidente del arte que los efectos deben surgir de causas directas; que el objeto debe alcanzarse recurriendo a los medios mejor adaptados para su consecución; y nadie ha sido todavía lo suficientemente débil como para negar que la elevación particular aludida se logra más fácilmente en el poemas. Ahora bien, el objeto Verdad, o la satisfacción del intelecto, y el objeto Pasión, o la exaltación del corazón, pueden ser alcanzados, hasta cierto punto, mucho más fácilmente en el dominio de la poesía que en el de la prosa. De hecho la Verdad exige cierta precisión, y la pasión cierta sencillez (los verdaderos apasionados me comprenderán), que son absolutamente antagónicas a esa Belleza que, lo sostengo, es la exaltación o la elevación gozosa del alma. De ninguna manera ha de inferirse, partiendo de lo que acabo de decir, que la pasión, o aun la verdad, puedan no ser introducidas ventajosamente en un poema, ya que suelen servir para la elucidación o bien ayudan al efecto general, tal como las discordancias en la música: por contraste. Pero el verdadero artista tratará siempre de subordinarlas, en primer lugar, al fin predominante, y, en segundo lugar, de ordenarlas, en todo lo posible, de esa Belleza que es la atmósfera y la esencia del poema. (T. de Carlos María Reylés, en E. A. Poe, La filosofía de la composición seguida de El cuervo. México: Fontamara, 2011, p.14-15. Original inglés, aquí).

De El principio poético

Tenemos aún una sed insaciable para aliviar la cual nos han mostrado las fuentes de cristal. Esta sed pertenece a la inmortalidad del hombre, a la vez una consecuencia y una señal de su existencia perenne. Es el deseo de la mariposa nocturna por alcanzar la estrella. No es una mera apreciación de la belleza ante nosotros sino un esfuerzo salvaje por alcanzar la belleza en lo alto. Inspirados por una presciencia extática de las glorias más allá de la tumba, luchamos por medio de combinaciones multiformes entre las cosas y los pensamientos del tiempo, para alcanzar una parte de esa belleza, cuyos elementos mismos tal vez pertenecen sólo a la eternidad. Y así, cuando por la poesía, o cuando por la música -el más cautivador de los modos poéticos-, nos encontramos deshechos en lágrimas, las vertemos, no como supone el abate Gravina, por exceso de placer, sino por cierta malhumorada e impaciente tristeza ante nuestra inhabilidad para captar ahora, enteramente, aquí en la Tierra y de una vez para siempre, esos goces divinos y extáticos, de los cuales, a través del poema o a través de la música logramos captar sólo unos breves e indeterminados vislumbres (traducción al español en la biblioteca digital del CCH; versión original, aquí).

15 marzo, 2017

Fragmentos de “1915”, de Manuel Gómez Morín


Nota: Los autores que emplean el enfoque generacional para estudiar la historia de México (sobre todo, la historia cultural), suelen discernir una generación de personajes que empezaron a actuar y a distinguirse en los años finales de la Revolución. En particular, Enrique Krauze (1) propone una generación formada por los nacidos entre 1891 y 1905, signada por la voluntad y la necesidad de fundar o refundarlo todo en nuestro país, después de la aniquilación del pasado porfiriano por la obra guerrera de los revolucionarios. Los caracteriza la coexistencia de un generoso entusiasmo cívico, impregnado de espiritualismo (y a veces religiosidad), y una voluntad de rigor técnico para concretar dicho impulso en realizaciones concretas: instituciones oficiales y no oficiales, culturales y políticas, disciplinas artísticas y cognoscitivas. Incluye en esta generación al grupo de los Contemporáneos.
De éstos (como lo hace notar Sheridan en Los Contemporáneos ayer), la promoción más joven (Cuesta, Villaurrutia, etc.) manifiesta solamente la voluntad de rigor (en su caso, intelectual y estético), y sustituye el entusiasmo por el escepticismo y el desapego. En cambio, los mayores, como Pellicer y Torres Bodet, presentan ambas características. Para poder situar en su contexto esa forma de “ser en el mundo” (de ser en el mundo mexicano) he elegido algunos, bien conocidos, pasajes del ensayo 1915 de Manuel Gómez Morín. Publicado en 1927, representa un esfuerzo de auto interpretación, a la que añade una serie de propuestas que llevarán, años después, a la fundación del Partido Acción Nacional.
De todo esto, sólo nos interesa el esfuerzo por comprender qué era su generación. Recomiendo sobre todo leerlo entre líneas, distanciados, con un poco de “hermenéutica de la sospecha” (cuando se ejerce el pensamiento crítico, la sospecha es la actitud de verdadero respeto).

(Tomado de Manuel Gómez Morín, 1915 y otros ensayos. México: Jus, 1973. 2a. ed.)

En torno del maestro [Antonio Caso] se formó pronto otro grupo, ya no organizado como el Ateneo, ni siquiera conocido, sino disperso; integrado por los discípulos directos de Caso o de Pedro Henríquez, por los que la Revolución había agitado ya y buscaban en el pensamiento un refugio, una explicación o una justificación de lo que entonces acontecía.
En el inolvidable curso de estética, de Altos Estudios,(2) y en las conferencias sobre el cristianismo, en la Universidad Popular,(3) estaban González Martínez, y Saturnino Herrán y Ramón López Velarde y otros más jóvenes. Todos llevados allí por el mismo impulso.
En esos días Caso labraba su obra de maestro abriendo ventanas espirituales, imponiendo la supremacía del pensamiento y, con ese anticipo de visión propia del arte, en tono con las más hondas corrientes del momento, González Martínez recordaba el místico sentido profundo de la vida, Herrán pintaba a México, López Velarde cantaba un México que todos ignorábamos viviendo en él.
[…]
Y con optimista nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios. […]
¡Existían México y los mexicanos!
La política “colonial” del porfirismo nos había hecho olvidar esta verdad elemental. ¡Y qué riqueza de emociones, de tanteos, de esperanzas, nacieron de este descubrimiento! Sobre todo, ¡qué abismos de ignorancia de nosotros mismos se abrieron luego, incitándonos —incapacitados como estábamos a investigarlos y todos llenos del misterio— a salvarlos con el salto místico de la afirmación rotunda, de la fe en una milagrosa revelación de la confianza en nuestra recién hallada vitalidad!
Y en el año de 1915, cuando más seguro parecía el fracaso revolucionario, cuando con mayor estrépito se manifestaban los más penosos y ocultos defectos mexicanos y los hombres de la Revolución vacilaban y perdían la fe, cuando la lucha parecía estar inspirada nomás por bajos apetitos personales, empezó a señalarse una nueva orientación.
El problema agrario, tan hondo y tan propio, surgió entonces con un programa mínimo definido ya, para ser el tema central de la Revolución. El problema obrero fue formalmente inscrito, también en la bandera revolucionaria. Nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos: el petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas. Y en un movimiento expansivo de vitalidad, reconocimos la substantiva unidad iberoamericana extendiendo hasta Magallanes el anhelo.
La necesidad política y el ciego impulso vital obligaron a los jefes de un bando a tolerar expresamente estos postulados que tácitamente el pueblo perseguía desde antes. El oportunismo y una profunda inspiración de algunos permitieron el feliz cambio que estos nuevos propósitos vinieron a obrar en una revuelta que para sus líderes mayores era esencialmente política.
[…] La afirmación del libre albedrío, la campaña anti-intelectualista, la postulación del desinterés como esencia de la vida y de la intuición como forma del conocimiento, la iniciación panteísta que “busca en todas las cosas un alma y un sentido ocultos”, la revelación artística inicial de insospechadas bellezas y capacidades criollas e indignas, las penas terribles, a la grave confusión y al hondo anhelo que traían los sucesos políticos, para formar un sentimiento en que se mezclaban sin discernimiento pero con gran fuerza mística, un incipiente socialismo sentimental, universalista y humanitario, con un nacionalismo hecho solamente de atisbos y promesas, reivindicaciones de vagas aptitudes indígenas y de inmediatas riquezas materialistas; una creencia religiosa en lo popular junto con la proclamación de la superioridad del genio y del caudillo; un culto, igualmente contradictorio, de la acción, y a la vez, del misterioso e incontrolable acontecimiento que milagrosamente debe realizar el sino profundo de los pueblos y de los hombres.
[…]
Y va tomando contornos precisos una convicción intelectual que depurará las anteriores verdades provisionales.
En varias ocasiones ha parecido llegado el momento de la revelación. Así fue, por ejemplo, en 1920, cuando se inició con prestigio apostólico la obra de Vasconcelos.
La turbulencia política ha sido una causa que detiene esa revelación. Pero, en realidad, para retardar el advenimiento que esperamos, hay algo más fuerte que los acontecimientos políticos.
Es la desvinculación en que viven los que desean ese advenimiento. Dispersos en la República, ignorándose unos a otros, combatiéndose muchas veces por pequeña pasión o por diferencias verbales, hay millares de gentes -la Generación de 1915 -que tienen un mismo propósito puro, que podrían definir el inexpresado afán popular que mueve nuestra historia.
Porque realmente existe una nueva generación en México.

Notas

  1. V. “Cuatro estaciones de la cultura mexicana”, ensayo que se puede consultar aquí.
  2. La Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional, antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras.
  3. Movimiento impulsado por miembros de la generación ateneísta. Su propósito era difundir los bienes de la cultura en los sectores populares, por medio de conferencias, conciertos, etc.
8 febrero, 2017

Unamuno: “El ‘alma’ de Manuel Machado” (fragmentos)


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Portada de Juan Gris para la edición de 1901.

Advertencia
Por el momento, subiré al blog sólo algunos pasajes de este ensayo, a fin de concentrarnos en lo más pertinente para la próxima clase. Más tarde lo completaré. Quizá también quede a deber algunas notas para mis alumnos; como sea, nadie les cubre los ojos ni ata las manos para buscar, ya sea en la internet o en la red más antigua del mundo (los libros), aclaraciones a las citas y referencias que lo requieran.

El libro de Machado se puede leer en esta dirección: https://archive.org/details/almamuseoloscant00mach. ¡Muchas gracias a Tania Flores por el vínculo! ¡Y muchas gracias también a Ketzalli Torres, por la edición facsimilar del ensayo de Unamuno que halló en la red! Hela aquí: el-alma-de-manuel-machado.

Nota: Crítica de Miguel de Unamuno al poemario Alma, de Manuel Machado. Heraldo de Madrid, 19 de marzo de 1901. En Libros y autores españoles. Madrid: Espasa-Calpe, 1973 (Austral 1513).

[…] Hay un momento en que me revuelvo contra esta poesía, contra la poesía toda, acaso, y reniego del turrieburnismo. “Pero para este hombre –me digo– no hay patria, ni religión, ni Dios, ni hambre, ni miseria… Ante el invierno que arroja a tantos a la desesperación ¿no se le ocurre otra cosa que pedir a su amada sus labios rojos, únicas flor que en el invierno queda? Pide reunirse en familia con un libro y un fuego alegre; ¿no sería mejor que saliera a enardecer a los que ofrecen su vida a las balas sobre la nieve?” Y luego me añade con el Eclesiastés: “¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!” Y recuerdo el “la vida es sueño” y el hondo sueño de resignación de nuestro pueblo y la mansedumbre del vencido. Y vuelvo a leer “Adelfos”, la poesía que Machado me debía Apolo se la pague, y yo, hijo de la raza vasca, amigo de la montaña que hay que trepar y del océano que hay que domar con los remos o las velas, amigo del cielo gris y de la acción enérgica, releo lo que me dice este hombre de “la raza mora, vieja amiga del sol”, ese hombre de los que todo lo ganaron y todo lo perdieron, ese hombre cuya voluntad se ha muerto una noche de luna.

Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir.

¡Elegir camino! ¡Y yo que no quiero elegirlo, sino hacérmelo por la intrincada selva, por lo intransitable; camino al infinito, a lo inaccesible!

¡Ambición!, no la tengo. ¡Amor!, no lo he sentido.

¡Sin ambición ni amor!, ¿qué es esto?

…Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!

¡La pena de vivir! Sí, la pena de vivir; pero ahí está la fuente de la dicha suprema, de la dicha de la victoria, en la pena de vivir. Sin pena no quiero vida.
[…]
Mas… ¿no es esto sentimentalismo, artificio, blandenguería, molicie? Y recomienza mi lucha contra el poeta. Y el poeta, al son de su guitarra, me canta:

La prima que canta y el bordón que llora…
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.

[“Cantares”]

¡La raza mora! Pero es que la raza mora de este Machado es una raza mora que se ha bautizado en París y ha oído a Musset y a Verlaine, y en algunos de sus cantos hay dejos fatales de Leconte de Lisle, como en su “Oasis”, y de José María de Heredia, como en sus “Flores”. ¿Y qué? Todos nos buscamos a través de los demás, y no hay otro modo de llegar a encontrarse. Y él canta su canto, y hasta cuando las palabras sean de otros, es la música suya. Y muchas veces de su música surge su letra, suya.
Me escribe este moro que se va a París de nuevo. ¿No sería mejor que se volviera a su morería? Pero ¿no estará acaso en París su morería? Lo casi indudable es que su alma de moro dará mejor sus frutos fuera de su morería; fuera de ella valen los moros. Como allí, entre la morisma, todos se dejan traer y llevar por las olas, sin tomarse el trabajo de elegir su camino; creen que esto es lo universal y no sienten su valía toda; es preciso que salgan y contemplen cómo otra gente se afana por abrirse camino, y la compadezcan. La cigarra redobla a cantar cuando ve pasar a la muda hormiga cargada con su botín; fue el trajinar de Marta la que movió a María a echarse a los pies de Jesús. Sí, que se vaya a París.
Que se vaya a París a cantar antífonas a la “reina de los besos, flor de la orgía”,

amante sin amores, sonrisa loca…,

a reír juntos, mientras lloran,

hasta que se confundan en el olvido
tu hermosura podrida, mi lira rota.

[“Antífona”]

Y me digo: ¿todo esto es verdad o es un tema poético? Y ¿qué es verdad? Todo esto ¿es sincero? ¿Y qué es sinceridad? Me acuerdo de Musset. ¿Y qué derecho tenemos a dudar de la sinceridad ajena? Verdad de hoy, mentira de mañana; sinceridad de ahora, insinceridad de después. Si cuando lo cantaba lo creía, ha hecho obra incesantemente poética. Vive al último soplo de viento, al minuto, abierta el alma a las más fugitivas impresiones; ahora, creyente; luego, impío; hoy, ansiando el amor; mañana, la muerte. Así fue Verlaine, y esta impersonalidad da personalidad a su obra; fue arpa eólica, vibrante a las brisas, auras, vendavales y aquilones de la vida, eternizando lo momentáneo.
[…] ¡Qué lejos de Quintana y de sus elocuentes y enfáticas arengas rimadas! Hasta el viejo y recio romance castellano, el de los periodos anquilosados, el de los relativos y preposiciones y adverbios, parece que se disgrega y se hace más invertebrado y suelto en estos versos…

al destierro, con doce de los suyos
polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.

Un paréntesis invertebrado, que no pesa, sin lañas ni corchetes. ¿Llegaremos a hacer de esta lengua oratoria, la del amplio y ondulante período, la del así como…, así también, el sin embargo, y el en efecto, y el por lo tanto, y el entiendo, señores, y de toda clase de balancines, una lengua poética, suelta, de rápidas notaciones que se sucedan?…
Estoy pensando en esto, distraído, cuando oigo al poeta:

¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura,
hetairas y poetas somos hermanos!

[“Antífona”]

Y mientras mi Brand, el que llevo dentro, se indigna de esto, exclamo: ¡Qué atrocidad! ¡Prostitutas y poetas hermanos!… Pero al punto me acuerdo de la hetaira Magdalena, y me recojo a reflexionar ¡a reflexionar!y me digo: Sí, son hermanos hetairas y poetas, y somos hermanos todos, todos, todos; santos y criminales, héroes y viles, sabios e imbéciles; todos hermanos, todos. Y todos vendemos lo que no tiene precio, y todos damos al mundo por oro nuestros amores y nuestra poesía porque todos tenemos poesía y amor—, y en el olvido se confundirán.

 

19 mayo, 2016

Jorge Cuesta sobre “Muerte sin fin”


De “Muerte sin fin de José Gorostiza” (1939)

Muerte sin fin es una poesía hondamente dramática. Pero su drama es interior, como en una poesía mística; interior y trascendental. Podríamos definir su asunto como los amores de la forma y de la materia, o como los amores del cuerpo y del espíritu, o como los amores de la parte sensible y la parte inteligible de la conciencia. Su profundidad mística se presta a diversas interpretaciones.

De “Una poesía mística” (1940)

Como en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, que el alma se descubre en posesión de Dios, en posesión de su amado, y se entrega a gozar de ella, y a gozar de todo lo que hay en ella y que hace la delicia y la conciencia de la conciencia superior que la posee. Su feminidad espiritual se entrega a que dios la abrace y la disfrute, a que Dios la estreche y la haga sentir al estrecharla la cohesión y la solidez de su propia existencia humana. El alma se siente en Dios, y se mira a sí misma con los ojos de Dios. Toda ella está delante de los ojos que la aman; toda se enseña, toda se desnuda. Y no sólo se ve en ella misma, contenida en los límites de su minúscula vida personal: se ve como una persona trascendente, se ve como la totalidad de la creación. ¡Milagroso y místico efecto de la mirada de Dios!.

[…]

¿Pero hay un amor eternamente dichoso? […] Está al término de la contemplación, al extremo del éxtasis, en la cima de la felicidad.

¡Qué trebolar tan mullido, qué parasol de niebla
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!

En este punto de la comunión mística ni siquiera la muerte es un reposo de la dicha. Una dicha así no se reposa, sino que:

siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte.

Y es este punto nacen la sospecha y el dolor, tanto más hondos cuanto más incomparable era la dicha descubierta. El alma se rinde a la evidencia de que la participación de Dios en el deleite es sólo una participación de los ojos, una participación intelectual, una participación ilusoria. ¡Oh, qué grito de desconsuelo del amor engañado! ¡Qué torturante sentido inesperado y retrospectivo cobran las imágenes que sólo parecían pasto de la dicha:

¡Ay, y con qué miradas de atropina
tumefactas e inmóviles…

esto es, indiferentes y glaciales, el Amante le contemplaba en su ingenuidad! ¡Ay, con qué lejanía, con qué desapego, con qué abandono en realidad! ¡Qué grito de amor herido la desgarra!:

¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
que todo lo concibe sin crearlo!
Finge el calor del lodo,
su emoción de substancia adolorida,
el iracundo amor que lo embellece
y lo encumbra más allá de las alas
a donde sólo el ritmo
de los luceros llora,
mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
y permanece recreándose en sí misma,

[…]

En la segunda parte de la poesía yo recomendaría que se viera el proceso de la reconciliación de los místicos amantes. Y habría oportunidad de señalar en ella una originalidad mística que haya razones para considerar con asombro. La reconciliación es favorecida por la sumisión de dios, como siempre ha sucedido en las pasiones sagradas. Pero la feminidad de la alma ha exigido aquí al Amante una humillación inaudita: le ha exigido a dios, como prueba de amor, que viva su destino mortal y no sólo lo vea y lo perdone: le ha exigido a dios que muera. Y Dios se lo ha concedido, Dios muerde la manzana que esta Eva psicológica le tiende con esa monstruosa mirada del apetito más devastar del universo que existe, y con que la mujer fascina a sus víctimas, cosa que la asemeja a la serpiente, Dios muerde la fruta, y se entrega a la posesión más que física que el alma le solicita: se entrega a sufrir, y ya no sólo a contemplar el padecimiento universal de la materia. (p. 233)

5 mayo, 2016

J. Cuesta: “El deseo de lo que está remoto y profundo”


Fragmentos de “El diablo en la poesía”. Un propósito didáctico fue lo que me llevó a emprender esta selección (yo mismo era el destinatario de ese propósito). Un beneficio adicional fue notar lo que podría llamarse la “alta densidad aforística” de la prosa de Jorge Cuesta. Afortunadamente, alguien ya se tomó el trabajo de subir entero este importante ensayo: visiten el blog Bitácora de travesías.

  • La revolución es el producto de la inconformidad.
  • Pero esta verdad, que parece evidente, también con mucha facilidad se desconoce, ya que no todo el mundo está dispuesto a aceptar que la revolución es lo que va contra la naturaleza.
  • Pues la naturaleza es lo que no está inconforme, lo que no cambia, lo que permanece de acuerdo con su origen. Si la naturaleza fuera revolucionaria, no podría existir la noción de ley natural.
  • La naturaleza es la costumbre, y la costumbre es la conformidad.
  • Lo revolucionario es lo que va contra la tradición, contra la costumbre; es el pecado, la obra del demonio.
  • Si en la Iglesia Católica se señala al enemigo tradicional de la revolución, es porque la Iglesia es, por excelencia, un organismo natural, una fortificación contra el demonio, una organización de la conformidad.
  • Dice André Gide que “no hay obra de arte sin la colaboración del demonio”. Y lo recíproco es igualmente cierto: no hay colaboración del demonio sin obra de arte.
  • El demonio es la tentación, y el arte es la acción del hechizo.
  • No hay fascinación virtuosa; la Iglesia es sólo muy razonable al prevenirlo: sólo el diablo está detrás de la fascinación, que es la belleza.
  • Por esta causa, es imposible que haya un arte moral, un arte de acuerdo con la costumbre.
  • He aquí por qué son inseparables el diablo y la obra de arte, la revolución y la poesía. No hay poesía sino revolucionaria, es decir, no la hay sin “la colaboración del demonio”.
  • Se atribuye a un distinguido revolucionario mexicano una expresión admirable: “No se hace una revolución con ángeles”. no, en efecto, ninguna revolución es angelical, como no lo es tampoco ninguna poesía.
  • Una poesía que no es lasciva, es una poesía sin belleza, y no hay belleza sin perversidad.
  • Se dice que en Baudelaire nació una nueva poesía. […] Desde Baudelaire la poesía ha adquirido una consciencia de sí misma tan clara y tan libre como no tuvo jamás. Fue Baudelaire el primero que se atrevió a ver en la poesía de una manera absoluta, a la “flor del mal”, a la flor de la perversidad, fue el primero que la concibió como una pura fascinación.
  • No puede olvidarse la parte que tuvo en ella el demoniaco Edgar Allan Poe, ingeniero de la poesía […]; pero a Baudelaire toca la gloria de haber llevado esa ingeniería diabólica a su aguda y celosa perfección.
  • La poesía como ciencia es la concepción cuya fascinante perversidad todavía no llega a admirarse como se debe. La poesía como ciencia es la refinada y pura actividad del demonio.
  • “Poesía moderna” significa, en rigor, poesía posterior a Baudelaire.
  • La ciencia poética ningún límite traza a su demoniaca pasión de conocer; […] no hay afirmación que no se ponga en duda; que no se convierta en problema. Pues ésta es la acción científica del diablo: convertir a todo en problemático, hacer de toda cosa un puro objeto intelectual.
  • Nada me parece más vano que la distinción escolar [..] entre la ciencia y la poesía, entre la inteligencia y la imaginación, y con la que no se pretende, abierta o secretamente, sino despojar a la poesía de su carácter de ciencia, que es su carácter diabólico, a fin de poder identificarla con la fe, que es la ciencia del ángel.
  • Separada, en efecto, de la inteligencia, la poesía consiente a la pasión y es esclavizada por ella, con lo que se salva su alma del demonio, se salva de la fascinación, por la imposibilidad que hay de fascinar a un esclavo, incapacitado, como está, por su cadenas, de ir en pos de lo que lo solicita.
  • La poesía es la tentación, lo que solicita de lejos. Por eso no son sensibles a ella las mentes ocupadas por su proximidad, conformes con la apariencia de las cosas, sin avidez de conocer, sin gusto por la ciencia, que es el deseo de lo que está remoto y profundo.
  • El demonio es perverso; usa caminos largos y tortuosos. Para seguirlo en la poesía, hay que soportar el hastío y proceder como el hombre de ciencia: a través de las experiencias más tediosas y superfluas, por medio de las imaginaciones más vanas y extravagantes, y sin violentar al azar.
  • La belleza no está en lo que complace, sino en lo que fascina y se hace perseguir más allá de los sentidos, más allá de la satisfacción, adonde sólo la fantasía puede probar el alcance y la precisión de su poder.
9 marzo, 2016

M. Gutiérrez Nájera: “El cruzamiento en literatura”


Tomado de Manuel Gutiérrez Nájera y otros, La construcción del modernismo. Ed. Belem Clark de Lara y Ana Laura Zavala Díaz. México: UNAM, 2002 (BEU 137). Esta obra recopila ensayos y artículos fundamentales para comprender la idea del modernismo que se hicieron, en México, sus creadores y sus adversarios.

Con frecuencia se culpa a esta Revista de afrancesamiento y se la tilda, sin razón alguna, de malquerer o menospreciar la literatura española. Hoy toda publicación artística, así como toda publicación vulgarizadora de conocimientos, tiene de hacer en Francia su principal acopio de provisiones, porque en Francia, hoy por hoy, el arte vive más intensa vida que en ningún otro pueblo, y porque es Francia la nación propagandista por excelencia, Pero esto no significa menosprecio a la literatura española, cuyos grandes, imperecederos monumentos, ha de estudiar ahincadamente todo aquel que aspire a ser literato o, cuando menos, a cultivar su gusto. Nuestra Revista no tiene carácter doctrinario. Se propone presentar modelos de belleza arcaica, espigando en las obras de los clásicos; es sustancialmente moderna y por lo tanto, busca las expresiones de la vida moderna en donde más acentuadas y coloridas aparecen. La literatura contemporánea francesa es ahora la más “sugestiva”, la mas abundante, la mas de “hoy”, y los españoles mismos, a pesar de su apego a la tierruca, trasponen los Pirineos en busca de “moldes nuevos” para sus ideas e inspiraciones. Dígalo Salvador Rueda, genialidad poética de mucho brillo, que me propongo estudiar con detención, y dígalo, entre otros muchos, Armando Palacio Valdés, novelista de insigne mérito, más apreciado entre los extraños que entre los suyos, y cuya última novela, pocos días ha llegada a México, El origen del pensamiento, es de lo mas notable que la literatura española ha producido en mucho tiempo. Ahora, las letras castellanas se vuelven hacia Francia y hacia las literaturas del norte de Europa, así como también la filosofía, en España, tiende a avanzar en los rectos carriles del método positivo. En la península se traduce y se imita, mucho más que se produce o se revive, y ello, lejos de ser pernicioso, es en extremo favorable al adelanto de las ciencias y las artes. La decadencia de la poesía lírica española es innegable, y así lo entienden todos los críticos serios.
Ahora bien, entiendo que esta decadencia de la poesía lírica española, depende por decirlo así, de falta de cruzamiento. La aversión a lo extranjero y a todo el que no sea cristiano rancio, siempre ha sido maléfica para España: dígalo, sí no, la expulsión de los judíos. Es falso que el Sol no se pone jamás en los dominios de nuestra antigua metrópoli: el Sol sale y se pone en muchos países y es conveniente procurar ver todo lo que alumbra. Conserve cada raza su carácter substancial; pero no se aísle de las otras ni las rechace, su pena de agotarse y morir. El libre cambio es bueno en el comercio intelectual [y tiene sobre el libre cambio mercantil la ventaja de que podemos establecerlo hasta con pueblos y naciones que no existen ya].
Mientras mas prosa y poesía alemana, francesa, inglesa, italiana, rusa, norte y sudamericana, etcétera, importe la literatura española, más producirá y de más ricos y más cuantiosos productos será su exportación. Parece que reniega la literatura de que yo le aplique estos plebeyos términos de comercio; pero no hallo otros que traduzcan tan bien mi pensamiento.
No puede negarse que en España hay mejores novelistas que poetas líricos. ¿Y a que se debe esta disparidad? Pues a que esos novelistas han leído a Balzac, a Flaubert, a Stendhal, a George Eliot, a Thackeray [a Bret Harte, a Salvatore Farina], a Tolstoi, a muchos otros, y este roce con otros temperamentos literarios, con otras literaturas, ha sido provechoso para ellos. Entre los buenos novelistas de allá, Pereda es, a mi juicio, el más genuinamente español, el más espontáneo, el más de la tierruca; pero, a pesar de ello, sus procedimientos y métodos de observación revelan que conoce a autores clásicos antiguos y modernos.
El renacimiento de la novela en España ha coincidido y debía coincidir con la abundancia de traducciones publicadas. Leen hoy los españoles mucho Zola, mucho Daudet, mucho Bourget, mucho Goncourt, mucho Feuillet; y por lo mismo los rumbos de la novela han cambiado para los novelistas castizos. En una palabra: la novela española ha viajado y ha aprendido bastante en sus viajes.
No pasa lo mismo con la poesía lírica. Los poetas del Siglo de Oro fueron muy buenos, entre otras cosas, porque habían cursado humanidades con muchísimo provecho; porque se sabían de coro a Horacio, a Virgilio, a Ovidio, a los grandes modelos. Quevedo era tan erudito como gracioso, Fray Luis de León traducía sus pensamientos del latín para vaciarlos en la turquesa de su idioma propio. Latinos e italianos fueron los maestros de todos los grandes poetas de aquel tiempo.
Hoy ha caído en desuso el estudio extenso de las llamadas lenguas muertas y de las literaturas antiguas, y tampoco leen mucho los poetas españoles a los buenos poetas de otras tierras, En las Américas Latinas pecan muchos de exceso de imitación, particularmente los que imitan al inimitable o, mejor dicho lo inimitable: Victor Hugo. En España perdería su tiempo el que anduviera buscando, con linterna o sin ella, poetas en quienes alienta el alma de Musset, o que rindan culto al ideal de Leconte de Lisle, al de Gautier, al de Sully Prudhomme; o que revelen haber leído a Leopardi. La influencia de Heine, que es una corriente literaria tan visible como visible es el gulf stream, apenas se echa de ver en la poesía española; a pesar de que Bécquer la sintió y de que Bécquer tuvo muchos y muy malos imitadores. Sólo en Campoamor hay Heine. La poesía tétrica de Edgar Poe, que ha avasallado a tantos poetas europeos, no dejó rastros en los castellanos. Y tampoco tiene hoy por hoy España un poeta popular, genuino, propio, de la fuerza de Ruiz Aguilera o de Zorrilla, porque Ruiz Aguilera sentía con el pueblo español de ahora y Zorrilla con el pueblo español de ha doscientos años.
Unos imitan por allá a Campoamor, a Núñez de Arce, a Zorrilla; otros a Espronceda; algunos a Quintana; los que aspiran a ser llamados clásicos, imitan al maestro León, a Argensola, a Rioja; y muchos imitan, sin saberlo, a Calderón y a Lope, cuyos versos no han leído pero cuya facundia les ha enamorado al encontrarla, de reflejo, en otros vates. Por manera, que la imitación de los buenos modelos latinos fue decayendo en España, hasta quedarse como aletargada desde el comienzo de este siglo. Ya Meléndez era el vino de Samos convertido en agua con grosella. La imitación de los clásicos propios no está en moda, ni puede estarlo, en cuanto atañe a lo esencial de la poesía, por lo mismo que no está en moda andar vestido de chupa ni con sombrero de tres picos. Y como tampoco se adapta a la índole de la poesía española el espíritu y la forma de poesías extrañas, resulta aquélla insípida y descolorida. No es antigua ni es moderna.
Los únicos poetas que sobresalen, conocen literaturas extranjeras. En Campoamor, que a pesar de sus plagios es el poeta más original y sugestivo de su tierra, se nota mucha lectura de poesías alemanas, inglesas y francesas, En Núñez de Arce, aparte de su amor instintivo a la forma helénica y de su estudio de los clásicos hispanos, hay verdadero conocimiento de los modernos ideales y de los nuevos procedimientos poéticos. Sus poemas (que son muy suyos) están fundidos en donde fundieron los suyos Tennyson, Carducci, y los poetas franceses de más alto vuelo.
No quiero que imiten los poetas españoles; pero sí quiero que conozcan modelos extranjeros; que adapten al castizo estilos ajenos; que revivan viejas bellezas, siempre jóvenes; en resumen, que su poesía se vigorice por el cruzamiento.
Y a esto han contribuido muchísimo Menéndez Pelayo y Valera. No son poetas sugestivos; no se dejan arrebatar por el ímpetu propio, lo que demuestra la escasa energía de éste; pero reflejan a maravilla hermosuras de otros parnasos. Unos poetas, como Homero, son discípulos del mar; otros, como Virgilio, de los bosques y los campos; los poetas bíblicos se inspiran en la fe religiosa; y así van bebiendo los demás en varias fuentes: en el sentimiento, en la imaginación, en el amor patrio, en la voluptuosidad, en las tradiciones… Menéndez Pelayo es un discípulo de los grandes poetas antiguos. Recita pensamientos de ellos en irreprochable forma española. En Grecia está la patria de sus ideas. ¿Que no es poeta de hoy? Convenido. Su mismo amor al arte lo detiene y le pone trabas; su odio a todo lo vulgar, lo obliga a ser parsimonioso en la producción poética: es poeta de hace muchos siglos, que nació hace poco.
Valera es menos helénico; le gustan más que a Menéndez las literaturas exóticas; tiene buen paladar para gustar de las modernas y novísimas; y ambos, presentando, en buen español, dechados de belleza recogidos en sus viajes intelectuales, corrigen la poesía patria de esa hinchazón, de esa superabundancia, de esa excesiva espontaneidad y de esa suficiencia que la pierden. Porque son menos músicos que los demás, curan una literatura enferma de melomanía. Porque reviven a los muertos inmortales y hospedan a los próceres modernos, son útiles a una poesía que tiene cerradas todas sus puertas y que ya no lleva flores a la tumba de los clásicos.
[No insistiré, pues, en realzar los méritos de Pelayo y de Valera. Ya dejo dicho, a grandes trazos, en lo que radican para mí.] Ni don Juan ni don Marcelino son poetas entusiastas; ni sienten intensamente esas pasiones ardorosas que llevan como calor y vida al verso, ni conmueven como Espronceda; ni poseen el ingenio de Campoamor; ni los recursos musicales de Zorrilla. Pero estos mismos defectos constituyen sus excelencias, no como poetas propiamente dichos, sino como maestros o educadores de poetas. ¿Que no hay bellezas en las poesías de Menéndez?… ¡Con una sola de las muchísimas que se encuentran en su libro haría una familia de bellezas cualquier poeta más atrevido, más elocuente, menos devoto de la antigua sobriedad! Se ve la hermosa linea griega en muchos de esos versos; sólo que para admirarla es necesario haber aprendido a disfrutar de esa hermosura. Si poneis delante de un profano la Venus de Milo, y alguna Venus de cualquier gran estatuario moderno, gustará más de ésta; porque la ve más desnuda, si se permite la expresión: porque le parece mas mujer: porque la ve mejor, en suma, mientras que a la otra no la ve ni sabe en que consiste su belleza,
Cansaría y me cansaría espigando en el libro de Menéndez. ¡Qué augusta serenidad en algunas imágenes! ¡Qué blancura de níveo mármol en algunas frases! ¡Cómo se echa de ver que para producir esas delicias, que no entran por el oído, ni por la vista, al alma, sino que derechamente van a ella, es preciso haber estado en muy estrecho comercio intelectual con los grandes maestros de la forma!
A otros poetas les salen bien, admirablemente, algunos versos, A Menéndez no le sale ninguno. Él los hace, los labra. Y aun barrunto que podría ser poeta de mayores y mas osados vuelos, con sólo olvidar, no dolores, no desengaños, sino ciencia. Por lo mismo que anhela realizar una belleza superior y por lo mismo que sabe, como pocos, de qué manera supieron otros realizarla, encuéntrase cohibido y entrabado. Ya puede póngase por caso decir algo muy bello; mas columbra que aun lo podría decir mas lindamente, y no lo dice. Se acerca temblando al altar de la poesía. No sube su escalinata como conquistador, sino como creyente y humildoso sacerdote.
Valera es más despreocupado y, a mi modo de ver, menos poeta. Él ha hecho más poesías para salir del paso, y, como sabe que tiene gran talento en prosa, no se empeña en tenerlo en verso. No cree que es poeta; porque don Juan no ha de creer nada. Le piden un soneto y lo da, porque es muy complaciente. Y le piden un elogio. y sucede lo mismo, Pero si Valera, por capricho, quisiera demostrar (en prosa, por supuesto) que es un gran poeta, no se lo creeríamos; pero lo demostraría.
Pero don Juan, que no necesita ser poeta para entrar a la gloria, así como tampoco ha de ganar el cielo con decir que es muy católico, ha sido muy útil a la poesía española… como agente de colonización… o, si se quiere, como introductor de embajadores, Ora introduce a Valmiki; ora, a Goethe; hoy a Shakespeare; mañana, a Lessing; y así van sabiendo los poetas de la península que no sólo hay moros y cristianos, flores y espinas, en la literatura.
Menéndez Pelayo y Valera no son cantores como Núñez de Arce; ni cantantes como Velarde: son maestros de canto.
La influencia de éstos no inspirados ha sido provechosa, tal como lo sería para los españoles el estudio de la exuberante, libre, espléndida y desordenada poesía sudamericana. Éste no lo emprenden; las Cartas americanas de Valera, y, más que éstas, los prólogos puestos por Menéndez a antologías americanas, prueban el desdén altísimo con que nos miran y la impremeditación con que nos juzgan Pero esto será tema de otro estudio.

3 marzo, 2016

E. R. Curtius: El gran teatro del mundo según Lutero


Lutero, dice Erich Seeberg, emplea la expresión, “increíblemente osada”, de ” comedia de Dios” para definir todo lo que ocurre en la obra de la justificación. Lutero considera toda la historia profana como juego de títeres movido por Dios (Puppenspiel Gottes); lo único que vemos en la historia son las “máscaras” de Dios, esto es, los héroes, como Alejandro o Haníbal… Seeberg quiere derivar esas palabras de Meister Eckhart; pero en realidad son parte del patrimonio común de la tradición.

E. R. Curtius, “Metáforas del teatro”, Literatura europea y Edad Media latina. T. M. Frenk y A. Alatorre. México: FCE, 1955 (Lengua y Estudios Literarios).

2 marzo, 2016

J. Cuesta, G. Owen, lo popular y la identidad nacional


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José Clemete Orozco: Estado mayor de bufones (óleo sobre tela)

Prisión del orden
Gilberto Owen, en “Motivos de Lope de Vega”, 1935

Salí de Góngora como de una cárcel siguiendo a Marinello, “con el juramento de vivir en libertad”. De esta última palabra no sabía entonces, no voy a saber nunca de seguro, el significado. La suponía viento sin ley que acechaba, al doblar la esquina, para destruirme; pues yo había elegido este cautiverio precisamente como un refugio, al huir de la improvisación y de la facilidad que me repugnaba en ejemplos más cercanos a mi, geográfica y temporalmente: yo nací huyendo del Chocano a voz en cuello, de nuestro paupérrimo y ensordecedor romanticismo americano, de la baratija de nuestro folklore, empapado éste de las dos cosas que más repugnaban con mi espíritu: las lágrimas y la sangre.
Luego que la prisión me era amable, a pesar de la severidad de su regla. Era grato su jardín de peluquería, cortado y recortado jamás al capricho, siempre de acuerdo con una sabia arquitectura total que yo me esforzaba en aprender puntualmente. Acostumbrado a pasear por la penumbra de sus soledades (¡y cómo la penumbra copia exactamente la inmensidad, alargándolo todo infinito en la distancia, y dejándonoslo todo, sin embargo, al alcance del tacto y la razón!), me desconcertaba que hubiese ojos y oídos tan deslumbrados que encontrasen obscuridad en el cordobés mi carcelero. Me acontecía ante él lo que a mi mejor contemporáneo ante Mallarmé; todo en él me era tan claro que “hasta cuando pretendía ser obscuro se veía claramente su intención serlo”.
Lo de fuera, desde mi cautiverio, si que era obscuro, instintivo y de una sensualidad bestial que yo no comprendía. Afuera había tempestades inasibles, y se morían millares de hombres, tan sólo —me parecía para que el genio popular improvisara corridos, para que las cantaoras de la feria hiciesen sus gorgoritos insensatos y para que los turistas se relamieran, sin comprender tampoco gran cosa: “Oh, este México, ¡qué lleno de color!” Afuera había unas tardes de alegría demasiado sana, estridente, animal. Afuera estaban —¡Dios me guarde!— la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. (Si yo hubiera leído ya entonces a Lenin, qué de acuerdo me habría sentido con su encontrar en la libertad “un prejuicio burgués”: sólo que yo habría dicho “plebeyo”.)
Encadenado al cielo, a aquel orden especial, me parecía que todos los otros mundos, que todos los otros órdenes, eran el caos.

Obras. 2a.ed. Ed. J. Procopio. México: FCE (Letras Mexicanas, 1979).

De “La cultura francesa en México”
Jorge Cuesta, 1934

[…] No faltará, es cierto, quien acuda a la historia y a los datos étnicos para acusar de falsa a la observación anterior, demostrando que, aun cuando durante el último siglo ciertos pensamientos franceses hayan tenido importantes resonancias mexicanas, un siglo es mucho más superficial que cuatro en el espesor de las tradiciones, y que, por tanto, esos pensamientos no pierden su condición externa respecto de nuestra verdadera tradición, cuyas fuentes son, y no deben ser otras que las aborígenes y las españolas. […] Se advertirá que durante la vida de nuestra Independencia la influencia de Francia obra sobre tan pequeño número de personas, que lo correcto es considerarlas como descastadas, y no como representativas de la nación. […] Y se hará notar, por último, que dos veces combatimos contra Francia, expresando así nuestra voluntad de expulsarla de nuestra vida.
En vista de estos justificables argumentos, es necesario que precise el objeto de mi observación. Digo, exactamente que el pensamiento francés ha sido la influencia más importante que ha experimentado nuestra cultura nacional; que dicha influencia es patente en nuestras obras literarias, artísticas, escolares, políticas y jurídicas; es decir, en nuestras manifestaciones estrictamente culturales; que, ciertamente, nuestro organismo interno ha sido más que insensible a esta inclinación de nuestro espíritu, en la que se reconoce una minoría reducida, en verdad, que con justicia debe considerarse como extraña y desarraigada respecto de la gran mayoría de la población. Pero hay que advertir que, fuera de esta reducida minoría, la nación mexicana no ha tenido una verdadera existencia propia, no ha concebido nunca su responsabilidad histórica como tal; que nuestra sociedad nacional ha sido creación y responsabilidad exclusivas de esta minoría, y que, fuera de su descastada cultura, fuera de sus desarraigadas obras, no han existido ni voluntad ni conciencia nacionales dignas de este nombre. En cuanto a las fuentes internas de nuestra tradición, esto es, las aborígenes y las españolas, advierto que han sido profundamente indiferentes a nuestro reciente espíritu nacional y aun constantemente hostiles a él, y que ha sido en una perpetua lucha contra esas reacciones internas como este espíritu ha conseguido afirmar su independencia y su personalidad características […].
L
a guerra de Independencia fue obra de “las ideas francesas”. La guerra de Reforma, aun prolongada contra la propia Francia, fue un triunfo de las ideas republicanas y del estado laico, las más representativas creaciones políticas francesas; puede decirse que fue un triunfo de Francia contra Francia […]. Nuestra existencia posterior a la guerra de Reforma, hasta nuestra más reciente Revolución, se caracteriza como un movimiento social para afirmar de un modo definitivo el poder de una política revolucionaria, que no posee una significación histórica y revolucionaria diferente a la del radicalismo francés. La historia de la nación francesa se ha distinguido por estos dos principios esenciales de su política: el laicismo y el radicalismo, que no representan sino una misma actitud del espíritu, manifestándose, ora frente a los sentimientos religiosos, ora frente a los sentimientos económicos. Su resultado es una política libre exterior a los intereses religiosos y económicos, habituales del individuo. Ahora bien, la historia nacional de México es la historia de una política libre, desarraigada de la vida económica y religiosa del país, y sólo interesada en consolidar su libertad; no por otra razón ha tenido que luchar contra nuestra tradicional vida española, personificada por la iglesia, y contra nuestra tradicional vida indígena, personificada por nuestra economía […].

Obras, t. I. Ed. de Miguel Capistrán et al. México: El Equilibrista,

10 febrero, 2016

“Forma y fondo”: de la poesía clásica a la poesía moderna (según J. Cuesta)


El lector de Salvador Díaz Mirón, digo, de Lascas tiene que considerar con extrañeza la diferencia tan honda que existe entre las formas y los asuntos de los poemas que entran en el libro, sobre todo, después de que se entera de que Díaz Mirón practicaba una teoría de la composición poética, de acuerdo con la cual, ni el metro, ni el desarrollo, ni el lenguaje, ni el tono de un poema deben elegirse al azar, sino ceñirse a la necesidad del asunto. Este principio explica que el lector se desconcierte; pero no es suficiente para hacerlo salir de su incertidumbre. “Forma es fondo”, dice bien el poeta desde la primera advertencia, y lo que con ello significa es que para cada asunto debe haber una forma a la medida, que no puede ser arbitraria. Ahora bien, la impresión que recibe el lector es que tanto las formas como los asuntos de Lascas se deben a una arbitrariedad. La necesidad que debe ligar a la forma con el fondo se conserva en la sombra, si no sucede que el asunto la expresa tan directamente, que es la forma lo que parece esquivar por superflua.

En la poesía clásica, la correspondencia entre la forma y el fondo es una ley genérica, que no pasa de ser una convención literaria. Hay una forma elegiaca como hay una forma idílica, y no son los asuntos quienes las distinguen, sino los sentimientos. La forma es el género, con lo que muy bien se indica que no se concibe que cada asunto pueda tener una forma individual, o que para cada asunto la poesía pueda disponer de un sentimiento particular. La forma como individualidad es una concepción de la poesía romántica, si bien se precisó con más claridad en el movimiento “formalista” que se derivó del romanticismo y que se conoció con el nombre anecdótico de movimiento “parnasiano”. Aquí, la forma dejó de ser un género para convertirse en una particularidad del sentimiento. Cada paisaje, cada crepúsculo, cada historia se dio a buscar su lenguaje individual, como si fueran a hablarse a sí mismos. Los poetas se entregaron a la misteriosa ociosidad de fabricar poesías blancas y amarillas; de imprimir a las palabras el temperamento del desierto o el estado de alma de unos elefantes, como algo directamente sensible, y de hacer, a la voluntad del asunto, místicamente manifestada, un soneto escultórico, una oda colorida o una elegía musical. El ideal parecía ser que los asuntos poetizaran por sí mismos sin intervención de los poetas, sin el intermedio de las formas. Pues este “formalismo” era en realidad un imperio absoluto del asunto, de la materia y, en consecuencia, una materialización de la poesía.

Jorge Cuesta, “Salvador Díaz Mirón”, 1940. En Poemas y ensayos, p. 342-344. Mexico: UNAM, 1964.

30 enero, 2016

Fin de la civilización y retorno de los espíritus


El cosmos espiritual de la tardía Antigüedad está lleno de ellos; hay sibilas, espíritus protectores, demonios, salvadores sobrehumanos y seres maléficos. Por todas partes, en las artes y en la numismática imperial, en las visiones de los monjes y en la poesía pagana, se nos aparecen esas figuras. A veces creemos respirar en un mundo alucinado, delirante. En todo ese tiempo, las visiones y los sueños tienen enorme poder sobre los hombres. El paganismo racionalista niega el mundo de los dioses antiguos, pero éste resurge en los sueños. En un diálogo sobre la religión, escrito a fines del siglo II o en el siglo III, un representante del paganismo confiesa a un cristiano: “En sueños vemos, oímos, reconocemos a dioses que durante el día negamos, rechazamos y ofendemos con perjurios” (Minucio Félix, Octauius, cap. VII, 6).

Curtius,Ernst R. Literatura europea y Edad Media Latina. FCE, 1954 (1948). T. M. Frenk y A. Alatorre.154-155.