Archive for ‘Ensayistas y estudiosos’

5 marzo, 2019

Clásico y moderno en el primer Siglo de Oro; algunas citas


Caliope, grabado del artista alemán Virgil Solis (1514-1562).

Juan de Valdés: Diálogo de la lengua (Nápoles, 1535)

VALDÉS.- Pero, porque digamos de todo, digo que, de los que han escrito en metro, dan todos comúnmente la palma a Juan de Mena, y, a mi parecer, aunque la merezca cuanto a la doctrina y alto estilo, yo no se la daría cuanto al decir propiamente ni cuanto al usar propios y naturales vocablos, porque, si no me engaño, se descuidó mucho en esta parte, a lo menos en aquellas su Trecientas, en donde, queriendo mostrarse docto, escribió tan oscuro, que no es entendido, y puso ciertos vocablos, unos que por groseros se deberían desechar y otros que, por muy latinos, no se dejan entender de todos, como son rostro jocundo, fondón del polo segundo, y cinge toda la sfera […]. En el mismo Cancionero, hay algunas coplas que tienen buen estilo, como son las de Garci Sánchez de Badajoz y las del bachiller de la Torre y las de Guevara, aunque estas tengan mejor sentido que estilo, y las del marqués de Astorga. Y son mejores las de don Jorge Manrique, que comienzan Recuerde el alma dormida, las cuales, a mi juicio, son muy dinas de ser leídas y estimadas, así por la sentencia como por el estilo. […] El estilo que tiene Torres Naharro en su Propaladia, aunque peca algo en las comedias, no guardando bien el decoro de las personas, me satisface mucho, porque es muy llano y sin afectación ninguna.
[…]
PACHECO.- Mejor dijera así; pero no se lo neguemos, que mucho ha ilustrado la lengua castellana.
VALDÉS.- No os negaré yo eso jamás, y tampoco quiero que me neguéis vos a mí que, así como escribía bien aquellas cosas bajas y plebeyas que pasaban entre gentes con quien él más ordinariamente trataba, así se pierde cuando quiere escribir lo que pasa entre gente noble y principal.
[…]
MARCIO.- Deseo que nos dijeseis algunas señales por donde conociésemos cuáles son las buenas coplas y cuáles no.
VALDÉS.-Por buenas tengo las que tienen buena y clara sentencia, buenos vocablos, acomodados a ella, buen estilo, sin superfluidad de palabras y sin que haya ni una sílaba superflua por causa del metro, ni un vocablo forzado por causa del consonante; y por malas tengo las que no son de esta manera; y mirad que digo buena y clara sentencia, porque hay algunas cosas trovadas que al parecer dicen algo, y si las queréis examinar bien, las hallaréis vacías de sentencia. Y porque veáis que esto es así, escuchad este villancico que al tiempo que yo partí de España reinaba entre los músicos, y mirad cómo hallaréis en él lo que digo:

Pues que os vi, merecí veros,
que si, señora, n’os viera,
nunca veros mereciera.

MARCIO.- Cuanto que a mí bien me contenta; no sé qué mal le halláis.
VALDÉS.- Con razón os contentara si el primero verso, que dice: Pues que os vi, merecí veros, dijera: Porque os vi merezco veros, pues, como veis, la sentencia estuviera clara y amorosa; pero, estando como está, yo no hallo que diga nada, antes me parece que contradice en los dos últimos versos lo que afirma en el primero. De esta suerte os podría decir otros muchos, los cuales nacen de personas que no van acomodando, como dije se debe hacer, las palabras a las cosas, sino las cosas a las palabras, y así no dicen lo que querrían, sino lo que quieren los vocablos que tienen.

p.113-115

VALDÉS.- […] Cuanto a la prosa, digo que de los que han romanzado he leído poco, porque, como entiendo el latín y el italiano, no curo de ir al romance. De eso poco que he leído me parece haber visto dos librillos que me contentan así en el estilo, el cual tengo por puro castellano, como en el exprimir muy gentilmente y por muy propios vocablos castellanos lo que hallaban escrito en latín.
[…]
MARCIO.- ¿Cómo se llama el autor?
VALDÉS.- No me acuerdo, por mi fe; pero os sé decir que a mi ver era hombre de vivo ingenio y claro juicio.
PACHECO.- Decidme, por vuestra fe, aunque sea fuera de propósito, porque ha muchos días que lo deseo saber: ¿qué diferencia hacéis entre ingenio y juicio?
VALDÉS.- El ingenio halla qué decir, y el juicio escoge lo mejor de lo que el ingenio halla, y lo pone en el lugar que ha de estar; de manera que de las dos partes del orador, que son invención y disposición, que quiere decir ordenación, la primera se puede atribuir al ingenio y la segunda, al juicio.
PACHECO.- ¿Creéis que pueda haber alguno que tenga buen ingenio y sea falto de juicio; o tenga buen juicio y sea falto de ingenio?
VALDÉS.- Infinitos hay de esos; y aun de los que vos conocéis y platicáis cada día, os podría señalar algunos.
PACHECO.- ¿Cuál tenéis por mayor falta en un hombre, la del ingenio o la del juicio?
VALDÉS.- Si yo hubiese de escoger, más querría con mediano ingenio buen juicio, que con razonable juicio buen ingenio.
PACHECO.- ¿Por qué?
VALDÉS.- Porque hombres de grandes ingenios son los que se pierden en herejías y falsas opiniones por falta de juicio. No hay tal joya en el hombre como el buen juicio.

p.117-118

VALDÉS. […] Entre los que han escrito cosas de sus cabezas comúnmente se tiene por mejor estilo el del que escribió los cuatro libros de Amadis de Gaula; y pienso tienen razón, bien que en muchas partes va demasiadamente afectado, y en otras muy descuidado; unas veces alza el estilo al cielo, y otras lo abaja al suelo; pero al fin, así a los cuatro libros de Amadis, como a los de Palmerín y Primaleón, que por cierto respeto han ganado crédito conmigo, tendré y juzgaré siempre por mejores que esos otros Esplandián, Florisando, Lisuarte, Cavallero de la Cruz, y que a los otros no menos mentirosos que estos […]; los cuales, demás de ser mentirosísimos, son tan mal compuestos, así por decir las mentiras muy desvergonzadas, como por tener el estilo desbaratado, que no hay buen estómago que los pueda leer.
MARCIO.- ¿Los habéis vos leído?
VALDÉS.- Sí que los he leído.
MARCIO.- ¿Todos?
VALDÉS.- Todos.
MARCIO.- ¿Cómo es posible?
VALDÉS.- Diez años, los mejores de mi vida, que gasté en palacios y cortes, no me empleé en ejercicio más virtuoso que en leer estas mentiras, en las cuales, tomaba tanto sabor, que me comía las manos tras ellas. Y mirad qué cosa es tener el gusto estragado, que si tomaba en la mano un libro de los romanzados en latín, que son de historiadores verdaderos, o a lo menos que son tenidos por tales, no podía acabar conmigo de leerlos.

p.120-121

MARCIO.- ¿Qué decís de Celestina? Pues vos mucho su amigo soléis ser.
VALDÉS.- Celestina, me contenta el ingenio del autor que la comenzó, y no tanto el del que la acabó; el juicio de todos dos me satisface mucho, porque exprimieron a mi ver muy bien y con mucha destreza las naturales condiciones de las personas que introdujeron en su tragicomedia, guardando el decoro de ellas desde el principio hasta la fin.
MARCIO.- ¿Cuáles personas os parecen que están mejor exprimidas?
VALDÉS.- La de Celestina está a mi ver perfectísima en todo cuanto pertenece a una fina alcahueta, y las de Sempronio y Pármeno; la de Calisto no está mal, y la de Melibea pudiera estar mejor.
MARCIO.- ¿Adónde?
VALDÉS.- Adonde se deja muy presto vencer, no solamente a amar, pero a gozar del deshonesto fruto del amor.
MARCIO.- Tenéis razón.
PACHECO.- Dejaos ahora, por vuestra vida, de hacer anatomía de la pobre Celestina; basta que la hicieron los mozos de Calisto. Decidnos qué os parece del estilo.
VALDÉS.- El estilo, en la verdad, va bien acomodado a las personas que hablan. Es verdad que peca en dos cosas, las cuales fácilmente se podrían remediar; y quien las remediase le haría gran honra. La una es el amontonar de vocablos algunas veces tan fuera de propósito como Magnificat a maitines; la otra es en que pone algunos vocablos tan latinos que no se entienden en el castellano, y en partes adonde podría poner propios castellanos, que los hay. Corregidas estas dos cosas en Celestina, soy de opinión que ningún libro hay escrito en castellano donde la lengua esté más natural, más propia ni más elegante.
MARCIO.- ¿Por qué vos no tomáis un poco de trabajo y hacéis eso?
VALDÉS.- De más estaba.
MARCIO.- Del libro de Questión de Amor, ¿qué os parece?
VALDÉS.- Muy bien la invención, y muy galanos los primores que hay en él; y lo que toca a la cuestión no está mal tratado por la una parte y por la otra. El estilo, en cuanto toca a la prosa, no es malo; pudiera bien ser mejor; en cuanto toca al metro, no me contenta.
MARCIO.- Y de Cárcel de amor, ¿qué me decís?
VALDÉS.- El estilo de ese me parece mejor; pero todos esos librillos, como están escritos sin el cuidado y miramiento necesario, tienen algunas faltas, por donde no se pueden alabar como alabaréis entre los griegos a Demóstenes, a Xenofón, a Isócrates, a Plutarco, a Luciano, y así a otros príncipes de la lengua, y en latín a Cicerón, a César, a Salustio, a Terencio, y así a otros que, como escribieron con cuidado, se ve en ellos la natural propiedad y puridad de la lengua.

p.126-127

Juan de Valdés. Diálogo de la lengua. Ed. Juan M. Lope Blanch. México: Porrúa, 1966 (Sepan Cuantos… 52).

Fray Luis de León: De los nombres de Cristo (dedicatoria del libro III, 1585)

Y es engaño común tener por fácil y de poca estima todo lo que se escribe en romance, que ha nacido o de lo mal que usamos de nuestra lengua, no la empleando sino en cosas sin ser, o de lo poco que entendemos de ella creyendo que no es capaz de lo que es de importancia. Que lo uno es vicio y lo otro engaño, y todo ello falta nuestra, y no de la lengua ni de los que se esfuerzan a poner en ella todo lo grave y precioso que en alguna de las otras se halla.
[…]
Una cosa es la forma del decir, y otra la lengua en que lo que se escribe se dice. En la forma del decir, la razón pide que las palabras y las cosas que se dicen por ellas sean conformes, y que lo humilde se diga con llaneza, y lo grande con estilo más levantado, y lo grave con palabras y con figuras cuales convienen. Mas, en lo que toca a la lengua, no hay diferencia, ni son unas lenguas para decir unas cosas, sino en todas hay lugar para todas; y esto mismo de que tratamos no se escribiera como debía por sólo escribirse en latín, si se escribiera vilmente; que las palabras no son graves por ser latinas, sino por ser dichas como a la gravedad le conviene, o sean españolas o sean francesas.
Que si, porque a nuestra lengua la llamamos vulgar, se imaginan que no podemos escribir en ella sino vulgar y bajamente, es grandísimo error; que Platón escribió no vulgarmente ni cosas vulgares en su lengua vulgar, y no menores ni menos levantadamente las escribió Cicerón en la lengua que era vulgar en su tiempo.
[…]
Mas a los que dicen que no leen estos mis libros por estar en romance, y que en latín los leyeran, se les responde que les debe poco su lengua, pues por ella aborrecen lo que, si estuviera en otra, tuvieran por bueno.
Y no sé yo de dónde les nace el estar con ella tan mal; que ni ella lo merece, ni ellos saben tanto de la latina que no sepan más de la suya, por poco que de ella sepan, como de hecho saben de ella poquísimo muchos. Y de éstos son los que dicen que no hablo en romance porque no hablo desatadamente y sin orden, y porque pongo en las palabras concierto, y las escojo y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo; y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, así en lo que se dice como en la manera como se dice. Y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa, y las mide y las compone, para que, no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura. Y si dicen que no es estilo para los humildes y simples, entiendan que, así como los simples tienen su gusto, así los sabios y los graves y los naturalmente compuestos no se aplican bien a lo que se escribe mal y sin orden, y confiesen que debemos tener cuenta con ellos, y señaladamente en las escrituras que son para ellos solos, como aquesta lo es.

Fray Luis de León. De los nombres de Cristo. Ed. José Onrubia de Mendoza. Barcelona: Bruguera, 1975 (Libro Clásico 135).

Claudio Guillén: “La disposición temporal del Lazarillo” (1957)

[Sobre los críticos que le reprochaban al Lazarillo de Tormes carecer de unidad y estructura:] Nos encontramos, en realidad, si consideramos el origen de tales errores, ante un capítulo de la historia de la crítica en el siglo XIX. Más concretamente, ante la enemistad que hubo durante la segunda mitad del siglo pasado entre la tradición de la novela europea, por un lado, y por otro, la crítica neoclásica, tradicional, […]. Recuérdese que el romanticismo había vuelto a descubrir la épica, el teatro o la poesía popular de España y de Inglaterra, pero que los clásicos o “primitivos”de la novela no fueron revalorados antes de la segunda mitad del siglo. Con algunas notables excepciones, […] no sólo las novelas picarescas de los siglos XVI y XVII, sino las mismas obras maestras de Balzac y de Stendhal tardaron mucho en ser aplaudidas por la crítica académica.
Conviene tener presente el origen de este desapego. […] La crítia neoclásica del siglo XIX se obstinaba en atribuir a la novela lo que Paul Bourget llamaba abscence de composition, o sea, una ausencia de armonía, proporción, orden, selección, etc. Éstas eran las virtudes estructurales que los críticos exigían de la novela.
Va ya para cincuenta años que un crítico genial, Albert Thibaudet, descifró la causa de esta mala inteligencia. No debemos confundir, explica Thibaudet, las virtudes de la novela con las de la oratoria clásica o del teatro. Pues, al hablar de estos otros géneros, tendemos a manejar criterios de índole espacial –aplicables, en rigor, a la pintura o a la arquitectura. […] Intuye Thibaudet que en la temporalidad está la clave de la composición novelesca. Como una vida que poco a poco se inventa a sí misma, la novela arranca de una “evolución creadora”, del libre e imprevisible transcurso del tiempo […]. La contextura, la armazón misma de la novela son indivisibles de un proceso de duración en el tiempo. Si la arquitectura, con arreglo al famoso aforismo romántico, es “música petrificada” […], la novela tiende, en rigor, a ser algo así como música leída, temporalidad hecha narración y literatura.

Claudio Guillén. El primer Siglo de Oro. Estudios sobre géneros y modelos. Barcelona: Crítica, 1988 (Filología 18).

 

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22 febrero, 2019

¿Qué es la poesía? Según teóricos, humanistas y poetas


Mujer pulsando la lira. Cerámica del Ática, 480 a.C. aprox. Cabinet des Médailles (Parigi).

La tradición clásica: Santos Díez González, Instituciones poéticas (1793)

La poesía lírica tomó su nombre de la lira, uno de los antiguos instrumentos músicos con que se acompañaba el canto, y lo que se cantaba se llamó oda, que es lo mismo que canción. Su materia fue la religión, las alabanzas de los dioses y de los hombres, sus votos, súplicas, exhortaciones para seguir la virtud y huir los vicios, sentimientos del ánimo en las calamidades, deseos, quejas, alabanzas, pinturas de las fuentes, montes, valles, ciudades y otros lugares amenos, conflictos del corazón, dudas, resoluciones, juegos públicos, convites, victorias, prodigios y otros innumerables objetos que son acomodados a la brevedad, concisión y sublimidad del canto (en Checa Beltrán, José, ed. Pensamiento literario del siglo XVIII español. Madrid: CSIC, 2004).

Antonio Machado (de “El arte poética de Juan de Mairena”)

“Todas las artes -dice Juan de Mairena en la primera lección de su Arte poética– aspiran a productos permanentes, en realidad, a frutos intemporales. Las llamadas artes del tiempo, como la música y la poesía, no son excepción. El poeta pretende, en efecto, que su obra trascienda de los momentos psíquicos en que es producida. Pero no olvidemos que, precisamente, es el tiempo (el tiempo vital del poeta con su propia vibración) lo que el poeta pretende intemporalizar, digámoslo con toda pompa: eternizar. El poema que no tenga muy marcado el acento temporal estará más cerca de la lógica que de la lírica.
“Todos los medios de que se vale el poeta: cantidad, medida, acentuación, pausas, rima, las imágenes mismas, por su enunciación en serie, son elementos temporales. La temporalidad necesaria para que una estrofa tenga acusada la intención poética está al alcance de todo el mundo; se aprende en las más elementales Preceptivas. Pero una intensa y profunda impresión del tiempo sólo nos la dan muy contados poetas. En España, por ejemplo, la encontramos en don Jorge Manrique, en el Romancero, en Bécquer, rara vez en nuestros poetas del siglo de oro.” (Obras completas, t. I, p. 379-380. Buenos Aires: losada, 1997).

Paul Valéry

De “Cuestiones de poesía”

El Poeta, sin saberlo, se mueve en un orden de relaciones y de transformaciones posibles, de las que no persigue más que los efectos momentáneos y particulares que tienen importancia en determinado estado de su operación interior (p. 37).
El poeta dispone de las palabras muy diferentemente de lo que lo hacen la costumbre y la necesidad. Son sin duda las mismas palabras, pero en absoluto los mismos valores. Es el no-uso, el no decir “que llueve” es su que hacer, y todo lo que afirma, todo lo que demuestra que no habla en prosa es bueno para él. Las rimas, la inversión, las figuras desarrolladas, las simetrías y las imágenes, todo ello, hallazgos o convenciones, son otros tantos medios de oponerse a la vertiente prosaica del lector (lo mismo que las famosas “reglas” del arte poético producen el efecto de recordar incesantemente al poeta el universo complejo de este arte). La imposibilidad de reducir a prosa su obra, de decirla, o de comprenderla en tanto que prosa son condiciones imperiosas de existencia, fuera de las cuales esta obra no tiene poéticamente ningún sentido (Teoría poética y estética. T. Carmen Santos. Madrid: Visor, 1990.p. 42).

De “Poesía y pensamiento abstracto”

¿Cuál es esta especie de emoción [la poética]?
La conozco en mí por ese carácter de todos los objetos posibles del mundo ordinario exterior o interior, los seres, los acontecimientos, los sentimientos y los actos que, permaneciendo como son comúnmente en cuanto a sus apariencias, se encuentran repentinamente en una relación indefinible, pero maravillosamente afinada con los modos de nuestra sensibilidad general. Es decir que esas cosas y esos seres conocidos —o mejor las ideas que los representan— cambian en alguna medida de valor. Se llaman los unos a los otros, se asocian muy diferentemente a como lo hacen las formas ordinarias; se encuentran (permítanme esta expresión) musicalizados, convertidos en resonantes el uno por el otro, y casi armónicamente correspondientes. El universo poético así definido presenta grandes analogías con lo que podemos suponer del universo del sueño. Ese estado de poesía es perfectamente irregular, inconstante, involuntario, frágil, y que lo perdemos, lo mismo que lo obtenemos, por accidente. Pero ese estado no basta para hacer un poeta, como tampoco basta ver un tesoro en sueños para encontrarlo.
Un poeta —no les choquen mis palabras— no tiene como función sentir el estado poético: eso es un asunto privado. Tiene como función crearlo en los otros. Se reconoce al poeta —o al menos cada uno reconoce al suyo— por el simple hecho de que convierte al lector en “inspirado” (p. 79-80 y 86).
(Valéry, Paul. Teoría poética y estética. T. Carmen Santos. Madrid: Visor, 1990).

Octavio Paz (de El arco y la lira)

Cada vez que el lector revive de veras el poema, accede a un estado que podemos llamar poético. La experiencia puede adoptar esta o aquella forma, pero es siempre un ir más allá de sí, un romper los muros temporales, para ser otro. Como la creación poética, la experiencia del poema se da en la historia, es historia y, al mismo tiempo, niega a la historia. El lector lucha y muere con Héctor, duda y mata con Arjuna, reconoce las rocas natales con Odiseo. Revive una imagen, niega la sucesión, revierte el tiempo. El poema es mediación: por gracia suya, el tiempo original, padre de los tiempos, encarna en un instante. La sucesión se convierte en presente puro, manantial que se alimenta a sí mismo y trasmuta al hombre. La lectura del poema ostenta una gran semejanza con la creación poética. El poeta crea imágenes, poemas; y el poema hace al lector imagen, poema (Obras completas, I. México: FCE, 1994, p. 51).

La teoría literaria moderna: Helena Beristáin

La lengua poética, a diferencia de la referencial (cuya construcción se apega automáticamente a construcciones gramaticales), es acuñada por el poeta de manera no automatizada, no prevista, y aparece sembrada de sorpresas que constituyen otras tantas desviaciones, ya sea respecto de la lengua estándar, ya sea respecto de las convenciones aceptadas y establecidas. Ambas son formas de singularización que desautomatizan el lenguaje poético. Lo que sucede es que, cuando se produce la expresión poética, la restricción gramatical se suspende (por ejemplo, la que se refiere al orden de los componentes en el enunciado) y la norma gramatical puede transgredirse libremente (introduciendo un orden distinto, como en el hipérbaton). La lengua poética impone así sus propias restricciones, nuevas y más elásticas, que vienen a ser nuevas convenciones poéticas (Análisis e interpretación del poema lírico. México: UNAM, 1989, p. 37-38).

 

23 diciembre, 2018

Las matemáticas de la medusa


Imaginemos qué sucedería en un mundo en el que la inteligencia no fuese un atributo humano, sino exclusivo de una medusa solitaria y aislada en medio del océano Pacífico. Todo en la experiencia de dicha criatura sería continuo: desde el flujo de agua circundante hasta los cambios de temperatura y presión. Bajo tales condiciones, y en ausencia de otros objetos o cosa alguna de carácter discreto ¿surgiría el concepto de número? Si no hubiera nada que contar ¿existirían los números?

Michael Atiyah, citado por Mario Livio en “La irrazonable eficacia de las matemáticas”. Investigación y Ciencia 422, noviembre de 2011.

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17 octubre, 2018

Ignacio M. Altamirano: su proyecto nacionalista en las Revistas literarias


Félix Parra (1845-1919), Episodios de la Conquista: Matanza de Cholula, 1877. – Université Paris-Sorbonne, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=33169775

Ignacio Manuel Altamirano publicó, del 30 de julio al 4 de agosto 1868, una serie de ensayos titulados Revistas literarias en el folletín del periódico La Iberia. Estos ensayos constituyen toda una historia de la literatura mexicana, según el consenso de los historiadores y críticos de nuestras letras. He aquí la segunda entrega, en la que expone su proyecto de nacionalismo literario.
Podemos encontrar la totalidad de las Revistas literarias en la Biblioteca Virtual Antorcha.

Lo repetimos: el movimiento literario es visible. Hace algunos meses todavía, la prensa no publicaba sino escritos políticos y obras literarias extranjeras. Hoy se están publicando a un tiempo varias novelas, poesías, folletines de literatura, artículos de costumbres y estudios históricos, toda obra de jóvenes mexicanos, impulsados por el entusiasmo que cunde más cada día. El público, cansado de las áridas discusiones de política, recibe con placer estas publicaciones, las lee con avidez, las aplaude; y todo nos hace creer que dentro de poco podrá la protección pública venir en auxilio de la literatura y recompensar los afanes de los literatos, no siendo ya este trabajo estéril y sin esperanza.
Hace poco en España, rica sólo con el Quijote, no había nacido aún la novela moderna, y el teatro nada producía al poeta dramático. Los traductores de la novela o del teatro de la vecina Francia eran los únicos que podían vivir de su miserable trabajo. Hoy Fernández y González, Pérez Escrich, Fernán Caballero, Larra y Eguilaz tienen habitaciones muy diferentes del del zaquizamí de Cervantes, y reciben por sus obras sendos billetes de banco, no un puñado de reales de vellón como aquellos con que mezquinas empresas pagaban el gran ingenio de Bretón de los Herreros cuando joven (1).
¡Ojalá que en México pronto podamos decir lo mismo! Lo deseamos por el progreso de la literatura, porque es indudable que la recompensa es un estímulo para el trabajo. ¿Y por qué no ha de realizarse esta esperanza? ¿Acaso en nuestra patria no hay un campo vastísimo de que pueden sacar provecho el novelista, el historiador y el poeta para sus leyendas, sus estudios y sus epopeyas o sus dramas?
¡Oh!, si algo es rico en elementos para el literato, es este país, del mismo modo que lo es para el agricultor y para el industrial.
La historia antigua de México es una mina inagotable. Los sabios extranjeros la dirigen miradas llenas de interés, los viajeros ilustres visitan a porfía las grandiosas ruinas de Yucatán, del Palenque y de Puebla, con la misma curiosidad con que visitan las de Egipto, de la India y de Pompeya. Las páginas de Gómara, de Ixtlilxóchitl (2) y de Clavijero se traducen en todos los idiomas, y dan lugar a profundas indagaciones. Lord Kingsborugh (3) sacrificó un inmenso capital a la investigación sobre antigüedades mexicanas, siendo el resultado de ellas una obra bellísima e interesante, muy difícil de conseguir ahora. Podría hacerse una biblioteca con las publicaciones extranjeras que sobre nuestra patria aparecen cada día. Pero estos tesoros a nadie deben enriquecer más que a los historiadores mexicanos. El extranjero charlatán desnaturaliza los sucesos del pueblo azteca en ridículas leyendas, que se leen, sin embargo, con avidez en Europa. Los tres siglos de la dominación española son un manantial de leyendas poéticas y magníficas. Ahí está Cortés con sus atrevidos aventureros; ahí está Muñoz (4) con sus horcas y asesinatos; ahí está esa larga serie de virreyes, ilustres los unos y benéficos, tiránicos los otros, pero notables los más por los monumentos que dejaron.
Ahí están esos misioneros que predican y convierten a la religión de la Cruz a pueblos numerosos e idólatras; ahí están los encomenderos con sus expoliaciones y sus tremendas aventuras; ahí están esos obispos opulentos como reyes, esos conventos ricos como palacios; ahí está esa Inquisición terrible, que viene también de Europa pretendiendo “quemar las ideas” en América; ahí están esas iglesias dispersas en las campiñas y en las gargantas de las cordilleras, como castillos feudales, con almenas y aspilleras, con foso y poterna, con horca y campanario. Ahí están esos pueblecitos hermosísimos, que se cuelgan como canastillos de flores en los flancos de las montañas y en las crestas de la sierra, donde se refugiaron los tepexquis y los tlatoanis de la vencida monarquía, obstinados en no mezclarse con la raza conquistadora y en no hacer oración en los nuevos adoratorios que se levantaban sobre los escombros de sus teocallis. Allí, en esos pueblecitos, permaneció por mucho tiempo viva y venerada la religión azteca; y no seremos temerarios si aseguramos que permaneció aún oculta, secreta, pero ardiente y disimulada con las fiestas del catolicismo, tras de las cuales se esconden las solemnidades místicas de Huitzilopoxtli, de Cinanteutli y de Mitlanteutli, el Marte, la Ceres y la Proserpina de nuestros mayores (5).
¿Quién al ver los risueños lagos del Valle de México, sus volcanes poblados de fantasmas, cuyas leyendas recogen los habitantes de la falda, sus pueblos fértiles, sus encantados jardines y sus bosques seculares, por donde parecen pasearse aún las sombras de los antiguos sultanes del Anáhuac y las de sus bellas odaliscas princesas, no se ve tentado de crear la leyenda mexicana?
¿Quién no desea recoger en interesantes páginas las guerras de los indios de Yucatán, que son los Araucanos de México, (6) las tradiciones del pueblo tarasco, tan inteligente y tan poético, las terribles escenas de las fronteras del norte, en cuyos desiertos cruzan ligeras las tribus salvajes y viven sobresaltados los colonos de raza española, con el arma al brazo y librando combates espantosos cada día?
¿Pues acaso Fenimore Cooper tuvo más ricos elementos para crear la novela americana y rivalizar con Walter Scott en originalidad y en fuerza de imaginación? ¿Pues acaso el novelista escocés necesitó más que estudiar las antiguas tradiciones de la tierra de Fingal (7) para revestirlas con los mágicos colores de la fantasía y llamar la atención del mundo sobre su nebuloso país, antes tan desconocido?
Nuestras guerras de independencia son fecundas en grandes hechos y fecundos dramas. Nuestras guerras civiles son ricas de episodios, y notables por sus resultados. Las guerras civiles que han sacado a luz a tantos varones insignes y a tantos monstruos, que han producido tantas acciones ilustres y tantos crímenes, no han sido todavía recogidas por la historia ni por la leyenda.
¡Nuestra era republicana se presenta a los ojos del observador interesantísima con sus dictadores y sus víctimas, sus prisiones sombrías, sus cadalsos, su corrupción, su pueblo agitado y turbulento, sus grandezas y sus miserias, sus desengaños y sus esperanzas!
¿Y el último Imperio? ¿Pues se quiere además de las guerras de nuestra independencia un asunto mejor para la epopeya? ¡El vástago de una familia de Césares, apoyado por los primeros ejércitos del mundo, esclavizando a este pueblo! ¡Este pueblo mísero y despreciado, levantándose poderoso y enérgico, sin auxilio, sin dirección y sin elementos, despedazando el trono para levantar con sus restos un cadalso, al que hace subir al príncipe, víctima de su ceguedad! ¡Aquella cabeza sagrada en Europa, rodando al pie de la democracia americana, implacable con los reyes! ¡Una princesa hermosa y altiva, loca en su castillo solitario, de donde su esposo partió en medio de aclamaciones, y a donde no volverá jamás!…
Y luego aquel sitio de Querétaro tan grandioso y tan sangriento, aquellos sitiados tan valientes, aquellos sitiadores tan esforzados, aquel monarca tan bravo y tan digno como guerrero, así como fue tan ciego como político; aquella tragedia del cerro de las Campanas; todo eso que irá tomando a nuestra vista formas colosales a medida que se aleje: ¿qué asunto mejor para el historiador, para el novelista y para el poeta épico? ¿Pues necesitan nuestros jóvenes literatos otra cosa que voluntad y consagración, puesto que talento no les falta, ni se atreven a negárselo a los mexicanos su más encarnizados enemigos?
En cuanto a la novela nacional, a la novela mexicana, con su color americano propio, nacerá bella, interesante, maravillosa. Mientras que nos limitemos a imitar la novela francesa, cuya forma es inadaptable a nuestras costumbres y a nuestro modo de ser, no haremos sino pálidas y mezquinas imitaciones, así como no hemos producido más que cantos débiles imitando a los trovadores españoles y a los poetas ingleses y a los franceses. La poesía y la novela mexicanas deben ser vírgenes, vigorosas, originales, como los son nuestro suelo, nuestras montañas, nuestra vegetación.
Juan Carlos Gómez, José Mármol, Rivera Indarte, Esteban Echeverría, a quien llaman en Francia el Lamartine del Plata, Arboleda, Pombo, (8) por eso impresionan tanto. Cantan su América del Sur, su hermosa virgen morena, de ojos de gacela y de cabellera salvaje. No hacen de ella una dama española de mantilla, ni una entretenue francesa envuelta en encajes de Flandes (9).
¡Esos poetas cantan sus Andes, su Plata, su Magdalena, su Apurímac, sus pampas, sus gauchos, sus pichireyes; (10) transportan a uno bajo la sombra de su ombú, o al pie de las ruinas de sus templos del sol, o al borde de sus pavorosos abismos, o al fondo de sus bosques inmensos; y le muestran sus gigantescos árboles, sus prodigiosas flores, o le hacen asistir a sus heroicas guerras, escuchar el rugido de sus fieras terribles, adormecerse a los cantos de sus mujeres lánguidas y ardientes, y delirar con sus amores frenéticos, y amar su libertad, y meditar a orillas de sus mares, y suspirar debajo de su cielo!
Nosotros todavía tenemos mucho apego a esa literatura hermafrodita que se ha formado de la mezcla monstruosa de las escuelas española y francesa en que hemos aprendido, y que sólo será bastante a expulsar y extinguir la poderosa e invencible sátira de Ramírez, que él sí es tan original y tan consumado como habrá pocos en el Nuevo Continente.
No negamos la gran utilidad de estudiar todas las escuelas literarias del mundo civilizado; seríamos incapaces de este desatino, nosotros que adoramos los recuerdos clásicos de Grecia y de Roma, nosotros que meditamos sobre los libros del Dante y de Shakespeare, que admiramos la escuela alemana y que desearíamos ser dignos de hablar la lengua de Cervantes y de fray Luis de León. No: al contrario, creemos que estos estudios son indispensables; pero deseamos que se cree una literatura absolutamente nuestra, como todos los pueblos tienen, los cuales también estudian los monumentos de los otros, pero no fundan su orgullo en imitarlos servilmente.
Por otra parte, la literatura tendrá hoy una misión patriótica del más alto interés, y justamente es la época de hacerse útil cumpliendo con ella.
Nuestra última guerra ha hecho atraer sobre nosotros las miradas del mundo civilizado. Se desea conocer a este pueblo singular, que tantas y tan codiciadas riquezas encierra, que no ha podido ser domado por las fuerzas europeas, que viviendo en medio de constantes agitaciones no ha perdido ni su vigor ni su fe. Se quiere conocer su historia, sus costumbres públicas, su vida íntima, sus virtudes y sus vicios; y por eso se devora todo cuanto extranjeros ignorantes y apasionados cuentan en Europa, disfrazando sus mentiras con el ropaje seductor de la leyenda y de las impresiones de viaje. Corremos el peligro de que se nos crea tales como se nos pinta, si nosotros no tomamos el pincel y decimos al mundo: “Así somos en México”.
Hasta ahora aquellos pueblos no han visto más que las páginas muy atrasadas de Tomás Gage (11) o los estudios del barón de Humboldt, muy buenos ciertamente, pero que no pudieron ser hechos sino sobre un pueblo esclavizado todavía. Además, el ilustre sabio daba mayor importancia a sus indagaciones científicas que a sus retratos morales.
Después de él, casi todos los viajeros nos han calumniado, desde Lovenstern y la señora Calderón, (12) hasta los escritores y escritoras de la corte de Maximiliano, que especulan con la curiosidad pública, vendiéndola sus sátiras menipeas contra nosotros (13).
Es la ocasión, pues, de hacer de la bella literatura un arma de defensa. Hay campo, hay riquezas, hay tiempo, es preciso que haya voluntad. Talentos hay en nuestra patria que pueden rivalizar con los que brillan en el Viejo Mundo.
Cultivar pueden todos los géneros. Pulsarán con éxito desde la lira de Homero hasta el laúd de los trovadores; manejarán victoriosamente desde el buril de diamante de Tácito y de Jenofonte, hasta la pluma ligera y traviesa de Addison y de “Fígaro” (14). Todo es accesible al genio mexicano.
La reunión que asiste a las Veladas Literarias (15) es el apostolado del porvenir. Allí se escucha el acento sublime de la oda, la voz vibrante del canto guerrero, las suspicaces notas de la trova amorosa, la voz risueña de la burla. Allí la sátira habla su lenguaje pulsador y tremendo, la crítica analiza los monumentos literarios de las naciones extrañas, la novela y la leyenda arrebatan la imaginación. La gloria espía sonriendo a la juventud, señalándola el cielo. La literatura mexicana no puede morir ya. De ese santuario saldrán de nuevo otros profetas de civilización y de progreso, que acabarán la obra de sus predecesores. Entonces los patriarcas de la primera generación, inclinaos por el peso de una vejez ilustre, irán a dormir as sus tumbas tranquilos, porque dejan en su patria discípulos dignos que los recordarán con lágrimas y que les tributarán el culto más grato para ellos… la imitación de sus trabajos y de sus virtudes.

10 octubre, 2018

De nuestros románticos: un cuento de Payno y un artículo de Ramírez


Textos para Mexicana de los Siglos XVIII-XIX:

El Diablo y la monja de Payno (cuento completo)

I Ramirez – la desespañolizacion

El cuento de Manuel Payno me fue amablemente facilitado por el profesor Alejandro Vera, compañero de la Facultad de Filosofía y Letras. El artículo de Ignacio Ramírez procede de la edición de sus obras (México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 1889) digitalizado en la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas.

22 agosto, 2018

José A. de Alzate (1737-1799): algunos textos


Observaciones: Todos los números de página remiten a: Alzate y Ramírez, José Antonio de. Obras – I: Periódicos. Ed. Roberto Moreno. México: UNAM, 1980.
No transcribo las notas del autor ni del editor. Yo elaboré algunas, que se hallan en otra entrada. Sigan los vínculos de las llamadas.
(Sobre los “cuomodos y posibilidades”, claramente se trata de términos pertenecientes a la escolástica. Parece que se impone hacer una visita a las bibliotecas para buscar una buena enciclopedia de filosofía).

Optimismo ilustrado

¿Habrá quien se atreva a negar que las ciencias en los últimos años del siglo pasado y en lo que corre del nuestro, siglo verdaderamente de las luces, han tomado otro semblante? De embarazosas, caprichosas y enemigas del buen empleo del precioso veloz tiempo, se han convertido en deleitosas, metódicas (gracias al genio geómetra, que, sin sentir, se ha introducido en todas las facultades) y lo que es más, se conoce ya el camino seguro por donde deben conducirse, abandonadas ya aquellas veredas abismosas que conducían a un laberinto inexplicable (1) […].
La filosofía, antes tan espinosa y llena de palabras sin sentido y de cuestiones ociosas, está reducida a su verdadero fin. La lógica, restringida a sólo lo que en ella se conoce de útil. La física, con los instrumentos en mano, averigua la naturaleza con descubrimientos que nuestros mayores hubieran reputado por mágicos. Finalmente, la metafísica está redimida de tantos grillos y prisiones, cuales eran los cuomodos y posibilidades.
La medicina, aquella facultad tan preciosa a la humanidad cuando se maneja con sindéresis, estriba en el día en sus dos polos, la física y anatomía, sirviéndola de brújula la observación, habiendo los reformadores de ella desterrado los sistemas a los países de la imaginación (2). Lo mucho que ha avanzado la química, botánica, cirugía y anatomía, hermanas inseparables de la medicina, lo testifican bien los descubrimientos importantes que continuamente se publican en Europa.
Las matemáticas, que en tiempos anteriores estaban reputadas por mera diversión, han hecho servicios importantes a la sociedad, luego que fueron patrocinadas por quienes conocieron su utilidad.
La reforma se ha extendido también a la historia, teatro, poesía, educación de la juventud, etc. La primera se trata al presente con el método que se debe: una simple narración de los hechos y un estilo naturalmente hermoso prepondera a aquellas digresiones importunas, paralelos de hechos afectados y extravagantes, acasos misteriosos y circunstanciados.
El teatro, que contra su primera institución estaba reducido a escuela de las pasiones, goza al presente, manejado por los anatómicos del corazón humano, el ser una mera diversión, caso que no llegue a ser correctivo de nuestras flaquezas; aquellos poetas hiperbólicos y ridículos afectados que tanto lucieron en sus tiempos, se han extinguido cuando los verdaderos discípulos de Apolo reconocieron el camino que debía conducirlos al Parnaso.
Para la educación de la juventud se han publicado muy excelentes métodos, con los cuales se hace mucho progreso en breve tiempo y se evita aquella aridez que convertía en espinas las que son verdaderamente rosas. No sólo las ciencias; las artes han logrado sus mejoras, luego que los sabios unidos a los artistas han corregido lo que éstos ejecutaban sin más maestro que una práctica ciega.
Expuesta ya esta breve reforma, que con tanta felicidad vemos ejecutada en el imperio de las letras, propondré el método al que me ceñiré en los papeles que publicare.
Todo lo que me pareciere redundar en utilidad pública, impreso en idioma extranjero, lo comunicaré a la patria en extracto, o como me pareciere más conveniente. Aquellos manuscritos que llegasen a mis manos, y que su desgracia tiene sepultados en el polvo del olvido, si fueren cortos lograré el mérito en su edición; si no admitieren extracto, daré tan solamente una idea ligera, para que sus autores logren en parte el premio debido a sus fatigas. Las personas que gustaren enviarme algunas memorias útiles, las publicaré en su nombre. Si su modestia quisiere mantenerlos disfrazados, esté seguro que me aproveche de su trabajo. Mi genio no puede acomodarse ni ha hecho la prueba de ladearse con el plagio; en asuntos políticos guardaré el silencio que por obligación compete al súbdito (p. 63-65; de “Prólogo e idea general de esta obra”, en Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 26 de octubre de 1772).

Un terremoto: crónica y perspectiva científica

[El terremoto] comenzó a las seis y media de la mañana, poco antes o después, según la variedad de opiniones. Los primeros movimientos fueron lentos; pero los que sucedieron, tan terribles, que no se conserva memoria de que otro igual haya acontecido en esta ciudad, lo que se manifiesta con haberse vaciado las fuentes casi hasta la mitad. El terremoto siguió en su movimiento dos direcciones contrarias, lo que se verifica con haber parado dos relojes, cuyos péndulos se movían en direcciones contrarias, la una de norte a sur, la otra de oriente a poniente. Si los movimientos hubieran sido solamente de norte a sur, no hubiera parado el que seguía el mismo movimiento.
Otra prueba se puede tomar, de haberse hecho pedazos unos con otros los candiles o arañas de cristal de las capillas de Nuestra Señora de Loreto de la iglesia de San Agustín, y los del convento de San Francisco en la de San Antonio. Los de la primera estaban de norte a sur, y los de la otra, de oriente a poniente. Es verdad que el mayor número de bamboleos fueron de norte a sur, lo que parece depende de la dirección de las montañas, de que antes hablamos.
Otro movimiento se observó, que fue como de elevación, lo que parece dependió de la entumecencia de la tierra, causada por la acción del fuego subterráneo; y a esto se puede atribuir el haberse hendido la tierra en michos parajes de esta ciudad.
El tiempo que duró el terremoto es difícil de asignar; pero parece pasó de siete minutos; algunos dicen tan solamente cinco; otros se extienden a un cuarto de hora, pero es exageración. A las ocho y media repitió ligeramente; y según algunos, se anunció el día treinta de marzo a las cuatro y media de la mañana, y el tres de abril a las ocho poco más de la noche.
Los efectos son más para sentidos que para referidos; no hay edificio grande o pequeño que no demuestre las señales del día cuatro de abril […].
Muchas personas tendrán a impiedad el ver que asigno causa física al terremoto; a los que les advierto reconozcan primero las obras del señor Benedicto XIV, principalmente en el libro cuarto del Beatificatione sanctorum […]; no puedo omitir las palabras del ilustrísimo peruano el señor Villarroel, quien en el tomo 2 de su Gobierno eclesiástico […] dice: “Los terremotos no siempre son castigos de los pueblos” […].
Si hay algunos anuncios para los terremotos, son con tanta inmediación que es imposible estén sujetos a los astrólogos y es atrevimiento el quererse valer de la credulidad del vulgo para adivinar lo que no entienden; si alguna vez por contingencia han atinado, es a fuerza de errar; es muy difícil que un ciego que dispare cien tiros hacia un blanco deje de dar con alguno […]. Me es preciso hablar un poco del sistema que atribuye a la electricidad ser causa de los temblores… (p. 38-41; de “Observaciones físicas sobre el terremoto acaecido el cuatro de abril del presente año”, Diario Literario de México, 26 de abril de 1768).

Alzate naturalista

El algodón se divide en varias especies; las más conocidas son el algodón herbáceo, xilon herbaceum, y es el más común; ésta es una planta pequeña; las otras llegan a formar árboles, y es a la que los botánicos llaman xilon arboreum.(3) El algodón árbol crece, según los padres Dutertre, Labat y monsieur Fresier, hasta tener de alto tres varas y media y formar una bella copa. Su tronco es grueso como un muslo; sus hojas se dividen en tres, y están colocadas con alternación. Su flor es amarilla, monopétala, a manera de campana, hendida en cinco o seis partes; a las flores sucede un capullo del tamaño de una nuez, dividido en pequeñas cavidades, las que contienen los huesos y filamentos. Este fruto se abre por sí, por lo que es necesario tener mucho cuidado para cogerlo con prontitud, por lo que pueden lastimarlo las lluvias y polvo (p. 69; De “Descripción de una máquina muy sencilla y muy útil para deshuesar el algodón”, Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 2 de noviembre de 1772).

Agricultura y prosperidad pública

La agricultura, tan necesaria en la vida, no necesita de encomios para exaltarla; todos conocemos las grandes ventajas que la recomiendan y la necesidad que hay de practicarla. Ella es como un pingüe mayorazgo, que con los frutos que produce recompensa sobradamente el trabajo que se expende en su conservación y aumento. Los países en que florece tienen un tesoro constante y muy superior a los minerales, en cuanto éstos dependen de la naturaleza y aquéllos de la industria.
Si la fertilidad tuviera voces, cómo se explicaría con muchos habitantes de América, pues olvidando el que pueden ser ricos, o a lo menos pasar la vida con descanso, miran los campos fértiles que los rodean como si fueran arenales de la Libia; y contentos con un corto alimento que adquieren con poco trabajo, dejan a las campiñas y bosques producir malezas y ser el abrigo de fieras y animales incómodos.
¿No es compasión que en millares de leguas cuadradas que tiene esta Nueva España en las costas del Mar del Sur, tan propias para el cultivo del cacao, se hallen infructíferas por nuestro descuido? ¿Y que en ellas sólo permanezcan algunos rastros para demostrar que nuestros mayores fueron más laboriosos? En los contornos de Colima y Zacatula aún se ven algunos árboles de cacao que permanecen, más por la fertilidad de la tierra que por la industria de los habitantes […].
Es constante que el uso del chocolate se va cada día propagando en Europa; ¿qué beneficio no redundaría al comercio de ambas Españas si el ramo del cacao no estuviera abandonado? La extracción de este género sería competente, porque el que se da en las provincias donde se cultiva aún no es suficiente para el consumo. Esto es lo que me ha movido a exponer la presente memoria, por si alguno quisiera valerse de mi trabajo (p. 44-45; “Memoria sobre el beneficio y cultivo del cacao”, Diario Literario de México, 4 de mayo de 1768).

Observador de la naturaleza y participante de los debates públicos

El abuso de los pipiltzintzintlis es una de aquellas reliquias del gentilismo que se conservan entre algunos de los indios; así lo expresan los edictos publicados por los prelados de este reino, y últimamente el del año 1769, en el cual se encarga a los párrocos empleen todo su anhelo para desarraigar esta superstición en que va de por medio la salud espiritual de los indios y puede añadirse también loa temporal. Algunas observaciones y descubrimientos que se me han entrado por los ojos me proporcionan asunto para la presente memoria, por la gran utilidad que puede resultar. La superstición de los indios, en el uso de los pipiltzintzintlis, se reduce a tomar ciertas semillas, creyendo que por su medio adivinan y tiene mil raptos, en los cuales se les manifiestan las cosas más recónditas, con otras particularidades procedidas según su ignorancia y malicia. Los efectos que en ellos producen son espantosos: unos manifiestan una alegría ridícula, otros permanecen por algún tiempo estúpidos, otros, y esto es lo más común, representan vivamente a un furioso; y todos estos efectos los creen muchos de ellos como sucedidos por la mediación del demonio.
¿Qué cosa son los pipiltzintzintlis? ¿Su efecto es natural o preternatural?(4) A lo primero, satisfago con la experiencia: habrá como diez años que la casualidad me proporcionó la ocasión del desengaño; conseguí una pequeña cantidad de dichos pipiltzintzintlis, la que se componía de una mezcla de semillas y yerbas secas; a la primera vista luego reconocí no eran otra cosa que las hojas y semillas del cáñamo; advertencia que tuve al punto, por haber visto antes en un jardín las plantas del cáñamo. No obstante ésta que para mí era una demostración, en primera ocasión y para quedar del todo convencido, sembré aquellas semillas con toda la precaución posible y logré unas plantas de cáñamo, lo mismo que el de Europa, las que los indios, reconociendo por pipiltzintzintlis, fue necesario arrancar las plantas luego que comenzaron a madurarse las semillas por cuanto procuraban pillar toda la que podían.
[…] Demostrado ya que los pipiltzintzintlis no son otra cosa que el cáñamo, me resta satisfacer a la segunda pregunta, lo que voy a ejecutar, advirtiendo, lo primero, no ser solos los indios de la Nueva España los que practican el uso interior de la semilla y hojas del cáñamo para sus visiones extravagantes. Lo segundo, que los efectos observado en los que usan interiormente del cáñamo o pipiltzintzintli por lo regular son naturales. Para lo primero, es muy útil lo que dice monsieur Petit, en su disertación sobre el nepenthes(5) de Homero, impresa en 1689 […]: “Entre las drogas (dice) que tienen este uso los egipcios se sirven también de otra composición, a la que llaman asís; éstos son unos polvos compuestos de hojas de cáñamo, las que amasan mezclándole agua y formando unas píldoras cuando quieren olvidarse de sus melarquías,(6) de sus cuidados, y procurando su alegría; esta droga que los embriaga al punto, les hace poco tiempo después pasar a una especie de rapto o sueño estático, durante el cual ven las cosas más agradables del mundo: los bosques, las fuentes, los prados o jardines, adornados de las más bellas flores […].”
Igual noticia nos presenta el célebre Valmont de Bomare en su Diccionario universal de historia natural, etc., impreso en París en 1767, en la palabra chambre, cáñamo […]: “Las hojas de cáñamo parecen contener una virtud que embriaga y adormece […]”.
El testimonio de monsieur Valmont es de mucho peso. ¿A quién otro que a un naturalista se debe creer sobre las virtudes que contienen las producciones de la naturaleza? Según lo que refiere, el cáñamo es narcótico, y por consiguiente sus efectos son naturales, con que no es mucho que los indios que lo toman padezcan un trastorno de cerebro, por un efecto muy natural.
Temeridad sería afirmar que en algunas ocasiones los efectos del cáñamo en los indios no sean coadyuvados por el espíritu de las tinieblas […]; pero por lo regular, debemos confesar que en los más los efectos y visiones son puramente naturales. La piedad, la razón y la crítica nos dictan que no debemos reputar por preternatural todo aquello que no se extiende fuera de los límites de la naturaleza (p. 76-80; de la memoria sobre el uso sobre el uso que hacen los indios de los pipiltzintzintlis, en Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 9 de noviembre de 1772).

Participemos en el progreso universal

Entre algunas advertencias que se han hecho acerca de mis Asuntos […] es la de culparme de muy poseído de aquel espíritu que llaman extranjerismo; acusación que debo rechazar, manifestando mi modo de pensar. Siempre me gloriaré de haber nacido y ser vasallo español: tiene esta nación tan sobrados méritos para su gloria, que sólo la profunda ignorancia o ridícula preocupación pueden tener ánimo para calumniarla. ¿Quién ignora que la nación española ha campeado en todas las líneas en los dilatados climas de la tierra? ¿Habrá nación que se le compare en sus empresas? ¿No es ella la primera que midió a pasos contados la dilatada redondez de la tierra? ¿En los estrépitos de Marte, no ha mostrado un valor invencible? […]
¿Acaso esto que llevo dicho impide el que no nos valgamos de lo bueno que produjeron las otras naciones? De ninguna manera. Las ciencias no afectan patria; las naciones cambian sus conocimientos y ésta es la práctica de todos los tiempos. ¿Los romanos no enviaron a Grecia por las leyes de las doce tablas? […] Finalmente ¿Concina, Fleury, Bossuet y otros muchos son españoles? Con todo, vemos la prontitud con que han sido vertidos a nuestro idioma; esto es lo único que yo ejecuto para el bien de mi nación […]. La culpa que en mí se hallare se le deberá imputar a Feijoo y a los demás escritores españoles de estos últimos tiempos; y advierto que si los extranjeros, según dice, nos han aventajado en el estudio de las ciencias naturales, la España en el siglo décimo sexto era la maestra de las demás naciones. El cardenal Jiménez de Cisneros, con su impresión de la Biblia Políglota, los Nebrijas, los Vives […] son los héroes de la literatura de aquel siglo.
¿Será cierto, según dice un político, pero algo visionario, que los sabios y las ciencias se pasarán a la América, abandonando la Europa? Creo que en ésta no se volverá a experimentar aquella barbarie de los siglos décimo y undécimo, y que la América […] conservará el título de sabia que hasta aquí ha poseído legítimamente; y en lo venidero coadyuvará para los nuevos descubrimientos que tanto se desean en favor de la humanidad (p. 132-135; de una refutación a las críticas hechas a Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 28 de diciembre de 1772).

Orgullo por Nueva España y los novohispanos

Mediré por un ensayo mis fuerzas para ver si puedo proponer alguna idea en que demuestre que los mineros de Nueva España poseen mayores conocimientos que los alemanes. […] Si a un minero alemán se le propone rompa un peñasco sin usar de pólvora, responderá acaso ignora la maniobra; pero un minero de Nueva España formará un taladro en el peñasco, y después atacará con un trapo o con yerbas, y el aire, en virtud de su elasticidad, romperá el peñasco; esta operación, inconocida a los físicos de Europa, aquí es tan vulgar que, en las inmediaciones de México, los que extraen en los Remedios la piedra para fabricar edificios acostumbran este método; así desprenden piedras de mucho volumen los canteros, y al metal los infelices barreteros que no tienen con qué comprar pólvora.
[…] ¿Piensa vuestra merced que nuestros mineros conocen el nombre de Euclides o que tienen alguna idea de triángulos, círculos, etcétera? No obstante, saben (no sé el cómo) ejecutar tiros, socavones y lumbreras capaces de confundir al más ingenioso geómetra; es cierto que muchas operaciones les resultan falsas; pero en lo general, por ciertas combinaciones que ignoramos, pero que prueban el imperio del alma racional, dirigen las operaciones de forma que consiguen conducirse al punto que se encaminan sus ideas […]. Si las hormigas saben fabricar los tiros y socavones necesarios a su destino ¿el hombre adornado de la alma inmortal no podrá ejecutar empresas de mayor orden? Si lograse proporción para imprimir lo que he visto en muchos reales de minas, después de haber caminado más de tres mil leguas, habría materia suficiente para manifestar que los sujetos destinados para aprender la mineralogía deberían, abandonando la Alemania y Suecia, encaminarse a Nueva España, en la que hallarían mucho que observar y muchísimo que aprender (p. 231-233; en la continuación de la “Carta a don N. sobre el estado ventajoso en que se halla la práctica de la minería en Nueva España”, Observaciones sobre la Física, Historia Natural y Artes Útiles, 30 de octubre de 1787).

29 noviembre, 2017

Sobre el krausismo (de un libro de Joaquín Xirau)


Presentar al krausismo es cosa difícil. Se debe incluir la exposición de un sistema filosófico, semblanzas y anécdotas de sus grandes personalidades, enumerar las instituciones fundadas o transformadas por ese movimiento, etc.
Es difícil, por lo tanto, apoyarse en una sola fuente para preparar una entrada breve, concisa e informativa. Una lista de alumnos, colaboradores y amigos de la Institución Libre de Enseñanza incluye a personajes tan variados como Leopoldo Alas Clarín, Manuel Azaña, el prehistoriador Pedro Bosch Gimpera, Manuel de Falla, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, María Moliner, el premio Nobel de Medicina Severo Ochoa, Eugenio d’Ors, José Ortega y Gasset, Alfonso Reyes, Pedro Salinas, Luis Simarro, Miguel de Unamuno, María Zambrano…
La forma en que éstos se relacionan con el movimiento krausista es muy variada. Consideremos a dos poetas más que mayores, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Ambos se consideran discípulos de Francisco Giner de los Ríos. El primero fue alumno de la Institución Libre de Enseñanza; el segundo, no. Pero Juan Ramón fue tratado por el distinguido psiquiatra Luis Simarro, cuya casa era frecuentada por Giner. Y allí Juan Ramón Jiménez conoció y trató largamente con Giner.  Los remito a este artículo de Juan Domingo Argüelles: http://semanal.jornada.com.mx/2017/09/10/juan-ramon-jimenez-en-el-centenario-de-platero-y-yo-1209.html.

El krausismo no fue sólo un sistema filosófico […]. Fue más bien una disciplina, una actitud integral de la vida. A ninguna idea se oponía si era sincera y claramente pensada. Abominaba sólo de los restos opacos y aniquilados de la escolástica decadente dominante en casi todos los centros de educación y les oponía la libertad de investigación, la gozosa preocupación por los problemas y realidades vivas. Muchos de los elementos de aquel círculo no aceptaban el krausismo en su contenido doctrinal y el número de discrepantes fue cada día más numeroso. Su espíritu, empero –el método, la actitud, la libertas de pensamiento y de investigación– era aceptado por todos. En este sentido puede decirse que todos los hombres de la España moderna pertenecen en una u otra forma al “krausismo” (18).
Todo esto es perfectamente normal. […] Pero la España de la época era todo lo contrario de un país en estado normal. Se hallaba alejada del pensamiento filosófico y de la investigación científica, cerrada a la obra entera del espíritu creador (19).
Se trataba de renovar el viejo espíritu. No de destruirlo. […] Difícilmente se hallaría una concepción que con menos dificultad se conformara con los anhelos morales, políticos y religiosos de la tradición española. La filosofía del derecho, estrechamente vinculada a la ética y a la educación de la humanidad, se sitúa en primer término. La comunidad humana forma una totalidad orgánica con la imagen del Ser divino, y la ley –la ley moral, la norma jurídica y su incorporación personal mediante la acción educadora– es la forma inmanente bajo la cual se desarrolla la vida entera de esa comunidad divina y humana (22).
Las doctrinas de Sanz del Río [introductor del krausismo en España] y de su círculo no tardaron en repercutir en la marcha de los acontecimientos políticos y sociales de España. Los hombres más eminentes de la literatura y de la política se pusieron en contacto con ellos. La España oficial, decadente y corrompida, sintió pronto su presencia como una amenaza “revolucionaria”. La doctrina de Sanz del Río es acusada de panteísta. Uno de sus libros es incluido en el Índice [de libros prohibidos de la Iglesia Católica]. Los periódicos reaccionarios piden su expulsión de la Universidad. Se promueven amplios debates en el parlamento (23).
La Institución [Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos y los demás krausistas, tras ser despojados de sus cátedras y luego encarcelados,] fue desde el primer momento una organización de reforma pedagógica. Siendo la mayoría de sus fundadores profesores de las ramas superiores de la educación, natural era que en un comienzo se limitara a ser una especie de universidad libre. […] No tardaron sin embargo en advertir Giner y sus colaboradores la necesidad de organizar clases preparatorias de segunda enseñanza y qe no era posible obtener la reforma que se proponían sin partir de las primeras edades de la infancia. […] Así, la Institución se transforma en una escuela completa de unos doscientos muchachos que comprenden todos los grados de la educación, desde el jardín de niños hasta la universidad (36).
[Transcripción de los Principios pedagógicos de la Institución (1908), de Manuel B. Cossío:] “Trabajo intelectual sobrio e intenso, juego corporal al aire libre, larga y frecuente intimidad con la Naturaleza y con el Arte, absoluta protesta, en cuanto a disciplina moral y vigilancia, contra el sistema corruptor de exámenes, de emulación, de premios y castigos […]; vida de relaciones familiares, de mutuo abandono y confianza entre los maestros y los alumnos; intima y constante acción personal de los espíritus, son las aspiraciones ideales y prácticas a que la Institución encomienda su obra” (38-39).

Joaquín Xirau. Manuel Bartolomé Cossío y la educación en España. Barcelona: Ariel, 1969. 1a. ed: El Colegio de México, 1945.

22 marzo, 2017

La poesía pura en Edgar Allan Poe


De Filosofía de la composición

El placer que a la vez es el más intenso, el más elevado y el más puro, se encuentra, según creo, en la contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de Belleza quieren significar no precisamente una cualidad, como en general se cree, sino un efecto. Para expresarlo en pocas palabras, se refieren a la elevación intensa y pura del almano a la del intelecto o a la del corazón– que ya he comentado y que se experimenta como consecuencia de la contemplación de lo “bello”. Ahora bien, designo a la Belleza como provincia del poema simplemente porque es una regla evidente del arte que los efectos deben surgir de causas directas; que el objeto debe alcanzarse recurriendo a los medios mejor adaptados para su consecución; y nadie ha sido todavía lo suficientemente débil como para negar que la elevación particular aludida se logra más fácilmente en el poemas. Ahora bien, el objeto Verdad, o la satisfacción del intelecto, y el objeto Pasión, o la exaltación del corazón, pueden ser alcanzados, hasta cierto punto, mucho más fácilmente en el dominio de la poesía que en el de la prosa. De hecho la Verdad exige cierta precisión, y la pasión cierta sencillez (los verdaderos apasionados me comprenderán), que son absolutamente antagónicas a esa Belleza que, lo sostengo, es la exaltación o la elevación gozosa del alma. De ninguna manera ha de inferirse, partiendo de lo que acabo de decir, que la pasión, o aun la verdad, puedan no ser introducidas ventajosamente en un poema, ya que suelen servir para la elucidación o bien ayudan al efecto general, tal como las discordancias en la música: por contraste. Pero el verdadero artista tratará siempre de subordinarlas, en primer lugar, al fin predominante, y, en segundo lugar, de ordenarlas, en todo lo posible, de esa Belleza que es la atmósfera y la esencia del poema. (T. de Carlos María Reylés, en E. A. Poe, La filosofía de la composición seguida de El cuervo. México: Fontamara, 2011, p.14-15. Original inglés, aquí).

De El principio poético

Tenemos aún una sed insaciable para aliviar la cual nos han mostrado las fuentes de cristal. Esta sed pertenece a la inmortalidad del hombre, a la vez una consecuencia y una señal de su existencia perenne. Es el deseo de la mariposa nocturna por alcanzar la estrella. No es una mera apreciación de la belleza ante nosotros sino un esfuerzo salvaje por alcanzar la belleza en lo alto. Inspirados por una presciencia extática de las glorias más allá de la tumba, luchamos por medio de combinaciones multiformes entre las cosas y los pensamientos del tiempo, para alcanzar una parte de esa belleza, cuyos elementos mismos tal vez pertenecen sólo a la eternidad. Y así, cuando por la poesía, o cuando por la música -el más cautivador de los modos poéticos-, nos encontramos deshechos en lágrimas, las vertemos, no como supone el abate Gravina, por exceso de placer, sino por cierta malhumorada e impaciente tristeza ante nuestra inhabilidad para captar ahora, enteramente, aquí en la Tierra y de una vez para siempre, esos goces divinos y extáticos, de los cuales, a través del poema o a través de la música logramos captar sólo unos breves e indeterminados vislumbres (traducción al español en la biblioteca digital del CCH; versión original, aquí).

15 marzo, 2017

Fragmentos de “1915” de Manuel Gómez Morín


Nota: Los autores que emplean el enfoque generacional para estudiar la historia de México (sobre todo, la historia cultural), suelen discernir una generación de personajes que empezaron a actuar y a distinguirse en los años finales de la Revolución. En particular, Enrique Krauze (1) propone una generación formada por los nacidos entre 1891 y 1905, signada por la voluntad y la necesidad de fundar o refundarlo todo en nuestro país, después de la aniquilación del pasado porfiriano por la obra guerrera de los revolucionarios. Los caracteriza la coexistencia de un generoso entusiasmo cívico, impregnado de espiritualismo (y a veces religiosidad), y una voluntad de rigor técnico para concretar dicho impulso en realizaciones concretas: instituciones oficiales y no oficiales, culturales y políticas, disciplinas artísticas y cognoscitivas. Incluye en esta generación al grupo de los Contemporáneos.
De éstos (como lo hace notar Sheridan en Los Contemporáneos ayer), la promoción más joven (Cuesta, Villaurrutia, etc.) manifiesta solamente la voluntad de rigor (en su caso, intelectual y estético), y sustituye el entusiasmo por el escepticismo y el desapego. En cambio, los mayores, como Pellicer y Torres Bodet, presentan ambas características. Para poder situar en su contexto esa forma de “ser en el mundo” (de ser en el mundo mexicano) he elegido algunos, bien conocidos, pasajes del ensayo 1915 de Manuel Gómez Morín. Publicado en 1927, representa un esfuerzo de auto interpretación, a la que añade una serie de propuestas que llevarán, años después, a la fundación del Partido Acción Nacional.
De todo esto, sólo nos interesa el esfuerzo por comprender qué era su generación. Recomiendo sobre todo leerlo entre líneas, distanciados, con un poco de “hermenéutica de la sospecha” (cuando se ejerce el pensamiento crítico, la sospecha es la actitud de verdadero respeto).

(Tomado de Manuel Gómez Morín, 1915 y otros ensayos. México: Jus, 1973. 2a. ed.)

En torno del maestro [Antonio Caso] se formó pronto otro grupo, ya no organizado como el Ateneo, ni siquiera conocido, sino disperso; integrado por los discípulos directos de Caso o de Pedro Henríquez, por los que la Revolución había agitado ya y buscaban en el pensamiento un refugio, una explicación o una justificación de lo que entonces acontecía.
En el inolvidable curso de estética, de Altos Estudios,(2) y en las conferencias sobre el cristianismo, en la Universidad Popular,(3) estaban González Martínez, y Saturnino Herrán y Ramón López Velarde y otros más jóvenes. Todos llevados allí por el mismo impulso.
En esos días Caso labraba su obra de maestro abriendo ventanas espirituales, imponiendo la supremacía del pensamiento y, con ese anticipo de visión propia del arte, en tono con las más hondas corrientes del momento, González Martínez recordaba el místico sentido profundo de la vida, Herrán pintaba a México, López Velarde cantaba un México que todos ignorábamos viviendo en él.
[…]
Y con optimista estupor nos dimos cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios. […]
¡Existían México y los mexicanos!
La política “colonial” del porfirismo nos había hecho olvidar esta verdad elemental. ¡Y qué riqueza de emociones, de tanteos, de esperanzas, nacieron de este descubrimiento! Sobre todo, ¡qué abismos de ignorancia de nosotros mismos se abrieron luego, incitándonos —incapacitados como estábamos a investigarlos y todos llenos del misterio— a salvarlos con el salto místico de la afirmación rotunda, de la fe en una milagrosa revelación de la confianza en nuestra recién hallada vitalidad!
Y en el año de 1915, cuando más seguro parecía el fracaso revolucionario, cuando con mayor estrépito se manifestaban los más penosos y ocultos defectos mexicanos y los hombres de la Revolución vacilaban y perdían la fe, cuando la lucha parecía estar inspirada nomás por bajos apetitos personales, empezó a señalarse una nueva orientación.
El problema agrario, tan hondo y tan propio, surgió entonces con un programa mínimo definido ya, para ser el tema central de la Revolución. El problema obrero fue formalmente inscrito, también en la bandera revolucionaria. Nació el propósito de reivindicar todo lo que pudiera pertenecernos: el petróleo y la canción, la nacionalidad y las ruinas. Y en un movimiento expansivo de vitalidad, reconocimos la substantiva unidad iberoamericana extendiendo hasta Magallanes el anhelo.
La necesidad política y el ciego impulso vital obligaron a los jefes de un bando a tolerar expresamente estos postulados que tácitamente el pueblo perseguía desde antes. El oportunismo y una profunda inspiración de algunos permitieron el feliz cambio que estos nuevos propósitos vinieron a obrar en una revuelta que para sus líderes mayores era esencialmente política.
[…] La afirmación del libre albedrío, la campaña anti-intelectualista, la postulación del desinterés como esencia de la vida y de la intuición como forma del conocimiento, la iniciación panteísta que “busca en todas las cosas un alma y un sentido ocultos”, la revelación artística inicial de insospechadas bellezas y capacidades criollas e indígenas, las penas terribles, a la grave confusión y al hondo anhelo que traían los sucesos políticos, para formar un sentimiento en que se mezclaban sin discernimiento pero con gran fuerza mística, un incipiente socialismo sentimental, universalista y humanitario, con un nacionalismo hecho solamente de atisbos y promesas, reivindicaciones de vagas aptitudes indígenas y de inmediatas riquezas materialistas; una creencia religiosa en lo popular junto con la proclamación de la superioridad del genio y del caudillo; un culto, igualmente contradictorio, de la acción, y a la vez, del misterioso e incontrolable acontecimiento que milagrosamente debe realizar el sino profundo de los pueblos y de los hombres (19-21).
[…]
Y va tomando contornos precisos una convicción intelectual que depurará las anteriores verdades provisionales.
En varias ocasiones ha parecido llegado el momento de la revelación. Así fue, por ejemplo, en 1920, cuando se inició con prestigio apostólico la obra de Vasconcelos.
La turbulencia política ha sido una causa que detiene esa revelación. Pero, en realidad, para retardar el advenimiento que esperamos, hay algo más fuerte que los acontecimientos políticos.
Es la desvinculación en que viven los que desean ese advenimiento. Dispersos en la República, ignorándose unos a otros, combatiéndose muchas veces por pequeña pasión o por diferencias verbales, hay millares de gentes -la Generación de 1915 -que tienen un mismo propósito puro, que podrían definir el inexpresado afán popular que mueve nuestra historia.
Porque realmente existe una nueva generación en México (26).

Notas

  1. V. “Cuatro estaciones de la cultura mexicana”, ensayo que se puede consultar aquí.
  2. La Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional, antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras.
  3. Movimiento impulsado por miembros de la generación ateneísta. Su propósito era difundir los bienes de la cultura en los sectores populares, por medio de conferencias, conciertos, etc.
8 febrero, 2017

Unamuno: “El ‘alma’ de Manuel Machado” (fragmentos)


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Portada de Juan Gris para la edición de 1901.

Advertencia
Por el momento, subiré al blog sólo algunos pasajes de este ensayo, a fin de concentrarnos en lo más pertinente para la próxima clase. Más tarde lo completaré. Quizá también quede a deber algunas notas para mis alumnos; como sea, nadie les cubre los ojos ni ata las manos para buscar, ya sea en la internet o en la red más antigua del mundo (los libros), aclaraciones a las citas y referencias que lo requieran.

El libro de Machado se puede leer en esta dirección: https://archive.org/details/almamuseoloscant00mach. ¡Muchas gracias a Tania Flores por el vínculo! ¡Y muchas gracias también a Ketzalli Torres, por la edición facsimilar del ensayo de Unamuno que halló en la red! Hela aquí: el-alma-de-manuel-machado.

Nota: Crítica de Miguel de Unamuno al poemario Alma, de Manuel Machado. Heraldo de Madrid, 19 de marzo de 1901. En Libros y autores españoles. Madrid: Espasa-Calpe, 1973 (Austral 1513).

[…] Hay un momento en que me revuelvo contra esta poesía, contra la poesía toda, acaso, y reniego del turrieburnismo. “Pero para este hombre –me digo– no hay patria, ni religión, ni Dios, ni hambre, ni miseria… Ante el invierno que arroja a tantos a la desesperación ¿no se le ocurre otra cosa que pedir a su amada sus labios rojos, únicas flor que en el invierno queda? Pide reunirse en familia con un libro y un fuego alegre; ¿no sería mejor que saliera a enardecer a los que ofrecen su vida a las balas sobre la nieve?” Y luego me añade con el Eclesiastés: “¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!” Y recuerdo el “la vida es sueño” y el hondo sueño de resignación de nuestro pueblo y la mansedumbre del vencido. Y vuelvo a leer “Adelfos”, la poesía que Machado me debía Apolo se la pague, y yo, hijo de la raza vasca, amigo de la montaña que hay que trepar y del océano que hay que domar con los remos o las velas, amigo del cielo gris y de la acción enérgica, releo lo que me dice este hombre de “la raza mora, vieja amiga del sol”, ese hombre de los que todo lo ganaron y todo lo perdieron, ese hombre cuya voluntad se ha muerto una noche de luna.

Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir.

¡Elegir camino! ¡Y yo que no quiero elegirlo, sino hacérmelo por la intrincada selva, por lo intransitable; camino al infinito, a lo inaccesible!

¡Ambición!, no la tengo. ¡Amor!, no lo he sentido.

¡Sin ambición ni amor!, ¿qué es esto?

…Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!

¡La pena de vivir! Sí, la pena de vivir; pero ahí está la fuente de la dicha suprema, de la dicha de la victoria, en la pena de vivir. Sin pena no quiero vida.
[…]
Mas… ¿no es esto sentimentalismo, artificio, blandenguería, molicie? Y recomienza mi lucha contra el poeta. Y el poeta, al son de su guitarra, me canta:

La prima que canta y el bordón que llora…
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.

[“Cantares”]

¡La raza mora! Pero es que la raza mora de este Machado es una raza mora que se ha bautizado en París y ha oído a Musset y a Verlaine, y en algunos de sus cantos hay dejos fatales de Leconte de Lisle, como en su “Oasis”, y de José María de Heredia, como en sus “Flores”. ¿Y qué? Todos nos buscamos a través de los demás, y no hay otro modo de llegar a encontrarse. Y él canta su canto, y hasta cuando las palabras sean de otros, es la música suya. Y muchas veces de su música surge su letra, suya.
Me escribe este moro que se va a París de nuevo. ¿No sería mejor que se volviera a su morería? Pero ¿no estará acaso en París su morería? Lo casi indudable es que su alma de moro dará mejor sus frutos fuera de su morería; fuera de ella valen los moros. Como allí, entre la morisma, todos se dejan traer y llevar por las olas, sin tomarse el trabajo de elegir su camino; creen que esto es lo universal y no sienten su valía toda; es preciso que salgan y contemplen cómo otra gente se afana por abrirse camino, y la compadezcan. La cigarra redobla a cantar cuando ve pasar a la muda hormiga cargada con su botín; fue el trajinar de Marta la que movió a María a echarse a los pies de Jesús. Sí, que se vaya a París.
Que se vaya a París a cantar antífonas a la “reina de los besos, flor de la orgía”,

amante sin amores, sonrisa loca…,

a reír juntos, mientras lloran,

hasta que se confundan en el olvido
tu hermosura podrida, mi lira rota.

[“Antífona”]

Y me digo: ¿todo esto es verdad o es un tema poético? Y ¿qué es verdad? Todo esto ¿es sincero? ¿Y qué es sinceridad? Me acuerdo de Musset. ¿Y qué derecho tenemos a dudar de la sinceridad ajena? Verdad de hoy, mentira de mañana; sinceridad de ahora, insinceridad de después. Si cuando lo cantaba lo creía, ha hecho obra incesantemente poética. Vive al último soplo de viento, al minuto, abierta el alma a las más fugitivas impresiones; ahora, creyente; luego, impío; hoy, ansiando el amor; mañana, la muerte. Así fue Verlaine, y esta impersonalidad da personalidad a su obra; fue arpa eólica, vibrante a las brisas, auras, vendavales y aquilones de la vida, eternizando lo momentáneo.
[…] ¡Qué lejos de Quintana y de sus elocuentes y enfáticas arengas rimadas! Hasta el viejo y recio romance castellano, el de los periodos anquilosados, el de los relativos y preposiciones y adverbios, parece que se disgrega y se hace más invertebrado y suelto en estos versos…

al destierro, con doce de los suyos
polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.

Un paréntesis invertebrado, que no pesa, sin lañas ni corchetes. ¿Llegaremos a hacer de esta lengua oratoria, la del amplio y ondulante período, la del así como…, así también, el sin embargo, y el en efecto, y el por lo tanto, y el entiendo, señores, y de toda clase de balancines, una lengua poética, suelta, de rápidas notaciones que se sucedan?…
Estoy pensando en esto, distraído, cuando oigo al poeta:

¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura,
hetairas y poetas somos hermanos!

[“Antífona”]

Y mientras mi Brand, el que llevo dentro, se indigna de esto, exclamo: ¡Qué atrocidad! ¡Prostitutas y poetas hermanos!… Pero al punto me acuerdo de la hetaira Magdalena, y me recojo a reflexionar ¡a reflexionar!y me digo: Sí, son hermanos hetairas y poetas, y somos hermanos todos, todos, todos; santos y criminales, héroes y viles, sabios e imbéciles; todos hermanos, todos. Y todos vendemos lo que no tiene precio, y todos damos al mundo por oro nuestros amores y nuestra poesía porque todos tenemos poesía y amor—, y en el olvido se confundirán.