Archive for ‘Mi poética’

8 agosto, 2015

Dos visiones de la poesía


(Dos visiones de la poesía.)
a) La poesía está fuera del mundo. La realidad es una ciudad sitiada por ella. El poeta es un traidor, un colaboracionista.
Por otro lado, él mismo es la ciudad y la puerta.
b) La poesía es idéntica a la realidad, sólo que vista con la visión desnuda. Escribir es retroceder a esa visión original: por elaborada que parezca (que sea, en el plano de los meros hechos), la obra es en realidad (en realidad poética) un despojamiento, simplificación, iconoclastia.
La poesía es la realidad vista con la plenitud que se gozaba antes del pecado original. Es el paraíso (en realidad, el pecado original es la tristeza con que nosotros mismos hemos enturbiado nuestra mirada). (Arthur Machen dice algo muy parecido acerca de la alquimia en uno de sus cuentos.)
Lezama (por ejemplo) es un verdadero iconoclasta, no los que andan por ahí.
Sólo por la iconoclastia se accede a las verdaderas imágenes.

7 agosto, 2015

Ser una perpetua Jericó


Si —como alguna vez lo pensé— la poesía fuera una potencia exterior a la realidad, y que la asedia, entonces habría que perder toda esperanza —porque, a veces, la poesía no viene. Sólo si fuéramos una perpetua Jericó, sólo si bastara con atrevernos a traicionarnos: sólo así habría salvación.
Pero si la poesía es la raíz, entonces hay esperanza, porque bastaría con tocarla, con mantenerse en contacto con ella.
La poesía será dios, mejor dicho, dios es la acuñación sustancialista y personificante que se ha hecho de esa vastedad interior.

26 julio, 2015

No se es poeta más que de borradores


La obra destruye al poema.
Consumada la escritura, el texto deja de formar parte de la experiencia y se aleja, se cierra, se vuelve objeto.
No se es poeta más que de borradores.
Recuperar el poema será disolver el texto en una re-experiencia.
De las obras uno es sólo escritor, literato, no en realidad poeta.
El poema inacabado (el aún poesía) forma parte de la experiencia, no como su objeto (su término), sino que está presente (difundido) en toda la amplitud de la experiencia.

25 julio, 2015

Toda la poesía existe desde el principio del mundo


Toda la poesía existe desde el principio del mundo. Ningún poema añade nada. No hay una falta de poesía que los autores remedien; mucho menos, un acervo que estén enriqueciendo.
¿Hacía falta Alejandra Pizarnik? Pero ya existía Ramos Sucre. ¿Hacía falta Ramos Sucre? Pero si ya hubo Rimbaud. ¿Era necesario Rimbaud? ¿Y Blake? ¿Y …?
Toda la poesía existió desde la primera canción.
Escribir poemas no es mejorar o aumentar la poesía. Escribir poesía es un estar. Escribirla o leerla. El poema no es un enriquecimiento, un logro de la poesía en su despliegue por la historia. El poema, como todas las demás cosas, es una grieta por la que podemos pasar a cierto territorio. Uno sigue escribiendo porque estuvo allí, en el territorio, pero se acobardó y prefirió retroceder. Entonces, para regresar, vuelve a escribir. Pero se acobarda otra vez. Pero regresa. Pero… Etcétera.

25 julio, 2015

La grieta en el día


Me entrego a lo que se escribe como a un abismo.
Es una grieta en el día. Me pierdo. «Te pierdes en tonterías». En apariencia, estoy pasivo. Soy el agua que se desperdicia al filtrarse en la grieta del pavimento.
Cuando regreso a la «actividad», estoy lleno de abismo.
Intoxicado de mí. No sé lo que es . no es yo. Cualquier cosa de afuera es más yo que .

24 julio, 2015

Al escribir experimento la atmósfera de lo que escribo


Al escribir, experimento la atmósfera de lo que escribo.
Comienzo a escribir algo porque siento que, en parte, mi escrito es dicha atmósfera, y en parte no lo es, sino un ansia de que ella se materialice. Y también un presentimiento de lo que será esa atmósfera cuando logre escribir el texto, y un presentimiento de lo que será el texto que proporcione tal atmósfera.
Escribo una frase, y responde al presentimiento; escribo otra, y no corresponde: es necesario hacer cambios.
Sin presentimiento, no tendría nada con qué juzgar lo que escribo. Así, no lo juzgo con base en principios (los de una estética, por ejemplo), sino con base en un anhelo (prefiero esta palabra romántica para evitar las connotaciones psicoanalíticas de «deseo»).
Y al anhelo, y a la consciencia de que el anhelo se manifiesta en mí, los siento superiores a todo principio (estético, ético…), incluso por encima de los principios que reconozco.
En ese anhelo no encuentro a yo. No lo experimento como algo que yo desee, pero yo tengo el deseo permanente de vincularme al anhelo, de permanecer atento a él y guiar mi vida según él. Quizá el más importante principio de mi vida es seguir al anhelo.
Lo que escribo me interesa como acto suscitador de atmósferas. Sé que puede ser considerado en términos de «lenguaje», «discurso», «retórica», etcétera; mas para mí eso es sólo un punto de vista entre muchos posibles, no un conocimiento acerca de la materia verbal con la que trabajo. Las mismas nociones de «materia verbal» y «trabajo» pertenecen a esa perspectiva que me es ajena. De modo que toda apelación a alguna responsabilidad en nombre de la relación entre mi «discurso» y la «realidad» me resulta ajena. Mi escribir no es un acto de conocimiento ni un trabajo.
De la misma manera, toda actividad artística que se plantee, no como una suscitación de atmósferas —de situaciones de vida—, sino como un ensamblaje de significantes, una producción de discurso —bien como simple juego irresponsable, bien como crítica de la realidad u otra clase de discurso responsable— carece de interés para mí. En todo caso, podré valorarla en sus propios términos; pero me parece engañoso emplear la misma palabra para referirse tanto al suscitar de atmósferas como al ensamblaje de signos.
Lo que escribo me importa en su aparición, y no como aparición de algo más que lo sostenga, algo a lo que exprese de manera satisfactoria.