Archive for ‘Poemas’

3 agosto, 2019

Pedro de Enbeita: “Salutación a Lugones”


IMG_20190731_190101Subo este fragmento sin haber averiguado gran cosa de Pedro de Enbeita (1878-1942). Al parecer, fue un poeta vasco, nacionalista, que escribió sobre todo en su lengua nativa. Yo lo encontré en una antología del ultraísmo argentino, Los poetas de Florida (Guillermo Ara, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires: 1968). El poema de Enbeita parodia la “Salutación” que le dedicó Lugones cuando llegó a Argentina.
Lo acompaño con la ilustración de portada, una especie de mapa de las vanguardias vistas desde Argentina. No se da crédito ni dato alguno en la antología.

Saludo al gran Lugones, al vate bildugarri,
aunque con el saludo se dañe mi estogarri,
al hombre que conocen, de Egipto a California,
quien vierte al Zar Homero, quien bate en la bigornia,
quien sabe los misterios de la arrigori Eleusis,
quien habla de ganoza, quien habla de enfiteusis,
el osagille docto que cura, arro, la hernia
y el mardo buscavidas que se durmió en la Auvernia.

Lo saludo en su esfuerzo para llegar al logro
de su legal deseo, luchando como un ogro,
juntando grano a grano el trigo, cual iñurri,
en tanto que de envidia se alarma el subizurri.
Aita y maestro mágico, prosigue tu carrera
que yo, lleno de asombro, he de gritarte:
―¡Aurrera!

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10 julio, 2019

J. de Tassis, conde de Villamediana: “Tan peligroso y nuevo…”


Tan peligroso y nuevo es el camino
por donde lleva Amor mi pensamiento
que en sólo los discursos de mi intento
aprueba la razón su desatino.

Efecto nunca visto y peregrino,
enloquecer de puro entendimiento
un sujeto incapaz del escarmiento,
ciego por voluntad y por destino.

Amor no guarda ley, que la hermosura
es lícita violencia y tiranía
que obliga con lo mismo que maltrata.

Su fin es fuerza, y esperar locura,
pues es tal por su causa el alma mía
que de mí que la tengo se recata.

3 mayo, 2019

José A. Ramos Sucre: La nave de las almas


Recuerdo apenas el lugar de mi ausencia. Una columna de fuego iluminaba el clima boreal. Yo me había perdido en un desierto de nieve. La voz de mi congoja subía hasta las nubes de ámbar pálido.
Tu fantasma vino de la distancia, en la nave taciturna, dirigida por el vuelo de un albatros herido. Tu vida real se había deslizado, siglos antes, en una ciudad gentil. Shakespeare ha soñado los jardines quiméricos, en donde los señores y las damas de viso porfían a ganar el prez de la agudeza o decantan los méritos del amor con citas y argumentos de Platón. Cipreses y laureles demandan el cielo virginal.
Yo había concebido en torno de tu imagen una leyenda inhumana y señalado tu paso de este mundo en la oscuridad nocturna. Yo deposité furtivamente sobre tu féretro unas violetas, las flores de tu mismo nombre.
Tú me llevaste, en premio de mi fidelidad, al país desvaído de tu vivienda, a un horizonte de ensueño.
Yo presencié el desfile sonámbulo de tus hermanas, las heroínas de la tragedia, y caí de bruces a la vista del dolor, bajo los aletazos de un pájaro vengativo, condenado a la suerte de Satán.

 

25 abril, 2019

Ejemplos para comentario estilístico


Rosario Castellanos: “Lamentación de Dido”, fragmento

Guardiana de las tumbas; botín para mi hermano, el de la corva garra de gavilán;
nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de sabiduría y de consejo;
mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la sagrada peregrinación
sube —arrastrando la oscura cauda de su memoria—
hasta la pira alzada del suicidio.
Tal es el relato de mis hechos. Dido mi nombre. Destinos como el mío se han pronunciado desde la antigüedad
con palabras hermosas y nobilísimas.
Mi cifra se grabó en la corteza del árbol enorme de las tradiciones.
Y cada primavera, cuando el árbol retoña,
es mi espíritu, no el viento sin historia, es mi espíritu
el que estremece y el que hace cantar su follaje.

Amanecer

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye? ¿Se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?

¿Cuál es el rito de esta ceremonia?
¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?
¿Quién aparta el espejo sin empañar?

Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.

Ya no hay sollozo. Nada más que un silencio atroz.

Todos son una faz atenta, incrédula
de hombre de la otra orilla.

Porque lo que sucede no es verdad.

G. García Márquez: Comienzo de Cien años de soledad

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia —pregonaba el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima.” José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra.

Juan Rulfo: Comienzo de Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
—Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

1 abril, 2019

Rubén Darío: “Palabras de la satiresa”


Un día oí una risa bajo la fronda espesa,
vi brotar de lo verde dos manzanas lozanas;
erectos senos eran las lozanas manzanas
del busto que bruñía de sol la Satiresa:

era una Satiresa de mis fiestas paganas,
que hace brotar clavel o rosa cuando besa;
y furiosa y riente y que abrasa y que mesa,
con los labios manchados por las moras tempranas.

Tú que fuiste, me dijo, un antiguo argonauta,
alma que el sol sonrosa y que la mar zafira,
sabe que está el secreto de todo ritmo y pauta

en unir carne y alma a la esfera que gira,
y amando a Pan y Apolo en la lira y la flauta,
ser en la flauta Pan, como Apolo en la lira.

29 noviembre, 2018

“Que alejen el agua y el vino…”: A. Pizarnik


victor brauner - dancing girl

Victor Brauner: Muchacha bailando

Que alejen el agua y el vino,
que mi llegada sea la señal exacta
de su alejamiento
que mi boca sedienta
sea la bandera, el signo,
la rama venenosa,
la orden ardiente,
la hora, en fin,
de detener el diluvio,
de esconder las fuentes,
de hacer carbón del agua,
cenizas del vino.

Que alejen los frutos mágicos
que los labios ebrios
sólo encuentren lo candente,
que seas de azufre,
y tu cuerpo sea de llamas
sobre un cuerpo de agua.

Alejandra Pizarnik, Poesía completa. Ed. Anna Becciú. Barcelona: Lumen, 2014, 8a ed.

 

24 octubre, 2018

Manuel Acuña: Ante un cadáver


¡Y bien! aquí estás ya… sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.

Aquí donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.

Aquí donde derrama sus fulgores
ese astro a cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.

Aquí donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.

Aquí donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
cuyo solo enunciado nos espanta:

ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.

Aquí estás ya… tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.

La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.

¡Miseria y nada más!, dirán al verte
los que creen que el imperio de la vida
acaba donde empieza el de la muerte.

Y suponiendo tu misión cumplida,
se acercarán a ti, y en su mirada
te mandarán la eterna despedida.

Pero, ¡no!… tu misión no está acabada:
que ni es la nada el punto en que nacemos
ni el punto en que morimos es la nada.

Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.

La madre es sólo molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.

Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.

Tú, sin aliento ya, dentro de poco
volverás a la tierra y a su seno,
que es de la vida universal el foco.

Y allí, a la vida en apariencia ajeno,
el poder de la lluvia y del verano
fecundará de gérmenes tu cieno.

Y al ascender de la raíz al grano,
tras del vegetal a ser testigo
en el laboratorio soberano;

tal vez, para volver cambiado en trigo
al triste hogar donde la triste esposa
sin encontrar un pan sueña contigo.

En tanto que las grietas de tu fosa
verán alzarse de su fondo abierto
la larva convertida en mariposa,

que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarte tus ósculos de muerto.

Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores:

en cuyo cáliz brillará escondida
la lágrima, tal vez con que tu amada
acompañó el adiós de tu partida.

La tumba es el final de la jornada
porque en la tumba es donde queda muerta
la llama en nuestro espíritu encerrada.

Pero en esa mansión, a cuya puerta
se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
que de nuevo a la vida nos despierta.

Allí acaban la fuerza y el talento,
allí acaban los goces y los males,
allí acaban la fe y el sentimiento:

allí acaban los lazos terrenales,
y mezclados el sabio y el idiota,
se hunden en la región de los iguales.

Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.

El poderoso y fecundante abismo
del antiguo organismo se apodera,
y forma y hace de él otro organismo.

Abandona a la historia justiciera
un nombre sin cuidarse, indiferente,
de que ese nombre se eternice o muera.

El recoge la masa únicamente
y cambiando las formas y el objeto,
se encarga de que viva eternamente.

La tumba sólo guarda un esqueleto;
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.

24 octubre, 2018

El romanticismo tardío en México: dos sonetos


Al viento

Vicente Riva Palacio (1832-1896)

Cuando era niño, con pavor te oía
en las puertas gemir de mi aposento;
doloroso, tristísimo lamento
de misteriosos seres te creía.

Cuando era joven, tu rumor decía
frases que adivinó mi pensamiento,
y cruzando después el campamento,
“Patria”, tu ronca voz me repetía.

Hoy te siento azotando, en las oscuras
noches, de mi prisión las fuertes rejas;
pero hánme dicho ya mis desventuras

que eres viento, no más, cuando te quejas,
eres viento si ruges o murmuras,
viento si llegas, viento si te alejas.

Nada

Antonio Plaza (1833-1882)

Nadaba entre la nada. Sin empeño
A la vida, que es nada, de improviso
Vine a soñar que soy; porque Dios quiso
Entre la nada levantar un sueño.

Dios, que es el Todo y de la nada es dueño,
Me hace un mundo soñar, porque es preciso;
Él, siendo Dios, de nada un paraíso
Formó, nadando en eternal ensueño.

¿Qué importa que en la nada confundida
vuelva a nadar, al fin, esta soñada
vil existencia que la nada olvida,

nada fatal de la que fue sacada?…
¿Qué tiene esta ilusión que llaman vida?
-Nada en su origen. – ¿ Y en su extremo? – ¡Nada!

10 octubre, 2018

Guillermo Prieto: “Trifulca”


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Claudio Linatti (1790-1832), Disputa de dos mujeres indígenas. De Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique (Bélgica, 1828).

Formando circo la gente
como quien ve topar gallos,
entre mujeres que gritan
y empujones de muchachos,
entre ladridos de canes,
furiosos y el polvo alzando,
arremetió la Bartola
contra el zurdo Cayetano.
Y aquellas fueron mordidas,
y aquellos fueron arañois,
y aquellas las indirectas
de avergonzar a los diablos.
Los mechones de cabellos
por los aires van volando,
riegan el hollado suelo
los jirones de lso trapos;
y la Bartola insultiva
ya triunfa de Cayetano,
cuando éste al fin se calienta,
como que no era de palo,
y le pega a la Bartola
tal retreta de sopapos,
que parece que en sus lomos
repican el zapateado.
—Déjala, grita la gente.
—Quietos, porque son casados.
—¡Poco hombre! —¡Zurdo maldito!
—¡Fierabrás! —¡Meco! —¡Ajembrado!
Mas, separando a la gente,
fiero, decidido, bravo,
entre los dos combatientes
se planta resuelto Pablo,
el tendero más querido
por la redondez del barrio.
—¡A la mujer no se hiere!
¡alto, digo, Cayetano!,
y de una fuerte puñada
lo puso a sus pies postrado;
pero al punto la Bartola,
como lión y como rayo.
Desdoblando una navaja
que llevaba en el refajo,
brotando fuego sus ojos,
así le dice a don Pablo:
—¿De qué se mete el tendero
descasador… tragavasos?
¿no sabe que es mi marido
legal, de dentro al curato,
y que gobierna lo suyo
y en lo suyo tiene mando?
Tome el jopo y deje a mi hombre
que haga de su capa un sayo.
Entre silbidos y risas
fuese escurriendo don Pablo,
y frescos como claveles,
rumbo al portal del Topacio,
se fueron de bracelete
la Bartola y Cayetano.

29 agosto, 2018

El soneto clasicista en el México del s. XIX


Carolina Urbano-M.de_San_Carlos

Escalera principal del Museo Nacional de San Carlos. Foto de Carolina Urbano [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, from Wikimedia Commons

 

He tratado, con esta pequeña selección, de mostrar la presencia y la continuidad de la poesía escrita en México según los cánones de la tradición clásica. En general son poemas de los más conocidos, tomados del Ómnibus de poesía mexicana, de Gabriel Zaid (Siglo XXI, múltiples ediciones), o de La poesía: siglos XIX y XX, de José E. Pacheco y C. Monsiváis (Promexa, 1992, 2a. ed.). Solamente el poema de Manuel J. Othón lo transcribí directamente de Poemas rústicos (ed. de Joaquín A. Peñalosa, Universidad Veracruzana, 1990), por lo bien que expresa el idealismo que constituye el fondo de esta estética.

La separación de Clorila

Fray Manuel Martínez de Navarrete (Zamora, 1768-Tlalpujahua, 1809)

Luego que de la noche el negro velo
por la espaciosa selva se ha extendido,
parece que de luto se han vestido
las bellas flores del ameno suelo.

Callan las aves, y con tardo vuelo
cada cual se retira al dulce nido.
¡Qué silencio en el valle se ha esparcido!
Todo suscita un triste desconsuelo.

Sólo del búho se oye el ronco acento;
de la lechuza el eco quebrantado,
y el medroso ladrar del can hambriento-

Queda el mundo en tristeza sepultado,
como mi corazón en el momento
que se aparta Clorila de mi lado.

Las troyanas

Manuel Carpio (Cosamaloapan, 1791-Ciudad de México, 1860)

Fue tomada a traición Troya inocente;
murió el rey con la flor de sus troyanos,
y con sangre mancháronse inhumanos
los griegos, de los pies hasta la frente.

Entre el lloro y los gritos de la gente
al fin quemaron enemigas manos
muros y templos y los dioses vanos,
las torres y el alcázar eminente.

Mas la reina y sus fieles compañeras,
esclavas de señores arrogantes,
fueron a dar a tierras extranjeras;

Y a orillas de los mares resonantes
sentábanse a llorar las prisioneras,
vueltos a Ilión los pálidos semblantes.

La cascada de Barrio Nuevo (de Sitios y escenas de Orizaba y Córdoba)

José Joaquín Pesado (San Agustín del Palmar, Puebla, 1801-Ciudad de México, 1861)

Crecida, hinchada, turbia la corriente
troncos y peñas con furor arrumba,
y bate los cimientos y trastumba
la falda, al monte de enriscada frente.

A mayores abismos impaciente
el raudal espumoso se derrumba;
la tierra gime: el eco que retumba
se extiende por los campos lentamente.

Apoyado en un pino el viejo río,
alzando entrambas sienes, coronadas
de ruda encina y de arrayán bravío;

entre el iris y nieblas levantadas
ansioso de llegar al mar umbrío,
a las ondas increpa amotinadas.

Después de los asesinatos de Tacubaya

Ignacio Ramírez (San Miguel Allende, 1818-Ciudad de México, 1879)

Guerra sin tregua ni descanso, guerra
a nuestros enemigos, hasta el día
en que su raza detestable, impía
no halle ni tumba en la indignada tierra.

Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,
tus fieras y torrente; tu armonía
niégales, ave de la selva umbría;
y de sus ojos, sol, tu luz destierra.

Y si impasible y ciega la natura
sobre todos extiende un mismo velo
y a todos nos prodiga su hermosura;

anden la flor y el fruto por el suelo,
no les dejemos ni una fuente pura,
si es posible ni estrellas en el cielo.

Al caer la tarde

Joaquín Arcadio Pagaza (Valle de Bravo, 1839-Jalapa, 1918)

Van en tropel cruzando los bermejos
celajes el espacio; la campaña
pueblan las sombras; y los riscos baña
tardo el Sol con los últimos reflejos.

En medio, Lauro, a los copudos tejos
que sombríos coronan la montaña,
descasa Filis, cuya la cabaña
fue que en ruinas vislumbras no muy lejos.

Aquella claridad que surge ahora
ciñendo el mar, de céfiros ladrones,
la hueste que perfumes atesora,

y este plañir tenaz de los alciones,
¡cuánto agradaban, cuánto, a mis pastora…!
…¡Apiádate de mí!… ¡No me abandones!

Miramar en 1876

Ignacio Montes de Oca y Obregón (Guanajuato, 1840-Nueva York, 1921)

Sepulcro de doradas ilusiones,
terror de las modernas monarquías,
ostentas hoy, cual en mejores días,
tus muros y almenados torreones.

Corona azteca vanidoso pones
en pórticos y vastas galerías,
y de México al águila confías
tu regia alcoba y mágicos salones.

¿Mas do está el príncipe que ser y fama
te diera, y nombre de fatal dulzura?
¿Do la que fue tu luz, augusta dama?

Encubre a aquél sangrienta sepultura,
y a la infeliz Princesa, en lenta llama
quemando va terrífica locura.

Invocación

Manuel José Othón (San Luis Potosí, 1858-San Luis Potosí, 1906)

No apartes, adorada Musa mía,
tu divino consuelo y tus favores
del alma que, nutrida en los dolores,
abrasa el sol y el desaliento enfría.

Aparece ante mí como aquel día
primero de mis jóvenes amores
y en tu falda blanquísima con flores
modestas y olorosas atavía.

¡Oh, tú, que besas mi abrasada frente
en horas de entusiasmo o de tristeza,
que resuene en tu canto inmensamente

tu amor a Dios, tu culto a la Belleza,
alma del Arte, y tu pasión ardiente
a la madre inmortal Naturaleza!