Archive for ‘Poemas’

29 noviembre, 2018

“Que alejen el agua y el vino…”: A. Pizarnik


victor brauner - dancing girl

Victor Brauner: Muchacha bailando

Que alejen el agua y el vino,
que mi llegada sea la señal exacta
de su alejamiento
que mi boca sedienta
sea la bandera, el signo,
la rama venenosa,
la orden ardiente,
la hora, en fin,
de detener el diluvio,
de esconder las fuentes,
de hacer carbón del agua,
cenizas del vino.

Que alejen los frutos mágicos
que los labios ebrios
sólo encuentren lo candente,
que seas de azufre,
y tu cuerpo sea de llamas
sobre un cuerpo de agua.

Alejandra Pizarnik, Poesía completa. Ed. Anna Becciú. Barcelona: Lumen, 2014, 8a ed.

 

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24 octubre, 2018

Manuel Acuña: Ante un cadáver


¡Y bien! aquí estás ya… sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.

Aquí donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.

Aquí donde derrama sus fulgores
ese astro a cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.

Aquí donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.

Aquí donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
cuyo solo enunciado nos espanta:

ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.

Aquí estás ya… tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.

La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.

¡Miseria y nada más!, dirán al verte
los que creen que el imperio de la vida
acaba donde empieza el de la muerte.

Y suponiendo tu misión cumplida,
se acercarán a ti, y en su mirada
te mandarán la eterna despedida.

Pero, ¡no!… tu misión no está acabada:
que ni es la nada el punto en que nacemos
ni el punto en que morimos es la nada.

Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.

La madre es sólo molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.

Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.

Tú, sin aliento ya, dentro de poco
volverás a la tierra y a su seno,
que es de la vida universal el foco.

Y allí, a la vida en apariencia ajeno,
el poder de la lluvia y del verano
fecundará de gérmenes tu cieno.

Y al ascender de la raíz al grano,
tras del vegetal a ser testigo
en el laboratorio soberano;

tal vez, para volver cambiado en trigo
al triste hogar donde la triste esposa
sin encontrar un pan sueña contigo.

En tanto que las grietas de tu fosa
verán alzarse de su fondo abierto
la larva convertida en mariposa,

que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarte tus ósculos de muerto.

Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores:

en cuyo cáliz brillará escondida
la lágrima, tal vez con que tu amada
acompañó el adiós de tu partida.

La tumba es el final de la jornada
porque en la tumba es donde queda muerta
la llama en nuestro espíritu encerrada.

Pero en esa mansión, a cuya puerta
se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
que de nuevo a la vida nos despierta.

Allí acaban la fuerza y el talento,
allí acaban los goces y los males,
allí acaban la fe y el sentimiento:

allí acaban los lazos terrenales,
y mezclados el sabio y el idiota,
se hunden en la región de los iguales.

Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.

El poderoso y fecundante abismo
del antiguo organismo se apodera,
y forma y hace de él otro organismo.

Abandona a la historia justiciera
un nombre sin cuidarse, indiferente,
de que ese nombre se eternice o muera.

El recoge la masa únicamente
y cambiando las formas y el objeto,
se encarga de que viva eternamente.

La tumba sólo guarda un esqueleto;
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.

24 octubre, 2018

El romanticismo tardío en México: dos sonetos


Al viento

Vicente Riva Palacio (1832-1896)

Cuando era niño, con pavor te oía
en las puertas gemir de mi aposento;
doloroso, tristísimo lamento
de misteriosos seres te creía.

Cuando era joven, tu rumor decía
frases que adivinó mi pensamiento,
y cruzando después el campamento,
“Patria”, tu ronca voz me repetía.

Hoy te siento azotando, en las oscuras
noches, de mi prisión las fuertes rejas;
pero hánme dicho ya mis desventuras

que eres viento, no más, cuando te quejas,
eres viento si ruges o murmuras,
viento si llegas, viento si te alejas.

Nada

Antonio Plaza (1833-1882)

Nadaba entre la nada. Sin empeño
A la vida, que es nada, de improviso
Vine a soñar que soy; porque Dios quiso
Entre la nada levantar un sueño.

Dios, que es el Todo y de la nada es dueño,
Me hace un mundo soñar, porque es preciso;
Él, siendo Dios, de nada un paraíso
Formó, nadando en eternal ensueño.

¿Qué importa que en la nada confundida
vuelva a nadar, al fin, esta soñada
vil existencia que la nada olvida,

nada fatal de la que fue sacada?…
¿Qué tiene esta ilusión que llaman vida?
-Nada en su origen. – ¿ Y en su extremo? – ¡Nada!

10 octubre, 2018

Guillermo Prieto: “Trifulca”


476px-Dispute_de_deux_Indienees_by_Claudio_Linati_1828

Claudio Linatti (1790-1832), Disputa de dos mujeres indígenas. De Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique (Bélgica, 1828).

Formando circo la gente
como quien ve topar gallos,
entre mujeres que gritan
y empujones de muchachos,
entre ladridos de canes,
furiosos y el polvo alzando,
arremetió la Bartola
contra el zurdo Cayetano.
Y aquellas fueron mordidas,
y aquellos fueron arañois,
y aquellas las indirectas
de avergonzar a los diablos.
Los mechones de cabellos
por los aires van volando,
riegan el hollado suelo
los jirones de lso trapos;
y la Bartola insultiva
ya triunfa de Cayetano,
cuando éste al fin se calienta,
como que no era de palo,
y le pega a la Bartola
tal retreta de sopapos,
que parece que en sus lomos
repican el zapateado.
—Déjala, grita la gente.
—Quietos, porque son casados.
—¡Poco hombre! —¡Zurdo maldito!
—¡Fierabrás! —¡Meco! —¡Ajembrado!
Mas, separando a la gente,
fiero, decidido, bravo,
entre los dos combatientes
se planta resuelto Pablo,
el tendero más querido
por la redondez del barrio.
—¡A la mujer no se hiere!
¡alto, digo, Cayetano!,
y de una fuerte puñada
lo puso a sus pies postrado;
pero al punto la Bartola,
como lión y como rayo.
Desdoblando una navaja
que llevaba en el refajo,
brotando fuego sus ojos,
así le dice a don Pablo:
—¿De qué se mete el tendero
descasador… tragavasos?
¿no sabe que es mi marido
legal, de dentro al curato,
y que gobierna lo suyo
y en lo suyo tiene mando?
Tome el jopo y deje a mi hombre
que haga de su capa un sayo.
Entre silbidos y risas
fuese escurriendo don Pablo,
y frescos como claveles,
rumbo al portal del Topacio,
se fueron de bracelete
la Bartola y Cayetano.

29 agosto, 2018

El soneto clasicista en el México del s. XIX


Carolina Urbano-M.de_San_Carlos

Escalera principal del Museo Nacional de San Carlos. Foto de Carolina Urbano [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, from Wikimedia Commons

 

He tratado, con esta pequeña selección, de mostrar la presencia y la continuidad de la poesía escrita en México según los cánones de la tradición clásica. En general son poemas de los más conocidos, tomados del Ómnibus de poesía mexicana, de Gabriel Zaid (Siglo XXI, múltiples ediciones), o de La poesía: siglos XIX y XX, de José E. Pacheco y C. Monsiváis (Promexa, 1992, 2a. ed.). Solamente el poema de Manuel J. Othón lo transcribí directamente de Poemas rústicos (ed. de Joaquín A. Peñalosa, Universidad Veracruzana, 1990), por lo bien que expresa el idealismo que constituye el fondo de esta estética.

La separación de Clorila

Fray Manuel Martínez de Navarrete (Zamora, 1768-Tlalpujahua, 1809)

Luego que de la noche el negro velo
por la espaciosa selva se ha extendido,
parece que de luto se han vestido
las bellas flores del ameno suelo.

Callan las aves, y con tardo vuelo
cada cual se retira al dulce nido.
¡Qué silencio en el valle se ha esparcido!
Todo suscita un triste desconsuelo.

Sólo del búho se oye el ronco acento;
de la lechuza el eco quebrantado,
y el medroso ladrar del can hambriento-

Queda el mundo en tristeza sepultado,
como mi corazón en el momento
que se aparta Clorila de mi lado.

Las troyanas

Manuel Carpio (Cosamaloapan, 1791-Ciudad de México, 1860)

Fue tomada a traición Troya inocente;
murió el rey con la flor de sus troyanos,
y con sangre mancháronse inhumanos
los griegos, de los pies hasta la frente.

Entre el lloro y los gritos de la gente
al fin quemaron enemigas manos
muros y templos y los dioses vanos,
las torres y el alcázar eminente.

Mas la reina y sus fieles compañeras,
esclavas de señores arrogantes,
fueron a dar a tierras extranjeras;

Y a orillas de los mares resonantes
sentábanse a llorar las prisioneras,
vueltos a Ilión los pálidos semblantes.

La cascada de Barrio Nuevo (de Sitios y escenas de Orizaba y Córdoba)

José Joaquín Pesado (San Agustín del Palmar, Puebla, 1801-Ciudad de México, 1861)

Crecida, hinchada, turbia la corriente
troncos y peñas con furor arrumba,
y bate los cimientos y trastumba
la falda, al monte de enriscada frente.

A mayores abismos impaciente
el raudal espumoso se derrumba;
la tierra gime: el eco que retumba
se extiende por los campos lentamente.

Apoyado en un pino el viejo río,
alzando entrambas sienes, coronadas
de ruda encina y de arrayán bravío;

entre el iris y nieblas levantadas
ansioso de llegar al mar umbrío,
a las ondas increpa amotinadas.

Después de los asesinatos de Tacubaya

Ignacio Ramírez (San Miguel Allende, 1818-Ciudad de México, 1879)

Guerra sin tregua ni descanso, guerra
a nuestros enemigos, hasta el día
en que su raza detestable, impía
no halle ni tumba en la indignada tierra.

Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,
tus fieras y torrente; tu armonía
niégales, ave de la selva umbría;
y de sus ojos, sol, tu luz destierra.

Y si impasible y ciega la natura
sobre todos extiende un mismo velo
y a todos nos prodiga su hermosura;

anden la flor y el fruto por el suelo,
no les dejemos ni una fuente pura,
si es posible ni estrellas en el cielo.

Al caer la tarde

Joaquín Arcadio Pagaza (Valle de Bravo, 1839-Jalapa, 1918)

Van en tropel cruzando los bermejos
celajes el espacio; la campaña
pueblan las sombras; y los riscos baña
tardo el Sol con los últimos reflejos.

En medio, Lauro, a los copudos tejos
que sombríos coronan la montaña,
descasa Filis, cuya la cabaña
fue que en ruinas vislumbras no muy lejos.

Aquella claridad que surge ahora
ciñendo el mar, de céfiros ladrones,
la hueste que perfumes atesora,

y este plañir tenaz de los alciones,
¡cuánto agradaban, cuánto, a mis pastora…!
…¡Apiádate de mí!… ¡No me abandones!

Miramar en 1876

Ignacio Montes de Oca y Obregón (Guanajuato, 1840-Nueva York, 1921)

Sepulcro de doradas ilusiones,
terror de las modernas monarquías,
ostentas hoy, cual en mejores días,
tus muros y almenados torreones.

Corona azteca vanidoso pones
en pórticos y vastas galerías,
y de México al águila confías
tu regia alcoba y mágicos salones.

¿Mas do está el príncipe que ser y fama
te diera, y nombre de fatal dulzura?
¿Do la que fue tu luz, augusta dama?

Encubre a aquél sangrienta sepultura,
y a la infeliz Princesa, en lenta llama
quemando va terrífica locura.

Invocación

Manuel José Othón (San Luis Potosí, 1858-San Luis Potosí, 1906)

No apartes, adorada Musa mía,
tu divino consuelo y tus favores
del alma que, nutrida en los dolores,
abrasa el sol y el desaliento enfría.

Aparece ante mí como aquel día
primero de mis jóvenes amores
y en tu falda blanquísima con flores
modestas y olorosas atavía.

¡Oh, tú, que besas mi abrasada frente
en horas de entusiasmo o de tristeza,
que resuene en tu canto inmensamente

tu amor a Dios, tu culto a la Belleza,
alma del Arte, y tu pasión ardiente
a la madre inmortal Naturaleza!

7 marzo, 2018

García Lorca: cuatro poemas


De Sonetos del amor oscuro (1935, publicados en 1983)

Ay voz secreta del amor oscuro

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡ay perro en corazón, voz perseguida!
¡silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

Soneto de la dulce queja

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que me pone de noche en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas, y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi Otoño enajenado.

De Diván del Tamarit (1932-1934)

Gacela de la terrible presencia

Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
yo quiero que el viento se quede sin valles.

Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin flor del oro;

que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra;

que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.

Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.

Resiste un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.

Pero no ilumines tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.

Déjame en un ansia de oscuros planetas,
pero no me enseñes tu cintura fresca.

Casida del herido por el agua

Quiero bajar al pozo,
quiero subir los muros de Granada,
para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas.
El niño herido gemía
con una corona de escarcha.
Estanques, aljibes y fuentes
levantaban al aire sus espadas.
¡Ay, qué furia de amor, qué hiriente filo,
qué nocturno rumor, qué muerte blanca!
¡Qué desiertos de luz iban hundiendo
los arenales de la madrugada!
El niño estaba solo
con la ciudad dormida en la garganta.
Un surtidor que viene de los sueños
lo defiende del hambre de las algas.
El niño y su agonía, frente a frente,
eran dos verdes lluvias enlazadas.
El niño se tendía por la tierra
y su agonía se curvaba.
Quiero bajar al pozo,
quiero morir mi muerte a bocanadas,
quiero llenar mi corazón de musgo,
para ver al herido por el agua.

13 septiembre, 2017

Juan Ramón Jiménez: de la primera época


giovanni-segantini-love-at-the-fountain-of-life.jpgYo me moriré… (de Arias tristes, 1903)

Yo me moriré, y la noche
triste, serena y callada,
dormirá el mundo a los rayos
de su luna solitaria.

Mi cuerpo estará amarillo,
y por la abierta ventana
entrará una brisa fresca
preguntando por mi alma.

No sé si habrá quien solloce
cerca de mi negra caja,
o quien me dé un largo beso
entre caricias y lágrimas.

Pero habrá estrellas y flores
y suspiros y fragancias,
y amor en las avenidas
a la sombra de las ramas.

Y sonará ese piano
como en esta noche plácida,
y no tendrá quien lo escuche
sollozando en la ventana.

Francina, ¿en la primavera…? (de Jardines lejanos, 1903-1904)

Francina, ¿en la primavera
tienes la boca más roja?
—La primavera me pone
siempre más roja la boca.

—¿Es que besas más, o es
que las rosas te arrebolan?
—Yo no sé si es mal de besos
o si es dolencia de rosas.

—Y, te gustan más los labios
o las rosas?
—¿Qué te importa…?
la rosa me sabe a beso;
el beso, a beso, y a rosa.

Entonces le puse un beso
en la rosa de su boca.
La tarde de abril moría,
rosamente melancólica.

las fuentes iban al cielo
con su plata temblorosa.
Francina deshojó a besos
su boca sobre mi boca.

Mañana de la cruz (de Baladas de primavera, 1907)

Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primavera.
¡Vivan las rosas, las rosas del amor,
entre el verdor con el sol de la pradera!

Vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

Le pregunté: «¿Me dejas que te quiera?»
Me respondió, radiante de pasión:
«Cuando florezca la cruz de primavera,
yo te querré con todo el corazón.»

Vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

«Ya floreció la cruz de primavera.
¡Amor, la cruz, amor, ya floreció!»
Me respondió: «¿Tú quieres que te quiera?»
¡Y la mañana de luz me traspasó!

Vámonos al campo por romero,
vámonos, vámonos
por romero y por amor…

Alegran flauta y tambor nuestra bandera.
La mariposa está aquí con la ilusión…
¡Mi novia es la virjen de la era
y va a quererme con todo el corazón!

El mar lejano (de Baladas de primavera, 1907)

La fuente aleja su cantata.
Despiertan todos los caminos…
Mar de la aurora, mar de plata,
¡qué limpio estás entre los pinos!

Viento del Sur, ¿vienes sonoro
de soles? Ciegan los caminos…
Mar de la siesta, mar de oro,
¡qué alegre estás sobre los pinos!

Dice el verdón no sé qué cosa…
Mi alma se va por los caminos…
Mar de la tarde, mar de rosa,
¡qué dulce estás entre los pinos!

Luna sola (de Poemas májicos y dolientes, 1911)

Cesó el clarín agudo, y la luna está triste.
Grandes nubes arrastran la nueva madrugada.
Ladra un perro alejándose, y todo lo que existe
se hunde en el abismo sin nombre de la nada.

La luna dorará un viejo camposanto…
Habrá un verdín con luna sobre una antigua almena…
En una fuente sola, será una luna en llanto…
Habrá una mar sin nadie, bajo una luna llena…

Para un libro no escrito (de Poemas impersonales, 1911)

Creemos los nombres.

Derivarán los hombres.
Luego, derivarán las cosas.
Y sólo quedará el mundo de los nombres,
letra del amor de los hombres,
del olor de las rosas.

Del amor y las rosas,
no ha de quedar sino los nombres.
¡Creemos los nombres!

23 mayo, 2017

Escasa muestra de poesía española del último tercio del s. XX


A continuación, una muestra de la lírica española del último tercio del siglo XX. Está lejos de ser representativa en cuanto a nombres y obras. Su objetivo es poner ante los ojos algunos de los varios caminos recorridos por los poetas españoles en castellano de ese periodo, en lo que se refiere a opciones temáticas, estilísticas, etc.

Honestamente, creo que etiquetas como “culturalismo”, “metapoesía”, “neosurrealismo”, etc., resultan poco significativas a este lado del charco y, en última instancia, son incapaces de abarcar la complejidad de cada poema en lo individual, no digamos la de obras en marcha iniciadas hace ya muchos años. Por esto prescindo de ellas. Además, son debidas con frecuencia, más que otra cosa, al calor de las disputas internas del campo literario peninsular. Y como no las uso, debo prescindir también de las que han sido forjadas o aceptadas por los propios autores, como “poesía de la experiencia”. Sin embargo, los rasgos a los que aluden están allí, perceptibles.
Para la selección, me apoyé en las siguientes antologías:

  • Salvador, Álvaro, Martínez, Érika (eds.). Antología de la poesía española en la segunda mitad del s. XX. México: UNAM, 2011 (Ensayos y Poemas).

  • Sanz Pastor, Marta (ed.). Metalingüísticos y sentimentales. Antología de la poesía española (1966-2000). Madrid: Biblioteca Nueva, 2007 (Clásicos de Biblioteca Nueva 57).

  • Virtanen, Ricardo (ed.). Hitos y señas (1966-1996). Antología crítica de poesía en castellano. Madrid: Ediciones del Laberinto, 2001 (Hermes 13).

Todos los números entre paréntesis llevan a una entrada con notas aclaratorias.

Jenaro Talens (1946)

Límites de la mirada

I

Con voces melancólicas crecen las lluvias, ellas descansan su fuego entre árbol y árbol, como si el invierno no pudiera calentar también con el furor de los atardeceres que crepitan sobre la mirada desnuda, y vienen memorias mitad polvo vueltas noche invisible, les ahoga no acceder al espacio que la brisa interpone a cada fracción de luz, las boyas oscilando sobre un mar sin rostro, sin tiempo, se dirían formas de un sepulcral banquete interminable.

II

Y así las hojas desprendidas le devoran el rostro, su presencia ciega, el hálito borrado por un flujo de sombra, como si la noche lo ciñese y le sellase el labio, briznas de silencio donde la voluntad golpea furtiva, instruye en olvido al espejo, copia su desnudo. Oye, cansado, cómo prevalece el desafío de las voces, nieve fluyendo en ojos ya sin cielo.

De Proximidad del silencio, 1981

Guillermo Carnero (1947)

Mira el breve minuto de la rosa

Mira el breve minuto de la rosa.
Antes de haberla visto sabías ya su nombre,
y ya los batintines de su léxico
aturdían tus ojos –luego, al salir al aire, fuiste inmune
a lo que no animara en tu memoria
la falsa herida en que las cuatro letras
omiten esa mancha de color: la rosa tiembla, es tacto.
Si llegaste a advertir lo que no tiene nombre
regresas luego a dárselo, en él ver: un tallo mondo, nada;
cuando otra se repite y nace pura
careces de más vida, tus ojos no padecen agresión de luz,
sólo una vez son nuevos.

De Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyére (1). 1974

Ana Rossetti (1950)

Onán

Tu cuerpo, desierto de ti,
ascéticos los ojos de tus fuentes abismales,
descubre sobre qué dureza se ceñirán tus manos.
Del placer, los cauces rotos, por tus miembros,
te aleccionan en el violento quehacer
que te humedecerá el vientre,
manantial imposible a tus resecos labios.
Innumerables lenguas te recorren la carne
chupándote las sienes y enfriando tu espalda;
gasa de plata empapándote el vello.
La postrer sacudida echa atrás tu cabeza,
los párpados cerrados, el cuello en vano aguarda
ser cercenado de un ávido mordisco,
pues el deseo, ya, desciende por tus muslos.

De Los devaneos de Erato,(2) 1980

Luis Alberto de Cuenca (1950)

Amour fou

Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes. (3)
Lo deciden un día, mientras los cortesanos
discuten sobre el rito de alguna ceremonia
que se olvidó y que debe regresar del olvido.
Los reyes se enamoran de sus hijas, las aman
con látigos de hielo, posesivos, feroces,
obscenos y terribles, agonizantes, locos.
Para que nadie pueda desposarlas, plantean
enigmas insolubles a cuantos pretendientes
aspiran a la mano de las princesas. Nunca
se vieron tantos príncipes degollados en vano.

Los reyes se aniquilan con sus hijas más jóvenes,
se rompen, se destrozan cada noche en la cama.
De día, ellas se alejan en las naves del sueño
y ellos dictan las leyes, solemnes y sombríos.

De La caja de plata, 1985

Helena, palinodia

No, no es verdad, amor, aquella historia. (4)
No llegó a seducirte aquel imbécil
de rizos perfumados. No te fuiste
precipitadamente de la fiesta
de nuestro aniversario, con los ojos
clavados en el bulto que emergía
de entre sus piernas, y con las narices
saturadas de droga. No embarcaste
en su yate de lujo con lo puesto
—que casi no era nada— mientras yo
te buscaba en la calle como un loco,
creyendo que te había pasado algo.
No desapareciste de mi vida
como una exhalación y para siempre.
No puede ser verdad aquella historia.

De Mitologías, 2001

Olvido García Valdés (1950)

Nombrar mas no decir…

A Javier Fernández de Molina

Nombrar mas no decir: que pasen una a una
cuentas sin término, madera
dulce, fósiles huellas del mundo: duramos
menos que un árbol, más que una mariposa, tanto
como una urraca: huesos incinerado, cerro
de greda. Es tu turno, agita
el dado y tíralo, objetos crecen, aletazos
de milano encerrado; así se hace
más apetecible y rubia la cerveza, más
gruesos los palos de esta silla, las hojas
del geranio más suaves y rizadas y olorosas:
el mundo es fantasmal y está vivo, retícula
de manchas y poros en la piel; todo
cuando atardece se dora con la luz, en ella
escucho aquel dibujo negro, blanco, verde
y azul tornasolado de la urraca, ya entonces
junto a la casa era así. Sobre lo que remueve,
sobre lo que se inclina busca
flores espigadas de tierra de maíz,
a mar de oro raíz de sombra.

De Del ojo al hueso, 2001

Luis Antonio de Villena (1951)

Reinos de taifas

Para Randal Switzer

Gozaré con tu piel morena, y el viento oscuro (5)
de tu pelo rubio. Iremos en la mañana
al mar, y buscaremos conchas y piedras lisas.
Y cuando estemos cansados, al salir del agua,
nos tenderemos a comer uvas, y la pulpa carmesí
de la sandía. Entre el fulgor del sol,
yo pasearé mi mano por el agua deliciosa
de tus piernas. Y cuando llegue la noche
y el aire arda en el cálido olor de los jazmines,
beberemos vino en la terraza, y mientras
tu jovencísima belleza se reposa en mí, y me sonríes,
muy cerca ya del sueño, jugaré a prenderte en el lóbulo
un granate (que brilla por la noche) o el blanco palor
de una perla. Y el alba nos sorprenderá
(te lo prometo) entre el deseo mejor y la delicia.
Son, recuerda, muy pocos los días de que disponemos.
Casi nadie entiende el placer y es muy larga
la incuria. Las gentes como nosotros deben
vivir de prisa. Como si todo fuese solamente un día.
Que breve es nuestro reino, y cristianos o almorávides,
terminan por llamar muy pronto a nuestra puerta.

De Hymnica, 1979

Andrés Sánchez Robayna (1952)

Mesa y naranjas

las líneas de la mesa
interrumpidas por naranjas

dispuestas en un plano
sobre la luz del cuarto blanco

abajo el mar se tiende
bajo la mano de las elipses

la luz inunda el cuarto
y las naranjas se acumulan

sobre la luz que entra
y que se tiende en la blancura

de este cuarto y el plano
de las naranjas y la mesa

A una roca

negro tranquilo de la forma:
las lisas aristas fluyeron

calma fluida lisa negra
soledad entera de la forma

De La roca, 1984

La claridad

La unidad de la flor, la deslumbrada
retama en la ladera de septiembre,
la impiedad de la luz, ¿son esos
los signos que nos llegan

y por los que morimos? Caminamos
junto a las aguas, en el sueño, y vemos
latir la luz sin fin ni despertar.
Y el día se hunde en el fulgor del día.

De Palmas sobre la losa fría, 1989

Julio Llamazares (1955)

3

Nada trasciende la densa mansedumbre de esta tarde.

Todo está delante de mis ojos: las cigüeñas varadas sobre el silencio, y los frutales florecidos más allá del tendido del ferrocarril.

En odres muy antiguos, tan antiguos que ni siquiera el dolor puede alcanzarlos, está guardado el tiempo. Y su costumbre deja posos más ácidos y azules que el olvido.

Como hierba crecida entre ruinas, la soledad es su único alimento y, sin embargo, su sustancia es tan dulce como nata crecida.

Absteneos, no obstante, de ponerle interrogantes amarillas o de buscar dioses de trapo allí donde existen solamente aguas absurdas.

De todos es sabido que el tiempo no posee otra grandeza que su propia mansedumbre.

De La lentitud de los bueyes, 1979

Luis García Montero (1958)

“Me persiguen…”

Me persiguen
los teléfonos rotos de Granada,
cuando voy a buscarte
y las calles enteras están comunicando.

Sumergido en tu voz de caracola,
me gustaría el mar desde una boca
prendida con la mía,
saber qué está tranquilo de distancia,
mientras pasan, respiran,
se repliegan
a su instinto de ausencia
los jardines.

En ellos nada existe
desde que te secuestran los veranos.
Sólo yo los habito
por descubrir el rostro
de los enamorados que se besan,

con mis ojos en paro,
mi corazón sin tráfico,
el insomnio que guardan las ciudades de agosto,
y ambulancias secretas como pájaros.

De Diario cómplice, 1987

Blanca Andreu (1959)

“Muerte pájaro príncipe…”

Muerte pájaro príncipe, un pájaro es un ángel inmaduro.
Y así, hablaré de tus manos que se alejan y de las manos de lo hermosísimo ardiendo,
pequeño dios con nariz de ciervo, hermano mío, héroes de alma entrecortada,
niñas de oro hipodérmico que nunca creen morir,
qué aguda la pupila y el filo de los dedos encendiendo la muerte mientras un ángel sobrevuela y pasa de largo
con el pico de plata y de ginebra,
labios del mediodía resuelto en ave sobre tus manos que se alejan y mis manos
y las manos del pequeño ciervo de aire griego salvaje, hermano mío,
y las manos sin venas de los héroes, de las madonas amnésicas.
Mis alas de dolor robadas por tus manos, amor mío, corazón mío pintado de blanco,
mis alas de dolor con botellas agónicas y líquidos que disuelven la vida,
y los labios que te aman en mí y en lo convulso,
y la música en trompetas delgadísimas, trompetas peraltadas, columnas niñas, qué sobreagudo el do
la mirada más alta y la más alta queja,
muerte pájaro príncipe volando,
un pájaro es un ángel inmaduro.

De De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, 1981

Felipe Benítez Reyes (1960)

Advertencia

Si alguna vez sufres –y lo harás–
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni lo perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es sólo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Soporta tu dolor en soledad,
porque en merecimiento aun de la adversidad mayor
está justificado si fuiste
desleal a tu conciencia, no apostando
sólo por el amor que te entregaba
su esplendor inocente, sus intocados mundos.

Así que cuando sufras –y lo harás–
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota,
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.

De Los vanos mundos, 1985

Jorge Riechmann (1962)

Cada cual tiene sus debilidades

…como si en los acontecimientos sociales todavía hubiera posibilidades de hablar en términos de buenos y malos y de expresar rotundidades…

Joaquín Estefanía en El País, 19.2.94

Yo ya sabía
que el estado mejicano de Chiapas
está situado en el ciberespacio
y que ciudades como Gorazde o Sarajevo
no constan en el atlas
que el poeta de la experiencia estándar
manejó en su añorada espléndida niñez

Yo ya sabía que mortal pecado es hoy
hablar en términos de buenos o malos
o expresar rotundidades

incluso si lo violan analmente a uno
con el palo de una escoba
como al pobre ciudadano italiano
que osó desafiar al rotundo poder del ciudadano Berlusconi
organizando un boicot a sus mercaderías.

Yo ya sabía que han pasado los tiempos
en que podía distinguirse la explotación de la filantropía
la sangre del petróleo
la justicia de la tortura
la usura de la estética
el hambre del destino.

Yo ya sabía que hoy es necesario
jurar fidelidad a la bandera
a la democracia liberal-democrática
al pensamiento débil (6)
a los valores débiles
y a la propiedad privada fuerte, ahí no valen bromas
enclenque amigo mío.

Yo ya sabía todo esto.
Pero no acabo de acostumbrarme totalmente, y a veces
por las mañanas se me avergüenzan las uñas
o la espalda.

Gianfranco Mascia promovió un boicot a los productos de Fininvest (el consorcio de Berlusconi) con un movimiento llamado Boicottiano el Biscione. Dos matones lo asaltaron en su propio estudio, lo amordazaron y ataron, y lo violaron analmente con una escoba.

El País, 20.2.94

De El día que dejé de leer El País, 1997

Bibliografía

Andreu, Blanca. De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. Madrid: Hiperión, 1986 (5a ed.).

Benítez Reyes, Felipe. Los vanos mundos. Granada: Maillot Amarillo,1985.

Carnero, Guillermo. Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyére. Madrid: Visor, 1974.

Cuenca, Luis Alberto de. La caja de plata. Sevilla: Renacimiento, 1985.
Mitologías. Salamanca: CELYA, 2001.

García Montero, Luis. Diario cómplice. Madrid: Hiperión, 1987.

García Valdés, Olvido. Del ojo al hueso. Madrid: Ave del Paraíso, 2001.

Llamazares, Julio. La lentitud de los bueyes, Madrid: Hiperión, 1994 (3a ed).

Riechmann, Jorge. El día que dejé de leer El País. Madrid: Hiperión, 1997.

Rossetti, Ana. Los devaneos de Erato. Valencia: Prometeo,1980.

Sánchez Robayna, Andrés. La roca. Barcelona: Ediciones del Mall, 1984.
Palmas sobre la losa fría, Madrid: Cátedra, 1989.

Talens, Jenaro. Proximidad del silencio. Madrid: Hiperión, 1981.

Villena, Luis Antonio de. Hymnica. Madrid: Hiperión,1979.

8 marzo, 2017

Dos poemas de Jaime Torres Bodet


Canción de las voces serenas (de Nuevas canciones, 1923)

Se nos ha ido la tarde
en cantar una canción,
en perseguir una nube
y en deshojar una flor.

Se nos ha ido la noche
en decir una oración,
en hablar con una estrella
y en morir con una flor;

y se nos irá la aurora
en volver a esa canción,
y en perseguir esa nube
y en deshojar esa flor;

y se nos irá la vida
sin sentir otro rumor
que el del agua de las horas
que se lleva el corazón…

Dédalo (de Cripta, 1937)

Enterrado vivo
en un infinito
dédalo de espejos,
me oigo, me sigo,
me busco en el liso
muro del silencio.

Pero no me encuentro.

Palpo, escucho, miro.
Por todos los ecos
de este laberinto,
un acento mío
está pretendiendo
llegar a mi oído.

Pero no lo advierto.

Alguien está preso
aquí, en este frío
lúcido recinto,
dédalo de espejos…
Alguien, al que imito.
Si se va, me alejo.
Si regresa, vuelvo.
Si se duerme, sueño.
― “¿Eres tú?”, me digo…

Pero no contesto.

Perseguido, herido
por el mismo acento
―que no sé si es mío―
contra el eco mismo
del mismo recuerdo,
en este infinito
dédalo de espejos
enterrado vivo.

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17 febrero, 2017

“No puede el que os ha mirado…”


No puede el que os ha mirado
vivir con vos engañado.
Mirar vuestra hermosura
ha sido tan gran ventura,
que cualquier mal o tristura
que venga, es bien empleado.

Gabriel de Mena, Cancionero de Barbieri, principios del s. XVI