Posts tagged ‘Antiguo Régimen’

9 abril, 2014

Nietzsche: la “moral de señores”


  • Bueno vs. malo /  señorial vs. servil:
    • Cuando los dominadores son quienes definen el concepto de bueno, son los estados psíquicos elevados y orgullosos los que son sentidos como aquello que distingue y que determina la jerarquía. El hombre aristocrático separa de sí a aquellos seres en los que se expresa lo contrario de tales estados elevados y orgullosos: desprecia a esos seres. […] Es despreciado el cobarde, el miedoso, el mezquino, el que piensa en la estrecha utilidad; también el desconfiado de mirada servil, el que se rebaja a sí mismo, […] ante todo el mentiroso ―creencia fundamental de todos los aristócratas es que el pueblo vulgar es mentiroso (p.236).
  • Consciencia de la propia riqueza vital:
    • La especie aristocrática de hombre se siente a sí misma como determinadora de los valores, no tiene necesidad de dejarse autorizar […]. Todo lo que conoce que hay en ella misma lo honra: semejante moral es autoglorificación. En primer plano se encuentra el sentimiento de la plenitud, del poder que quiere desbordarse, la felicidad de la tensión elevada, la consciencia de una riqueza que quiere regalar y repartir (p.237).
  • Honor al poderoso, al rigor y a la dureza:
    • El hombre aristocrático honra en sí mismo al poderoso, también al poderoso que tiene poder sobre él, que es diestro en hablar y en callar, que se complace en ser riguroso y duro consigo mismo y siente veneración por todo lo riguroso y duro (p.237).
  • Honrar la tradición:
    • Los poderosos son los que entienden de honrar, esto constituye su arte peculiar, su reino de la invención. El profundo respeto por la vejez y la tradición ―el derecho entero se apoya en este doble respeto―, la fe y el prejuicio favorable para con los antepasados y desfavorable para con los venideros son típicos en la moral de los poderosos (p.237).
  • Lo que más hace que al gusto actual le resulte extraña y penosa una moral de dominadores es la tesis básica de ésta de que sólo frente a los iguales se tienen deberes; de que, frente a los seres de rango inferior, frente a todo lo extraño, es lícito actuar como mejor parezca (p.238).
  • La capacidad y el deber de sentir un agradecimiento prolongado y una venganza prolongada ―ambas cosas, sólo entre iguales―, la sutileza en la represalia, el refinamiento conceptual en la amistad, una cierta necesidad de tener enemigos (como canales de desagüe, por así decirlo, para los afectos denominados envidia, belicosidad, altivez ―en el fondo, para poder ser buen amigo (p.238) [Quizá referirse a la tragedia y la épica en general].
  • Todos ésos son caracteres típicos de la moral aristocrática, la cual, como ya hemos insinuado, no es la moral de las “ideas modernas”, por lo cual hoy resulta difícil sentirla y también es difícil desenterrarla y descubrirla (p.238) [Ejemplos de errores al tratar de entenderla].
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23 marzo, 2014

Castilla, s. XV: mentalidad señorial y de guerra santa


Los castellanos no acostumbran tener en mucho las riquezas, mas la virtud; nin miden la honor por la quantidat del dinero, mas por la qualidad de las obras formosas; por ende las riquezas non son de alegar en esta materia [según hacían los ingleses], ca si por las riquezas mediésemos los asentamientos [las precedencias], Cosme de Médicis, o otro muy rico mercadero, precedería por ventura a algún duque.

[…] Los reyes de España –entre los cuales el primero e principal e mayor, el rey de Castilla e de León– nunca fueron subjectos al emperador [el Sacro Imperio Romano] nin a otro alguno, mas ganaron e alcançaron los regnos de los dientes de sus enemigos.

[…] El señor rey de Inglaterra, aunque faze guerra, pero non es aquella guerra divina […] ca nin es contra infieles, nin por ensalçamiento de la fe católica, nin por estensión de los términos de la cristiandat, mas fázese por otras cabsas.

[…] Callo agora la fermosura e grandeza de su corte, ca fablando con paz e reverencia de todos los príncipes, yo podría dezir que dentro de esta parte del mundo que sabemos, non hay corte de algún príncipe que sin bollicio nin movimiento de guerra sea tan visitada e llena de tantos prelados e condes e barones e otros nobles, e de tanta muchedumbre de gentes de pueblos, como la corte real de Castilla.

Alonso de Cartagena, converso y obispo de Burgos en el Conclio de Basilea, 1434, en Américo Castro. La realidad histórica de España. Sepan Cuantos… 372. Porrúa, 1987. p.67-68

6 marzo, 2014

La cultura antes y después de la revolución burguesa: José Martí


Casta painting containing complete set of 16 c...

Casta painting containing complete set of 16 casta combinations (racial classifications in Spanish colonies in the Americas). Oil on canvas, 148 cm x 104 cm (58 1/4 inches x 40 15/16 inches). (Photo credit: Wikipedia)

Aquellas luengas y pacientes obras, aquellas dilatadas y pacientes historias en verso, aquellas celosas imitaciones de gentes latinas que se escribían pausadamente, año sobre año, en el reposo de la celda, en los ocios amenos del pretendiente en corte, o en el ancho sillón de cordobán de labor rica y tachuelas de fino oro, en la beatífica calma que ponía en el espíritu la certidumbre de que el buen indio amasaba el pan, y el buen rey daba la ley, y la madre Iglesia abrigo y sepultura. Sólo en época de elementos constantes, de tipo literario general y determinado, de posible tranquilidad individual, de cauces fijos y notorios, es fácil la producción de esas macizas y corpulentas obras de ingenio que requieren sin remedio tal suma de favorables condiciones.

63

Otros fueron los tiempos de las vallas alzadas; éste es el tiempo de las vallas rotas. Ahora los hombres empiezan a andar sin tropiezos por toda la tierra; antes, apenas echaban a andar, daban en muro de solar de señor o en bastión de convento.

62-63

La guerra, antes fuente de gloria, cae en desuso, y lo que pareció grandeza, comienza a ser crimen. La corte, antes albergue de bardos de alquiler, mira con ojos asustados a los bardos modernos, que aunque a veces arriendan lalira, no la alquilan ya por siempre, y aun suelen no alquilarla. Dios anda confuso; la mujer como sacada de quicio y aturdida.

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“Prólogo al Poema del Niágara de Juan A. Pérez Bonalde” (1881). Ensayos y crónicas, p.59-78. Madrid: Cátedra, 2004 (Letras Hispánicas, 556).

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10 diciembre, 2013

De cómo la regla externa se vuelve íntima convicción: Nietzsche, Elias


Consideremos los siguientes pasaje de Más allá del bien y del mal (V, 188, t. A. Sánchez Pascual):

Lo esencial e inestimable en toda moral consiste en que es una coacción prolongada: para comprender el estoicismo o Port-Royal o el puritanismo recuérdese bajo que coacción ha adquirido toda lengua hasta ahora vigor y libertad —, bajo la coacción métrica, bajo la tiranía de la rima y del ritmo ⁅…⁆.

Examínese toda moral en este aspecto: la “naturaleza” que hay en ella es lo que enseña a odiar el laisser aller, la libertad excesiva, y la que implante la necesidad de horizontes limitados, de tareas próximas, —lo que enseña el estrechamiento de la perspectiva y por lo tanto, en cierto sentido, la estupidez como condición de vida y crecimiento. “Tú debes obedecer, a quien sea, y durante largo tiempo: de lo contrario perecerás y perderás tu última estima de ti mismo” —: éste me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, el cual, desde luego, ni es “categórico”, como exigía de él el viejo Kant (de ahí el de lo contrario), ni se dirige al individuo (¡qué le importa a ella el individuo!), sino a pueblos, razas, épocas, estamentos y, ante todo, al entero animal “hombre”, el hombre.

Propongo que:

  • Pongamos entre paréntesis la polémica antimetafísica lo mismo que el lenguaje naturalista.
  • Centremos nuestra atención en los siguientes puntos:
    • La moral es un entrenamiento del individuo.
    • Los fines de ese entrenamiento no conciernen al individuo, sino al grupo social: donde Nietzsche escribe, decimonónicamente, pueblos y razas, nosotros podemos leer clase social, género; e incluso separar el concepto pueblo de su vinculación al nacionalismo decimonónico y obtener etnia.
    • Así, podremos ver que la moral es un mero recurso del grupo social para producir un tipo humano: el grupo produce al hombre o la mujer que necesita; y el hombre o la mujer, habiendo interiorizado las exigencias del grupo, hace lo que se espera de él, no porque se le obligue, sino por convicción propia. La moral consiste en la transformación de la ley externa en fuero interno.

Ahora, veamos cómo se ejemplifica esto en La sociedad cortesana, de Norbert Elias (FCE, 1982, t. Guillermno Hirata). En más de un pasaje, el autor insiste en la relación entre lo externo y lo interno en la vida de los cortesanos de Luis XIV. Lo que para nosotros son reglas asfixiantes, incomprensibles, absurdas, para ellos eran exigencias que debían cumplir si querían seguir siendo reconocidos como nobles, lo cual era esencial para sus vidas. Para ellos, la existencia carecía de sentido fuera de la forma de vida noble, por lo que el fuero externo —la opinión, en el lenguaje del Siglo de Oro español— se convertía en fuero interno. En consecuencia, debían adoptar, aprender, interiorizar un conjunto de disciplinas cotidianas que les permitieran permanecer y, de ser posible, mejorar en el medio cortesano. En el capítulo “Etiqueta y ceremonial”, Elias examina tres de esas disciplinas el arte de observar a los hombres, el arte de manipular a los hombres y el control de los afectos. Al leer los apartados que dedica a estas prácticas, me llamó mucho la atención la manera en que se traslapan las fronteras entre arte (en el sentido anterior al concepto de las “bellas artes”), etiqueta y ética. La etiqueta forma parte de una ética, la ética se practica con arte (pero la diferencia entre arte, ética y etiqueta es cosa de nosotros, algo que proyectamos sobre el pretérito: la confusión está en nuestras mentes, no en las prácticas de los hombres del pasado).

Veamos aquí dos pasajes de La sociedad cortesana donde se describe disciplinas de las cuales nosotros entenderíamos que se practiquen por razones “morales”, y sobre las que Elias debe advertir que no lo son —pero en nuestro sentido, aclararía yo. Porque sí eran parte de la moral, de las reglas esenciales de la forma de vida de esos hombres, los del Gran Siglo francés (tan admirado por Nietzsche, quien compartía con ellos la admiración por Baltasar Gracián).

El arte de la observación de los hombres, sin embargo, no se refiere únicamente a los demás, sino que se extiende también al observador mismo. Se desarrolla aquí una específica forma de la autoobservación. “Qu’un favori s’observe de fort près”, como decía Labruyère. La aurtoobservación y la observación de los demás hombres se corresponden mutuamente. Una sería inútil sin la otra. No se trata, pues, aquí, como sucede en un autoexamen hecho por motivos religiosos, de una inspección de lo “interno”, ni de un ensimismarse como un ser solitario para probar y disciplinar sus deseos más recónditos según la voluntad de Dios, sino de una observación de sí mismo para adquirir una disciplina en el trato social (p.142).

No se puede calcular el grado ⁅de las consecuencias (aclaración mía)⁆ de un desahogo afectivo. Descubre los verdaderos sentimientos de la persona en cuestión en un grado que, por no ser calculado, puede ser perjudicial; quizá da triunfos a los que compiten con uno por el favor y el prestigio. Da, finalmente y sobre todo, un signo de inferioridad; y ésta es precisamente la situación que más teme el cortesano. La competencia de la vida cortesana obliga así a un control de los afectos en favor de una conducta exactamente calculada y matizada en el trato con los hombres (p.151).

27 noviembre, 2013

Más sobre la historicidad de los valores: N. Elias


Las formas de vida y las posibilidades de experiencia que el ancien régime guarda en sí con su corte y su cortesana sociedad estamentaria son para la mayoría de los hombres de las sociedades estatales, nacionales e industriales, tan poco directamente accesibles como las de las sociedades más simples de las que se ocupan los etnólogos.

Norbert Elias, La sociedad cortesana. T. Guillermo Hirata. México: FCE, 1982, p.154

3 noviembre, 2013

Nobleza, honra y opinión social


Pese a su título nobiliario, [un aristócrata] sólo pertenece de facto a la respectiva “buena sociedad” en tanto los otros […] lo consideran miembro. […] Una expresión significativa de esta importancia y de esta función de la opinión social en toda “buena sociedad”  es el concepto del “honor” y sus derivados […]. Originariamente el honor constituía la expresión de la pertenencia a la sociedad aristocrática. Uno conservaba su honor mientras continuaba siendo miembro, tanto según la “opinión” de la respectiva sociedad, como, en consecuencia, ante su propia consciencia. Perder el honor significaba perder la pertenencia a esa “buena sociedad”. Y uno la perdía mediante la sentencia de la opinión social de estos círculos […]. Éstos juzgaban en el sentido de un específico ethos aristocrático en cuyo centro estaba la conservación de todo aquello que, según la tradición, servía al distanciamiento de las capas de inferior rango y, por consiguiente, de la existencia aristocrática como un valor propio.
Si tal “buena sociedad” denegaba a un miembro el reconocimiento de su pertenencia, éste perdía, entonces, su “honor” y, por tanto, una parte constituyente de su propia identidad personal. De hecho, con bastante frecuencia, un noble empeñaba su vida por su “honor”; prefería perder su vida que la pertenencia a su sociedad.

Norbert Elias, La sociedad cortesana. T. Guillermo Hirata. México: FCE, 1982, p.129-130.

20 octubre, 2013

Lope de Vega: la sociedad estamental como tablero de ajedrez


Español: Diagrama de la obra de Luis Ramírez d...

Es Madrid una talega
de piezas, donde se anega
cuanto su máquina pare.
Los reyes, roques y alfiles
conocidas casas tienen;
los demás que van y vienen
son como peones viles:
todo es allí confusión.

La dama boba, I, v.106-114.

12 septiembre, 2013

Norbert Elias sobre la honra y la apariencia


(Donde Elias escribe “duque”, pensemos nosotros en el escudero del Lazarillo).
La coacción para que se represente el rango es implacable. Si se carece del dinero para ello, entonces el rango y, por ello, la existencia social de su poseedor, gozan de una muy precaria realidad.  Un duque que no vive como debe vivir un duque y que tampoco puede ya, en consecuencia, cumplir ordenadamente con las obligaciones sociales de ese rango, ya casi no es duque.

La sociedad cortesana, p.88.