Posts tagged ‘clasicismo y neoclasicismo’

29 agosto, 2018

El soneto clasicista en el México del s. XIX


Carolina Urbano-M.de_San_Carlos

Escalera principal del Museo Nacional de San Carlos. Foto de Carolina Urbano [CC BY-SA 3.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, from Wikimedia Commons

 

He tratado, con esta pequeña selección, de mostrar la presencia y la continuidad de la poesía escrita en México según los cánones de la tradición clásica. En general son poemas de los más conocidos, tomados del Ómnibus de poesía mexicana, de Gabriel Zaid (Siglo XXI, múltiples ediciones), o de La poesía: siglos XIX y XX, de José E. Pacheco y C. Monsiváis (Promexa, 1992, 2a. ed.). Solamente el poema de Manuel J. Othón lo transcribí directamente de Poemas rústicos (ed. de Joaquín A. Peñalosa, Universidad Veracruzana, 1990), por lo bien que expresa el idealismo que constituye el fondo de esta estética.

La separación de Clorila

Fray Manuel Martínez de Navarrete (Zamora, 1768-Tlalpujahua, 1809)

Luego que de la noche el negro velo
por la espaciosa selva se ha extendido,
parece que de luto se han vestido
las bellas flores del ameno suelo.

Callan las aves, y con tardo vuelo
cada cual se retira al dulce nido.
¡Qué silencio en el valle se ha esparcido!
Todo suscita un triste desconsuelo.

Sólo del búho se oye el ronco acento;
de la lechuza el eco quebrantado,
y el medroso ladrar del can hambriento-

Queda el mundo en tristeza sepultado,
como mi corazón en el momento
que se aparta Clorila de mi lado.

Las troyanas

Manuel Carpio (Cosamaloapan, 1791-Ciudad de México, 1860)

Fue tomada a traición Troya inocente;
murió el rey con la flor de sus troyanos,
y con sangre mancháronse inhumanos
los griegos, de los pies hasta la frente.

Entre el lloro y los gritos de la gente
al fin quemaron enemigas manos
muros y templos y los dioses vanos,
las torres y el alcázar eminente.

Mas la reina y sus fieles compañeras,
esclavas de señores arrogantes,
fueron a dar a tierras extranjeras;

Y a orillas de los mares resonantes
sentábanse a llorar las prisioneras,
vueltos a Ilión los pálidos semblantes.

La cascada de Barrio Nuevo (de Sitios y escenas de Orizaba y Córdoba)

José Joaquín Pesado (San Agustín del Palmar, Puebla, 1801-Ciudad de México, 1861)

Crecida, hinchada, turbia la corriente
troncos y peñas con furor arrumba,
y bate los cimientos y trastumba
la falda, al monte de enriscada frente.

A mayores abismos impaciente
el raudal espumoso se derrumba;
la tierra gime: el eco que retumba
se extiende por los campos lentamente.

Apoyado en un pino el viejo río,
alzando entrambas sienes, coronadas
de ruda encina y de arrayán bravío;

entre el iris y nieblas levantadas
ansioso de llegar al mar umbrío,
a las ondas increpa amotinadas.

Después de los asesinatos de Tacubaya

Ignacio Ramírez (San Miguel Allende, 1818-Ciudad de México, 1879)

Guerra sin tregua ni descanso, guerra
a nuestros enemigos, hasta el día
en que su raza detestable, impía
no halle ni tumba en la indignada tierra.

Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,
tus fieras y torrente; tu armonía
niégales, ave de la selva umbría;
y de sus ojos, sol, tu luz destierra.

Y si impasible y ciega la natura
sobre todos extiende un mismo velo
y a todos nos prodiga su hermosura;

anden la flor y el fruto por el suelo,
no les dejemos ni una fuente pura,
si es posible ni estrellas en el cielo.

Al caer la tarde

Joaquín Arcadio Pagaza (Valle de Bravo, 1839-Jalapa, 1918)

Van en tropel cruzando los bermejos
celajes el espacio; la campaña
pueblan las sombras; y los riscos baña
tardo el Sol con los últimos reflejos.

En medio, Lauro, a los copudos tejos
que sombríos coronan la montaña,
descasa Filis, cuya la cabaña
fue que en ruinas vislumbras no muy lejos.

Aquella claridad que surge ahora
ciñendo el mar, de céfiros ladrones,
la hueste que perfumes atesora,

y este plañir tenaz de los alciones,
¡cuánto agradaban, cuánto, a mis pastora…!
…¡Apiádate de mí!… ¡No me abandones!

Miramar en 1876

Ignacio Montes de Oca y Obregón (Guanajuato, 1840-Nueva York, 1921)

Sepulcro de doradas ilusiones,
terror de las modernas monarquías,
ostentas hoy, cual en mejores días,
tus muros y almenados torreones.

Corona azteca vanidoso pones
en pórticos y vastas galerías,
y de México al águila confías
tu regia alcoba y mágicos salones.

¿Mas do está el príncipe que ser y fama
te diera, y nombre de fatal dulzura?
¿Do la que fue tu luz, augusta dama?

Encubre a aquél sangrienta sepultura,
y a la infeliz Princesa, en lenta llama
quemando va terrífica locura.

Invocación

Manuel José Othón (San Luis Potosí, 1858-San Luis Potosí, 1906)

No apartes, adorada Musa mía,
tu divino consuelo y tus favores
del alma que, nutrida en los dolores,
abrasa el sol y el desaliento enfría.

Aparece ante mí como aquel día
primero de mis jóvenes amores
y en tu falda blanquísima con flores
modestas y olorosas atavía.

¡Oh, tú, que besas mi abrasada frente
en horas de entusiasmo o de tristeza,
que resuene en tu canto inmensamente

tu amor a Dios, tu culto a la Belleza,
alma del Arte, y tu pasión ardiente
a la madre inmortal Naturaleza!

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23 agosto, 2018

Notas a los textos de J. A. Alzate


1. Así en la fuente. Más previsible sería inextricable: “Intrincado, confuso, enmarañado y que no es fácil de desenredar”, según el Diccionario de autoridades. Muy probablemente alguno de los errores que reconoce el propio Alzate, sobre los cuales dice:

Aquí no hay corrector calificado como tal; y por desgracia en las escuelas no se le da a la juventud sobre este particular la instrucción necesaria. ¿Hemos de ser de tan mal humor, que no hemos de perdonar un pequeño descuido, mucho más cuando tan fácilmente se corrigen esos pequeños errores por cualesquiera lector?” (p. 135, en la refutación a las críticas recibidas por su periódico).

2. Por “sistemas” se refiere a las teorías heredadas de la ciencia premoderna, a las que se les reprochaba ser demasiado especulativas y ajenas a la observación y la experimentación.
3. Éstos no son los nombres científicos usados en la actualidad. Debe tomarse en cuenta que el sistema taxonómico moderno, el de Linneo, se encontraba todavía en proceso de discusión y aceptación. De hecho, Alzate lo rechazó explícitamente. Sobre el tema podemos leer “Linneo en México, la polémica sobre la sexualidad y la nomenclatura en las plantas”, de Graciela Zamudio (sigan el vínculo).
4. Preternatural: Según el Diccionario de Autoridades, “lo que excede la debida orden de la naturaleza”. El pensamiento teológico suele oponerlo tanto a natural como a sobrenatural; esto último se refiere también a lo que se eleva por encima de la naturaleza, pero además sólo puede ser llevado a cabo por Dios.
5. Sobre el nepente, mejor los remito a este diccionario de etimologías.
6. Melarquía: sinónimo en desuso de melancolía.

22 agosto, 2018

José A. de Alzate (1737-1799): algunos textos


Observaciones: Todos los números de página remiten a: Alzate y Ramírez, José Antonio de. Obras – I: Periódicos. Ed. Roberto Moreno. México: UNAM, 1980.
No transcribo las notas del autor ni del editor. Yo elaboré algunas, que se hallan en otra entrada. Sigan los vínculos de las llamadas.
(Sobre los “cuomodos y posibilidades”, claramente se trata de términos pertenecientes a la escolástica. Parece que se impone hacer una visita a las bibliotecas para buscar una buena enciclopedia de filosofía).

Optimismo ilustrado

¿Habrá quien se atreva a negar que las ciencias en los últimos años del siglo pasado y en lo que corre del nuestro, siglo verdaderamente de las luces, han tomado otro semblante? De embarazosas, caprichosas y enemigas del buen empleo del precioso veloz tiempo, se han convertido en deleitosas, metódicas (gracias al genio geómetra, que, sin sentir, se ha introducido en todas las facultades) y lo que es más, se conoce ya el camino seguro por donde deben conducirse, abandonadas ya aquellas veredas abismosas que conducían a un laberinto inexplicable (1) […].
La filosofía, antes tan espinosa y llena de palabras sin sentido y de cuestiones ociosas, está reducida a su verdadero fin. La lógica, restringida a sólo lo que en ella se conoce de útil. La física, con los instrumentos en mano, averigua la naturaleza con descubrimientos que nuestros mayores hubieran reputado por mágicos. Finalmente, la metafísica está redimida de tantos grillos y prisiones, cuales eran los cuomodos y posibilidades.
La medicina, aquella facultad tan preciosa a la humanidad cuando se maneja con sindéresis, estriba en el día en sus dos polos, la física y anatomía, sirviéndola de brújula la observación, habiendo los reformadores de ella desterrado los sistemas a los países de la imaginación (2). Lo mucho que ha avanzado la química, botánica, cirugía y anatomía, hermanas inseparables de la medicina, lo testifican bien los descubrimientos importantes que continuamente se publican en Europa.
Las matemáticas, que en tiempos anteriores estaban reputadas por mera diversión, han hecho servicios importantes a la sociedad, luego que fueron patrocinadas por quienes conocieron su utilidad.
La reforma se ha extendido también a la historia, teatro, poesía, educación de la juventud, etc. La primera se trata al presente con el método que se debe: una simple narración de los hechos y un estilo naturalmente hermoso prepondera a aquellas digresiones importunas, paralelos de hechos afectados y extravagantes, acasos misteriosos y circunstanciados.
El teatro, que contra su primera institución estaba reducido a escuela de las pasiones, goza al presente, manejado por los anatómicos del corazón humano, el ser una mera diversión, caso que no llegue a ser correctivo de nuestras flaquezas; aquellos poetas hiperbólicos y ridículos afectados que tanto lucieron en sus tiempos, se han extinguido cuando los verdaderos discípulos de Apolo reconocieron el camino que debía conducirlos al Parnaso.
Para la educación de la juventud se han publicado muy excelentes métodos, con los cuales se hace mucho progreso en breve tiempo y se evita aquella aridez que convertía en espinas las que son verdaderamente rosas. No sólo las ciencias; las artes han logrado sus mejoras, luego que los sabios unidos a los artistas han corregido lo que éstos ejecutaban sin más maestro que una práctica ciega.
Expuesta ya esta breve reforma, que con tanta felicidad vemos ejecutada en el imperio de las letras, propondré el método al que me ceñiré en los papeles que publicare.
Todo lo que me pareciere redundar en utilidad pública, impreso en idioma extranjero, lo comunicaré a la patria en extracto, o como me pareciere más conveniente. Aquellos manuscritos que llegasen a mis manos, y que su desgracia tiene sepultados en el polvo del olvido, si fueren cortos lograré el mérito en su edición; si no admitieren extracto, daré tan solamente una idea ligera, para que sus autores logren en parte el premio debido a sus fatigas. Las personas que gustaren enviarme algunas memorias útiles, las publicaré en su nombre. Si su modestia quisiere mantenerlos disfrazados, esté seguro que me aproveche de su trabajo. Mi genio no puede acomodarse ni ha hecho la prueba de ladearse con el plagio; en asuntos políticos guardaré el silencio que por obligación compete al súbdito (p. 63-65; de “Prólogo e idea general de esta obra”, en Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 26 de octubre de 1772).

Un terremoto: crónica y perspectiva científica

[El terremoto] comenzó a las seis y media de la mañana, poco antes o después, según la variedad de opiniones. Los primeros movimientos fueron lentos; pero los que sucedieron, tan terribles, que no se conserva memoria de que otro igual haya acontecido en esta ciudad, lo que se manifiesta con haberse vaciado las fuentes casi hasta la mitad. El terremoto siguió en su movimiento dos direcciones contrarias, lo que se verifica con haber parado dos relojes, cuyos péndulos se movían en direcciones contrarias, la una de norte a sur, la otra de oriente a poniente. Si los movimientos hubieran sido solamente de norte a sur, no hubiera parado el que seguía el mismo movimiento.
Otra prueba se puede tomar, de haberse hecho pedazos unos con otros los candiles o arañas de cristal de las capillas de Nuestra Señora de Loreto de la iglesia de San Agustín, y los del convento de San Francisco en la de San Antonio. Los de la primera estaban de norte a sur, y los de la otra, de oriente a poniente. Es verdad que el mayor número de bamboleos fueron de norte a sur, lo que parece depende de la dirección de las montañas, de que antes hablamos.
Otro movimiento se observó, que fue como de elevación, lo que parece dependió de la entumecencia de la tierra, causada por la acción del fuego subterráneo; y a esto se puede atribuir el haberse hendido la tierra en michos parajes de esta ciudad.
El tiempo que duró el terremoto es difícil de asignar; pero parece pasó de siete minutos; algunos dicen tan solamente cinco; otros se extienden a un cuarto de hora, pero es exageración. A las ocho y media repitió ligeramente; y según algunos, se anunció el día treinta de marzo a las cuatro y media de la mañana, y el tres de abril a las ocho poco más de la noche.
Los efectos son más para sentidos que para referidos; no hay edificio grande o pequeño que no demuestre las señales del día cuatro de abril […].
Muchas personas tendrán a impiedad el ver que asigno causa física al terremoto; a los que les advierto reconozcan primero las obras del señor Benedicto XIV, principalmente en el libro cuarto del Beatificatione sanctorum […]; no puedo omitir las palabras del ilustrísimo peruano el señor Villarroel, quien en el tomo 2 de su Gobierno eclesiástico […] dice: “Los terremotos no siempre son castigos de los pueblos” […].
Si hay algunos anuncios para los terremotos, son con tanta inmediación que es imposible estén sujetos a los astrólogos y es atrevimiento el quererse valer de la credulidad del vulgo para adivinar lo que no entienden; si alguna vez por contingencia han atinado, es a fuerza de errar; es muy difícil que un ciego que dispare cien tiros hacia un blanco deje de dar con alguno […]. Me es preciso hablar un poco del sistema que atribuye a la electricidad ser causa de los temblores… (p. 38-41; de “Observaciones físicas sobre el terremoto acaecido el cuatro de abril del presente año”, Diario Literario de México, 26 de abril de 1768).

Alzate naturalista

El algodón se divide en varias especies; las más conocidas son el algodón herbáceo, xilon herbaceum, y es el más común; ésta es una planta pequeña; las otras llegan a formar árboles, y es a la que los botánicos llaman xilon arboreum.(3) El algodón árbol crece, según los padres Dutertre, Labat y monsieur Fresier, hasta tener de alto tres varas y media y formar una bella copa. Su tronco es grueso como un muslo; sus hojas se dividen en tres, y están colocadas con alternación. Su flor es amarilla, monopétala, a manera de campana, hendida en cinco o seis partes; a las flores sucede un capullo del tamaño de una nuez, dividido en pequeñas cavidades, las que contienen los huesos y filamentos. Este fruto se abre por sí, por lo que es necesario tener mucho cuidado para cogerlo con prontitud, por lo que pueden lastimarlo las lluvias y polvo (p. 69; De “Descripción de una máquina muy sencilla y muy útil para deshuesar el algodón”, Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 2 de noviembre de 1772).

Agricultura y prosperidad pública

La agricultura, tan necesaria en la vida, no necesita de encomios para exaltarla; todos conocemos las grandes ventajas que la recomiendan y la necesidad que hay de practicarla. Ella es como un pingüe mayorazgo, que con los frutos que produce recompensa sobradamente el trabajo que se expende en su conservación y aumento. Los países en que florece tienen un tesoro constante y muy superior a los minerales, en cuanto éstos dependen de la naturaleza y aquéllos de la industria.
Si la fertilidad tuviera voces, cómo se explicaría con muchos habitantes de América, pues olvidando el que pueden ser ricos, o a lo menos pasar la vida con descanso, miran los campos fértiles que los rodean como si fueran arenales de la Libia; y contentos con un corto alimento que adquieren con poco trabajo, dejan a las campiñas y bosques producir malezas y ser el abrigo de fieras y animales incómodos.
¿No es compasión que en millares de leguas cuadradas que tiene esta Nueva España en las costas del Mar del Sur, tan propias para el cultivo del cacao, se hallen infructíferas por nuestro descuido? ¿Y que en ellas sólo permanezcan algunos rastros para demostrar que nuestros mayores fueron más laboriosos? En los contornos de Colima y Zacatula aún se ven algunos árboles de cacao que permanecen, más por la fertilidad de la tierra que por la industria de los habitantes […].
Es constante que el uso del chocolate se va cada día propagando en Europa; ¿qué beneficio no redundaría al comercio de ambas Españas si el ramo del cacao no estuviera abandonado? La extracción de este género sería competente, porque el que se da en las provincias donde se cultiva aún no es suficiente para el consumo. Esto es lo que me ha movido a exponer la presente memoria, por si alguno quisiera valerse de mi trabajo (p. 44-45; “Memoria sobre el beneficio y cultivo del cacao”, Diario Literario de México, 4 de mayo de 1768).

Observador de la naturaleza y participante de los debates públicos

El abuso de los pipiltzintzintlis es una de aquellas reliquias del gentilismo que se conservan entre algunos de los indios; así lo expresan los edictos publicados por los prelados de este reino, y últimamente el del año 1769, en el cual se encarga a los párrocos empleen todo su anhelo para desarraigar esta superstición en que va de por medio la salud espiritual de los indios y puede añadirse también loa temporal. Algunas observaciones y descubrimientos que se me han entrado por los ojos me proporcionan asunto para la presente memoria, por la gran utilidad que puede resultar. La superstición de los indios, en el uso de los pipiltzintzintlis, se reduce a tomar ciertas semillas, creyendo que por su medio adivinan y tiene mil raptos, en los cuales se les manifiestan las cosas más recónditas, con otras particularidades procedidas según su ignorancia y malicia. Los efectos que en ellos producen son espantosos: unos manifiestan una alegría ridícula, otros permanecen por algún tiempo estúpidos, otros, y esto es lo más común, representan vivamente a un furioso; y todos estos efectos los creen muchos de ellos como sucedidos por la mediación del demonio.
¿Qué cosa son los pipiltzintzintlis? ¿Su efecto es natural o preternatural?(4) A lo primero, satisfago con la experiencia: habrá como diez años que la casualidad me proporcionó la ocasión del desengaño; conseguí una pequeña cantidad de dichos pipiltzintzintlis, la que se componía de una mezcla de semillas y yerbas secas; a la primera vista luego reconocí no eran otra cosa que las hojas y semillas del cáñamo; advertencia que tuve al punto, por haber visto antes en un jardín las plantas del cáñamo. No obstante ésta que para mí era una demostración, en primera ocasión y para quedar del todo convencido, sembré aquellas semillas con toda la precaución posible y logré unas plantas de cáñamo, lo mismo que el de Europa, las que los indios, reconociendo por pipiltzintzintlis, fue necesario arrancar las plantas luego que comenzaron a madurarse las semillas por cuanto procuraban pillar toda la que podían.
[…] Demostrado ya que los pipiltzintzintlis no son otra cosa que el cáñamo, me resta satisfacer a la segunda pregunta, lo que voy a ejecutar, advirtiendo, lo primero, no ser solos los indios de la Nueva España los que practican el uso interior de la semilla y hojas del cáñamo para sus visiones extravagantes. Lo segundo, que los efectos observado en los que usan interiormente del cáñamo o pipiltzintzintli por lo regular son naturales. Para lo primero, es muy útil lo que dice monsieur Petit, en su disertación sobre el nepenthes(5) de Homero, impresa en 1689 […]: “Entre las drogas (dice) que tienen este uso los egipcios se sirven también de otra composición, a la que llaman asís; éstos son unos polvos compuestos de hojas de cáñamo, las que amasan mezclándole agua y formando unas píldoras cuando quieren olvidarse de sus melarquías,(6) de sus cuidados, y procurando su alegría; esta droga que los embriaga al punto, les hace poco tiempo después pasar a una especie de rapto o sueño estático, durante el cual ven las cosas más agradables del mundo: los bosques, las fuentes, los prados o jardines, adornados de las más bellas flores […].”
Igual noticia nos presenta el célebre Valmont de Bomare en su Diccionario universal de historia natural, etc., impreso en París en 1767, en la palabra chambre, cáñamo […]: “Las hojas de cáñamo parecen contener una virtud que embriaga y adormece […]”.
El testimonio de monsieur Valmont es de mucho peso. ¿A quién otro que a un naturalista se debe creer sobre las virtudes que contienen las producciones de la naturaleza? Según lo que refiere, el cáñamo es narcótico, y por consiguiente sus efectos son naturales, con que no es mucho que los indios que lo toman padezcan un trastorno de cerebro, por un efecto muy natural.
Temeridad sería afirmar que en algunas ocasiones los efectos del cáñamo en los indios no sean coadyuvados por el espíritu de las tinieblas […]; pero por lo regular, debemos confesar que en los más los efectos y visiones son puramente naturales. La piedad, la razón y la crítica nos dictan que no debemos reputar por preternatural todo aquello que no se extiende fuera de los límites de la naturaleza (p. 76-80; de la memoria sobre el uso sobre el uso que hacen los indios de los pipiltzintzintlis, en Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 9 de noviembre de 1772).

Participemos en el progreso universal

Entre algunas advertencias que se han hecho acerca de mis Asuntos […] es la de culparme de muy poseído de aquel espíritu que llaman extranjerismo; acusación que debo rechazar, manifestando mi modo de pensar. Siempre me gloriaré de haber nacido y ser vasallo español: tiene esta nación tan sobrados méritos para su gloria, que sólo la profunda ignorancia o ridícula preocupación pueden tener ánimo para calumniarla. ¿Quién ignora que la nación española ha campeado en todas las líneas en los dilatados climas de la tierra? ¿Habrá nación que se le compare en sus empresas? ¿No es ella la primera que midió a pasos contados la dilatada redondez de la tierra? ¿En los estrépitos de Marte, no ha mostrado un valor invencible? […]
¿Acaso esto que llevo dicho impide el que no nos valgamos de lo bueno que produjeron las otras naciones? De ninguna manera. Las ciencias no afectan patria; las naciones cambian sus conocimientos y ésta es la práctica de todos los tiempos. ¿Los romanos no enviaron a Grecia por las leyes de las doce tablas? […] Finalmente ¿Concina, Fleury, Bossuet y otros muchos son españoles? Con todo, vemos la prontitud con que han sido vertidos a nuestro idioma; esto es lo único que yo ejecuto para el bien de mi nación […]. La culpa que en mí se hallare se le deberá imputar a Feijoo y a los demás escritores españoles de estos últimos tiempos; y advierto que si los extranjeros, según dice, nos han aventajado en el estudio de las ciencias naturales, la España en el siglo décimo sexto era la maestra de las demás naciones. El cardenal Jiménez de Cisneros, con su impresión de la Biblia Políglota, los Nebrijas, los Vives […] son los héroes de la literatura de aquel siglo.
¿Será cierto, según dice un político, pero algo visionario, que los sabios y las ciencias se pasarán a la América, abandonando la Europa? Creo que en ésta no se volverá a experimentar aquella barbarie de los siglos décimo y undécimo, y que la América […] conservará el título de sabia que hasta aquí ha poseído legítimamente; y en lo venidero coadyuvará para los nuevos descubrimientos que tanto se desean en favor de la humanidad (p. 132-135; de una refutación a las críticas hechas a Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 28 de diciembre de 1772).

Orgullo por Nueva España y los novohispanos

Mediré por un ensayo mis fuerzas para ver si puedo proponer alguna idea en que demuestre que los mineros de Nueva España poseen mayores conocimientos que los alemanes. […] Si a un minero alemán se le propone rompa un peñasco sin usar de pólvora, responderá acaso ignora la maniobra; pero un minero de Nueva España formará un taladro en el peñasco, y después atacará con un trapo o con yerbas, y el aire, en virtud de su elasticidad, romperá el peñasco; esta operación, inconocida a los físicos de Europa, aquí es tan vulgar que, en las inmediaciones de México, los que extraen en los Remedios la piedra para fabricar edificios acostumbran este método; así desprenden piedras de mucho volumen los canteros, y al metal los infelices barreteros que no tienen con qué comprar pólvora.
[…] ¿Piensa vuestra merced que nuestros mineros conocen el nombre de Euclides o que tienen alguna idea de triángulos, círculos, etcétera? No obstante, saben (no sé el cómo) ejecutar tiros, socavones y lumbreras capaces de confundir al más ingenioso geómetra; es cierto que muchas operaciones les resultan falsas; pero en lo general, por ciertas combinaciones que ignoramos, pero que prueban el imperio del alma racional, dirigen las operaciones de forma que consiguen conducirse al punto que se encaminan sus ideas […]. Si las hormigas saben fabricar los tiros y socavones necesarios a su destino ¿el hombre adornado de la alma inmortal no podrá ejecutar empresas de mayor orden? Si lograse proporción para imprimir lo que he visto en muchos reales de minas, después de haber caminado más de tres mil leguas, habría materia suficiente para manifestar que los sujetos destinados para aprender la mineralogía deberían, abandonando la Alemania y Suecia, encaminarse a Nueva España, en la que hallarían mucho que observar y muchísimo que aprender (p. 231-233; en la continuación de la “Carta a don N. sobre el estado ventajoso en que se halla la práctica de la minería en Nueva España”, Observaciones sobre la Física, Historia Natural y Artes Útiles, 30 de octubre de 1787).

2 febrero, 2016

La poesía mexicana en vísperas del modernismo


Manuel_Ocaranza_-La flor muerta 1868-2

Manuel Ocaranza: La flor rota, 1868

Al caer la tarde
Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918)

Van en tropel cruzando los bermejos
celajes el espacio; la campaña
pueblan las sombras; y los riscos baña
tardo el Sol con los últimos reflejos.

En medio, Lauro, a los copudos tejos
que sombríos coronan la montaña,
descasa Filis, cuya la cabaña
fue que en ruinas vislumbras no muy lejos.

Aquella claridad que surge ahora
ciñendo el mar, de céfiros ladrones,
la hueste que perfumes atesora,

y este plañir tenaz de los alciones,
¡cuánto agradaban, cuánto, a mis pastora…!
…¡Apiádate de mí!… ¡No me abandones!

Los naranjos (fragmento)
Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893)

Perdiéronse las neblinas
En los picos de la sierra,
Y el sol derrama en la tierra
Su torrente abrasador.
Y se derriten las perlas
Del argentado rocío,
En las adelfas del río
Y en los naranjos en flor.

Del mamey el duro tronco
Picotea el carpintero,
Y en el frondoso manguero
Canta su amor el turpial;
Y buscan miel las abejas
En las piñas olorosas,
Y pueblan las mariposas
El florido cafetal.

(…)

A Gloria (fragmentos)
Salvador Díaz Mirón (1853-1928)

No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.

(…)

Fiando en el instinto que me empuja,
desprecio los peligros que señalas.
«El ave canta aunque la rama cruja,
como que sabe lo que son sus alas».

(…)

¡Alumbrar es arder! ¡Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma!
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.

Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan… ¡Mi plumaje es de esos!

(…)

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.

28 agosto, 2015

E. R. Curtius: los ejemplos en retórica


Exemplum (parádeigma) es término técnico de la antigua retórica, a partir de Aristóteles, y significa “historia que se inserta a manera de testimonio”. A esto se añade más tarde (desde ca. 100 a.C.) una nueva forma del ejemplo retórico, que tendría gran importancia en el futuro: el personaje ejemplar (eikón, imago), esto es, la “encarnación de cierta cualidad en una figura: Cato ille uirtutum uiua imago“. Cicerón (De oratore, I, xviii) y Quintiliano (XII, iv) encarecen al orador la necesidad de echar mano de ejemplos de la historia, la mitología y la leyenda heroica.

Curtius, Ernst. R.: Literatura europea y Edad Media latina, FCE, 1955, T. Margit Frenk y Antonio Alatorre, p.94.

28 agosto, 2015

E. R. Curtius: las sentencias en la poesía y la retórica de tradición clásica


En los poetas antiguos se encuentran cientos y miles de versos que condensan una experiencia psicológica o una norma de vida. Aristóteles estudio esos aforismos […] en su Retórica (II, xxi); Quintiliano los llamó sentencias (propiamente, “juicios”) porque se asemejaban a las resoluciones de las asambleas públicas (VIII, v, 3).

Curtius, Ernst. R.: Literatura europea y Edad Media latina, FCE, 1955, T. Margit Frenk y Antonio Alatorre, p. 92.

29 marzo, 2015

Nicolas Poussin: Paisaje con Polifemo


Poussin Nicolas - Landscape with Polyphemus - GJ-1186

24 julio, 2014

El triunfo de Galatea, por Rafael


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(Rafael Sanzio, 1483-1520: El triunfo de Galatea).

Invidia de las ninfas y cuidado
de cuantas honra el mar deidades era;
pompa del marinero niño alado
que sin fanal conduce su venera.

Luis de Góngora: Fábula de Polifemo y Galatea, v.113-116.

19 febrero, 2014

Los estoicos: algunas ideas esenciales


Dios, el cosmos y el destino del mundo

  • “La cosmología estoica es un monismo materialista y teológico” (107).
  • “Sólo existe Dios, que es el universo, lo eterno, lo uno y el bien. Opera como éter ígneo, en Logos espermático o semilla que germina diferenciándose en los entes de realidad. Todo es materia, incluso las virtudes y los conceptos, según Crisipo” (106).
  • “El éter ígneo es la zona más sutil del fuego creador, por el cual los demás elementos son creados” (107).
  • “A la evolución ascendente, sigue una evolución descendente, un desgaste. Al término del Grande Año, […] el universo se reabsorberá en el éter ígneo, por un incendio universal o ekpyrosis” (107).
  • “El principio eterno del mundo es el destino, cuya voz, como en Homero, “mandó de una sola vez para siempre” (107).
  • “Sólo hay un Dios. Los dioses son alegorías, comodidades de la mente, […] o bien son deificaciones legendarias para honrar a los bienhechores” (108).
  • “Dios, razón universal, es una providencia consciente de sus fines” (108).
  • “La finalidad [del universo] es la suma perfección. […] Zenón piensa que hasta la chinche tiene el encargo providencial de evitar el sueño excesivo” (108).
  • “Y como todos los extremos de la realidad son armónicos y conexos, pueden dar señales unos de otros. Se acepta, pues, la adivinación por los signos, la mántica popular, la creencia en los presagios” (108).
  • Al postular la existencia de un Dios providente, los estoicos se ven obligados a responder al problema de la existencia del mal. Sus respuestas anticipan las típicas del cristianismo. Las que me parecen más llamativas son las que insisten en la limitación de la perspectiva individual para comprender al cosmos en su conjunto, y las invitaciones a ser dóciles frente a la voluntad divina.

La religión natural y las “nociones comunes”

  • Los estoicos admiten la existencia de ciertas “nociones comunes”, las cuales son compartidas por todos los seres humanos y, asimismo, “naturales o no adquiridas por saber crítico o técnico (Crisipo, Posidonio). No son innatas en sí mismas —lo serán ya para Cicerón—, pues el alma nace como hoja en blanco: es innata sólo la facultad de adquirirlas” (118).
  • Estas “nociones comunes” se relacionan, sobre todo, con la moral y la religión. Cicerón las llama “gérmenes o centellas”. El consenso universal es el criterio para reconocer estas nociones comunes e inspira una “religión natural” (118).

Moral y sabiduría

  • Como los epicúreos y los cínicos, su objetivo principal es encontrar una forma de vida que asegure, a la vez, la virtud y la dicha. Tienen un concepto negativo de la dicha, como ausencia de sufrimiento, y consideran que el vicio no otorga una auténtica felicidad, que el vicioso en el fondo es infeliz por ser esclavo de sus hábitos e impulsos.
  • “El primer dogma de la conducta es la coherencia, […], ser y obrar de un solo modo, bajo la guarda de la conciencia moral, pues todo vicio de conducta entraña una incoherencia. […] Ser desigual a sí mismo es la peor vergüenza” (119).
  • “Se trata […] de acatar e imitar el orden universal, de cooperar voluntariamente con él. ‘Vivir conformes con la naturaleza’, dice Crisipo” (119).
  • “Esta línea recta de conducta es flecha orientada hacia un fin: […] la libertad. Las esclavitudes son los afectos y las cosas exteriores. Somos libres en nuestra vida interior y en las representaciones que imponemos a las cosas externas” (119).
    • “Las enfermedades del alma son alteraciones de la imagen del mundo que llevamos dentro. Guerra abierta contra las pasiones. Importa mucho clarificar la representación de las cosas desde el primer instante.” (119, cursivas mías).
    • En tanto que somos (potencialmente) dueños de lo que pasa en nuestra mente, no lo somos de la realidad exterior, incluido nuestro cuerpo. Así, nuestro cuerpo está sometido a la enfermedad y la muerte, por ejemplo, pero en cambio nuestro espíritu puede liberarse del miedo y la angustia frente a ellos, así como al dolor, la pobreza y todo mal originado fuera de nosotros mismos.
    • Entre estos males de origen externo se hallan la tiranía y la injusticia social: el estoico puede luchar a ellas por apego al deber, al “derecho natural” o a los “derechos humanos”, pero no por creer que pueda “cambiar al mundo”.
  • Así, pues, el estoico entrena su mente para desapegarse de las cosas y no sufrir por ellas; para alcanzar cierta apatía o ataraxia. Aunque las exposiciones de la doctrina estoica suelen hablar aquí de nuestras “ideas” u “opiniones” sobre las cosas, aquí lo esencial son las emociones: los estoicos, y todos los afines a ellos, o bien confunden opinión y sentimiento, o bien proponen llegar al control de las emociones por medio del control de las representaciones mentales.
  • Por ello, el estoico debe aprender a ser indiferente incluso a sus propios placeres y dolores. Si llega a sentir algún placer en el curso de su vida virtuosa, es aceptable que lo disfrute, siempre que no se apegue a él y no empiece a buscarlo en sí mismo.
  • “En general, se admite que para la virtud no basta la doctrina, sino que hay que añadirle el ejercicio, la voluntad. […] La voluntad, dice Cleantes, es al alma lo que al cuerpo la tensión muscular. Es la ‘buena tensión del alma’, dice Crisipo. En todo ello, como en muchas tesis estoicas, hay mixtura de intelectualismo en la base y volicionismo en el método” (121-122).
  • La virtud es el único bien o valor que se ha de buscar en la vida. En consecuencia, los demás bienes: riqueza, honor, poder, etc., son en el fondo indiferentes. Y el mal acarrea en sí mismo el castigo, por encadenarnos a las pasiones.
  • La muerte es un bien, por todos los males de los que nos libra. El suicidio es admisible cuando no se puede vivir con libertad o cuando la supervivencia propia se opone a la práctica del bien; no, cuando se busca por melancolía o desesperación.

Dignidad humana, ley natural y ciudadanía del mundo

  • Son los primeros teóricos del derecho natural
  • Todos los hombres son iguales en dignidad. Los estoicos tratan de limitar los alcances del sometimiento del esclavo, para ellos sólo un “jornalero vitalicio”. Séneca llega a decir que “nadie nace para el provecho ajeno” (133)
  • Las jerarquías sociales se justifican sólo por la diversidad de funciones requeridas para la obtención del bien común. Si se ajustaban a esa base, todos los sistemas políticos de la época eran aceptables.
  • Sin embargo, como lo señala Reyes, en la práctica los estoicos solían buscar y colaborar con monarcas de tendencias más o menos ilustradas y humanitarias, y oponerse a quienes percibían como tiranos que sólo buscaban su beneficio
  • El hombre de bien, sometido a la ley natural y divina, es ciudadano del mundo más que de una patria concreta.

Citas textuales y paráfrasis vienen de Alfonso Reyes, La filosofía helenística, Breviarios 147, FCE, 1959. Completado con ideas de procedencia varia que recordé en el proceso

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10 diciembre, 2013

De cómo la regla externa se vuelve íntima convicción: Nietzsche, Elias


Consideremos los siguientes pasaje de Más allá del bien y del mal (V, 188, t. A. Sánchez Pascual):

Lo esencial e inestimable en toda moral consiste en que es una coacción prolongada: para comprender el estoicismo o Port-Royal o el puritanismo recuérdese bajo que coacción ha adquirido toda lengua hasta ahora vigor y libertad —, bajo la coacción métrica, bajo la tiranía de la rima y del ritmo ⁅…⁆.

Examínese toda moral en este aspecto: la “naturaleza” que hay en ella es lo que enseña a odiar el laisser aller, la libertad excesiva, y la que implante la necesidad de horizontes limitados, de tareas próximas, —lo que enseña el estrechamiento de la perspectiva y por lo tanto, en cierto sentido, la estupidez como condición de vida y crecimiento. “Tú debes obedecer, a quien sea, y durante largo tiempo: de lo contrario perecerás y perderás tu última estima de ti mismo” —: éste me parece ser el imperativo moral de la naturaleza, el cual, desde luego, ni es “categórico”, como exigía de él el viejo Kant (de ahí el de lo contrario), ni se dirige al individuo (¡qué le importa a ella el individuo!), sino a pueblos, razas, épocas, estamentos y, ante todo, al entero animal “hombre”, el hombre.

Propongo que:

  • Pongamos entre paréntesis la polémica antimetafísica lo mismo que el lenguaje naturalista.
  • Centremos nuestra atención en los siguientes puntos:
    • La moral es un entrenamiento del individuo.
    • Los fines de ese entrenamiento no conciernen al individuo, sino al grupo social: donde Nietzsche escribe, decimonónicamente, pueblos y razas, nosotros podemos leer clase social, género; e incluso separar el concepto pueblo de su vinculación al nacionalismo decimonónico y obtener etnia.
    • Así, podremos ver que la moral es un mero recurso del grupo social para producir un tipo humano: el grupo produce al hombre o la mujer que necesita; y el hombre o la mujer, habiendo interiorizado las exigencias del grupo, hace lo que se espera de él, no porque se le obligue, sino por convicción propia. La moral consiste en la transformación de la ley externa en fuero interno.

Ahora, veamos cómo se ejemplifica esto en La sociedad cortesana, de Norbert Elias (FCE, 1982, t. Guillermno Hirata). En más de un pasaje, el autor insiste en la relación entre lo externo y lo interno en la vida de los cortesanos de Luis XIV. Lo que para nosotros son reglas asfixiantes, incomprensibles, absurdas, para ellos eran exigencias que debían cumplir si querían seguir siendo reconocidos como nobles, lo cual era esencial para sus vidas. Para ellos, la existencia carecía de sentido fuera de la forma de vida noble, por lo que el fuero externo —la opinión, en el lenguaje del Siglo de Oro español— se convertía en fuero interno. En consecuencia, debían adoptar, aprender, interiorizar un conjunto de disciplinas cotidianas que les permitieran permanecer y, de ser posible, mejorar en el medio cortesano. En el capítulo “Etiqueta y ceremonial”, Elias examina tres de esas disciplinas el arte de observar a los hombres, el arte de manipular a los hombres y el control de los afectos. Al leer los apartados que dedica a estas prácticas, me llamó mucho la atención la manera en que se traslapan las fronteras entre arte (en el sentido anterior al concepto de las “bellas artes”), etiqueta y ética. La etiqueta forma parte de una ética, la ética se practica con arte (pero la diferencia entre arte, ética y etiqueta es cosa de nosotros, algo que proyectamos sobre el pretérito: la confusión está en nuestras mentes, no en las prácticas de los hombres del pasado).

Veamos aquí dos pasajes de La sociedad cortesana donde se describe disciplinas de las cuales nosotros entenderíamos que se practiquen por razones “morales”, y sobre las que Elias debe advertir que no lo son —pero en nuestro sentido, aclararía yo. Porque sí eran parte de la moral, de las reglas esenciales de la forma de vida de esos hombres, los del Gran Siglo francés (tan admirado por Nietzsche, quien compartía con ellos la admiración por Baltasar Gracián).

El arte de la observación de los hombres, sin embargo, no se refiere únicamente a los demás, sino que se extiende también al observador mismo. Se desarrolla aquí una específica forma de la autoobservación. “Qu’un favori s’observe de fort près”, como decía Labruyère. La aurtoobservación y la observación de los demás hombres se corresponden mutuamente. Una sería inútil sin la otra. No se trata, pues, aquí, como sucede en un autoexamen hecho por motivos religiosos, de una inspección de lo “interno”, ni de un ensimismarse como un ser solitario para probar y disciplinar sus deseos más recónditos según la voluntad de Dios, sino de una observación de sí mismo para adquirir una disciplina en el trato social (p.142).

No se puede calcular el grado ⁅de las consecuencias (aclaración mía)⁆ de un desahogo afectivo. Descubre los verdaderos sentimientos de la persona en cuestión en un grado que, por no ser calculado, puede ser perjudicial; quizá da triunfos a los que compiten con uno por el favor y el prestigio. Da, finalmente y sobre todo, un signo de inferioridad; y ésta es precisamente la situación que más teme el cortesano. La competencia de la vida cortesana obliga así a un control de los afectos en favor de una conducta exactamente calculada y matizada en el trato con los hombres (p.151).