Posts tagged ‘decadentismo’

8 febrero, 2017

Unamuno: “El ‘alma’ de Manuel Machado” (fragmentos)


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Portada de Juan Gris para la edición de 1901.

Advertencia
Por el momento, subiré al blog sólo algunos pasajes de este ensayo, a fin de concentrarnos en lo más pertinente para la próxima clase. Más tarde lo completaré. Quizá también quede a deber algunas notas para mis alumnos; como sea, nadie les cubre los ojos ni ata las manos para buscar, ya sea en la internet o en la red más antigua del mundo (los libros), aclaraciones a las citas y referencias que lo requieran.

El libro de Machado se puede leer en esta dirección: https://archive.org/details/almamuseoloscant00mach. ¡Muchas gracias a Tania Flores por el vínculo! ¡Y muchas gracias también a Ketzalli Torres, por la edición facsimilar del ensayo de Unamuno que halló en la red! Hela aquí: el-alma-de-manuel-machado.

Nota: Crítica de Miguel de Unamuno al poemario Alma, de Manuel Machado. Heraldo de Madrid, 19 de marzo de 1901. En Libros y autores españoles. Madrid: Espasa-Calpe, 1973 (Austral 1513).

[…] Hay un momento en que me revuelvo contra esta poesía, contra la poesía toda, acaso, y reniego del turrieburnismo. “Pero para este hombre –me digo– no hay patria, ni religión, ni Dios, ni hambre, ni miseria… Ante el invierno que arroja a tantos a la desesperación ¿no se le ocurre otra cosa que pedir a su amada sus labios rojos, únicas flor que en el invierno queda? Pide reunirse en familia con un libro y un fuego alegre; ¿no sería mejor que saliera a enardecer a los que ofrecen su vida a las balas sobre la nieve?” Y luego me añade con el Eclesiastés: “¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!” Y recuerdo el “la vida es sueño” y el hondo sueño de resignación de nuestro pueblo y la mansedumbre del vencido. Y vuelvo a leer “Adelfos”, la poesía que Machado me debía Apolo se la pague, y yo, hijo de la raza vasca, amigo de la montaña que hay que trepar y del océano que hay que domar con los remos o las velas, amigo del cielo gris y de la acción enérgica, releo lo que me dice este hombre de “la raza mora, vieja amiga del sol”, ese hombre de los que todo lo ganaron y todo lo perdieron, ese hombre cuya voluntad se ha muerto una noche de luna.

Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir.

¡Elegir camino! ¡Y yo que no quiero elegirlo, sino hacérmelo por la intrincada selva, por lo intransitable; camino al infinito, a lo inaccesible!

¡Ambición!, no la tengo. ¡Amor!, no lo he sentido.

¡Sin ambición ni amor!, ¿qué es esto?

…Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir!

¡La pena de vivir! Sí, la pena de vivir; pero ahí está la fuente de la dicha suprema, de la dicha de la victoria, en la pena de vivir. Sin pena no quiero vida.
[…]
Mas… ¿no es esto sentimentalismo, artificio, blandenguería, molicie? Y recomienza mi lucha contra el poeta. Y el poeta, al son de su guitarra, me canta:

La prima que canta y el bordón que llora…
Y el tiempo callado se va hora tras hora.
Cantares…
Son dejos fatales de la raza mora.

[“Cantares”]

¡La raza mora! Pero es que la raza mora de este Machado es una raza mora que se ha bautizado en París y ha oído a Musset y a Verlaine, y en algunos de sus cantos hay dejos fatales de Leconte de Lisle, como en su “Oasis”, y de José María de Heredia, como en sus “Flores”. ¿Y qué? Todos nos buscamos a través de los demás, y no hay otro modo de llegar a encontrarse. Y él canta su canto, y hasta cuando las palabras sean de otros, es la música suya. Y muchas veces de su música surge su letra, suya.
Me escribe este moro que se va a París de nuevo. ¿No sería mejor que se volviera a su morería? Pero ¿no estará acaso en París su morería? Lo casi indudable es que su alma de moro dará mejor sus frutos fuera de su morería; fuera de ella valen los moros. Como allí, entre la morisma, todos se dejan traer y llevar por las olas, sin tomarse el trabajo de elegir su camino; creen que esto es lo universal y no sienten su valía toda; es preciso que salgan y contemplen cómo otra gente se afana por abrirse camino, y la compadezcan. La cigarra redobla a cantar cuando ve pasar a la muda hormiga cargada con su botín; fue el trajinar de Marta la que movió a María a echarse a los pies de Jesús. Sí, que se vaya a París.
Que se vaya a París a cantar antífonas a la “reina de los besos, flor de la orgía”,

amante sin amores, sonrisa loca…,

a reír juntos, mientras lloran,

hasta que se confundan en el olvido
tu hermosura podrida, mi lira rota.

[“Antífona”]

Y me digo: ¿todo esto es verdad o es un tema poético? Y ¿qué es verdad? Todo esto ¿es sincero? ¿Y qué es sinceridad? Me acuerdo de Musset. ¿Y qué derecho tenemos a dudar de la sinceridad ajena? Verdad de hoy, mentira de mañana; sinceridad de ahora, insinceridad de después. Si cuando lo cantaba lo creía, ha hecho obra incesantemente poética. Vive al último soplo de viento, al minuto, abierta el alma a las más fugitivas impresiones; ahora, creyente; luego, impío; hoy, ansiando el amor; mañana, la muerte. Así fue Verlaine, y esta impersonalidad da personalidad a su obra; fue arpa eólica, vibrante a las brisas, auras, vendavales y aquilones de la vida, eternizando lo momentáneo.
[…] ¡Qué lejos de Quintana y de sus elocuentes y enfáticas arengas rimadas! Hasta el viejo y recio romance castellano, el de los periodos anquilosados, el de los relativos y preposiciones y adverbios, parece que se disgrega y se hace más invertebrado y suelto en estos versos…

al destierro, con doce de los suyos
polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.

Un paréntesis invertebrado, que no pesa, sin lañas ni corchetes. ¿Llegaremos a hacer de esta lengua oratoria, la del amplio y ondulante período, la del así como…, así también, el sin embargo, y el en efecto, y el por lo tanto, y el entiendo, señores, y de toda clase de balancines, una lengua poética, suelta, de rápidas notaciones que se sucedan?…
Estoy pensando en esto, distraído, cuando oigo al poeta:

¡Ven tú conmigo, reina de la hermosura,
hetairas y poetas somos hermanos!

[“Antífona”]

Y mientras mi Brand, el que llevo dentro, se indigna de esto, exclamo: ¡Qué atrocidad! ¡Prostitutas y poetas hermanos!… Pero al punto me acuerdo de la hetaira Magdalena, y me recojo a reflexionar ¡a reflexionar!y me digo: Sí, son hermanos hetairas y poetas, y somos hermanos todos, todos, todos; santos y criminales, héroes y viles, sabios e imbéciles; todos hermanos, todos. Y todos vendemos lo que no tiene precio, y todos damos al mundo por oro nuestros amores y nuestra poesía porque todos tenemos poesía y amor—, y en el olvido se confundirán.

 

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27 abril, 2016

Delmira Agustini: dos poemas


Mikhail Vrubel-The Swan Princess 1900

Mikhail Vrubel: La princesa cisne, 1900

Explosión

Si la vida es amor, ¡bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
Que no valen mil años de la idea
Lo que un minuto azul de sentimiento.

Mi corazón moría triste y lento…
Hoy abre en luz como una flor febea;
¡La vida brota como un mar violento
Donde la mano del amor golpea!

Hoy partió hacia la noche, triste, fría,
Rotas las alas, mi melancolía;
Como una vieja mancha de dolor

En la sombra lejana se deslíe…
Mi vida toda canta, besa, ríe!
¡Mi vida toda es una boca en flor!

(De El libro blanco (Frágil), 1907)

viñeta2El arroyo

¿Te acuerdas?… El arroyo fue la serpiente buena…
Fluía triste y triste como un llanto de ciego,
cuando en las piedras grises donde arraiga la pena,
como un inmenso lirio, se levantó tu ruego.

Mi corazón, la piedra más gris y más serena,
despertó en la caricia de la corriente, y luego
sintió cómo la tarde, con manos de agarena,
prendía sobre él una rosa de fuego.

Y mientras la serpiente del arroyo blandía
el veneno divino de la melancolía,
tocada de crepúsculo me abrumó tu cabeza,

la coroné de un beso fatal; en la corriente
vi pasar un cadáver de fuego… Y locamente
me derrumbó en tu abrazo profundo la tristeza.

De El rosario de Eros, 1924

26 agosto, 2015

Himno a Lady Cassap


Dibujas un círculo en el espejo; escribes tu nombre (el que todos conocemos); e inscribes el conjuro (que sólo tú conoces).
Princesa, te despojas de tu majestad, te hundes en el fango y emerges transformada en algo mayor: en oficiante.
Princesa: ejecutas la danza de tu resplandor y nos deslumbras, nos ciegas; tú, astro.
Uncidos nos tienes por los ojos. Tus siervos somos.

Tu piel resplandece en la oscuridad, como una constelación que se manifiesta en una cueva.

A la princesa le han escrito su destino. Pero ella, por las noches, dibuja una puerta en la pared del aposento y viaja a otro reino, el suyo, el que ha conquistado.
¿Cómo lo conquistó? Posó los pies desnudos sobre la alfombra de cieno.

Los ojos de quienes no conocen su nombre secreto, de los que no poseen nombre secreto ni conjuro que abre el secreto, si la vieran, verían esto:
Ella se despoja de su manto de armiño y se cubre de fango. Degradación.
Pero quienes poseen nombre y conjuro, cuando abren el espejo, ven:
Ella se quita el manto de armiño y se descubre ella misma de armiño.

2 julio, 2015

Un elogio decadentista del barroco Diego Velázquez


Las Meninas, detallePor más que sus infantas tengan cabeza de cera y pelo de seda deshilachada, uno se puede enamorar de esas muñecas. En los rasos muarés de sus trajes se encuentran reflejos de autos de fe; y las rosas que sostienen desdeñosamente en sus manos son rosas enrojecidas con toda la sangre de los judíos degollados a la puerta de las catedrales. Y además ¡son tan deliciosamente escrofulosas!… Velázquez fue el pintor de las viejas aristocracias…, fue el fastuoso historiador de un fin de raza de reyes.

Jean Lorrain (1855-1906), Tríptico, París, Ollendorf, s/a.

16 junio, 2015

Jean Lorrain (1856-1906)


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Drian: ilustración para Monsieur de Bougrellon, 1927

Y las noches que dedicaba a recorrer los salones, se empolvaba los bigotes, que eran rubios y hermosos, con una extraña mezcla de polvos azules y de oro. De lejos, se hubiera jurado que era un escarabajo, un escarabajo de Egipto posado sobre una rosa encarnada, pues hasta el último momento de su vida tuvo los labios rojos, tanto, que parecían pintados con sangre de corazones.

Jean Lorrain, Tríptico. T. Carlos de Batlle. París: Ollendorf, s/a. Del remate de la biblioteca ¡de una escuela secundaria privada!

26 marzo, 2015

José Juan Tablada: “En el parque”


Viñeta de Julio Ruelas

Un último sonrojo murió sobre tu frente…
Caíste sobre el césped; la tarde sucumbía,
Venus en el umbroso confín aparecía
y rimando tus ansias sollozaba la fuente.

¿Viste acaso aquel lirio y cómo deshacía
una a una sus hojas en la turbia corriente,
cuando al eco obstinado de mi súplica ardiente
respondiste anegando tu mirada en la mía?

Ya en la actitud rendida que la caricia invoca
tendiste sobre el césped tus blancos brazos flojos
vencida por los ruegos de mi palabra loca.

Y yo sobre tu cuerpo cayendo al fin de hinojos
miré todas las rosas sangrando entre tu boca
¡y todas las estrellas bajando hasta tus ojos!

De El florilegio, 1898-1904

22 marzo, 2015

Rubén Darío: “¡Oh Helagabal!…”


The_Roses_of_Heliogabalus

Lauwrence Alma-Tadema: Las rosas de Heliogábalo, 1888.

Y a un presidente de la República no podré nunca saludarlo en el idioma en el que te cantaría a ti, ¡oh Helagabal, de cuya corte —oro, seda, mármol— me acuerdo en sueños!…

Rubén Darío, “Palabras liminares”, Prosas profanas, 1898

8 enero, 2015

“Verne corregido por Baudelaire”: Emiliano González


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Huysmans da la impresión de ser un Julio Verme corregido por Baudelaire o viceversa: las maquinarias del progreso incipiente son puestas al servicio de los placeres intelectuales y sensuales de un viejo esteta insensibilizado por razones oscuras.

Emiliano González, “Salamandra, 1919”, en Almas visionarias, FCE, 1987 (Letras Mexicanas).

1 agosto, 2014

Leopoldo Lugones: A Histeria


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(Originalmente, los poemas de Las montañas del oro están justificados, como si fueran párrafos de prosa, con los versos separados mediante guiones largos).

¡Oh, cómo te miraban las tinieblas,
cuando ciñendo el nudo de tu brazo
a mi garganta, mientras yo espoleaba
el formidable ijar de aquel caballo,
cruzábamos la selva temblorosa
llevando nuestro horror bajo los astros!
Era una selva larga, toda triste,
la selva dolorosa cuyos gajos
echaban sangre al golpe de las hachas,
como los miembros de un molusco extraño.
Era una selva larga, toda triste,
y en sus sombras reinaba nuestro espanto.
El espumante potro galopaba
mojando de sudores su cansancio,
y ya hacía mil años que corría
por aquel bosque lúgubre. ¡Mil años!
Y aquel bosque era largo, largo y triste,
y en sus sombras reinaba nuestro espanto.
Y era tu abrazo como nudo de horca,
y eran glaciales témpanos tus labios,
y eran agrios alambres mis tendones,
y eran zarpas retráctiles mis manos,
y era el enorme potro un viento negro
furioso en su carrera de mil años.

Caímos a un abismo tan profundo
que allí no había Dios: montes lejanos
levantaban sus cúspides, casqueadas
de nieve, bajo el brillo de los astros,
como enormes cabezas de Kalifas;
describía Saturno un lento arco
sobre el tremendo asombro de la noche;
los solemnes reposos del Océano
desnivelaba la siniestra luna,
y las ondas, hirviendo en los peñascos,
hablaban como lenguas, con el grito
de las vidas humanas que tragaron.
Entonces, desatando de mi cuello
el formidable nudo de tu abrazo,
buscaste ansiosa con tus ojos mártires,
mis torvos ojos, que anegó el espanto.
¡Oh, no mires mis ojos, hay un vértigo
dormido en sus tinieblas; hay relámpagos
de fiebre en sus honduras misteriosas,
y la noche de mi alma más abajo:
una noche cruzada de cometas
que son gigantes pensamientos blancos!
¡Oh, no mires mis ojos, que mis ojos
están sangrientos como dos cadalsos;
negros como dos héroes que velan
enlutados al pie de un catafalco!
Y aparecieron dos ojeras tristes
como flores del Mal bajo tus párpados,
y yo besaba las siniestras flores
y se apretaban tus heladas manos
sobre mi corazón, brasa lasciva,
y alzábanse tus ojos en espasmo,
y yo apartaba mis terribles ojos,
y en tus ojos de luz había llanto,
y mis ojos cerrábanse, implacables,
y tus ojos abríanse, sonámbulos,
y quería mis ojos tu locura,
y huía de tus ojos mi pecado:
y al fin mis fieros ojos, como un crimen,
sobre tus ojos tímidos brillaron,
y al sumergir en mis malditos ojos
el rayo triste de tus ojos pálidos,
en mis brazos quedaste, amortajada
bajo una eterna frialdad de mármol.

Leopoldo Lugones, “A Histeria”, Las montañas del oro, 1897.

16 junio, 2014

“Su negra desnudez de virgen cafre”: Leopoldo Lugones


…La noche
su negra desnudez de virgen cafre
enseña, engalanada de fulgores
de estrellas, que acribillan como heridas
su enorme cuerpo tenebroso.

Leopoldo Lugones, fragmento de “Oda a la desnudez”, Las montañas del oro (1897).

Nota: En la disposición tipográfica original, los versos no se hallan separados por saltos de línea, sino sólo por guiones largos, en un párrafo justificado.