Posts tagged ‘Ilustración’

10 septiembre, 2014

Actitud barroca (Gracián) vs. actitud ilustrada (Jovellanos)


Ya sabemos que para Américo Castro los términos ilustrado y barroco carecen de pertinencia cuando se les refiere a España. Y sin embargo…

Baltasar Gracián (1601-1658) expresó en esta forma su sentir (su vivencia) de la vida usada por los españoles en torno a él: “España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin haberla mejorado en cosas sus moradores, fuera de lo poco que labraron en ella los romanos…; no ha obrado nada la industria” (Criticón, III, 9). Ante tan inerte e inmóvil paisaje humano, antesala de la “cueva de la nada”, nuestro duro y genial aragonés no toma posición alguna, y el nihil recalca su nihilismo. Mas pasan los años, y el paralítico espectáculo de ciertos pueblos castellanos es usado para otros menesteres por don Gaspar Melchor de Jovellanos: ” En los días más solemnes, en vez de la alegría y bullicio que debieran anunciar el contento de sus moradores, reina en las plazas y calles una perezosa inacción, un triste silencio, que no se puede advertir sin admiración ni lástima” (Biblioteca de Autores Españoles, XLVI, 491)

Américo Castro, La realidad histórica de España, Porrúa, 1987, p.100 (Sepan Cuantos… 372).

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5 julio, 2014

Revolución, arte y todo lo demás -una mirada fresca


http://revolutioninfiction.wordpress.com/about/

25 agosto, 2011

La Ilustración en España: intereses de la Corona e intereses de los intelectuales


El movimiento ilustrado en España

12 agosto, 2011

Siglo XVIII español: algunos hitos políticos


1700 Carlos II de Habsburgo muere sin descendencia
1701 Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, entra como Felipe V a España
1701-1714 Guerra de Sucesión española
1700-1746 Felipe V
1746-1759 Fernando VI
1759-1788 Carlos III
1760-1808 Reformas borbónicas
1765 Sociedades Económicas de Amigos del País
1767 Expulsión de los jesuitas
1788-1808 Carlos IV
1808 Invasión francesa

21 julio, 2011

Rococó, Ilustración, neoclasicismo: algunas imágenes


Jean-Honoré Fragonard, Le feu aux poudres. La sensualidad dieciochesca, el sexy rococó. Cfr. la “Oda III” de Meléndez Valdés en la entrada Poemas del siglo XVIII.

Francisco de Goya: La maja desnuda.

Jacques-Louis David: El juramento de los Horacios. Pintado antes de la Revolución, en 1784, a la larga quedó como ejemplo de la severa grandeza del neoclasicismo politizado. Cfr. “A la imprenta”, de Manuel J. Quintana, en Poetas del siglo XVIII.

Francisco de Goya: Los fusilamientos del 3 de mayo. Las contradicciones de la Ilustración: por un lado, el imperialismo revolucionario de Napoleón, y por el otro, un pueblo con dignidad que, más tarde, pedirá el regreso de sus opresores legítimos gritando “¡Vivan las cadenas!”.

20 julio, 2011

Neoclasicismo: fuentes electrónicas


Beltrán Checa, José. “El concepto de imitación de la Naturaleza en las poéticas españolas del siglo XVIII”. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12504982045699384109435/p0000002.htm#I_3_

Sebold, Russell P. “Análisis estadístico de las ideas poéticas de Luzán : sus orígenes y su naturaleza”.  http://bib.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=6797&portal=341.

20 julio, 2011

Poemas del siglo XVIII


Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)

[EPÍSTOLA CUARTA] DE JOVINO A ANFRISO, ESCRITA DESDE EL PAULAR
[Segunda versión]

http://www.poesia-inter.net/index.htm
Sierra de Guadarrama (Madrid) agua

Credibile est illi numen in este loco.
OVIDIO

Desde el oculto y venerable asilo,
do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde,
Jovino triste al venturoso Anfriso
salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
de las mantuanas Musas, tal vez suele
al grave son de su celeste canto
precipitar del viejo Manzanares
el curso perezoso, tal süave
suele ablandar con amorosa lira
la altiva condición de sus zagalas.

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
a quien no dio la suerte tal ventura
pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
logró arribar a puerto tan seguro,
que esconderla supiera en este abrigo,
a tanta luz y ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
entre sustos y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto
lejos, y en estos montes guarecido,
alguna vez gozara del reposo,
que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud arrastra la cadena,
la pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
en cuyo oído suena con espanto,
por esta oculta soledad rompiendo,
de su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas
el reposo y la paz que aquí se esconden,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mis sentidos y razón conturba.
Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al partir del mundo
dejó Bruno en sus hijos vinculada,
nunca en profano corazón entraron,
ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el mundo sinrazones,
vanos deseos, duros desengaños,
susto y dolor; empero todavía
a entrar en él no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
por todas partes los pesados grillos,
que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,
pido a la muda soledad consuelo
y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud perdida.
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.
Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
crecen frondosos álamos, que al cielo
ya erguidos alzan las plateadas copas
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrío
hasta la falda del vecino monte
se extiende, tan ameno y delicioso,
que le hubiera juzgado el gentilismo
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas dríadas guardado.
Aquí encamino mis inciertos pasos
y en su recinto ombrío y silencioso,
mansión la más conforme para un triste,
entro a pensar en mi crüel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
el aire blando y el silencio mudo
mi desventura y mi dolor adulan.

No alcanza aquí del padre de las luces
el rayo acechador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el rostro
de un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,
tal vez el melancólico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro suave,
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;
mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
que al árbol adornara en primavera,
yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.
¡Así también de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de fastidio
o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas
corremos hasta hallar el precipicio,
do nuestro error y su ilusión nos guían.

Volamos en pos de ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por huir y en vano
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengaño corrió el velo
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario penitente,
que, triunfando del mundo y de sí mismo,
vive en la soledad libre y contento!
Unido a Dios por medio de la santa
contemplación, le goza ya en la tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros
de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su pecho.
Regálanle las aves con su canto
mientras la aurora sale refulgente
a cubrir de alegría y luz el mundo.
Nácele siempre el sol claro y brillante,
y nunca a él levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guíe el reluciente carro,
ora con tibia luz, más perezoso,
su faz esconda en los vecinos montes.

Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos ejercicios,
la plateada luna en lo más alto
del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio; y recreando
con blando resplandor su humilde vista,
eleva su razón, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable
gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y entregado
a la inefable y justa Providencia,
si al breve sueño alguna pausa pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus párpados el sueño
con mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos
de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria
taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aquí seguro
vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria,
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche y con su manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y pálido reflejo
guía por ellos mis inciertos pasos;
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen
mis carnes y discurre por mis nervios
un súbito rigor que los embarga.

Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que rompiendo
el eterno silencio, así me dice:
«Huye de aquí, profano, tú que llevas
de ideas mundanales lleno el pecho,
huye de esta morada, do se albergan
con la virtud humilde y silenciosa
sus escogidos; huye y no profanes
con tu planta sacrílega este asilo.»

De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo
el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue
a mis ojos el sueño, ni interrumpan
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro día a publicar mi llanto
dar nueva materia al dolor mío.

Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

Reyes, Rogelio (ed.). Poesía española del siglo XVIII. Letras Hispánicas-Madrid: Cátedra, 1993.

ODA XV.  DE MIS NIÑECES

Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,

de que alegres guirnaldas,
con gracia peregrina
para ambos coronarnos,
su mano disponía.

Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.

Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.

Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
y a mí de sólo hablarla
también me daba risa.

Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.

Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas,

y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.

Alentónos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;

y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas.

FRAGONARD-Triomphe-de-Vénus-w

Image via Wikipedia

ODA III

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.

Manuel José Quintana (1772-1855)

http://www.ale.uji.es/quintan.htm
 

A LA INVENCION DE LA IMPRENTA (fragmentos)

¿Será que siempre la ambición sangrienta
o del solio el poder pronuncie sólo
cuando la trompa de la fama alienta
vuestro divino labio, hijos de Apolo?
¿No os da rubor? El don de la alabanza,
la hermosa luz de la brillante gloria
¿serán tal vez del nombre a quien daría
eterno oprobio o maldición la historia?
¡Oh!, despertad: el humillado acento
con majestad no usada
suba a las nubes penetrando el viento;
y si queréis que el universo os crea
dignos del lauro en que ceñís la frente,
que vuestro canto enérgico y valiente
digno también del universo sea.
No los aromas del loor se vieron
vilmente degradados
así en la Antigüedad: siempre las aras
de la invención sublime,
del Genio bienhechor los recibieron.
[…]
Levántase Copérnico hasta el cielo,
que un velo impenetrable antes cubría,
y allí contempla el eternal reposo
del astro luminoso
que da a torrentes su esplendor al día.
Siente bajo su planta Galileo
nuestro globo rodar; la Italia ciega
le da por premio un calabozo impío,
y el globo en tanto sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío.
Y navegan con él impetüosos,
a modo de relámpagos huyendo,
los astros rutilantes; mas lanzado
veloz el genio de Newton tras ellos,
los sigue, los alcanza,
y a regular se atreve
el grande impulso que sus orbes mueve.
«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,
hallar la ley en que sin fin se agitan
la atmósfera y el mar, partir los rayos
de la impalpable luz, y hasta en la tierra
cavar y hundirte, y sorprender la cuna
del oro y del cristal? Mente ambiciosa,
vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa
lanzó su indignación en sus clamores.
«¡Conque el mundo moral todo es horrores!
¡Conque la atroz cadena
que forjó en su furor la tiranía,
de polo a polo inexorable suena,
y los hombres condena
de la vil servidumbre a la agonía!
¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,
y el cuchillo y el fuego a la defensa
en su diestra nefaria apercibieron.
¡Oh, insensatos! ¡Qué hacéis! Esas hogueras
que a devorarme horribles se presentan
y en arrancarme a la verdad porfían,
fanales son que a su esplendor me guían,
antorchas son que su victoria ostentan.
[…]
Llegó, pues, el gran día
en que un mortal divino, sacudiendo
de entre la mengua universal la frente,
con voz omnipotente
dijo a la faz del mundo: «EL HOMBRE ES LIBRE.»
Y esta sagrada aclamación saliendo,
no en los estrechos límites hundida
se vio de una región: el eco grande
que inventó Guttemberg la alza en sus alas;
y en ellas conducida
se mira en un momento
salvar los montes, recorrer los mares,
ocupar la extensión del vago viento,
y sin que el trono o su furor la asombre,
por todas partes el valiente grito
sonar de la razón: «LIBRE ES EL HOMBRE.»
Libre, sí, libre; ¡oh dulce voz! Mi pecho
se dilata escuchándote y palpita,
y el numen que me agita.
de tu sagrada inspiración henchido,
a la región olímpica se eleva,
y en sus alas flamígeras me lleva.
[…]
Ante él por siempre humea
el perdurable incienso
que grato el orbe a Guttemberg tributa,
breve homenaje a su favor inmenso.
¡Gloria a aquél que la estúpida violencia
de la fuerza aterró, sobre ella alzando
a la alma inteligencia!
¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,
su influjo eternizó libre y fecundo!
¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

29 junio, 2011

Francisco de Goya: La familia de Carlos IV (detalle)


Carlos IV (1748-1819), rey de España de 1788 hasta 1808, cuando “lo abdicó” Napoleón. Sucedió a Carlos III, el más dinámico e inteligente de los reyes españoles del siglo XVIII y gran impulsor de las Reformas Borbónicas, las cuales pretendían devolver a España su lugar entre las potencias europeas. Dichas reformas no siempre beneficiaron a los súbditos (basta recordar que terminaron llevando a las guerras de independencia en América), pero traían consigo el espíritu y la influencia la Ilustración. Grandes hombres, como Gaspar Melchor de Jovellanos, se unieron a las tareas de gobierno en la confianza de que, sirviendo a su rey, servían al pueblo español.

Carlos IV comenzó su reinado prosiguiendo con las reformas de su padre, pero éstas chocaron pronto con la realidad. En 1789, la Revolución Francesa atemorizó a la corte y al gobierno y los llevó a cambiar el reformismo por la represión. Además, la fuerte influencia de la reina María Luisa de Parma y de su valido, Manuel Godoy (miembro de la pequeña nobleza cuyo rápido ascenso, desacorde a sus capacidades, lo hizo objeto de acusaciones como la de ser amante de la reina), fue otro factor de desprestigio para el monarca. Bajo Godoy, ya fuera por sus limitaciones o por la mala fortuna de ser primer ministro en tiempos de Napoleón, España recorrió el camino que al fin la condujo a la catástrofe de 1808. Así, a esta familia real y a su valido los envuelve una leyenda ¿negra? con dos fuentes distintas: los reaccionarios, rabiosos contra su iluminismo, y los patriotas liberales, para quienes las reformas de Carlos IV y de Godoy fueron insuficientes o contradictorias (sin contar que al fin entregaron España al Imperio).

Ello se refleja en las interpretaciones de este retrato. Al parecer, los historiadores del arte más serios hallan aquí una atmósfera de calidez hogareña aburguesada, en la que -según leemos en la Wikipedia- se “da prioridad a mostrar una idea de la educación basada en el cariño y la activa participación de los padres, lo que no siempre era usual en la realeza. La infanta Isabel lleva su niño muy cerca del pecho, lo que evoca la lactancia materna; Carlos María Isidro abraza a su hermano Fernando en un gesto de ternura”. Pero a lo largo de estos dos siglos no ha faltado quien vea en este cuadro el espíritu del Goya saturniano, quien nos mostraría a una familia real de fisonomías grotescamente decadentes.

12 junio, 2011

Sobre El sí de las niñas


En esta comedia neoclásica e ilustrada:

  1. ¿Cuál es el valor y la función que se les concede a los sentimientos en la vida humana? ¿Hay que reprimirlos? ¿O qué valor  tienen?
  2. ¿Cuál es el lugar de la razón en la vida? ¿Cuál debe ser su relación con las emociones?
  3. ¿Cómo debe ser la relación entre el individuo y la autoridad? ¿La autoridad nunca se equivoca? ¿El individuo tiene derecho a rebelarse?
  4. A juzgar por los personajes principales y secundarios ¿a qué sector social del público —alto, medio, bajo— se dirige la obra?