Posts tagged ‘Ilustración’

23 agosto, 2018

Notas a los textos de J. A. Alzate


1. Así en la fuente. Más previsible sería inextricable: “Intrincado, confuso, enmarañado y que no es fácil de desenredar”, según el Diccionario de autoridades. Muy probablemente alguno de los errores que reconoce el propio Alzate, sobre los cuales dice:

Aquí no hay corrector calificado como tal; y por desgracia en las escuelas no se le da a la juventud sobre este particular la instrucción necesaria. ¿Hemos de ser de tan mal humor, que no hemos de perdonar un pequeño descuido, mucho más cuando tan fácilmente se corrigen esos pequeños errores por cualesquiera lector?” (p. 135, en la refutación a las críticas recibidas por su periódico).

2. Por “sistemas” se refiere a las teorías heredadas de la ciencia premoderna, a las que se les reprochaba ser demasiado especulativas y ajenas a la observación y la experimentación.
3. Éstos no son los nombres científicos usados en la actualidad. Debe tomarse en cuenta que el sistema taxonómico moderno, el de Linneo, se encontraba todavía en proceso de discusión y aceptación. De hecho, Alzate lo rechazó explícitamente. Sobre el tema podemos leer “Linneo en México, la polémica sobre la sexualidad y la nomenclatura en las plantas”, de Graciela Zamudio (sigan el vínculo).
4. Preternatural: Según el Diccionario de Autoridades, “lo que excede la debida orden de la naturaleza”. El pensamiento teológico suele oponerlo tanto a natural como a sobrenatural; esto último se refiere también a lo que se eleva por encima de la naturaleza, pero además sólo puede ser llevado a cabo por Dios.
5. Sobre el nepente, mejor los remito a este diccionario de etimologías.
6. Melarquía: sinónimo en desuso de melancolía.

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22 agosto, 2018

José A. de Alzate (1737-1799): algunos textos


Observaciones: Todos los números de página remiten a: Alzate y Ramírez, José Antonio de. Obras – I: Periódicos. Ed. Roberto Moreno. México: UNAM, 1980.
No transcribo las notas del autor ni del editor. Yo elaboré algunas, que se hallan en otra entrada. Sigan los vínculos de las llamadas.
(Sobre los “cuomodos y posibilidades”, claramente se trata de términos pertenecientes a la escolástica. Parece que se impone hacer una visita a las bibliotecas para buscar una buena enciclopedia de filosofía).

Optimismo ilustrado

¿Habrá quien se atreva a negar que las ciencias en los últimos años del siglo pasado y en lo que corre del nuestro, siglo verdaderamente de las luces, han tomado otro semblante? De embarazosas, caprichosas y enemigas del buen empleo del precioso veloz tiempo, se han convertido en deleitosas, metódicas (gracias al genio geómetra, que, sin sentir, se ha introducido en todas las facultades) y lo que es más, se conoce ya el camino seguro por donde deben conducirse, abandonadas ya aquellas veredas abismosas que conducían a un laberinto inexplicable (1) […].
La filosofía, antes tan espinosa y llena de palabras sin sentido y de cuestiones ociosas, está reducida a su verdadero fin. La lógica, restringida a sólo lo que en ella se conoce de útil. La física, con los instrumentos en mano, averigua la naturaleza con descubrimientos que nuestros mayores hubieran reputado por mágicos. Finalmente, la metafísica está redimida de tantos grillos y prisiones, cuales eran los cuomodos y posibilidades.
La medicina, aquella facultad tan preciosa a la humanidad cuando se maneja con sindéresis, estriba en el día en sus dos polos, la física y anatomía, sirviéndola de brújula la observación, habiendo los reformadores de ella desterrado los sistemas a los países de la imaginación (2). Lo mucho que ha avanzado la química, botánica, cirugía y anatomía, hermanas inseparables de la medicina, lo testifican bien los descubrimientos importantes que continuamente se publican en Europa.
Las matemáticas, que en tiempos anteriores estaban reputadas por mera diversión, han hecho servicios importantes a la sociedad, luego que fueron patrocinadas por quienes conocieron su utilidad.
La reforma se ha extendido también a la historia, teatro, poesía, educación de la juventud, etc. La primera se trata al presente con el método que se debe: una simple narración de los hechos y un estilo naturalmente hermoso prepondera a aquellas digresiones importunas, paralelos de hechos afectados y extravagantes, acasos misteriosos y circunstanciados.
El teatro, que contra su primera institución estaba reducido a escuela de las pasiones, goza al presente, manejado por los anatómicos del corazón humano, el ser una mera diversión, caso que no llegue a ser correctivo de nuestras flaquezas; aquellos poetas hiperbólicos y ridículos afectados que tanto lucieron en sus tiempos, se han extinguido cuando los verdaderos discípulos de Apolo reconocieron el camino que debía conducirlos al Parnaso.
Para la educación de la juventud se han publicado muy excelentes métodos, con los cuales se hace mucho progreso en breve tiempo y se evita aquella aridez que convertía en espinas las que son verdaderamente rosas. No sólo las ciencias; las artes han logrado sus mejoras, luego que los sabios unidos a los artistas han corregido lo que éstos ejecutaban sin más maestro que una práctica ciega.
Expuesta ya esta breve reforma, que con tanta felicidad vemos ejecutada en el imperio de las letras, propondré el método al que me ceñiré en los papeles que publicare.
Todo lo que me pareciere redundar en utilidad pública, impreso en idioma extranjero, lo comunicaré a la patria en extracto, o como me pareciere más conveniente. Aquellos manuscritos que llegasen a mis manos, y que su desgracia tiene sepultados en el polvo del olvido, si fueren cortos lograré el mérito en su edición; si no admitieren extracto, daré tan solamente una idea ligera, para que sus autores logren en parte el premio debido a sus fatigas. Las personas que gustaren enviarme algunas memorias útiles, las publicaré en su nombre. Si su modestia quisiere mantenerlos disfrazados, esté seguro que me aproveche de su trabajo. Mi genio no puede acomodarse ni ha hecho la prueba de ladearse con el plagio; en asuntos políticos guardaré el silencio que por obligación compete al súbdito (p. 63-65; de “Prólogo e idea general de esta obra”, en Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 26 de octubre de 1772).

Un terremoto: crónica y perspectiva científica

[El terremoto] comenzó a las seis y media de la mañana, poco antes o después, según la variedad de opiniones. Los primeros movimientos fueron lentos; pero los que sucedieron, tan terribles, que no se conserva memoria de que otro igual haya acontecido en esta ciudad, lo que se manifiesta con haberse vaciado las fuentes casi hasta la mitad. El terremoto siguió en su movimiento dos direcciones contrarias, lo que se verifica con haber parado dos relojes, cuyos péndulos se movían en direcciones contrarias, la una de norte a sur, la otra de oriente a poniente. Si los movimientos hubieran sido solamente de norte a sur, no hubiera parado el que seguía el mismo movimiento.
Otra prueba se puede tomar, de haberse hecho pedazos unos con otros los candiles o arañas de cristal de las capillas de Nuestra Señora de Loreto de la iglesia de San Agustín, y los del convento de San Francisco en la de San Antonio. Los de la primera estaban de norte a sur, y los de la otra, de oriente a poniente. Es verdad que el mayor número de bamboleos fueron de norte a sur, lo que parece depende de la dirección de las montañas, de que antes hablamos.
Otro movimiento se observó, que fue como de elevación, lo que parece dependió de la entumecencia de la tierra, causada por la acción del fuego subterráneo; y a esto se puede atribuir el haberse hendido la tierra en michos parajes de esta ciudad.
El tiempo que duró el terremoto es difícil de asignar; pero parece pasó de siete minutos; algunos dicen tan solamente cinco; otros se extienden a un cuarto de hora, pero es exageración. A las ocho y media repitió ligeramente; y según algunos, se anunció el día treinta de marzo a las cuatro y media de la mañana, y el tres de abril a las ocho poco más de la noche.
Los efectos son más para sentidos que para referidos; no hay edificio grande o pequeño que no demuestre las señales del día cuatro de abril […].
Muchas personas tendrán a impiedad el ver que asigno causa física al terremoto; a los que les advierto reconozcan primero las obras del señor Benedicto XIV, principalmente en el libro cuarto del Beatificatione sanctorum […]; no puedo omitir las palabras del ilustrísimo peruano el señor Villarroel, quien en el tomo 2 de su Gobierno eclesiástico […] dice: “Los terremotos no siempre son castigos de los pueblos” […].
Si hay algunos anuncios para los terremotos, son con tanta inmediación que es imposible estén sujetos a los astrólogos y es atrevimiento el quererse valer de la credulidad del vulgo para adivinar lo que no entienden; si alguna vez por contingencia han atinado, es a fuerza de errar; es muy difícil que un ciego que dispare cien tiros hacia un blanco deje de dar con alguno […]. Me es preciso hablar un poco del sistema que atribuye a la electricidad ser causa de los temblores… (p. 38-41; de “Observaciones físicas sobre el terremoto acaecido el cuatro de abril del presente año”, Diario Literario de México, 26 de abril de 1768).

Alzate naturalista

El algodón se divide en varias especies; las más conocidas son el algodón herbáceo, xilon herbaceum, y es el más común; ésta es una planta pequeña; las otras llegan a formar árboles, y es a la que los botánicos llaman xilon arboreum.(3) El algodón árbol crece, según los padres Dutertre, Labat y monsieur Fresier, hasta tener de alto tres varas y media y formar una bella copa. Su tronco es grueso como un muslo; sus hojas se dividen en tres, y están colocadas con alternación. Su flor es amarilla, monopétala, a manera de campana, hendida en cinco o seis partes; a las flores sucede un capullo del tamaño de una nuez, dividido en pequeñas cavidades, las que contienen los huesos y filamentos. Este fruto se abre por sí, por lo que es necesario tener mucho cuidado para cogerlo con prontitud, por lo que pueden lastimarlo las lluvias y polvo (p. 69; De “Descripción de una máquina muy sencilla y muy útil para deshuesar el algodón”, Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 2 de noviembre de 1772).

Agricultura y prosperidad pública

La agricultura, tan necesaria en la vida, no necesita de encomios para exaltarla; todos conocemos las grandes ventajas que la recomiendan y la necesidad que hay de practicarla. Ella es como un pingüe mayorazgo, que con los frutos que produce recompensa sobradamente el trabajo que se expende en su conservación y aumento. Los países en que florece tienen un tesoro constante y muy superior a los minerales, en cuanto éstos dependen de la naturaleza y aquéllos de la industria.
Si la fertilidad tuviera voces, cómo se explicaría con muchos habitantes de América, pues olvidando el que pueden ser ricos, o a lo menos pasar la vida con descanso, miran los campos fértiles que los rodean como si fueran arenales de la Libia; y contentos con un corto alimento que adquieren con poco trabajo, dejan a las campiñas y bosques producir malezas y ser el abrigo de fieras y animales incómodos.
¿No es compasión que en millares de leguas cuadradas que tiene esta Nueva España en las costas del Mar del Sur, tan propias para el cultivo del cacao, se hallen infructíferas por nuestro descuido? ¿Y que en ellas sólo permanezcan algunos rastros para demostrar que nuestros mayores fueron más laboriosos? En los contornos de Colima y Zacatula aún se ven algunos árboles de cacao que permanecen, más por la fertilidad de la tierra que por la industria de los habitantes […].
Es constante que el uso del chocolate se va cada día propagando en Europa; ¿qué beneficio no redundaría al comercio de ambas Españas si el ramo del cacao no estuviera abandonado? La extracción de este género sería competente, porque el que se da en las provincias donde se cultiva aún no es suficiente para el consumo. Esto es lo que me ha movido a exponer la presente memoria, por si alguno quisiera valerse de mi trabajo (p. 44-45; “Memoria sobre el beneficio y cultivo del cacao”, Diario Literario de México, 4 de mayo de 1768).

Observador de la naturaleza y participante de los debates públicos

El abuso de los pipiltzintzintlis es una de aquellas reliquias del gentilismo que se conservan entre algunos de los indios; así lo expresan los edictos publicados por los prelados de este reino, y últimamente el del año 1769, en el cual se encarga a los párrocos empleen todo su anhelo para desarraigar esta superstición en que va de por medio la salud espiritual de los indios y puede añadirse también loa temporal. Algunas observaciones y descubrimientos que se me han entrado por los ojos me proporcionan asunto para la presente memoria, por la gran utilidad que puede resultar. La superstición de los indios, en el uso de los pipiltzintzintlis, se reduce a tomar ciertas semillas, creyendo que por su medio adivinan y tiene mil raptos, en los cuales se les manifiestan las cosas más recónditas, con otras particularidades procedidas según su ignorancia y malicia. Los efectos que en ellos producen son espantosos: unos manifiestan una alegría ridícula, otros permanecen por algún tiempo estúpidos, otros, y esto es lo más común, representan vivamente a un furioso; y todos estos efectos los creen muchos de ellos como sucedidos por la mediación del demonio.
¿Qué cosa son los pipiltzintzintlis? ¿Su efecto es natural o preternatural?(4) A lo primero, satisfago con la experiencia: habrá como diez años que la casualidad me proporcionó la ocasión del desengaño; conseguí una pequeña cantidad de dichos pipiltzintzintlis, la que se componía de una mezcla de semillas y yerbas secas; a la primera vista luego reconocí no eran otra cosa que las hojas y semillas del cáñamo; advertencia que tuve al punto, por haber visto antes en un jardín las plantas del cáñamo. No obstante ésta que para mí era una demostración, en primera ocasión y para quedar del todo convencido, sembré aquellas semillas con toda la precaución posible y logré unas plantas de cáñamo, lo mismo que el de Europa, las que los indios, reconociendo por pipiltzintzintlis, fue necesario arrancar las plantas luego que comenzaron a madurarse las semillas por cuanto procuraban pillar toda la que podían.
[…] Demostrado ya que los pipiltzintzintlis no son otra cosa que el cáñamo, me resta satisfacer a la segunda pregunta, lo que voy a ejecutar, advirtiendo, lo primero, no ser solos los indios de la Nueva España los que practican el uso interior de la semilla y hojas del cáñamo para sus visiones extravagantes. Lo segundo, que los efectos observado en los que usan interiormente del cáñamo o pipiltzintzintli por lo regular son naturales. Para lo primero, es muy útil lo que dice monsieur Petit, en su disertación sobre el nepenthes(5) de Homero, impresa en 1689 […]: “Entre las drogas (dice) que tienen este uso los egipcios se sirven también de otra composición, a la que llaman asís; éstos son unos polvos compuestos de hojas de cáñamo, las que amasan mezclándole agua y formando unas píldoras cuando quieren olvidarse de sus melarquías,(6) de sus cuidados, y procurando su alegría; esta droga que los embriaga al punto, les hace poco tiempo después pasar a una especie de rapto o sueño estático, durante el cual ven las cosas más agradables del mundo: los bosques, las fuentes, los prados o jardines, adornados de las más bellas flores […].”
Igual noticia nos presenta el célebre Valmont de Bomare en su Diccionario universal de historia natural, etc., impreso en París en 1767, en la palabra chambre, cáñamo […]: “Las hojas de cáñamo parecen contener una virtud que embriaga y adormece […]”.
El testimonio de monsieur Valmont es de mucho peso. ¿A quién otro que a un naturalista se debe creer sobre las virtudes que contienen las producciones de la naturaleza? Según lo que refiere, el cáñamo es narcótico, y por consiguiente sus efectos son naturales, con que no es mucho que los indios que lo toman padezcan un trastorno de cerebro, por un efecto muy natural.
Temeridad sería afirmar que en algunas ocasiones los efectos del cáñamo en los indios no sean coadyuvados por el espíritu de las tinieblas […]; pero por lo regular, debemos confesar que en los más los efectos y visiones son puramente naturales. La piedad, la razón y la crítica nos dictan que no debemos reputar por preternatural todo aquello que no se extiende fuera de los límites de la naturaleza (p. 76-80; de la memoria sobre el uso sobre el uso que hacen los indios de los pipiltzintzintlis, en Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 9 de noviembre de 1772).

Participemos en el progreso universal

Entre algunas advertencias que se han hecho acerca de mis Asuntos […] es la de culparme de muy poseído de aquel espíritu que llaman extranjerismo; acusación que debo rechazar, manifestando mi modo de pensar. Siempre me gloriaré de haber nacido y ser vasallo español: tiene esta nación tan sobrados méritos para su gloria, que sólo la profunda ignorancia o ridícula preocupación pueden tener ánimo para calumniarla. ¿Quién ignora que la nación española ha campeado en todas las líneas en los dilatados climas de la tierra? ¿Habrá nación que se le compare en sus empresas? ¿No es ella la primera que midió a pasos contados la dilatada redondez de la tierra? ¿En los estrépitos de Marte, no ha mostrado un valor invencible? […]
¿Acaso esto que llevo dicho impide el que no nos valgamos de lo bueno que produjeron las otras naciones? De ninguna manera. Las ciencias no afectan patria; las naciones cambian sus conocimientos y ésta es la práctica de todos los tiempos. ¿Los romanos no enviaron a Grecia por las leyes de las doce tablas? […] Finalmente ¿Concina, Fleury, Bossuet y otros muchos son españoles? Con todo, vemos la prontitud con que han sido vertidos a nuestro idioma; esto es lo único que yo ejecuto para el bien de mi nación […]. La culpa que en mí se hallare se le deberá imputar a Feijoo y a los demás escritores españoles de estos últimos tiempos; y advierto que si los extranjeros, según dice, nos han aventajado en el estudio de las ciencias naturales, la España en el siglo décimo sexto era la maestra de las demás naciones. El cardenal Jiménez de Cisneros, con su impresión de la Biblia Políglota, los Nebrijas, los Vives […] son los héroes de la literatura de aquel siglo.
¿Será cierto, según dice un político, pero algo visionario, que los sabios y las ciencias se pasarán a la América, abandonando la Europa? Creo que en ésta no se volverá a experimentar aquella barbarie de los siglos décimo y undécimo, y que la América […] conservará el título de sabia que hasta aquí ha poseído legítimamente; y en lo venidero coadyuvará para los nuevos descubrimientos que tanto se desean en favor de la humanidad (p. 132-135; de una refutación a las críticas hechas a Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, 28 de diciembre de 1772).

Orgullo por Nueva España y los novohispanos

Mediré por un ensayo mis fuerzas para ver si puedo proponer alguna idea en que demuestre que los mineros de Nueva España poseen mayores conocimientos que los alemanes. […] Si a un minero alemán se le propone rompa un peñasco sin usar de pólvora, responderá acaso ignora la maniobra; pero un minero de Nueva España formará un taladro en el peñasco, y después atacará con un trapo o con yerbas, y el aire, en virtud de su elasticidad, romperá el peñasco; esta operación, inconocida a los físicos de Europa, aquí es tan vulgar que, en las inmediaciones de México, los que extraen en los Remedios la piedra para fabricar edificios acostumbran este método; así desprenden piedras de mucho volumen los canteros, y al metal los infelices barreteros que no tienen con qué comprar pólvora.
[…] ¿Piensa vuestra merced que nuestros mineros conocen el nombre de Euclides o que tienen alguna idea de triángulos, círculos, etcétera? No obstante, saben (no sé el cómo) ejecutar tiros, socavones y lumbreras capaces de confundir al más ingenioso geómetra; es cierto que muchas operaciones les resultan falsas; pero en lo general, por ciertas combinaciones que ignoramos, pero que prueban el imperio del alma racional, dirigen las operaciones de forma que consiguen conducirse al punto que se encaminan sus ideas […]. Si las hormigas saben fabricar los tiros y socavones necesarios a su destino ¿el hombre adornado de la alma inmortal no podrá ejecutar empresas de mayor orden? Si lograse proporción para imprimir lo que he visto en muchos reales de minas, después de haber caminado más de tres mil leguas, habría materia suficiente para manifestar que los sujetos destinados para aprender la mineralogía deberían, abandonando la Alemania y Suecia, encaminarse a Nueva España, en la que hallarían mucho que observar y muchísimo que aprender (p. 231-233; en la continuación de la “Carta a don N. sobre el estado ventajoso en que se halla la práctica de la minería en Nueva España”, Observaciones sobre la Física, Historia Natural y Artes Útiles, 30 de octubre de 1787).

10 septiembre, 2014

Actitud barroca (Gracián) vs. actitud ilustrada (Jovellanos)


Ya sabemos que para Américo Castro los términos ilustrado y barroco carecen de pertinencia cuando se les refiere a España. Y sin embargo…

Baltasar Gracián (1601-1658) expresó en esta forma su sentir (su vivencia) de la vida usada por los españoles en torno a él: “España se está hoy del mismo modo que Dios la crió, sin haberla mejorado en cosas sus moradores, fuera de lo poco que labraron en ella los romanos…; no ha obrado nada la industria” (Criticón, III, 9). Ante tan inerte e inmóvil paisaje humano, antesala de la “cueva de la nada”, nuestro duro y genial aragonés no toma posición alguna, y el nihil recalca su nihilismo. Mas pasan los años, y el paralítico espectáculo de ciertos pueblos castellanos es usado para otros menesteres por don Gaspar Melchor de Jovellanos: ” En los días más solemnes, en vez de la alegría y bullicio que debieran anunciar el contento de sus moradores, reina en las plazas y calles una perezosa inacción, un triste silencio, que no se puede advertir sin admiración ni lástima” (Biblioteca de Autores Españoles, XLVI, 491)

Américo Castro, La realidad histórica de España, Porrúa, 1987, p.100 (Sepan Cuantos… 372).

5 julio, 2014

Revolución, arte y todo lo demás -una mirada fresca


http://revolutioninfiction.wordpress.com/about/

25 agosto, 2011

La Ilustración en España: intereses de la Corona e intereses de los intelectuales


El movimiento ilustrado en España

12 agosto, 2011

Siglo XVIII español: algunos hitos políticos


1700 Carlos II de Habsburgo muere sin descendencia
1701 Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, entra como Felipe V a España
1701-1714 Guerra de Sucesión española
1700-1746 Felipe V
1746-1759 Fernando VI
1759-1788 Carlos III
1760-1808 Reformas borbónicas
1765 Sociedades Económicas de Amigos del País
1767 Expulsión de los jesuitas
1788-1808 Carlos IV
1808 Invasión francesa

21 julio, 2011

Rococó, Ilustración, neoclasicismo: algunas imágenes


Jean-Honoré Fragonard, Le feu aux poudres. La sensualidad dieciochesca, el sexy rococó. Cfr. la “Oda III” de Meléndez Valdés en la entrada Poemas del siglo XVIII.

Francisco de Goya: La maja desnuda.

Jacques-Louis David: El juramento de los Horacios. Pintado antes de la Revolución, en 1784, a la larga quedó como ejemplo de la severa grandeza del neoclasicismo politizado. Cfr. “A la imprenta”, de Manuel J. Quintana, en Poetas del siglo XVIII.

Francisco de Goya: Los fusilamientos del 3 de mayo. Las contradicciones de la Ilustración: por un lado, el imperialismo revolucionario de Napoleón, y por el otro, un pueblo con dignidad que, más tarde, pedirá el regreso de sus opresores legítimos gritando “¡Vivan las cadenas!”.

20 julio, 2011

Neoclasicismo: fuentes electrónicas


Beltrán Checa, José. “El concepto de imitación de la Naturaleza en las poéticas españolas del siglo XVIII”. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12504982045699384109435/p0000002.htm#I_3_

Sebold, Russell P. “Análisis estadístico de las ideas poéticas de Luzán : sus orígenes y su naturaleza”.  http://bib.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=6797&portal=341.

20 julio, 2011

Poemas del siglo XVIII


Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811)

[EPÍSTOLA CUARTA] DE JOVINO A ANFRISO, ESCRITA DESDE EL PAULAR
[Segunda versión]

http://www.poesia-inter.net/index.htm
Sierra de Guadarrama (Madrid) agua

Credibile est illi numen in este loco.
OVIDIO

Desde el oculto y venerable asilo,
do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde,
Jovino triste al venturoso Anfriso
salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
de las mantuanas Musas, tal vez suele
al grave son de su celeste canto
precipitar del viejo Manzanares
el curso perezoso, tal süave
suele ablandar con amorosa lira
la altiva condición de sus zagalas.

¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
a quien no dio la suerte tal ventura
pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
logró arribar a puerto tan seguro,
que esconderla supiera en este abrigo,
a tanta luz y ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
entre sustos y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto
lejos, y en estos montes guarecido,
alguna vez gozara del reposo,
que hoy desterrado de su pecho vive.

Mas, ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud arrastra la cadena,
la pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
en cuyo oído suena con espanto,
por esta oculta soledad rompiendo,
de su señor el imperioso grito!

Busco en estas moradas silenciosas
el reposo y la paz que aquí se esconden,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mis sentidos y razón conturba.
Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al partir del mundo
dejó Bruno en sus hijos vinculada,
nunca en profano corazón entraron,
ni a los parciales del placer se dieron.

Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el mundo sinrazones,
vanos deseos, duros desengaños,
susto y dolor; empero todavía
a entrar en él no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
por todas partes los pesados grillos,
que de la ansiada libertad me privan.

De afán y angustia el pecho traspasado,
pido a la muda soledad consuelo
y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud perdida.
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.
Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
crecen frondosos álamos, que al cielo
ya erguidos alzan las plateadas copas
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrío
hasta la falda del vecino monte
se extiende, tan ameno y delicioso,
que le hubiera juzgado el gentilismo
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas dríadas guardado.
Aquí encamino mis inciertos pasos
y en su recinto ombrío y silencioso,
mansión la más conforme para un triste,
entro a pensar en mi crüel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
el aire blando y el silencio mudo
mi desventura y mi dolor adulan.

No alcanza aquí del padre de las luces
el rayo acechador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el rostro
de un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,
tal vez el melancólico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro suave,
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;
mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
que al árbol adornara en primavera,
yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.
¡Así también de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de fastidio
o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas
corremos hasta hallar el precipicio,
do nuestro error y su ilusión nos guían.

Volamos en pos de ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por huir y en vano
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.

¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengaño corrió el velo
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario penitente,
que, triunfando del mundo y de sí mismo,
vive en la soledad libre y contento!
Unido a Dios por medio de la santa
contemplación, le goza ya en la tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros
de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su pecho.
Regálanle las aves con su canto
mientras la aurora sale refulgente
a cubrir de alegría y luz el mundo.
Nácele siempre el sol claro y brillante,
y nunca a él levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guíe el reluciente carro,
ora con tibia luz, más perezoso,
su faz esconda en los vecinos montes.

Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos ejercicios,
la plateada luna en lo más alto
del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio; y recreando
con blando resplandor su humilde vista,
eleva su razón, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable
gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y entregado
a la inefable y justa Providencia,
si al breve sueño alguna pausa pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus párpados el sueño
con mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la noche.

¡Oh suerte venturosa, a los amigos
de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria
taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aquí seguro
vivir pudiera siempre, y escondido!

Tales cosas revuelvo en mi memoria,
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche y con su manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y pálido reflejo
guía por ellos mis inciertos pasos;
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen
mis carnes y discurre por mis nervios
un súbito rigor que los embarga.

Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que rompiendo
el eterno silencio, así me dice:
«Huye de aquí, profano, tú que llevas
de ideas mundanales lleno el pecho,
huye de esta morada, do se albergan
con la virtud humilde y silenciosa
sus escogidos; huye y no profanes
con tu planta sacrílega este asilo.»

De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo
el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue
a mis ojos el sueño, ni interrumpan
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro día a publicar mi llanto
dar nueva materia al dolor mío.

Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

Reyes, Rogelio (ed.). Poesía española del siglo XVIII. Letras Hispánicas-Madrid: Cátedra, 1993.

ODA XV.  DE MIS NIÑECES

Siendo yo niño tierno,
con la niña Dorila
me andaba por la selva
cogiendo florecillas,

de que alegres guirnaldas,
con gracia peregrina
para ambos coronarnos,
su mano disponía.

Así en niñeces tales
de juegos y delicias
pasábamos felices
las horas y los días.

Con ellos poco a poco
la edad corrió de prisa,
y fue de la inocencia
saltando la malicia.

Yo no sé; mas al verme
Dorila se reía,
y a mí de sólo hablarla
también me daba risa.

Luego al darle las flores
el pecho me latía,
y al ella coronarme
quedábase embebida.

Una tarde tras esto
vimos dos tortolitas,
que con trémulos picos
se halagaban amigas,

y de gozo y deleite,
cola y alas caídas,
centellantes sus ojos,
desmayadas gemían.

Alentónos su ejemplo,
y entre honestas caricias
nos contamos turbados
nuestras dulces fatigas;

y en un punto cual sombra
voló de nuestra vista
la niñez, mas en torno
nos dio el Amor sus dichas.

FRAGONARD-Triomphe-de-Vénus-w

Image via Wikipedia

ODA III

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.

Manuel José Quintana (1772-1855)

http://www.ale.uji.es/quintan.htm
 

A LA INVENCION DE LA IMPRENTA (fragmentos)

¿Será que siempre la ambición sangrienta
o del solio el poder pronuncie sólo
cuando la trompa de la fama alienta
vuestro divino labio, hijos de Apolo?
¿No os da rubor? El don de la alabanza,
la hermosa luz de la brillante gloria
¿serán tal vez del nombre a quien daría
eterno oprobio o maldición la historia?
¡Oh!, despertad: el humillado acento
con majestad no usada
suba a las nubes penetrando el viento;
y si queréis que el universo os crea
dignos del lauro en que ceñís la frente,
que vuestro canto enérgico y valiente
digno también del universo sea.
No los aromas del loor se vieron
vilmente degradados
así en la Antigüedad: siempre las aras
de la invención sublime,
del Genio bienhechor los recibieron.
[…]
Levántase Copérnico hasta el cielo,
que un velo impenetrable antes cubría,
y allí contempla el eternal reposo
del astro luminoso
que da a torrentes su esplendor al día.
Siente bajo su planta Galileo
nuestro globo rodar; la Italia ciega
le da por premio un calabozo impío,
y el globo en tanto sin cesar navega
por el piélago inmenso del vacío.
Y navegan con él impetüosos,
a modo de relámpagos huyendo,
los astros rutilantes; mas lanzado
veloz el genio de Newton tras ellos,
los sigue, los alcanza,
y a regular se atreve
el grande impulso que sus orbes mueve.
«¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos,
hallar la ley en que sin fin se agitan
la atmósfera y el mar, partir los rayos
de la impalpable luz, y hasta en la tierra
cavar y hundirte, y sorprender la cuna
del oro y del cristal? Mente ambiciosa,
vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa
lanzó su indignación en sus clamores.
«¡Conque el mundo moral todo es horrores!
¡Conque la atroz cadena
que forjó en su furor la tiranía,
de polo a polo inexorable suena,
y los hombres condena
de la vil servidumbre a la agonía!
¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron,
y el cuchillo y el fuego a la defensa
en su diestra nefaria apercibieron.
¡Oh, insensatos! ¡Qué hacéis! Esas hogueras
que a devorarme horribles se presentan
y en arrancarme a la verdad porfían,
fanales son que a su esplendor me guían,
antorchas son que su victoria ostentan.
[…]
Llegó, pues, el gran día
en que un mortal divino, sacudiendo
de entre la mengua universal la frente,
con voz omnipotente
dijo a la faz del mundo: «EL HOMBRE ES LIBRE.»
Y esta sagrada aclamación saliendo,
no en los estrechos límites hundida
se vio de una región: el eco grande
que inventó Guttemberg la alza en sus alas;
y en ellas conducida
se mira en un momento
salvar los montes, recorrer los mares,
ocupar la extensión del vago viento,
y sin que el trono o su furor la asombre,
por todas partes el valiente grito
sonar de la razón: «LIBRE ES EL HOMBRE.»
Libre, sí, libre; ¡oh dulce voz! Mi pecho
se dilata escuchándote y palpita,
y el numen que me agita.
de tu sagrada inspiración henchido,
a la región olímpica se eleva,
y en sus alas flamígeras me lleva.
[…]
Ante él por siempre humea
el perdurable incienso
que grato el orbe a Guttemberg tributa,
breve homenaje a su favor inmenso.
¡Gloria a aquél que la estúpida violencia
de la fuerza aterró, sobre ella alzando
a la alma inteligencia!
¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando,
su influjo eternizó libre y fecundo!
¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!

29 junio, 2011

Francisco de Goya: La familia de Carlos IV (detalle)


Carlos IV (1748-1819), rey de España de 1788 hasta 1808, cuando “lo abdicó” Napoleón. Sucedió a Carlos III, el más dinámico e inteligente de los reyes españoles del siglo XVIII y gran impulsor de las Reformas Borbónicas, las cuales pretendían devolver a España su lugar entre las potencias europeas. Dichas reformas no siempre beneficiaron a los súbditos (basta recordar que terminaron llevando a las guerras de independencia en América), pero traían consigo el espíritu y la influencia la Ilustración. Grandes hombres, como Gaspar Melchor de Jovellanos, se unieron a las tareas de gobierno en la confianza de que, sirviendo a su rey, servían al pueblo español.

Carlos IV comenzó su reinado prosiguiendo con las reformas de su padre, pero éstas chocaron pronto con la realidad. En 1789, la Revolución Francesa atemorizó a la corte y al gobierno y los llevó a cambiar el reformismo por la represión. Además, la fuerte influencia de la reina María Luisa de Parma y de su valido, Manuel Godoy (miembro de la pequeña nobleza cuyo rápido ascenso, desacorde a sus capacidades, lo hizo objeto de acusaciones como la de ser amante de la reina), fue otro factor de desprestigio para el monarca. Bajo Godoy, ya fuera por sus limitaciones o por la mala fortuna de ser primer ministro en tiempos de Napoleón, España recorrió el camino que al fin la condujo a la catástrofe de 1808. Así, a esta familia real y a su valido los envuelve una leyenda ¿negra? con dos fuentes distintas: los reaccionarios, rabiosos contra su iluminismo, y los patriotas liberales, para quienes las reformas de Carlos IV y de Godoy fueron insuficientes o contradictorias (sin contar que al fin entregaron España al Imperio).

Ello se refleja en las interpretaciones de este retrato. Al parecer, los historiadores del arte más serios hallan aquí una atmósfera de calidez hogareña aburguesada, en la que -según leemos en la Wikipedia- se “da prioridad a mostrar una idea de la educación basada en el cariño y la activa participación de los padres, lo que no siempre era usual en la realeza. La infanta Isabel lleva su niño muy cerca del pecho, lo que evoca la lactancia materna; Carlos María Isidro abraza a su hermano Fernando en un gesto de ternura”. Pero a lo largo de estos dos siglos no ha faltado quien vea en este cuadro el espíritu del Goya saturniano, quien nos mostraría a una familia real de fisonomías grotescamente decadentes.