Posts tagged ‘literatura argentina’

29 noviembre, 2018

“Que alejen el agua y el vino…”: A. Pizarnik


victor brauner - dancing girl

Victor Brauner: Muchacha bailando

Que alejen el agua y el vino,
que mi llegada sea la señal exacta
de su alejamiento
que mi boca sedienta
sea la bandera, el signo,
la rama venenosa,
la orden ardiente,
la hora, en fin,
de detener el diluvio,
de esconder las fuentes,
de hacer carbón del agua,
cenizas del vino.

Que alejen los frutos mágicos
que los labios ebrios
sólo encuentren lo candente,
que seas de azufre,
y tu cuerpo sea de llamas
sobre un cuerpo de agua.

Alejandra Pizarnik, Poesía completa. Ed. Anna Becciú. Barcelona: Lumen, 2014, 8a ed.

 

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3 septiembre, 2015

Alejandra Pizarnik: Árbol de Diana, 4


Ahora bien:

Quién dejará de hundir su mano en busca del tributo para la pequeña olvidada. El frío pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará. Pagará el trueno.

A Aurora y Julio Cortázar

Árbol de Diana, 4

9 mayo, 2015

De Antonio Porchia


Quien no llena su mundo de fantasmas, se queda solo.

Antonio Porchia, Voces.

3 marzo, 2015

Alejandra Pizarnik: “Origen”


Hay que salvar al viento
Los pájaros queman el viento
en los cabellos de la mujer solitaria
que regresa de la naturaleza
y teje tormentos
Hay que salvar al viento

De La ultima inocencia

20 noviembre, 2014

Amazonas degolladas


…Como pira de amazonas degolladas
que confunden las heridas desnudeces de sus cuerpos.

Leopoldo Lugones, “Los árboles”, Las montañas del oro.

1 agosto, 2014

Leopoldo Lugones: A Histeria


fin_siecle

(Originalmente, los poemas de Las montañas del oro están justificados, como si fueran párrafos de prosa, con los versos separados mediante guiones largos).

¡Oh, cómo te miraban las tinieblas,
cuando ciñendo el nudo de tu brazo
a mi garganta, mientras yo espoleaba
el formidable ijar de aquel caballo,
cruzábamos la selva temblorosa
llevando nuestro horror bajo los astros!
Era una selva larga, toda triste,
la selva dolorosa cuyos gajos
echaban sangre al golpe de las hachas,
como los miembros de un molusco extraño.
Era una selva larga, toda triste,
y en sus sombras reinaba nuestro espanto.
El espumante potro galopaba
mojando de sudores su cansancio,
y ya hacía mil años que corría
por aquel bosque lúgubre. ¡Mil años!
Y aquel bosque era largo, largo y triste,
y en sus sombras reinaba nuestro espanto.
Y era tu abrazo como nudo de horca,
y eran glaciales témpanos tus labios,
y eran agrios alambres mis tendones,
y eran zarpas retráctiles mis manos,
y era el enorme potro un viento negro
furioso en su carrera de mil años.

Caímos a un abismo tan profundo
que allí no había Dios: montes lejanos
levantaban sus cúspides, casqueadas
de nieve, bajo el brillo de los astros,
como enormes cabezas de Kalifas;
describía Saturno un lento arco
sobre el tremendo asombro de la noche;
los solemnes reposos del Océano
desnivelaba la siniestra luna,
y las ondas, hirviendo en los peñascos,
hablaban como lenguas, con el grito
de las vidas humanas que tragaron.
Entonces, desatando de mi cuello
el formidable nudo de tu abrazo,
buscaste ansiosa con tus ojos mártires,
mis torvos ojos, que anegó el espanto.
¡Oh, no mires mis ojos, hay un vértigo
dormido en sus tinieblas; hay relámpagos
de fiebre en sus honduras misteriosas,
y la noche de mi alma más abajo:
una noche cruzada de cometas
que son gigantes pensamientos blancos!
¡Oh, no mires mis ojos, que mis ojos
están sangrientos como dos cadalsos;
negros como dos héroes que velan
enlutados al pie de un catafalco!
Y aparecieron dos ojeras tristes
como flores del Mal bajo tus párpados,
y yo besaba las siniestras flores
y se apretaban tus heladas manos
sobre mi corazón, brasa lasciva,
y alzábanse tus ojos en espasmo,
y yo apartaba mis terribles ojos,
y en tus ojos de luz había llanto,
y mis ojos cerrábanse, implacables,
y tus ojos abríanse, sonámbulos,
y quería mis ojos tu locura,
y huía de tus ojos mi pecado:
y al fin mis fieros ojos, como un crimen,
sobre tus ojos tímidos brillaron,
y al sumergir en mis malditos ojos
el rayo triste de tus ojos pálidos,
en mis brazos quedaste, amortajada
bajo una eterna frialdad de mármol.

Leopoldo Lugones, “A Histeria”, Las montañas del oro, 1897.

16 julio, 2014

Juan Gelman: “…Y yo convertí mi corazón en ceguera”


Oriental turtle dove

Oriental turtle dove (Photo credit: Lip Kee)

“oh tórtola” decía butch butchanam “amas la ceguera
y yo convertí mi corazón en ceguera
para que vueles alrededor de él y te quedes”

Juan Gelman, fragmento de lamento por la tórtola de butch butchanam, de En abierta oscuridad, México, Siglo XXI, 1994.

16 junio, 2014

“Su negra desnudez de virgen cafre”: Leopoldo Lugones


…La noche
su negra desnudez de virgen cafre
enseña, engalanada de fulgores
de estrellas, que acribillan como heridas
su enorme cuerpo tenebroso.

Leopoldo Lugones, fragmento de “Oda a la desnudez”, Las montañas del oro (1897).

Nota: En la disposición tipográfica original, los versos no se hallan separados por saltos de línea, sino sólo por guiones largos, en un párrafo justificado.

7 junio, 2014

Juan Gelman: las bellas compañías


es muy común que un buitre me trabaje las entrañas no devorándolas sino más bien amándolas o como desgarrándolas para sacar a luz mis rostros últimos y  míralos me dice mira lo que te comes animal me dice el bello buitre

Juan German, En abierta oscuridad, 2a ed. Siglo XIX: México, 1994.

15 abril, 2013

Poemas de Leopoldo Lugones (1874-1938)


Tomados de Wikisource.

Delectación morosa

La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.
Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.
Poblóse de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinesco biombo;
tus rodillas exangües sobre el plinto
manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de jacinto
corría sin rumor hacia la muerte

Oceánida

El mar, lleno de urgencias masculinas,
Bramaba alrededor de tu cintura,
Y como un brazo colosal, la oscura
Ribera te amparaba. En tus retinas,

Y en tus cabellos, y en tu astral blancura,
Rieló con decadencias opalinas
Esa luz de las tardes mortecinas
Que en el agua pacífica perdura.

Palpitando a los ritmos de tu seno,
Hinchóse en una ola el mar sereno;
Para hundirte en sus vértigos felinos

Su voz te dijo una caricia vaga,
Y al penetrar entre tus muslos finos,
La onda se aguzó como una daga.